El Comienzo del Fin

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El Comienzo del Fin

Por: F.B.G.

El simple pensamiento de tener que subir al estrado, me produce sudores fríos y un temblar de manos incontrolable por lo que pienso que no voy a ser capaz de contestar a preguntas que me formulan los abogados con expresión ausente, con la mente puesta en el fin de semana que se acerca veloz. ¿Por qué lo hizo? Me dice el que está acusándome y trato de responderle, sabiendo que la única salida que me queda es contar todo tal y como sucedió, sin fijarme en los hombres y mujeres que configuran el jurado y que me miran con expresión huraña, con hostilidad, como hace el que más sobresale de la primera fila, un hombre de unos cincuenta años con una prominente tripa y una sonrisa que trata de ser amable, como sacado de una historia de buenos y de malos aunque sin que podamos apreciar si es una u otra cosa, pero eso sí, mirándome con expresión de superioridad pensando que a él no le iba a suceder lo mismo que a mí. Está loco…-pensará- una mujer que te cuida, que te lava la ropa y te hace de comer no tiene precio, es algo que no se puede pagar con nada.

Me recomiendan que hable de pie, que baje un poco la cabeza y que mi voz sea suave, lenta y muy bajito el tono, me han dicho que de esa forma inspiraré algo de confianza aunque pierda la sensación de seguridad que debe caracterizarme. Y es lo que quiero hacer, muy despacio decirles que no es tan fácil el trabajar todo los días, el estar todas las noches viendo a la gente y dormir en los amaneceres cuando el sol comienza a salir por el horizonte, y así todos los días, y lo mismo durante el resto del año, entre miserias para llegar a la mañana harto y sucio. Pero eso no lo va a entender el joven que está en el jurado, el segundo de la primera fila que lo único que quiere es que se termine cuanto antes el juicio para opinar y decir que soy culpable, así él puede marcharse tan ricamente con sus amigos, con las niñas pijitas y revolcarse en cualquier cama llena de polvo blanco…¡Que más te da a ti, pedazo de idiota -quiero decirle- total tú no vas a ser enviado a la cárcel, ni vas a ser condenado a cadena perpetua, tú no vas a estar entre rejas esperando no sé qué cosa, tú lo único que quieres es que todo acabe cuanto antes para gastar el dinero que consigues sin trabajártelo.

Pero soy muy hombre, tengo que apechar con el tipo y cargar con el mochuelo, con todas las consecuencias y si tengo que mirar de frente a la joven con cara de pena que está al lado del pijo, lo hago, aunque pierda la oportunidad de conseguir su piedad si la miro humildemente, hipócritamente, pero no lo hago y descubro que sus ojos son azules, que su mirada es dura y el rictus de su boca está quebrado, buena situación para que la utilice en otros menesteres que los más habituales y eso es lo que creo que está pensando ella cuando me observa, confirmándose el que la sangre joven está pidiendo algo más que permanecer apática y seca ante un Juez que escribe continuamente en un folio que tiene ante él. Yo la hubiera querido como abuela, incluso como si fuese una madre, o una amiga que me buscó un trabajo, pero mi relación era contra natura, todo el día pendiente de la bragueta… -le digo al abogado que está ante mi, que se separa y por un acto reflejo mira hacia mi entrepierna, como hace el otro miembro del jurado, la mujer de cuarenta y pocos años que observo cómo descaradamente tiene sus ojos en la entrepierna mientras mueve de uno a otro lado su inquieta lengua.

Tengo que fingir cortesía, someter mi voz solo a las palabras que me dirigen y dejar que mis pensamientos se centren en el juicio al que estoy siendo sometido, dejar a un lado la imagen de la mujer arrodillada ante mi, diciendo que soy inocente aunque apenas se entiendan sus palabras por tener ocupada su boca, tengo que escuchar las palabras del abogado…¿Es que no escuchó sus gritos de dolor?… -me pregunta sin mirarme, pendiente solo de que la toga se quede ajustada a su cuerpo para que todo el mundo admire su moldeado cuerpo a causa de las interminables horas de gimnasio..- Yo solo recuerdo sus chillidos de placer… -le respondo con suavidad.

Como me han indicado, hablar muy despacio, dejando que mis palabras sientan como suyo el golpeteo del corazón, que no huyan ni me abandonen, como está deseando hacer el anciano que en el jurado permanece sentado, apoyado en el bastón y con los ojos entrecerrados, ansioso porque termine todo eso para irse a tomar un poco de sol con los compañeros y hablar de una época pasada entre ancianos que le escuchan porque son de su edad, una etapa que no fue ni mejor ni peor, pero que al menos le resultó distinta, esperar con los recuerdos el desenlace final de una vida que se les presenta oscura, como sus manos encallecidas a causa del continuo moverlas en las herramientas que le ha permitido sobrevivir.

Pero no debo pensar en nada, recordar al joven que fui, al hombre lleno de esperanzas que llegó a la ciudad, que fue engullido por la vorágine de la gente, que sobrevive descargando camiones cargados de pescado, trabajando como una mala bestia, barriendo cabezas de sardinas y arrojando a la basura jureles pisados y con mal aspecto, mezclando el olor del pescado con el ácido de la fruta podrida, un olor que no me abandona ni siquiera cuando me cambio de ropa, que me acompaña aunque me embadurne de colonias, no como el señorito que permanece sentado entre el jurado con el maletín entre sus piernas. Piensa el hombre que tal vez alguien se lo podría quitar si lo deja en la habitación en la que el resto del jurado deja las prendas de abrigo. Un maletín lleno de ilusiones, mezcladas éstas con un bocadillo y el zumo caliente para poder recobrar fuerzas en el momento que se sienta decaído y de esa manera soportar al jefe, al hombre que como él le va a exigir que la curva de los beneficios suba mas rápida, un ser que como el subordinado va a pretender explotarle, al igual que hace el joven que desea ocupar su puesto, que odia intensamente aunque le sonríe cada vez que le dirige la palabra, que lo único que quiere es poder llevar unos cuantos de billetes a casa para gastarlo en comida.

Allí empezó la historia, la joven que llegó del pueblo. –Hola paisano, vengo a buscar trabajo, aquello está muy mal –me dijo- y lo que quiero antes de nada es una habitación en una pensión barata. Y más tarde en la habitación deshacer la maleta y una caja que viene dentro de la misma con chorizos y pan que compartimos como más tarde hicimos con la cama tratando de acabar con el dolor de la soledad, con la rabia del abandono por parte de una sociedad a la que pertenecemos.

¿Por qué lo hizo?

Y no quiero responder, no por miedo ni por temor a la verdad, no le respondo porque solo hablo cuando tengo algo importante que decir y a veces ni siquiera en esa situación y no creo que lo sea el ver a la mujer como una ventosa desdentada agarrarse a mí, que llegué agotado, sonriéndome y pidiéndome un cuerpo que no me pertenece, que se quedó en la pensión, luchando por impregnarme de su olor para borrar el de su cuerpo, el del pan y el chorizo de pueblo. Tengo que transmitir el mensaje que me oprime, decirle al juez que necesito la admiración de la joven que me considera un triunfador porque abandoné la soledad de unos campos, luchar por mi orgullo, el que la mujer me quitaba y que recuperé cuando apretando su cuello sentí como pataleaba, gritando su odio, escupiéndome su desprecio, el que siempre me había tenido.

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