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Yo veo, tú mueres

Mi llegada al aeropuerto de Johannesburgo fue de lo más discreto.

Iba con mi vestidito rosa palo, ni muy ceñido ni muy corto, lo que no quitaba que los hombres me devoraran con los ojos. Gafas de sol negras, pamela color natural, como el bolsito que llevaba enlazado al brazo y los monos zapatos de tacón a juego. El collar, las pulseras, el juego de pendientes, los anillos, el reloj. Todo era de buena calidad.

Iba con mi vestidito rosa palo, ni muy ceñido ni muy corto y todo lo demás, pero lo más importante lo llevaba de la correa: Toty, un precioso foxhound de mente abierta, inteligente y supercariñoso.

Sus cortas patitas lograban ponerse a mi ritmo, que con los tacones puestos, íbamos a la par con pasitos cortos. Al mozo que cargaba con el equipaje también le iba muy bien ese andar sereno y sin prisas.

El día era caluroso, con apenas unas pocas nubes salpicando el azul celeste. Pero se podía agradecer la brisa que suavizaba las altas temperaturas de la región.

El señor Haendel caminaba junto a mí. Era un hombre entrado en años, con su ropa formal, su pelo teñido y peinado a la antigua, sus ojos lascivos y sus gestos prepotentes.

—...Pero no seamos tan formales, si no le molesta, señorita Miravert, puede llamarme Edward si lo desea —el viejo verde estaba intentando ligar conmigo. Su sonrisa era agradable, todo hay que decirlo, pero sus ojos... tenían vida propia, una vida metida en mi escote.

—Claro que Sí, Edward —por supuesto, yo le daba coba. Era conveniente que se confiara para los negocios que tenía en mente—. Me parece una decisión estupenda. Puede llamarme por mi nombre de pila, Elena. Y podemos tutearnos.

He de reconocerlo: Esa sonrisa mía pintada de rosa, mi exótico pelo rojo, mi coquetería femenina, las curvas de un cuerpo deportivo y bronceado de un metro setenta. No había hombre que no se volviera para mirarme o que no babeara cuando le hablaba.

Bueno, no todos los hombres. Ya sabéis qué tipo de hombres. Igual que no todas las mujeres eran indiferentes a mi feminidad.

Pero así son las cosas, y yo estaba de camino a un reluciente Mercedes Benz junto al baboso dueño de Haendel & Haendel, un baboso mozo detrás con mis maletas y un baboso chófer esperando delante con la puerta del lujoso coche abierta. El último baboso era disculpable, Toty era un amor de perrito, y también babeaba por mí, pero no por razones obscenas.

Toty fue el primero en entrar. Él no necesitaba guardar las formalidades, como ya dije, era un perrito muy inteligente y muy mono.

—Me alegra mucho que prefiera que le tuté y que la llame por su nombre, Elena —comentó cuando ya estábamos acomodados dentro del Mercedes. Pronunciaba mi nombre con un acento extraño que no me gustaba—. Es mucho mejor para los negocios tener una relación de confianza. Es una desgracia que sólo vaya a estar en Johannesburgo dos días.

Le puse carita tristona, como quien no quiere pero no tiene más remedio que hacerlo. Toty me miraba alegre con la lengua por fuera.

—Sí, sólo dos días. Mañana a las once tengo el vuelo de regreso. Me hubiera gustado permanecer más tiempo en Sudáfrica, sobre todo después de conocerte, Edward, pero el trabajo es muy exigente —y no era broma, dirigir una boutique en una de las calles más destacadas de BCN, requería de un gran esfuerzo por mantener las novedades de la moda en el escaparate.

—No te preocupes querida Elena, haremos un poco de tiempo para la diversión, ¡No todo ha de ser trabajo!

Correspondí a su mirada de cerdo con aires de picardía. Me quité las gafas para que viera la promesa velada en mis ojos de una noche inolvidable. Toty estropeó un poco el momento olisqueando la mano con la que sujetaba las gafas, pero no importaba, Edward ni lo notó perdido en mi escote y mis preciosas piernas.

Eché una mirada por la ventana lateral para ver por dónde íbamos. Johannesburgo no estaba lejos del aeropuerto, pero todavía quedaba un rato para llegar. El tráfico era fluido y sin contratiempos en la autopista.

