Una Mirada Diferente

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Una Mirada Diferente

Por: Mencía Díaz de Cerio (14 años)

Nunca me han atraído las ciudades grandes. Sin embargo, dejé mi Logroño natal para estudiar Arquitectura en Madrid. Me apetecía cambiar de aires y ver cómo es estar lejos de casa. Pero hoy no voy a hablaros de mí, sino de Antonio.

En la calle hay muchos como yo. Quizá por eso o porque la gente está demasiado acostumbrada a nuestra presencia, da la sensación de que somos invisibles, parte del paisaje de la ciudad, y que por eso nadie nos ve. Bueno, nadie no, casi nadie. Ella me vio.

Al llegar a Madrid me llamó la atención la cantidad de mendigos que había por las calles, incluso en mi propio barrio. Pero lo que más me asombró fue observar cómo los transeúntes iban de un lado para otro con prisas y sin tiempo ni para dar los buenos días.

Conocí a Antonio pocas semanas después de empezar el curso. Una mañana cuando volví de pasear a mi perro estaba allí, en el umbral de la puerta.

Solía cambiar de cajero. Ya sabes, para dormir. Unas veces era porque una noche alguien lo ocupaba antes que yo, y otras por probar a ver si tenía más suerte en otra zona.

El caso es que dormía por primera vez en ese minúsculo cajero en el que apenas podía estirar las piernas, cuando me despertó un hombre vestido de traje que iba a sacar dinero. Apenas estuvo treinta segundos, pero permaneció allí lo suficiente como para que me diera cuenta de que me miraba como si sintiera una mezcla entre miedo y asco por mí. Estoy muy acostumbrado a esas miradas, así que la ignoré, y cuando estuve seguro de que se había ido, decidí salir a tomar un poco de aire fresco y estirar las piernas.

Me encanta ver el agua de la gran fuente situada en la rotonda que ocupa el centro de la plaza. Sus chorros impulsando el agua hacia arriba mezclados con el suave susurro de miles de gotas chapoteando a la vez logran sumergirme en una especie de trance en el que se me olvidan mis problemas. Me siento relajado, casi dormido. Es como si volviese al pasado, a esas tardes con Ana junto al río. Casi me parece oír su voz entre el murmurar del río. Casi me parece sentir cómo su delicada mano me acaricia la cara con suavidad.

Pero de pronto oigo a un coche derrapar, y como si cayera sobre mí un jarro de agua fría, despierto de ese sueño en el que habría deseado quedarme toda la vida. Vuelvo a ser invisible, ignorado. Nadie me ve, nadie me mira; y quien lo hace es de forma despectiva.

Hace ya quince años que mi mujer Ana falleció en un accidente de tráfico. Lo que más rabia e impotencia me hace sentir es que el causante fue un kamikaze; sí, un suicida que decide como último acto matar a una persona inocente. Él salió con vida, tan solo un brazo roto y una condena de pocos años. Ana siempre era puntual, así que cuando se retrasó comencé a preocuparme. Cuando me lo dijeron no me lo creí, y creo que nunca terminaré de creérmelo; siempre tendré la inocente esperanza de un día reconocer su rostro entre la multitud.

La mañana estaba recién estrenada. Era una de esas mañanas de otoño en las que ya empieza a refrescar. Y aunque unas nubes blancas que parecían pintadas, cubrían todo el cielo, el día era luminoso; puede que por la hora temprana, o puede que por el reflejo del agua. Estaba yo absorto en mis pensamientos cuando la dulce voz de una joven pronunció decidida un ´´Buenos días´´. Por reflejo me giré para ver a quién saludaba, y ante mi asombro vi que no había nadie. Comprendí que aquel saludo iba dirigido a mí. Fui a responder pero ya se había metido en el portal con su perro, un braco. Por suerte me dio tiempo a fijarme en cómo era: tenía el pelo color café recogido en una coleta y llevaba unos tejanos con un jersey azul cielo. Con ojos grandes y marrones, nariz pequeña y barbilla decidida, sonreía con una sinceridad y calor que me llegaron a los huesos. En ese instante me prometí que si volvía a verla me acordaría de ella. Sí, me acordaría.

