Voracidad, Parte 3 (De nuevo en el Infierno), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

www.relatos-cortos.es 

  • Tamaño del texto

Voracidad, Parte 3 (De nuevo en el Infierno)

(18:44 - 14/06/19)

Todos estaban atentos a las explicaciones de Pablo, pero algo les desorientó. Puede que fuera otro de esos demonios. Éste cogió el arma y se colocó al lado de la puerta esperando oír algo…pero nada. Los chicos estaban sentados en el suelo en un extremo y las dos limpiadoras en la cama: —O sea, ¿que tú eres médico?—dijo Verónica.

—Sí. Trabajo…bueno, trabajaba en el hospital que hay aquí detrás—contestó sentándose en una silla.

—¿Por qué no lo has dicho?

—Porque no me lo habéis preguntado.

—Entonces—se metió Samuel—…si mueren y después reviven…son, son “zombies”. Como pasa en las películas.

—Sí, pero esto no es una puta película, Samuel.

—¿No jodas?

De repente, se escucharon varios rugidos originarios del pasillo y todos en la habitación se pusieron en guardia.

—¡Dios mío!—gritó Inés.

—¡Vamos!

Entonces se empezaron a oír varios tiros y gritos. Los de la otra habitación ya habían salido de allí: —¡Salid ya de ahí!—retumbó la voz de José Francisco aporreando la puerta.

—Yo no me muevo de esta habitación—dijo Inés.

Verónica se dispuso a tranquilizarla cuando Pablo abrió, finalmente, la puerta: —Corred tanto como podáis…¡venga!

Y salieron de allí. Primero Pablo y Samuel seguidos de las demás y no vieron a nadie en el pasillo, salvo unos cuantos cuerpos de infectados: —Vamos, pueden levantarse en cualquier momento—advirtió el doctor.

Un siseo llamó la atención de éste; Adrián se asomó por la esquina y les hizo una señal para que siguieran. En poco tiempo todos estaban otra vez juntos.

—¿Quién es esa?—preguntó el joven policía.

—Estaba escondida en la habitación, pero no pasa nada…no la han mordido ni nada—contestó Samuel.

—¿Es de aquí?

—Sí, es una compañera mía—dijo Verónica.

—Bien, ahora mismo no hay nadie. Vamos a seguir bajando—dijo José.

—¿Qué?—Juan Diego se colocó delante de él.

—Esto tiene que tener su salida de aguas, su…conexión con las alcantarillas, ¿verdad?

—Sí, en un sótano que está al lado de las cocinas—Inés hablaba muy nerviosamente mirando a su compañera para comprobar que no se equivocaba en nada—. Pero…pero hay que bajar…hay que bajar.

—Ya, eso ya lo sé.

—No nos quedemos aquí, joder—dijo, ahora, Samuel.

—Tenemos que separarnos. Tenemos que…

—¿Y dónde nos vamos a meter, eh? ¿Dónde?—se alarmó Juan Diego, agarrando de la camiseta a José.

—De habitación en habitación, hasta que lleguemos al piso de abajo. Nos reuniremos en un cuarto concreto.

—¿Y cómo sabremos que es el vuestro?—interrumpió Alicia.

—No…no lo sé, pero lo sabréis. Os dejaré algo en la puerta, una señal, lo que sea.

—¿Y si resulta que no estáis en esa habitación porque estáis muertos?

Se quedó unos segundos en silencio tras ese concepto de Pablo, pero no se le ocurrió nada mejor: —Buscáis una salida sin pensar en nosotros.

—Vale.

Se volvían a escuchar gritos cerca de donde ellos se encontraban, así que avanzaron un poco más e Inés utilizó una llave de un manojo que tenía para abrir una puerta; en la habitación se introdujeron Pablo y las dos limpiadoras. Los demás también cogieron las llaves para las habitaciones donde se iban a refugiar. Adrián se metió en una con la joven pareja y José Francisco siguió un poco más adelante, con Sandra siguiéndole todo el rato y con Juan Diego.