—Sabes Edward, Sí que es una pena que no tenga más tiempo. Me hubiera gustado ver el estudio de fotografía desde el que salen esos magníficos catálogos que cada temporada realiza Haendel & Haendel.

—mmm... Bueno... —murmuró divagando el industrial sudafricano—. No creo que haya problema en eso: Si ahora te enseño los almacenes hasta la hora de comer y esta tarde puedes ver toda la colección de Otoño... Después de cenar podría llevarte un momento a los estudios antes de ir a tomar una copa.

Me llevé una mano al pecho y abrí la boca en una medio sonrisa.

—¿Pero no será muy tarde después de la cena?
—No, no. Nada de eso —se apresuró a negar Edward—. Esta semana hay una sesión extraordinaria de fotografía en el estudio. Tenemos encargado un trabajo que precisa del uso intensivo de las instalaciones.

—¿Es que vas a sacar un nuevo book para esta temporada? —pregunté interesada.

—Me temo que no. Es otro asunto. La crisis también afecta en Sudáfrica, así que hay que diversificar el negocio si no quiero verme perdiéndolo todo.

Sí, sabía a qué se refería. Estaba informada de la clase de negocios a los que se dedicaba para mantener a flote la empresa.

Le miré a los ojos y le encandilé otra vez con mi sonrisa de labios golosos y dientes perfectos. Tenía que seguir haciéndole ver que era una mujer explosivamente hermosa para cegar sus sentidos. No podía sospechar nada, porque esa noche iba a acabar con sus negocios ilegales y con todo el que estuviera implicado. Lady Surprise haría, una vez más, un trabajo para beneficio de la humanidad, aunque la policía de medio planeta y la Interpol no estuvieran de acuerdo con sus métodos.

—Hay que reconocer que esta crisis sigue afectando a todos los niveles —dije escandalizada—. ¡Este Invierno ha sido un desastre para las ventas! Las temperaturas no fueron propicias para la adquisición de abrigos y jerseys. Casi no llovió y abundaron los días soleados. La verdad, es que viendo la que se avecina, me parece que yo también tendría que invertir en algún que otro negocio.

—Créeme, Elena. Esa es una brillante idea. Sólo hay que meditarlo bien y evaluar las posibilidades. Yo de tí no invertiría en Europa, es demasiado cara. Hay otros países donde la inversión es más lustrosa.

El coche paró. Sin darnos cuenta, ya habíamos llegado al hotel donde dormiría esa noche. Era un buen hotel de cinco estrellas, como no, en una zona residencial para blancos con fuertes medidas de seguridad. El barrio entero era una fortificación.
Nos apeamos del coche y entramos en el vestíbulo. A la vista sólo estaban el recepcionista y dos clientes más que salían alegremente.

—Si no te importa esperar unos minutos, Edward —le dije señalando distraídamente el bar del hotel como sugerencia—, me gustaría ducharme y ponerme cómoda antes de continuar.

—Cómo no querida —aceptó sumisamente el viejo obseso—. Tómate el tiempo que precises, Elena, Yo me tomaré un aperitivo en el bar mientras espero.

Le despedí con la manita y una sonrisita llena de promesas. Toty ni le hizo caso y el mozo que acudió a ayudarme ya tenía agarradas mis maletas.

El recepcionista fue muy amable y su mirada muy grosera, aunque intentó disimularlo. Con la llave en una mano y Toty de la otra, subimos en el ascensor hasta la habitación que tenía asignada.

Despedí al mozo con una buena propina en cuanto dejó mis maletas en un ricón. Suspiré, todo iba bien.

La habitación era amplia y tenía buenas vistas, pero no era algo que realmente me importara. Cogí la maleta gris y la desplegué sobre la cama. Comprobé que el compartimento secreto donde escondía las pistolas y las tarjetas de visita de Lady Surprise seguían tal y como lo había dejado antes de venir a Sudáfrica. Todo estaba correcto y preparado para esta noche.

