Sin Flores

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Sin Flores

19 de febrero

Hoy ha amanecido nublado y aunque luego se aclare la mañana y todos digan que
hoy el tiempo es bueno y lo será todo el día, yo sabré que amaneció gris, con las nubes
desechas que vienen a hacer compañía a los madrugadores.

Ya han pasado más de treinta días desde que dieron la orden y lo único que me queda
es asomarme a este pequeño balcón sin flores para captar los escasos rayos de sol que
llegan. Cada vez tengo más clara la piel. No estoy guapa. Es desagradable.

No puedo escribir a casa porque han limitado los envíos postales a los de estricta
necesidad —¿qué es estrictamente necesario?—, y mi familia quedó incomunicada tras
la última tormenta. Cada uno queda encerrado a su manera… Al menos ellos tienen sol.

En cambio, ¿a mí qué me queda si no aferrarme a este balcón sin flores y observar?
¿Puede hacerse algo más que observar? Obser… Ob… Obviamente no hay nada más
que se pueda hacer.

Hoy lo han dicho por la tele. Lo de la tormenta. He intentado buscar sus rostros entre
las desgracias que las cámaras europeas han grabado allí, pero no lo he logrado.
Después Ishaq ha cambiado el canal y yo no le he dicho nada para que no se enfade.
Solo he pensado: Podrían echar lo que sea que tendríamos que creerlo.

Día 42

Ahora lo comprendo. Quedarme solo en el piso es lo peor que pude hacer. No porque
tenga miedo ni haya ningún peligro, sino por el tedio. ¡Puedo vencerlo! Cuántas veces
habremos deseado tiempo para hacer todo eso que queremos hacer… pero cuando llega
el tiempo… pesa… ¡El tedio! Tengo que lograr vencerlo.

Han pasado ya 42 días y la soledad también pesa. Empiezo a dudar si seré capaz de
volver a relacionarme como antes; hacer chistes, reírme de ellos. ¡Con lo bien que yo
río, joder!

¿Hace cuánto que no río? ¿Hace cuánto que no me descojono?

Sí, creo que la última vez fue por aquella tontería, una más de las que echaron por la
tele. Creo que simplemente necesité hacerlo. Por compensaciones anímicas. Como
necesito masturbarme. Y como necesité ayer bailar mientras fregaba la cocina.

Ahora comprendo. De nada vale tener cubiertas las necesidades básicas si tu
existencia es miserable por no poder compartirla, ni siquiera con personas desconocidas.

Se oyen gritos. Es enfrente. En la casa de la vecina que siempre mira las estrellas
incluso cuando está nublado. No reparé en su existencia hasta semanas después de que
se desatara la locura y dieran la orden. ¡Emilia! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Me
pregunto si hubiera preferido no saber su nombre. ¿Es todo lo que imaginamos mejor
que la realidad? La realidad es que ella está llorando. Juraría que me ha visto. Ha
entrado de nuevo, ¿avergonzada? No quería que yo viera la escena.

Una hora más tarde

Ahí está de nuevo. Me mira de reojo y cree que no me doy cuenta. Puede que intente
distinguir cuál es el libro que tengo entre manos. Pero no es un libro, esta vez. Es un
diario. El tiempo se vuelve confuso si no lo documentas. Hay que contar lo que sucede,
lo que se piensa. Para pensar

Emilia… Me pregunto de dónde será. En los pisos compartidos de mi barrio suelen
vivir estudiantes u obreros y cuidadoras inmigrantes. A juzgar por sus rasgos, debe ser
venezolana o colombiana, o filipina. Nunca se me dio bien distinguir nacionalidades.

Es preciosa. Eso sí. La belleza no entiende de banderas.

3 de marzo

Ishaq también echa de menos el sol, pero no lo dice. Se pasa el día durmiendo y
viendo la tele.

Sin embargo, Él… A veces lo veo sentado en una silla con un libro, leyéndolo a
ratos. A veces saca un caballete y pinta en acuarela algo que no entiendo. A veces baila.
En su balcón hay más horas de sol al día.

Este tercero sin ascensor me asfixia. Empiezo a parecerme a mis canarios, encerrada
en una jaula… ¿Se sentirían ellos así?

Día 45

Hoy me he despertado con una idea en mente. De esas que sabes que
terminarás haciendo por descabellada que sea. Voy a apuntarme como voluntario. Para
lo que se necesite. Estoy dispuesto.

Esta situación debe terminar de una vez.

Por la tarde

El atardecer es precioso. Pareciera como si el sol y las nubes y la inclinación terrestre
se hubieran puesto de acuerdo para despedirme por todo lo alto. Emilia está allí, como
siempre. Anochecerá y ella seguirá mirando las estrellas. Y nadie sabrá si prefiere la
pasión del crepúsculo o la elegancia de la gran manta negra moteada.

Casi la echo de menos y todavía no me he ido. Pero la decisión está tomada.
Cuando vuelva, si vuelvo y ella sigue mirando las estrellas, prometo hablarle. Me
asomaré al balcón y la invitaré a quedar en la calle, a dar un paseo, a perseguir el
atardecer…

10 de marzo

Hace días que no lo veo. Ni siquiera sube las persianas. Ya no pinta, ni baila en
la cocina, ni ríe por necesidad… ni escribe mientras le miro de reojo. Lo necesito tanto.
Ojalá pudiera volar, como mis canarios. Iría a buscarlo por toda la ciudad, por todo el
mundo.

Anoche soñé que regresaba gritándome ¡Emilia, al fin descubriré cómo es tu
voz! ¡Emilia! Solo tienes que saltar, solo un pequeño salto… Y estaremos juntos y serás
libre y no volveremos nunca a ningún balcón sin flores. Tan solo un pequeño salto…

El país, 12 de marzo

En la tarde del pasado viernes, sobre las 20:00 horas, una mujer saltó de su balcón
aplastando en la caída a un vecino que regresaba a casa tras varios días de voluntariado.
Ambos murieron en el acto. El compañero de piso de ella, Ishaq, afirma que llevaba días
obsesionada con la idea de volar.

¿Podría el encierro estar afectando a la salud mental de la gente? ¿O era simplemente
amor?

Amadia Gaboldt

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