Le conocí en la calle, justo enfrente del portal de mi casa. Como todas las mañanas volvía de pasear a mi perro Blas y vi cómo las vecinas del quinto entraban en el portal cruzándose a centímetros de él sin mirarle siquiera. Estaba ensimismado, igual que cuando te despistas en clase, daba la sensación de que se hubiera despistado de la vida. Para cuando me di cuenta ya estaba delante de él, así que simplemente le saludé. En ese momento no estuve segura de si me había oído, pero me metí rápidamente el portal; no quería llegar tarde a clase. Ese fue nuestro primer encuentro.

Al día siguiente volví a esperar frente a la fuente. Pero ese día no podía pensar, quería volver a ver a esa muchacha. Esperé unos minutos y empecé a pensar que no aparecería. Pero justo cuando estaba a punto de irme, reconocí su figura a lo lejos. Esta vez llevaba una sudadera amplia color mostaza y llevaba el pelo recogido en un divertido moño. Cuando estaba a tan solo unos metros, volvió a mirarme con su cálida sonrisa y su mirada comprensiva, mientras volvía a saludarme con sus grandes ojos clavados en los míos. Sostuve la mirada y le contesté con otro ´´Buenos días´´ nervioso. Al igual que el día anterior se escabulló sin que apenas lo notara.

Los días pasaron y cada vez fuimos cogiendo más confianza. Al tercer día hablamos de mi perro Blas y me dijo que le gustaban mucho los perros y que él había tenido uno de niño. Después de una semana ya sabíamos el nombre del otro y a partir de ahí, cada día compartíamos una anécdota o detalle de nuestras vidas. Me contó que no tenía casa y por eso dormía en un cajero todas las noches y que en invierno se hacía especialmente duro. Que estaba en esta situación desde el accidente de su mujer hace quince años, del que nunca se había logrado recuperar y que a raíz de ello había dejado de trabajar como enfermero porque en todas las personas que habían sufrido un accidente la veía a ella. Sin apenas familia y sin contacto cercano con la poca que le quedaba, su situación se había vuelto complicada. Conocer su vida y su pasado me hizo valorarlo mucho como persona, me hizo valorar esa sonrisa con la que afrontaba cada día, como único escudo ante la vida, que se había mostrado dura y cruel con él.

Los meses fueron pasando y cada día esperaba más ese ratito de escuchar y ser escuchado, de compartir el tiempo. Alguna mañana le acompañaba a pasear a Blas y cuando se iba a Logroño con su familia yo esperaba ansioso su regreso. Llegamos a ser… amigos. Sí, amigos.

Algo que me marcó mucho fue cuando el 17 de abril me felicitó por mi cumpleaños. Hacía tiempo que nadie lo hacía y supongo que por eso odiaba ese día. Hacía mucho habíamos comentado la fecha de nuestro cumple, pero no pensé que lo recordara. Una sensación que llevaba años sin experimentar, me recorrió todo el cuerpo y me hizo sentir especial. Ese día me decidí.

Creo que fue el 20 de abril cuando Antonio me contó que lo había decidido: intentaría volver a trabajar en el hospital. Desde entonces todo ocurrió muy rápido: presentó enseguida la solicitud y quince días después le respondieron que podía incorporarse en junio. Dijo que lo intentaría y lo logró: empezó a trabajar, así que pudo alquilarse un modesto piso a cuatro manzanas de mi barrio. Dejamos de vernos a diario, pero todas las semanas quedamos para tomar un café y hablar de lo que sea. Contra todo pronóstico consiguió corregir su rumbo. Para mí ha sido una lección de vida.

María cambió mi vida. Me enseñó que siempre hay una razón para seguir adelante. Me hizo fuerte y me ayudó a superar la muerte de Ana, a llorarla sin miedo y volver a mi antiguo trabajo para poder ayudar a los demás como María hizo conmigo. Hace ya muchos años de eso pero no he olvidado mi pasado y cuando veo a una persona sufriendo o en una situación complicada, trato de ayudarla sin miedos ni prejuicios. Hay momentos en los que el mejor regalo es algo tan simple como unos oídos dispuestos a escuchar. Por eso ahora que tengo más tiempo desde que me jubilé, soy voluntario en el teléfono de la esperanza, para ayudar y escuchar a otras personas que lo necesiten como yo años atrás. Para que mi testimonio y errores ayuden a los demás. Compartiendo mi vida.

(Basado en hechos reales)

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