De la misma maleta separé un shorcito verde y una camisa ligera de color blanco. ropa interior cómoda y sexy y unos zapatos de tacón bajo a juego. Cuando terminé de refrescarme en la ducha me vestí con las prendas separadas y completé mi atuendo con un par de alhajas sencillas y un pequeño bolsito de mano que también tenía una cadenita para colgar. El toque final lo puse con un maquillaje discreto que acentuaba mi belleza natural.

El espejo me dio la razón y fui en busca de Edward acompañada de mi queridísimo Toty, que me había observado pacientemente durante todo el proceso.

Los ojos de Edward también me dieron la razón: Estaba impresionante. Mis preciosas piernas fueron comidas con ansiedad gracias al short que las dejaba completamente al descubierto, no enseñando el trasero como todas esas niñatas sin gusto para vestir, claro. Eso era mejor reservarlo para la intimidad.

Me paré frente a él con una mano en la cadera y la otra apoyada en su brazo. Mis ojos le devoraron para dejarlo sin voluntad propia.

—Ya estoy lista, podemos irnos cuando quieras.

Edward aspiró groseramente mi perfume inconscientemente.

—Estás bellísima —dijo halagando mi aspecto—. Podemos irnos ahora mismo y así ganamos tiempo.

Se bajó del taburete y, como todo un galán, me ofreció el brazo que acepté con cálida coquetería.

El chófer baboso estaba esperándonos aparcado en el exterior. Nada más vernos salir por la puerta del hotel, se apresuró a abrir la puerta para nosotros. Un rato más tarde estábamos en el almacén donde guardaba todas las telas hasta ser utilizadas.

Era una nave en una zona industrial a las afueras de la ciudad. El almacén ya se veía deteriorado por los años, pero dentro se mantenía el orden y la limpieza. Los pocos trabajadores que había para el proceso de almacenamiento y selección se dejaron asomar como zorros ante la vista de una gallina perdida, estuvieron al acecho durante todo el tiempo que duró la visita.

Edward alardeó de todas las telas almacenadas y clasificadas, las cuales eran muchas y muy variadas.

—...Las que no tienen salida —me explicaba mi desagradable anfitrión— porque el tipo de estampado ha pasado de moda, se guardan para futuros usos.

» Ya se sabe que en el mundo de la moda todo vuelve, así que ahí están esperando la oportunidad de que puedan volver a utilizarse.

» De todas formas, también las utilizamos para realizar algunos experimentos o incluso, a veces, tengo la suerte de venderlas.

» Por su puesto —aquí su sonrisa triunfalista me resultó completamente vomitiva al intentar dar una imagen altruista y benévola—, también hago donaciones a organizaciones benéficas para que puedan vestir a las personas menos pudientes de la sociedad».

Simulé estar maravillada con sus últimas palabras. Le sonreí y le cogí el brazo con ambas manos, apoyando mis pechos en su hombro para que sintiera su calor y tersura.

—Me parece encantador que, a pesar de tu riqueza, todavía seas capaz de tener un detalle con gente sin recursos —le susurré casi al oído, dejándole casi en puro éxtasis.

El se atrevió, como digno ejemplar de cefalópodo, a pasarme el brazo por la cintura para dirigir el resto de la visita. Toty no se sentía muy cómodo con esa actitud, pero no dijo nada a pesar de que no le quitaba el ojo a Edward.

Entre llegar al aeropuerto, dejar las maletas en el hotel y refrescarse, la visita al almacén no pudo ser muy extendida. Pronto se hizo la hora de comer y fui invitada a un restaurante del centro de la ciudad, donde el servicio era excelente, la comida exquisita y el local una maravilla.

—...No creas que todos los diseños son míos —me contaba Edward, que aunque me desagradaba de verdad, tenía que reconocer que tenía una conversación muy instructiva para mis intereses— Esta nueva temporada, por ejemplo, sólo me he ocupado de la colección "Navier"...

—¡Oh, la colección "Navier"! —le interrumpí como la tonta que se supone que debe ser una mujer tan guapa como yo—. De las cuatro colecciones de este nuevo catálogo de Otoño, es la mejor de todas. Está pensada con un gusto exquisito y... con amor, si me permites decirlo.

Hinche de orgullo a Edward con mis palabras. Estaba convencido que esa noche iba a ser única, y yo estaba en condiciones de asegurar que así iba a ser. Son tan tontos estos hombres.