—Cerrad bien y aguantad—gritó José.

No se esperaba que, en una esquina del pasillo, apareciese uno de los infectados. Le agarró del cuello y le estrelló contra la pared. La chica y el funcionario se echaron hacia atrás gritando. Aquel ser era más bajo que José, y él se aprovechó. Le agarró de los hombros y le estampó en el tabique de enfrente. Le golpeó fuertemente en la cara y, después, le disparó dos veces en la cabeza. Tras un segundo de quietud, apremió a los otros dos para continuar: —Vamos, vamos.

—¿Dónde?—preguntó Sandra.

—Ahí, ahí—señaló una puerta.

Estaba abriendo la cerradura cuando otro pérfido ser apareció por el pasillo: —Vamos, ¡entrad, entrad!—gritó. Acto seguido acertó a descargar dos balas más en la frente del infectado.

Finalmente entraron en la habitación y la cerraron de nuevo con llave. Miraron a su alrededor…nadie. Con rapidez pusieron un sofá y varias sillas frente a la entrada: —¿Esto aguantará?—preguntó Juan Diego.

—No lo sé, espero que sí.

—¿Usted está bien?—se interesó.

—Sí, gracias—se marchó para mirar por las ventanas tras darle una palmada en el hombro. Lo que vio no le tranquilizó para nada; se aterrorizó aún más—. Me cago en la puta.

—¿Qué pasa ahora?—dijo Sandra.

—No te aconsejo que mires.

—¿Por qué?

No contestó, se limitó a observar por el ventanal. A observar cómo atroces hordas de esos muertos vivientes corrían por las calles transformando el paseo de la costa en su dominio de terror y violencia. Haciendo caso omiso, Sandra también quiso echar un vistazo.

—¡Oh, Dios!—se llevó a la mano a la boca y comenzó a sollozar echándose al suelo.

—¿Qué?, ¿qué pasa?—preguntó Juan Diego al otro extremo.

José cerró cortinas y persianas: —Están por las calles—contestó, y luego suspiró—…todo está fuera de control. Eso de ahí abajo ya no es una ciudad, es un infierno.

Se sentó en el borde de la cama e intentó pensar: —Pero…¿entonces qué vamos a hacer? Esto es el fin del mundo, el apocalipsis.

—No creo que sea el fin de nada. Intentarán acabar con ellos—su voz sonaba templada y segura de sí misma.

—¡¿Quién?!—chilló— ¿Quién coño va a acabar con eso? Ya has visto lo que hay ahí abajo.

—Sshh…no grites.

—Y qué más da si grito, si todos vamos a morir—se sobresaltó.

—Ya, pero por lo menos vamos a intentarlo—pretendió apaciguarla.

Quedaron mirándose en silencio, esperando a ver si el otro abría la boca, pero no sucedió…nada.

Unos minutos después, José cogió de la cintura de su pantalón un pequeño walkie-talkie que usó para comunicarse con Adrián.

—¿Qué hace?—preguntó Juan Diego.

—Me estoy quedando sin balas. No tengo demasiada munición.

Y, al otro lado, éste, recibió la transmisión en su radiorreceptor: —Medina—respondió formalmente.

—“Adrián, soy yo—le devolvió José—. Me estoy quedando sin munición…no aguantaré más”.

—Ya…pero, ¿qué…que hacemos?

—“Nuestra bolsa…se quedó en el piso de arriba, cerca del ascensor. Allí lo teníamos todo”.

—¿Y qué…vamos a subir?

—No, no puedes dejarnos—se exasperó Alicia.

—¡Sshh!—ordenó que se callara— Oye—volvió al aparato—…es un poco suicida, ¿no?

—“Esperar también es un suicidio, y más inservible. ¿Y si lo intentáramos?”.

—¿Tu y yo?

—“No. No podemos irnos los dos”.

—¿Entonces?

La comunicación se mantuvo en suspenso unos segundos:—“…Pregúntaselo al chico”.

Adrián se quedó mirando a Samuel. Éste no decía nada, sólo se mantenía a la espera: —Va a ser difícil.

