Cuarentena II

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Cuarentena II

Por: Benemérito

Corrimos. No hay nadie en la calle y el hospital estaba lejos. Nadie quería auxiliarnos mientras con mascarillas y guantes, transpirábamos, y los recuerdos de desgracias llegaban a nuestra mente. En un intervalo, quedé solo y sentí otra vez miedo, un miedo superior al Covid-19, un miedo que ya conocía, un miedo rutinario, un miedo mío y nuestro, el miedo a morir de una enfermedad conocida, el miedo a la muerte regular antes de la cuarentena.

El hospital es un barullo de desdichas, es un antro de locura. La gente pierde la dignidad desde que ingresa y, no la recupera, sino muchos meses después de salir, si logra salir, de este infierno lleno de médicos, enfermeras, camilleros y vendedores de esperanzas disfrazados de cigarrillos, caramelos de coco y aguas aromáticas.

Es imposible no llorar. La gente está en los pisos sucios y contaminados. No respetan a nadie. Y yo, aún no puedo llegar al tercer piso. La seguridad espera que le entregue algo que no logro descifrar qué es. Me miran con extrañeza, con ojos agresivos, marcados sobre sus mascarillas, se mueven para verme mejor, no entiendo su deseo y opto por lo básico: Les doy dinero, al mismo instante que les pregunto por dónde llego al tercer piso.

Paso la primera alcabala y el olor a muladar se hace más profuso. No conozco este lugar. Veo más gente en el piso. Veo llorar familias enteras mientras ven camas sin sábanas y, señalan con sus dedos, un vacío que les rompe el corazón. No tienen mascarillas, sus cercanos mueren de las mismas enfermedades de siempre, las que conocen, las que no están de moda y, por cierto, igual nadie tiene la cura.

Llego al primer piso y me siento desfallecer. Ahora la mierda está en los pasillos, trato de no tocarla y los niños sin zapatos corren detrás de una pelota plástica, ellos me sonríen, no tiene mascarillas, ni guantes, me ven como un extraño. Se me acercan, me quieren dar la pelota y yo, siento el miedo otra vez, no el de moda, no el que sale en medios, no el que nombran todos en sus celulares extraños a la realidad que nos ocupa. Sigo mi camino y sonrió debajo de mis mascarilla al leer, en un papel sucio, pegado a una puerta: Atención de desnutridos, favor no hablar, la comida se deja en la entrada.

Un médico me detiene. Está infelizmente vestido, sus ojos dejan entrever que no está a gusto con nada. Me pregunta a través de su mascarilla, diferente a la mía, que si conozco a Juan, el viejo que sirve café. Le digo no y me despido. A lo lejos lo veo
hablar con los niños mientras les regala algo que saca de su bata.

Llego al segundo piso, el aire es espeso y turbio. Está oscuro. Dos hombres jóvenes permanecen inmóviles en unos colchones hechos de trapos que están en el piso. El suero o aquello que drena su cuerpo está pegado a la pared. La vía está obstruida y se nota, en su cara de estoicismo, que espera la muerte o, por lo menos, algo parecido a ella.

Sigo por el pasillo y veo tres personas más, quienes improvisando camas, se mantienen alerta viendo quién pasa. Lo terrible de este piso hijo, me dice uno de ellos, es que además de morirnos poco a poco, como perros, también debemos cuidarnos que no nos roben.

Me detengo y trato de verlo lo mejor que puedo. No tiene mascarilla, ni guantes, ni nada de lo que sale en televisión, eso que nos salvará, eso que es necesario para regresar a vernos con los nuestros. No lo tiene, porque muere de una enfermedad añeja en el corazón y, para eso, en este país de mierda, ya no hay cura.

Llego al tercer piso. Mi respiración es caótica. Hay claridad y una ventana gigante hace que todos los olores se confundan. Nada huele bien aquí. Un baño supura aguas fétidas en parte del pasillo. Una luz parpadea desesperada cerca de la sala de enfermeras, ellas, adentro, sonríen viendo una novela mexicana. Me acercó y pregunto por él, mi amigo, el que se crio conmigo en una barriada defectuosa de mi tierra.

Salgo del hospital. No logro entender cómo bajé tres pisos sin darme cuenta. Llego a la calle, compro una esperanza llamada cigarrillo. Me retiro poco a poco y me voy quitando la mascarilla y los guantes de látex. Ya sé que aquí uno se muere de vainas
conocidas, no puede existir un virus peor que el que he tenido toda la vida.

Recorro media ciudad, de regreso y, nadie me auxilia, el motivo es que carezco de mascarillas y guantes. Nadie se arriesga a morir por esa enfermedad nueva. Dicen que la crearon en un laboratorio, dicen que la propagaron para un nuevo acomodo económico mundial, dicen que es para joder a los gringos, pero se les fue la mano y ahora, pues, nos jode a todos.

Estoy en casa, cumplo la cuarentena. Escucho un carro que llega. Unos susurros de llanto y nuevamente un aire enrarecido. Me asomo, incumpliendo con la norma. Un carro fúnebre está ahí, frente a la casa donde lo llamé miles de veces para irnos a jugar,
dos hombres con mascarillas y guantes, están impacientes con la puerta abierta esperando apoyo para sacar el féretro.

Salgo. Me acerco y me apresuro para ayudar. Entro a la casa, como muchas veces lo hice. Ya está dispuesto un sitio en la sala para colocar este cajón de un color de angustia. Cumplo formalmente con saludar a todos de lejos, no tengo mascarilla y menos guantes.

Los dos hombres hacen una advertencia, son solo dos horas, y luego solo puede ir uno solo al cementerio. No hay misa, los padres deben cuidarse, para seguir, a través de benevolentes rezos, para ayudarnos a no morir de la enfermedad nueva, por la que salen en procesiones de calles vacías y las llenan de agua bendita, para erradicar el virus innovador, porque los males viejos, los que siguen matando a todos, los que no tienen cura, por ser viejos, no son tan mediáticos y lo que vale es la foto.

Me retiro junto a los dos hombres. Es momento de que la familia lloré su muerto de manera exprés. Me detengo para buscar un cigarrillo, desde que dejé de fumar, los olvido en todos lados.

Me dirijo a casa, allá fumaré más tranquilo, pienso. Mientras me retiro escucho a los dos hombres comentar, yo sé de qué murió. Hago que mis pasos sean más lentos para conocer qué mal mató a mi amigo, debo reconocerlo, si es de los males viejos. El hombre hace una pausa y, dice con melancolía, de lo mismo que murió mi madre, de pobreza.

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