—Vas a lograr que me sonroje —dijo simulando modestia—. No creo que sea para tanto, aunque sí es verdad que estuve inspirado cuando la diseñé.

» De todas formas, Elena, no creas que las otras colecciones las dejo en manos de otros sin mi supervisión y la aplicación de mis gustos personales —aclaró.

—Estoy impaciente por ir al showroom. No es lo mismo ver los vestidos en la foto de un catálogo que al tacto.

—Cuanta razón tienes. Pero ya verás que no vas a salir decepcionada.

—No me cabe ninguna duda. Todo lo que compré el año pasado era de muy buena calidad.

—Y verás que este año sigo manteniendo la calidad de las prendas —su labio inferior, gordezuelo y brillante, se estiró al sonreír— Este es el segundo año que vas a trabajar con mi línea de moda y, teniendo en cuenta el esfuerzo realizado para venir a ver mi showroom desde tan lejos, te haré un generoso descuento en todo lo que compres hoy.

—¿De verdad? —le cogí la mano y casi me la llevé a la boca para besarla. Obviamente no lo hice —. Te estaré muy agradecida. No sé cómo voy a compensártelo —terminé con una coletilla picarona.

A Edward le brillaron sus ojillos grises. Estaba a punto de caramelo. Si hubiese querido, en ese mismo momento me habría bailado una polka.

He de reconocer, que más tarde, en el showroom de Haendel & Haendel, disfruté con todo lo que vi. Era cierto que todo lo que había comprado de la temporada primavera/verano había sido un acierto, aunque no me atreví a comprar más por hacerlo a través del catálogo, que siempre es un riesgo. pero no fue esa la razón por la que viajé hasta la capital sudafricana.

No lo tenía así pensado, pero viendo lo que tenía entre manos y sabiendo lo que iba a ocurrir esa misma noche, me sentí inspirada para hacer una compra instantánea en una primera selección, que fue reservada, empaquetada y enviada vía aérea a mi modesto local en BCN esa misma tarde.

Sé que parece imposible, pero cuando un culo como el mío se menea delante de un viejo presuntuoso, cualquier milagro es posible, y por eso toda esa bonita ropa ya estaba de camino a los percheros de mi tiendecita antes de acabar el día.

Hice una segunda compra más sosegadamente, tomándome mi tiempo, disfrutando del oficio bajo la libidinosa mirada de Edward. Entre percheros repletos de ropa de antelina, algodón, fibras, lino y otras telas lisas y estampadas, iba apartando todo lo que hacía ver que me llevaría.

Durante el proceso de selección me tomé un par de copas de burbujeante champán, muy frío y delicioso. A esas alturas dejaba que las manos de Edward se tomaran ciertas confianzas con mi cuerpo, pero sin abusar, para que no tuviera ningún tipo de duda. Tenía que representar mi papel para que me llevara a donde yo quería sin sospecha.

El estudio de fotografía era el sitio clave donde me llevaban todas las pesquisas que había realizado durante los últimos meses. Allí me enfrentaría a todos los componentes del grupo y desvelaría el lugar donde escondían a las jóvenes modelos.

Todo el coqueteo, el juego sexual, las insinuaciones y la compra, sólo eran excusa para alargar el tiempo hasta la hora de la cena. Así no dejaba tiempo para el descanso, tiempo que sería aprovechado por Edward para acostarse conmigo y, dadas las circunstancias, no podría negarme sin levantar la perdiz antes de hora.

El tiempo corrió a mi favor. Sólo quedó tiempo de volver al hotel para vestirme adecuadamente para la cena de esa noche.

Mi pobre Toty estaba agotado. Hubiera continuado a mi lado el resto de la noche, sin importarle a donde fuéramos ni el tiempo que estuviéramos con tal de estar conmigo. Con la que iba a organizar esta noche, tenía miedo de que pudiera sufrir algún accidente, así que, pese a sus gemiditos de pena que me dejaron con el corazón en un puño, preferí dejarlo en sitio seguro, con su peluche preferido y el reloj de tictac para que se tranquilizara y no se sintiera tan solo.