Juan Diego escuchaba con atención el razonamiento que tenía José con su compañero vía radiofónica: —Convéncelo—terminó diciendo éste—. Supongo que querrá salir de aquí y salvar a su querida…así que intenta persuadirle—y cortó la comunicación.

—Va a mandar…a un niño contra esos

—¡Necesito ayuda!—interrumpió José al oficinista— Y he visto que ese chico es rápido, que sabe moverse. No podemos irnos Adrián y yo y dejar sólo a Pablo, o al revés…al menos tienen que quedarse dos hombres con armas. Y no creo que a ninguno de nosotros nos queden muchas balas.

No contestó; le pareció, con todo, que llevaba razón, por muy duro de aceptar que fuese. Pero aún más duro de aceptar se hizo en la otra habitación.

Adrián observó de nuevo a Samuel, y éste no sabía qué narices pasaba por la mente del policía: —¿Te gustaría ser un héroe?—le preguntó éste alentadamente.

—No—respondió sin pensar.

—Pues lo siento, pero no hay otra.

—¿Cómo?…¿esto a qué viene?—quedó desconcertado.

Adrián se levantó del suelo y suspiró: —No podremos aguantar aquí mucho tiempo. Nos quedan pocas oportunidades para salvarnos…y ésta podría ser una de ellas.

—¿De qué hablas?

—Nuestra bolsa…con la que llegamos aquí. Está llena de armas, pero…se quedó en el piso de arriba, en el montacargas.

—Ya lo sé.

—Allí se quedó…y no pudimos hacernos con ella.

—¿Y a mí que me importa eso?—devolvió entre irónico e insolente.

—Mucho…si quieres salir vivo de aquí, capullo—se irritó Adrián—. Y si quieres sacarla también a ella—terminó señalando a Alicia, que quedó sin habla repentinamente.

—Pero…¿y tú?

—No podemos irnos José y yo y dejar a Pablo solo, contigo. No duraríais mucho.

—¿Y te crees que vamos a durar mucho si vamos ahora?

—No—respondió sinceramente—. Pero podéis conseguirlo…si lo hacéis bien.

—¿Si lo hacem…?—Samuel no daba crédito a los argumentos tan pobres que le daba el policía— Oye, no es un partido de football, ¿verdad? Esos pasillos están llenos de…putos muertos vivientes.

—Yo no puedo ir…¿me has visto?—Adrián le mostró el brazo—. José te cree capaz, no te lo estaría diciendo si él no estuviera seguro. Tenemos que conseguir esa bolsa…como sea.

Y reinó el silencio. Los tres quedaron callados. La pareja se miró; Samuel miró a la preciosa Alicia y vio que ésta negaba con la cabeza. Sin embargo la mente del chaval vivía una embrollada e inextricable confusión. Sabía que si iba al piso de arriba moriría. José, a lo mejor, no…pero él seguro. Al menos lo habría intentado, por Alicia. Pero, si decidía no ir, obligando a José a ir solo o con el maldito imposibilitado de Adrián, las posibilidades de salir del edificio serían cada vez menores; para él, a lo mejor, no…pero, para su chica, seguro…al menos lo habría intentado, por Alicia. Las ideas se le empezaron a aclarar un poco: —…Venga—acabó diciendo. Adrián sonrió por su decisión.

—“…Ya podéis ir saliendo”—sonó la voz de éste en el walkie de José Francisco; era la respuesta que quería oír desde hacía ya rato.

En un momento, las puertas se abrieron. Samuel salió de su habitación, no sin antes haber serenado a Alicia. José Francisco también tuvo que hacerlo con Sandra, que se opuso una y mil veces a ese descabellado plan. Adrián les deseó suerte, y luego volvió al interior de la estancia. El policía y el chico se cruzaron en el corredor. No se hablaron, sólo se hicieron una señal. Miraron aquí y allá…nada, y eso era una auténtica suerte.

—Le voy a odiar toda la vida—acabó murmurando Samuel.

