Globos de Colores

Inicio / de Confinamiento / Globos de Colores

Globos de Colores

Por: Fabiola Díaz de Cerio (16 años)

Sé perfectamente dónde está el frasco. Sí, ese frasco pequeño, de cristal, con una etiqueta blanca y azul, con palabras que nunca comprenderé. Se encuentra en el fondo del armario blanco del baño. Lo veo cada noche antes de acostarme. Cojo el cepillo de dientes y ahí está, justo detrás. Ya me he acostumbrado al pensamiento que da vueltas en mi cabeza cada vez que tengo ese botecito delante. Pero todos los días lo consigo aparcar en un rincón de mi mente, nunca lo llego a destruir. Hasta ahora eso me había servido. Sin embargo, hoy eso no me basta. Me he dado cuenta de que lo único que hago es estorbar, ser un lastre para los demás. Estiro el brazo hasta rozar con la punta de los dedos el dichoso frasco. Lo agarro y le quito la tapa, dejándola encima del lavabo. Ya tengo preparado un vaso de agua para poder tragar bien las pastillas. Las saco delicadamente del bote y las miro sobre la palma de mi mano.

…………………………………………………………………………………………………………………………….…………………………………………

Unos rayos de luz se cuelan tímidamente por mi ventana, entre las cortinas con estrellas moradas. Abro lentamente los ojos. Hace mucho frío y no me apetece salir de entre las sábanas que me atrapan con su calor y su textura suave de algodón. Además, huelen a limpio, seguro que mamá las acaba de cambiar. Los ojos ya se me están volviendo a cerrar casi inevitablemente y de golpe me doy cuenta de que hoy es el gran día. Salto de la cama, meto los pies en mis pantuflas de conejitos y salgo a toda pastilla hacia la cocina.

— Tataaaaa. ¡¡¡Por fin es mi cumple!!! — llevo semanas contando los días y tachándolos en mi calendario. Qué raro, mi hermana mayor no aparece por ningún lado, pero al llegar a la cocina… me lo encuentro todo lleno de globos de colores. Encima de la mesa hay una taza de chocolate y a su lado tres magdalenas caseras. Es mi desayuno favorito, nunca he podido resistirme a una buena taza de chocolate caliente, denso, humeante… Mi hermano pequeño siempre se ríe del bigote que me sale al bebérmelo, una vez probé a tomarlo con cuidado para no mancharme. No estaba ni la mitad de bueno.

Lo saboreo lentamente, disfrutando de cada sorbo. Voy al salón y enciendo la radio. Subo el volumen a tope, espero que la señora del tercero no se enfade conmigo porque me da mucho miedo. Cada vez que me la cruzo en el portal me mira con cara de bruja, con los dientes apretados, una nariz gigante y los ojos entrecerrados.

Hasta que lleguen mis padres y mis hermanos voy a darme un baño fresquito. Los botecitos de jabón están perfectamente ordenados en un lado de la bañera, mi madre no soporta el desorden. Cojo uno que huele a flores y lo pongo bajo el grifo para que se haga mucha espuma. Cuando salgo del agua noto mi piel muy arrugada, no sé cuánto rato habré pasado sumergida.

— Papá. ¿Está ya la comida? —Corro hasta la cocina y me encuentro con un plato de lasaña. Me encanta. Como mi plato de pasta esperando a que llegue mi familia. Seguro que se han escondido para sorprenderme. Escucho noticias sobre política en la radio, no entiendo mucho de ese tema, pero como mi padre siempre las escucha mientras come, yo hago lo mismo.

La tarde pasa muy lento. Como hace sol salgo al balcón porque he oído a los médicos decir que hay que tener no sé qué vitamina.

A las ocho salgo de nuevo a la ventana porque oigo aplausos, como cada día. No sé por qué aplaudirán, pero a mí me gusta porque mis vecinos, unos padres y sus dos hijas bailan coreografías para alegrar al barrio. Yo intento seguirlos, pero me canso rápido. Siempre me pongo un poco triste cuando acaban, pero pienso que mañana volverán a salir de nuevo, con más canciones.

De repente suena el teléfono fijo. Salto del sofá para atraparlo a tiempo. Alguna de mis amigas estará llamándome para felicitarme.

Al descolgarlo una voz robótica me ofrece una oferta telefónica. Tiro el teléfono contra la pared. No puedo creerme que esta sea la única llamada que he recibido en todo el día. Nadie se ha acordado de que hoy es mi cumpleaños. Siento cómo cada vez me voy enfadando más con el mundo. Sé que estas rabietas son lo que consigue enterrar la profunda tristeza que siento a diario, así que no intento contenerlas.

No puedo soportar más esta situación. Tengo que dejar de comportarme como cuando mi vida era todavía perfecta. No puedo quedarme estancada en el tiempo para siempre engañándome a mí misma. Mis padres murieron hace ya varios años y mis hermanos viven en otra ciudad. Ya no cumplo siete años, cumplo sesenta y siete. Me siento vieja y estoy harta de preparar todos los años la noche anterior a mi cumpleaños magdalenas, chocolate e inflar esos globos que me marean. De cocinar lasaña y dejarla encima de la mesa para sorprenderme a mí misma. Nada de eso tienes sentido. Voy a acabar ya de una vez por todas con esta paranoia, con esta locura.

Sé perfectamente donde está el frasco. Sí, ese frasco pequeño, de cristal, con una etiqueta blanca y azul, con palabras que nunca comprenderé. Se encuentra en el fondo del armario blanco del baño. Lo veo cada noche antes de acostarme. Cojo el cepillo de dientes y ahí está, justo detrás. Ya me he acostumbrado al pensamiento que da vueltas en mi cabeza cada vez que tengo ese botecito delante. Pero todos los días lo consigo aparcar en un rincón de mi mente, nunca lo llego a destruir, hasta ahora eso me había servido. Sin embargo, hoy eso no me basta. Me he dado cuenta de que lo único que hago es estorbar, ser un lastre para los demás. Estiro el brazo hasta rozar con la punta de los dedos el dichoso frasco. Lo agarro y le quito la tapa, dejándola encima del lavabo. Ya tengo preparado un vaso de agua para poder tragar bien las pastillas. Las saco delicadamente del bote y las miro sobre la palma de mi mano.

De pronto alguien llama al timbre del portal. Me asomo a la ventana y veo a mis vecinos en las ventanas. Hay una pancarta colgada de una de las ventanas en la que pone “felicidades” con grandes letras y globos de colores. Noto cómo una lágrima resbala por mi mejilla. He estado a punto de cometer el mayor error de mi vida. Parece que todavía hay gente que se acuerda de mí.

Cuando vuelvo a entrar a mi casa me doy cuenta que con un pequeño gesto acaban de evitar mi tragedia. Habrá un momento en el que deje de sentir la soledad y consiga por fin destruir ese condenado pensamiento de mi mente. Ellos me aprecian, seguiré luchando.

Dejar un comentario

Your email address will not be published.

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable El titular del sitio.
  • Finalidad Moderar los comentarios. Responder las consultas.
  • Legitimación Su consentimiento.
  • Destinatarios .
  • Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional Puede consultar la información detallada en la Política de Privacidad.

Esta web utiliza cookies, puede ver aquí la Política de Cookies