El vestido azúl realzaba mis formas femeninas. Lo sé porque hasta las mujeres se giraban para tomar nota. También dejaba perfectamente disimulada la pistola escondida en el interior de mi muslo.

Esta vez no hubo chófer. Edward me recogió en un flamante Lamborghini amarillo que él mismo conducía. Brillaba espectacularmente a la luz de las farolas y su motor hacía un sonido delicioso para los oídos. No era un coche para conducir, era un coche para conquistar. Conquistar a mujeres estúpidas que sólo buscaban en los hombres alguien que les diera seguridad.

Puedo asegurar, después de este episodio, que nadie tendrá el valor de acusarme de estúpida a pesar de disfrutar del paseo que me dio el asqueroso de Edward, al cual tuve que permitir que me acariciara las piernas durante el trayecto hasta el restaurante en el que teníamos mesa reservada.

Es lo malo de ser tan hermosa, nunca paso desapercibida, por eso en un momento dado de mi vida, tomé la determinación de no esconder lo que Dios me había dado. Es un decir, no creo en Dios.

Edward tenía buen gusto, sabía sonreír y poseía una fortuna. En principio, si no es porque sabía el tipo de canalla que en realidad era, quizás hubiera acabado teniendo algún tipo de afinidad con él. No quiero decir con ello que me hubiera enamorado, no era el tipo de hombre que a mí me gusta, pero no hubiera rechazado algunas de sus proposiciones.

Como ya había dicho, además de no ser mi tipo era un canalla, por lo que todo lo que tuve que soportar de sus ojos, sus manos y sus labios, lo soporté por razones muy elevadas.

Me encantó el restaurante, que merecía un diez sólo por las vistas, ya que estaba situado en lo alto de un gran edificio. El cuarteto sinfónico amenizaba la velada con hermosas composiciones clásicas. Edward estaba radiante con su elegante traje negro y la ilusión de tener más tarde mi cuerpo. Yo estaba impaciente por terminar la cena e ir al estudio fotográfico, que por cierto, todavía no sabía dónde estaba.

Las últimas luces del atardecer dieron un color espectacular al horizonte, como si una mano divina hubiera pintado el firmamento con infinita maestría.

—...He de reconocer que yo también me siento muy a gusto en tu compañía —comentaba como la mejor actriz nacida en el planeta—. Quizás, si lo deseas, podría volver cuando tenga un hueco en mi agenda.

Habían retirando los platos de la mesa para dar paso al postre. De alguna forma que no supe evitar, así era la habilidad de Edward, habíamos pasado de hablar de trabajo a tener una conversación de índole más íntimo casi desde que nos sentamos.

—Sé que es muy precipitado decirlo, apenas si nos conocemos desde hace unas pocas horas, pero siento que contigo sería más feliz —tenía mi manita bien cogida entre las suyas y hablaba con ella cerca de sus labios.

—Es mejor que nos veamos un par de veces más antes de asegurar que esto que sentimos es real —no podía lanzarme a sus brazos y ya está. Mi objetivo era llegar al estudio.

—Puedo asegurarte que lo mío es real, Elena —Él también era buen actor. Parecía sincero.

Sería horrible repetir toda la conversación entera, que como uno ya puede imaginar, siguió en el mismo tono de inmadurez romántica hasta que decidimos irnos.

Por Fin nos encontrábamos de camino al estudio de fotografía donde se consumaban todos los abusos a esas pobres chicas que, engañadas por falsas promesas, eran llevadas allí para ser objeto de los deseos más bajos de las mentes más perversas.

En esta ocasión su mano volvió a manosearme los muslos. Tenía que andar con cuidado no acariciara el interior de mis muslos y encontrara la pistola ahí escondida. Todavía era temprano para enseñarla.

Salimos de la zona segura de los blancos y nos alejamos del centro. Ya era de noche y tuve que fijarme mucho en el trayecto para no perderme a la vuelta. Cuanto más avanzábamos, en peores condiciones estaban las calles y menos iluminadas. Tenían un aspecto peligroso y solitario que no invitaban a pasear por ellas.

Llegamos frente a un edificio industrial de dos plantas con un alto cercado bien instalado, con alambre de espino en la parte más alta y en el suelo interior. Las luces que flotaban sobre la entrada de la empalizada delataban las cámaras de seguridad que nos habían visto llegar. A penas si esperamos unos segundos delante de la puerta hasta que esta se abrió automáticamente.