—Lo sé…venga—apremió José para que avanzaran por el pasillo.

De repente, se alzó la pernera de sus pantalones. A los tobillos llevaba fijadas dos fundas de cuero con dos grandes puñales en ellas.

—La ostia—soltó el chico—. ¿Eso lleváis ahora?

—Te sorprendería lo que llevamos regularmente cuando patrullamos.

Sosteniendo esas afiladas dagas siguieron los dos recorriendo el pasillo; Samuel sosteniendo su revólver y una de las armas con silenciador que Adrián le había dado: —¿Qué es esto?—preguntó por la pistola.

—Una “Desert Eagle”.

—Joder…siempre he querido tener una—dijo con entusiasmo.

—Oye—robusteció su voz—…tomátelo en serio. No estás jugando al puto “Resident Evil”, ¿eh?

—¿No jodas?

Los dos se quedaron quietos cuando vieron a uno de esos monstruos de espaldas a ellos. José le indicó a Samuel que se quedara quieto. Entonces, el ser comenzó a olisquear el aire…hedía a carne humana muy cerca de donde él estaba. Soltó un gruñido, los dos empezaron a moverse hacia atrás y la aberración se dio, finalmente, la vuelta. Por sorprendente que parezca no hizo nada. Se movía muy lentamente, no como los otros “zombies”. Ni José ni Samuel supieron qué hacer hasta que éste último reaccionó. Y su reacción no fue otra que la de seguir hacia adelante, empuñando los cuchillos con fuerza. Pero allí estaba el infectado, sin mover un dedo, sólo lanzando cortos gruñidos y expulsando un montón de viscosos fluidos por la cavidad bucal.

Ahora estaban los dos seres humanos frente a la bestia, cara a cara. Parecía que era un hombre joven, aún con rasgos un poco “mortales”. Sus ropas estaban hechas jirones y se movía con una parsimonia que no dejaba de ser alarmante, sin dejar de mirar a los dos temerosos individuos. Movió su brazo derecho indicándoles que pasaran de largo. No se lo podían creer…aquel hombre, que se estaba convirtiendo en uno más de esos infectos entes, les dejaba paso.

José asintió, se acercó al todavía humano espécimen y, silenciosamente, con los estiletes bien asidos, le rajó el cuello, haciendo que se derrumbase en el suelo. Luego, volvió a clavarle uno de los filos en la garganta y fue apretando todo lo fuerte que pudo; la carne le pareció más inconsistente, más esponjosa. No tardó en bajar su mano hasta que tocó el suelo. El que fuera mitad hombre, mitad “zombie”, ya estaba muerto, con la cabeza totalmente separada del cuerpo. José creyó que le concedió la muerte más noble que le hubiera podido conceder a uno de esos condenados seres. El agente se levantó y dio por concluido el espectáculo. Siguió por el pasillo hasta que vio las escaleras cerca de él. Se aproximaron muy silenciosamente a la esquina.

Se movían pegados a las viejas paredes de color toronja, mirando a todos lados. Terribles rugidos se oían a lo lejos, pero parecían demasiado lejanos: —Vamos—dijo José empezando a subir los peldaños. Samuel estaba cada vez más sobrecogido, aunque no dudó demasiado en seguir a su experimentado compañero por aquel infierno. José se paró arriba y echó un vistazo a derecha e izquierda. Estaba claro que los muertos vivientes no tardarían en aparecer; los cadáveres que había tirados por el suelo eran recientes. Algunos estaban descuartizados, dejando un olor hediondo en el aire.

—Dios mío—susurró Samuel, ya aterrado. Su pulso se revelaba convulso.

—…No metas a Dios en esto. No tiene nada que ver—le corrigió José Francisco.

Pasaron aquella especie de salita repleta de cuerpos y líquido orgánico y volvieron a introducirse en los pasillos como convidados de piedra, haciendo el menor ruido posible.

—¿Cuánto queda?—preguntó Samuel.

—No demasiado.

