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Y aquí estoy

Bueno, y aquí estoy ahora, después de todo. Me demostré a mi mismo que no era fuerte y acabé así, tumbado en el suelo, medio muerto, y rodeado de un charco de sangre.

Sinceramente no me acuerdo del día en el que la conocí o que la vi por primera vez de lo que si me acuerdo es del momento en el que me fijé en ella de verdad.

Era un día normal: las mismas clases aburridas, los ejercicios monótonos y el bullicio de siempre por los pasillos. Pero ese día el recreo fue diferente. De entre toda la muchedumbre de alumnos de primero sobresalía ella: alta, rubia y con una sonrisa de oreja a oreja. Nunca había visto a alguien como ella, pero creía conocerla pero no sabía de qué. Entonces me di cuenta que en realidad acababa de descubrirla. Tardé meses en acercarme a ella, y el destino hizo que a cada paso que diera me la encontrara en  mi camino, aunque nunca me sirvió de mucho.

Bueno, mejor voy al grano porque, creo, que no me queda mucho.

Esta mañana la vi sentada en unas escaleras de un portal, yo iba de camino a clase y llegaba tarde. Me acerqué y me senté a su lado, ella, me miró con sus ojos verdes, rojos y vidriosos de llorar.

En ese instante ella , con su dulce voz, pronunció las peores palabras que jamás me habían dicho, y no por ser agresivas sino por el daño que causaban.

- Traidor. No me vuelvas a hablar. Mentiroso.

No supe que decir. Ella se fue sin que yo pudiera emitir una palabra. Quedé inmóvil, sentía impotencia, no sabía cómo actuar. Inconscientemente empecé a llorar, no podía hacer nada ya. No fui a clase ni a ningún sitio, caminé en círculos, me perdí, me volví a encontrar, no comprendía nada y decidí acabar con todo.

Y ahora estoy aquí, tirado en estas escaleras, en un charco de sangre, los brazos abiertos y el alma rota.

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