Si este era el estudio, Lady Surprise ya podía comenzar a impartir su justicia, pero prefería verlo primero. Quería estar totalmente segura antes de hacer algo que no podría corregir si me había equivocado.

Al entrar, la puerta se volvió a cerrar detrás nuestro, volviendo a convertir el recinto en un lugar relativamente seguro. Aparcamos en un espacio en el que ya había otros coches y alguna furgoneta. También vi una moto que dejé anotada en mi cerebro.

La noche era silenciosa e inquietante. Sólo el ladrido de un perro lejano se atrevía a romper la quietud existente. El aire se había parado, haciendo más asfixiante el calor permanente.

Por suerte el interior del edificio estaba refrigerado con aire acondicionado. Tras la primera puerta había dos enormes negros con fusiles de asalto, tenían cara de duros. Me miraron como quien mira una hamburguesa y apenas si saludaron a Edward.

Atravesamos el pasillo hasta una puerta en el fondo que daba a un distribuidor con cuatro puertas cerradas y unas escaleras con opciones de subida y bajada. Subimos.

En el descansillo del primer piso accedimos a un pasillo con varias puertas en sus laterales. Entramos por la segunda de la derecha, flanqueada por dos negros como los dos anteriores, yendo a parar al tan esperado estudio de fotografía de Haendel & Haendel.

Era un espacio amplio y muy iluminado. En el centro estaban las pantallas reflectoras y los focos donde una jovencísima modelo en ropas muy sexys posaba para los dos fotógrafos y el de la cámara de vídeo.

En un rincón había un sofá grande y cómodo donde descansaban otras tres modelos, también excesivamente jóvenes, parecían aturdidas o drogadas. En la mesa de centro había botellas de alcohol y vasos medio llenos. Hacía conjunto con la barra de bar completamente equipada en la que un tío achaparrado y feo como un borrego fumaba aburrido. A continuación habían varios percheros con ropa.

En el otro lado de la sala estaba el atrezzo y más material útil dispuesto para ser usado en cualquier momento. Sin distribución aparente, había más sillas y sillones para descansar por todo el habitáculo.

Personal variado pululaba como ayudantes para mover luces, atrezzo o cualquier otra cosa que se les ordenara hacer. Otro tío con cara de perro vigilaba una puerta del fondo agarrado a su fusil, éste no era negro, pero parecía igual de malo que los otros guardianes.

Las ventanas estaban tapadas de modo que la luz no se filtraba al exterior.
Olía a cerrado. Humo de tabaco y sudor.

Edward saludó a los hombres de las cámaras, especialmente a uno alto y flaco con un bigotito fino de sonrisa falsa. Me los presentó

—Acércate cariño —dijo Edward agarrándome de la cintura para que todos vieran a quién pertenecía—. Estos son Francis, Michael y Rody. Son las estrellas del estudio. Chicos, os presento a Elena.

—Elena —repitió Francis, el fotógrafo flaco—, un nombre muy apropiado para quien tiene los atributos de la mítica princesa de Troya.

Simulé sentirme halagada y complacida con las palabras del Francis, pero no tanto como para poner celoso a Edward.

—Bueno, en cierto modo también he sido secuestrada —no pensé que hubiera tanta gente en el estudio. Había imaginado que sería algo más discreto, que sólo unos pocos sabrían qué ocurría verdaderamente, pero lo que estaba viendo no aparentaba ser ni discreto ni oculto. Eso me hizo dudar—. Sólo hubiera faltado que Edward se hubiese llamado Paris.

—Puedo asegurar que si te raptara, las consecuencias serían parecidas a las ocurridas en la antigüedad.

Al volver a mirar a las jovencísimas modelos tiradas en el sofá, la reconocí. Sí, la morena era una de las que había podido ver en aquella horrible película de internet. No estaba equivocada.

—Tienes razón Edward —yo acababa de ver—: Sangre y fuego es lo que hubo en aquella época —ahora tenían que morir.

Con una naturalidad que no despertó la alarma de quien me observaba, saqué a relucir la pistola que tenía escondida en el interior del muslo. Quité el seguro y moví el cerrojo de alimentación.

