Gol de Marcelino

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Gol de Marcelino

Por: Ignacio Martín

José, con sus 66 años a cuestas, era forofo del Real Zaragoza, él vivía en Ricla a una hora en tren de la capital e, incluso alguna vez, fue a La Romareda para ver al equipo de su alma, por ejemplo en este año de 1964, en el que el Zaragoza eliminó, ¡nada menos!, que a la Juventus en la europea Copa de Ferias, partido que permitió al equipo plantarse en la final, a celebrar a principios de Julio.

También ese año el Zaragoza andaba bien en la copa del Generalísimo y jugaría la final en unos días contra el Atlético de Madrid. José estaba exultante y la verdad es que los cinco magníficos, apodo del semanario Zaragoza Deportiva para los cinco delanteros del equipo, empezaban a ser reconocidos en el panorama futbolístico nacional.

Pero a José le gustaba Marcelino sobre todos ellos, le parecía racial, completo, goleador y además le habían seleccionado con España (también a otro magnifico, Carlos Lapetra pero ese era más organizador según José), para disputar la Eurocopa de Naciones que ese año se celebraba en España.

A la anterior Eurocopa de 1960 España no acudió, porque era en Rusia y Franco había prohibido viajar a la URSS, explicaba José.

El caso es que ¡España llegó a la final contra la URSS! Y el 21 de Junio, en Madrid, iba a jugar Marcelino y enfrentarse al temido portero ruso Yashin, apodado “la araña negra”.

José llevaba días un tanto raros, pero dos horas antes de la final ya estaba en el Casino de Ricla, único sitio con televisión, en blanco y negro claro (y además con refrigerador de aire para el verano), en el que se podía ver el duelo. Pidió un café y esperó. Le explicó a Alberto, el joven camarero, que su quinceañero hijo Ángel, el tardano le llamaba él, no le acompañaba, el futbol no era lo suyo, y mira que quiso inculcarle el amor a los colores; papá, le decía Ángel, me gusta que gane el Zaragoza, pero no me va el futbol. Sus hijos mayores vivían y trabajaban en Zaragoza y lo verían en sus casas o en algún bar.

Decían los rumores que Franco había querido envenenar las bebidas de los rusos, pero que no se atrevió por las posibles repercusiones mundiales que podían acontecer y que, como la Eurocopa se celebraba en España, no había podido evitar el partido.

Claro que ese año el general estaba contento porque Sáenz de Heredia había hecho una película documental titulada “Franco ese hombre” y le parecía que quedaba muy favorable para él y para el régimen.

Comenzó el partido y José ya no tuvo ojos más que para la pantalla del televisor, la maravillosa delantera Amancio, Pereda, Marcelino (¡sobre todo Marcelino!), Suarez y Lapetra, hacía encaje de bolillos pero, a pesar del gol de Pereda el 1-1 que se reflejaba casi al final parecía inamovible, los rusos eran duros contrincantes.

Pero llegó el minuto 84 y “milagro”, Marcelino conectó un cabezazo que supero a la “araña” y dejó el 2-1 en el marcador. En ese momento José tuvo un agudo dolor en el pecho, dijo “gol de Marcelino” y cayó desplomado víctima de un infarto.

José ya no pudo ver, lamentablemente, el triunfo, por 2 a 1, de su Zaragoza ante el Atlético de Madrid, en la final de la copa de España unos días más tarde, con goles de Villa y Lapetra, ni el 2-1 al Valencia, ya en Julio, en la final de la Copa de Ferias, en
donde volvió a marcar su ídolo Marcelino.

En el año 1996 Daniel tenía 12 años, era hijo de Ángel y nieto de José, el de Marcelino. Su padre le había explicado alguna vez, por encima, la muerte del abuelo, pero él estaba en otros menesteres. En el cementerio de Ricla y sobre todo alrededor de la tumba de 32 años de antigüedad del abuelo, había infinidad de lagartijas que le encantaba “aprisionar” en una caja de cartón, con agujeros para que respiraran, llevaba 3 años entregado a esa maravillosa tarea.

En Junio de 1996 Daniel ya estaba en el pueblo con sus padres, porque a Ángel le habían adelantado las vacaciones ese año. El atardecer del día 21 fue con su caja al cementerio, como siempre, y al llegar a la tumba del abuelo vio con pavor que la losa estaba corrida y se veía el profundo negro del hueco, miró a los ángeles de piedra que custodiaban el sitio, a la cruz de mármol que lo presidia y al fin echó a correr hacia casa preso de un nerviosismo galopante.

—Papá, papá, el abuelo ha debido resucitar…

Su padre le miró y le dijo —ven conmigo Daniel, ya tienes edad para saber una historia sobre el abuelo—. Lo llevó hasta al casino del pueblo y le presentó al camarero, ya veterano.

—Este señor —le dijo a Daniel— estaba aquí cuando murió el abuelo, te ruego Alberto, dijo al camarero, que le expliques a mi hijo la historia.

El camarero suspiró, tu abuelo, dijo, se levanta de la tumba el 21 de Junio, cada cuatro años, coincidiendo con las Eurocopas, siempre a las 20,10 horas, minuto 84 de aquella final, viene aquí, pide un café y dice “gol de Marcelino”, luego apura el café y vuelve a su tumba. De hecho ahora si vas al cementerio ya la veras cerrada…

Daniel me lo contó hace muchos años y me arrancó la promesa de que yo no lo haría público, pero no he podido resistirme. En todo caso Daniel también, me dijo que él, prefería el gol de Nayim al Arsenal, en Paris, en la final de la Recopa de 1995, cuando el Real Zaragoza conquistó su segundo título europeo.

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