La Traición de las Castañas

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La Traición de las Castañas

Por: Regiomonte

«En Todos los Santos, la castaña es el mejor bocado».
Proverbio español.

―Caballero, disculpe, ¿qué está recogiendo?

―Castañas. ¿No las conocen?―Mostré el contenido de la bolsa y proseguí―, ¿no han comido nunca castañas? Son exquisitas; cocidas o asadas, es un manjar de dioses…

―Suena delicioso. ¿Son muy difíciles de preparar?

―En absoluto.

Mientras hablaba, enderecé mi cuerpo y giré para ver quién preguntaba; eran dos mujeres muy jóvenes. Consulté:

―¿Qué estudian ustedes?

La respuesta de una de ellas me sorprendió.

―Gastronomía.

―¿Gastronomía? Maravilloso.

―¿Es verdad eso que nos dijo recién sobre las castañas?

―Sí, es cierto. Vivo en ese edificio alto que está muy cerca del supermercado. Estas castañas me las llevaré a mi apartamento; ya estoy imaginando el maravilloso postre que tendré hoy.

―¿Su señora le cocina las castañas?

―¿Señora? No tengo señora. Vivo solo.

―¿Entonces usted prepara las castañas?

―Sí.

Fingiendo que inspeccionaba las castañas, consideraba en mi mente tomar alguna iniciativa; la decisión no fue muy difícil. «El que nace chicharra, muere cantando», dice el viejo proverbio. Sin levantar la vista del contenido de la bolsa, en voz muy baja, pregunté:

―Ustedes, ¿tienen hambre?

Se miraron entre ellas, emitiendo al unísono una sonora risita.

―Estamos muertas de hambre.

―¿Muertas de hambre? Permítanme una proposición. Acompáñenme unos momentos al supermercado. Compraré camarones, unos aguacates y en seguida iremos a mi apartamento; así les muestro cómo se preparan las castañas.

―Perdone, caballero, la proposición es interesante, pero, ¿qué tienen que ver los camarones y los aguacates con las castañas?

―¿No dijeron que estaban muertas de hambre? Mientras se cuecen las castañas, puedo armar unos aguacates rellenos con camarones; también prepararé una salsa rosada para colocar encima. ¿Qué les parece?

Se miraron entre ellas otra vez. Noté que hacían leves gestos de asentimiento. Sin esperar respuesta formal, dije:

―Vamos entonces.

Recorriendo raudo los pasillos del supermercado, fui colocando en el carrito todos los ingredientes. Ellas me acompañaban, intentando mantenerse a la par del brioso paso que con total determinación y malvado propósito, les imponía. Lo que hice para distraerlas y evitar que preguntaran sobre ciertos otros artículos que también agregué. Una lata grande de duraznos en conserva, picados en trocitos; una bolsa de cubos de hielo, tres botellas de un vinillo sauvignon blanc de bastante buena calidad y, muy bien lo sé, de catorce grados Baumé de alcohol. A toda velocidad enfilé hacia una de las cajas que estaba sin otros clientes. Pagué la compra y reanudé el paso animoso que llevaba en el interior del supermercado. Instantes después, ya estaba abriendo la puerta de mi diminuto apartamento. Sugerí que, si lo deseaban, podían encender la televisión para entretenerse.

Puse a hervir a fuego lento las castañas. Enseguida, bajé de una repisa un gran jarro de vidrio; abrí las botellas de vino y vertí su contenido en el jarro. Lo mismo hice con la lata de duraznos en trocitos y los cubos de hielo. Llevé dos grandes vasos de este brebaje a las invitadas, indicando en forma imperativa:

―Hay que hacer un brindis por las castañas. ¡Salud!

Interrumpía, a cada tanto, mis afanes en el pequeño sector de la cocina para llenar los vasos, si notaba de reojo que su nivel bajaba.

Cuando deposité los vistosos platos sobre la pequeña mesa, les sugerí acercarse y tomar lugar; noté que los dulces duraznos empapados en vino blanco ya tenían bastante avanzado el trabajo. Entre risas y gritos, hubo que recoger del piso algunos camarones que no encontraron con precisión las bocas de las invitadas. Devoraban con fruición, mientras, muy galante, yo mantenía al tope el nivel de los vasos. Desaparecidos los camarones, se me hizo obvio que ya se habían olvidado por completo del asunto de las castañas.

Mientras lavaba platos, entre risotadas constantes y mutuos reproches jocosos, ellas discutían con insistencia. Me atreví a intervenir.

―¿Qué sucede?

―Le estoy diciendo a esta tonta…

―¿Qué le estás diciendo?

―¿Aquí estamos en confianza? ¡Qué rico está este «juguito»!… Que ella te puede preguntar cualquier cosa, ¿no es verdad?

―Por supuesto. ¿Qué quiere preguntarme ella?

―Te quiere preguntar…

―¡Cállate!―Interrumpe la otra―, me da mucha vergüenza.

―Te quiere preguntar, lo digo y qué, si tú vas de manera regular al gimnasio.

―¿Si voy al gimnasio? Sí, todos los días. Me ejercito en la máquina elíptica, una hora por sesión.

―¿Viste?―Dice, casi gritando, a su compañera―, gané la apuesta. ¡Salud!―Vació su vaso y después de pasarse el dorso de la mano por la boca, continuó―, te toca hablar a ti.

―Bueno―comenta entonces la otra―, entonces yo también me lanzaré a la piscina. Cuando usted estaba allá afuera―dijo dirigiéndose a mí―, en la avenida, agachado recogiendo las… ah, sí, las castañas, esta loca me susurró, «mira qué ricas tiene las nalgas este caballero».

―Pero, estúpida, eso era un secreto entre nosotras…

―¿Y cuál es el problema?―Intervine, intuyendo que era la oportunidad precisa―. Ustedes mismas dijeron que aquí estamos en confianza. ¿Las quieren ver?

Ya oscurecía esa tarde cuando, recién duchadas, vestidas y maquilladas con bastante cuidado, pese al insidioso efecto de esos duraznos, se despidieron de mí a la puerta de mi apartamento. Con un apretado abrazo que incluyó introducir la totalidad de mi saciada lengua, que no era mi única parte anatómica muy bien saciada, por turnos dentro de sus recién pintadas bocas.

Han pasado ya algunos años de esa memorable merienda. Ahora, siempre el sabor a duraznos me hace recordar esa curiosa experiencia gastronómica que tuve. ¿Las castañas? Sí, las castañas… Me olvidé de ellas, se recocieron; las tuve que botar a la basura.

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