Como Lady Surprise, me disponía a comenzar aquello que criminales y policías no querían que hiciera. Pero su opinión me daba igual y lo hice.

Les miré uno a uno con mi esplendorosa sonrisa. Estaban extrañados, asimilando que había sacado una inesperada pistola de debajo de mi falda.

Francis, el fotógrafo de bigotito repugnante, fue el primero en darse cuenta del peligro que corría. Levantó las cejas alarmado y recibió la primera bala de la noche. No hubo queja por su parte.

Michael y Rody tampoco reaccionaron a tiempo y se vieron agujereados antes de que el flacucho cayera cadáver al suelo.

Edward sí supo reaccionar y se puso a correr hacia la puerta por donde habíamos entrado. No le preste la atención debida, ya que el matón de la otra puerta me apuntaba con su fusil. Debía ser todo un profesional, pero no sabía que se las estaba viendo con Lady Surprise.

Salté hacia un lado dando una voltereta espectacular hasta situarme al amparo de una columna interpuesta entre él y yo. Sus disparos no hicieron blanco sobre mí, no es que tuviera mala puntería, es que yo era muy ágil y el payaso que paró con la pierna el proyectil era tonto.

Como era de esperar, sorprendí al tirador cuando asomé la cabeza por el lado de la columna por la que había desaparecido y le metí dos balas en su maldito cuerpo.

Las atolondradas modelos habían despertado de su aturdimiento y se encontraban debajo de la mesita gritando de terror. Eso me dió la tranquilidad suficiente como para acabar con el tipo pringoso de la barra que había sacado una escopeta. Por suerte, no tenía mucha puntería y no acertó ninguno de los disparos, por lo que me dio tiempo a esconderme tras el sillón más cercano.

Sentada de espaldas a la barra de bar, protegida por el sillón, vi delante mía a uno de los ayudantes que corría agachado pegado a la pared pretendiendo huir. Un certero disparo en su cabeza le convenció que no tenía escapatoria.

El capullo de la barra seguía disparándome, con la posibilidad inequívoca de alcanzarme, ya que el sofá no era capaz de parar todas las balas. Era peligroso seguir ahí. Eché un mirada rápida por mi lado derecho para situar al blanco, lancé por el mismo lado una botella que encontré a mis pies, y por la izquierda una hermosa bala.

Esperaba que le disparara a la botella mientras yo lo lo hacía en su pecho, y así fue.

Pero los problemas seguían, todavía había más gente de la que pensé que debiera haber desde un principio, y puedo asegurar que los dos negrazos de la entrada al estudio no se habían quedado quietecitos. Esos dos habían visto de todo y no les daba miedo morir.

Aunque parezca mentira, un asalto directo es más efectivo de lo que una pueda pensar, no da tiempo a reaccionar de la manera adecuada, y si quien lo hace es un experto mercenario, pues el resultado es perjudicial para quien se oponga.

En este caso, quién se oponía era yo. Cierto es que al primero lo liquidé con una bala en el hombro otra en el estómago y la última que no iba dirigida a él, en el pecho. El segundo mercenario había sabido avanzar protegido por el cuerpo de su compañero y había logrado hacerme daño.

Creí que me había arrancado la cabeza. Pensé por un momento que me iba a desmayar. Pero además de buena, soy afortunada. El muy estúpido había cometido un error de principiante: Tenía el seguro puesto. Eso me dio tiempo a levantar mi manita y apretar el gatillo.

Desde el suelo vi como todos corrían e iban desapareciendo por la puerta por la que había entrado en ese antro del pecado.

Como eran muchos y el fusil del último negro había quedado al alcance de mi manita, dejé mi pistola en segundo plano y fusilé a todos los que pude antes de que la preciosa modelo se pusiera por delante intentando huir de la única persona que en ese edificio trataba de salvarle.

Ya que sabía que Edward, el cabecilla de toda esta banda de proxenetas, debía estar a medio camino de su coche, que, si lo alcanzaba sería su salvación, decidí tomar un atajo para acortar la ventaja que tenía.

Me acerqué a una de las ventanas de la que, había observado, el panel instalado para que no traspasara la luz no era muy resistente. Tal y como había pensado, apenas era un grueso cartón que pude arrancar de un fuerte tirón.

Con el fusil colgando de mi hombro y la pistola metida en la cintura de mi falda, me dispuse a saltar al vacío, no sin antes descerrajarle un tiro a un idiota que había intentado esconderse tras unas cortinas.

La caída no era tan alta como uno pueda pensar, ya que me encontraba en la primera planta, así que caí como una reina de las acrobacias.

Observé que estaba en un lateral del edificio y ya se escuchaban algunos ruidos provenientes de la parte delantera. Corrí como alma que lleva al diablo.
Cuando llegué a la esquina no paré, seguí corriendo mientras ametrallaba a todo bicho viviente. Vi a Edward metido en su precioso Lamborghini y le dejé el coche hecho un colador.

Algún gilipollas me disparó desde detrás de un lujoso BMW, pero ni el lujo ni su pésima puntería evitaron que le arrebatara la vida con unos trocitos de plomo.

Al fusil se le habían acabado las balas con esa última víctima, así  que lo tiré y cogí otra vez mi fiel pistola. Me acerqué al Lamborghini.

Cuando abrí la puerta me encontré con Edward tumbado y temblando de miedo. Hasta podía oírle lloriquear.

—Sal de ahí —le ordené tranquilamente.

Como no hizo caso o no me escuchó, insistí:

—Vamos, sal del coche. No te va a ocurrir nada, todo ha sido un malentendido. Una equivocación —se lo dije para tranquilizarlo y que saliera por el mismo. No tenía ganas de sacarlo yo del coche.

Él, incrédulo y asustado, me miró. Le hice una señal con la mano para que saliera y encogí los hombros con una sonrisita como si estuviera disculpándome.

Miré alrededor y vi a las jovencísimas modelos agarradas en un rincón. Estaban muy asustadas, a la expectativa de lo que iba a ocurrir a continuación. todos los demás habían muerto por sobredosis de plomo.

Sin avisar le pegué un tiro al repulsivo Edward. La bala le atravesó la rodilla dolorosamente, o eso parecía al menos por los alaridos que gritaba desde el suelo.
Miré otra vez a las tres chicas y les dije:

—Éste es el hijo puta que os ha secuestrado y os ha obligado a posar desnudas y ha hacer otras cosas sin el consentimiento de vuestra voluntad. Este cabrón es el jefe de todos estos malparidos. Es el último que vive. ¿Alguna quiere hacer justicia? —me miraban, estaban paralizadas por el miedo.

» ¿Alguna de vosotras tiene edad para conducir? —pregunté eso porque esto tocaba a su fin y había que irse. La morena levantó la mano tímidamente—. Lo digo porque tendréis que coger vosotras un coche para ir por vuestra cuenta hasta una oficina de la policía. Yo no puedo acompañaros, nadie que quiera impedir mis actividades debe verme. ¿Habéis comprendido lo que os he dicho?»

—Sí —contestó casi inaudiblemente la morena.

Edward seguía retorciéndose de dolor en el suelo. Le apunté en la cabeza.

—¡Espera! —El grito de la chica paró la presión de mi dedo sobre el gatillo.

La jovencita morena se levantó y cogió de las sombras una pala. Se acercó a Edward y, tras escupirle, comenzó a golpearle con rabia.

Las otras chicas tomaron ejemplo de su compañera de martirios. Cogieron objetos contundentes y se pusieron a golpear a Edward con la misma saña que su amiga.

 Como pude apreciar que ya se las podrían arreglar ellas solas, me fui directa a la moto que había visto al llegar. Tenía el casco colgando del manillar con las llaves dentro.

La Yamaha sonaba a cielo.

Antes de salir, en la entrada del recinto, que alguno de los muertos se había ocupado de abrir para poder escapar, cogí una de mis tarjetas de visita con el estupendo logotipo de Lady Surprise y la lancé al suelo para que todos supieran quién había sido la responsable de la matanza.
 
—Gracias.
Sólo pude sonreír. Ese agradecimiento era todo el pago que necesitaba. Puse la primera y me lancé a la oscuridad de las peligrosas calles de Johannesburgo.

FIN

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