Avanzaron por corredores donde había miembros humanos desperdigados por todas partes y la sangre cubría suelo, paredes y techo…aquello era una pesadilla hecha realidad, una terrorífica realización del ancestral miedo del hombre a lo desconocido en forma de un brutal festival ultra-violento y maligno que, sin duda, amenazaba la existencia del ser humano. Decenas, cientos, miles de personas transformadas en aberrantes seres sin razón, deseosos por reproducirse de la única manera que sabían: infectando a otros humanos. Se correspondía, sin duda, con ese atávico espanto del hombre a perder su identidad y su humanidad. En eso estaba pensando José, y, seguramente, Samuel. Lo que habían conocido sólo por ficciones, novelas y fantásticos retratos plasmados en el celuloide estaba reproduciéndose en la realidad de manera impasible.

—¿Crees que lo conseguirán?—preguntó Alicia a Adrián, que esperaban en aquella habitación, intranquilos en su interior aunque revelándose sosegados por fuera.

—Sí…creo que sí.

Ella se contuvo para no soltar una sola lágrima: —Si mueren allí arriba, y, por algún tipo de suerte que tengamos, conseguimos salir vivos…usted no pasará de la puerta—el oficial, que estaba frente a la entrada, desvió lentamente la mirada hacia la chica—. Porque yo le mataré—se quedó un instante en silencio—…me la pela si es policía…¿trato hecho?

Se miraron sin articular palabra hasta que Adrián le respondió con franqueza: —De acuerdo.

Mientras, los dos valientes ya se encontraban en la susodicha planta. Sólo habían tenido que lidiar con otro infectado, del que se encargó José todo lo silenciosamente que pudo.

—¿Dónde está?—preguntó Samuel al oficial por la bolsa.

—Allí—dijo, al final, observando en el corredor, a unos pocos metros de ellos, una escarcela azul marino de asas negras que estaba abierta, cerca de un montacargas. Varios litros de sangre seguían extendiéndose por el pasillo.

Pegados a las paredes, los dos se fueron acercando poco a poco a la mochila. Cuando el policía la tuvo en sus manos ya respiró más tranquilo, al igual que Samuel.

—Bien, venga…vamos—dijo éste.

Al darse la vuelta observaron, para su desgracia, que habían cinco seres en mitad del corredor, como si estuvieran esperando a los próximos movimientos de los dos humanos.

Ellos fueron retrocediendo despacio, sin hacer movimientos bruscos, si bien no supieron muy bien para qué. En pocos segundos, los monstruos se precipitaron entre rugidos y rápidos pasos, hacia ellos. Y, éstos, no dudaron en correr, aunque en dirección contraria. Samuel disparó varias veces su revólver hacia ellos y le dio a dos en la cabeza, haciendo que se derrumbasen en el suelo.

—¡Joder!—gritó José cuando por el otro lado también se aproximaban otros tres infectados.

Delante de ellos había dos puertas, una que conducía a un cuarto y otra blanca, más pequeña. José Francisco asestó una fuerte patada a esa…nada, sólo se atisbaba entre tinieblas un corto pasillo que conducía a otra puerta. Arrastró dentro, al chico, de un empujón, cogió una de sus “Glock” y disparó a ciegas a sus perseguidores; pero tanto si logró algo como si no, no llegó a saberlo: —¿Qué es esto?—preguntó Samuel.

—Ni puta idea, pero vamos.

Se adentraron hasta pasar a la otra puerta. Aquello no era más que un pequeño cuarto donde se dejaban los objetos de la limpieza. Había cubos, fregonas, trapos, limpiacristales…pero nada más, ni tampoco señal alguna de amenaza.

Los gritos de los muertos vivientes se escuchaban feroces al otro lado. Estaban intentando destrozar la puerta: —Venga—terminó José. Se metió en el cuarto; encendió la luz, que podría haber sido blanca y luminosa si la bombilla no hubiese estado tan sucia y deteriorada, dejando a la vista un lóbrego aposento bañado por un color cetrino; y, luego, atrancó esa puerta con algunos pequeños muebles que allí había.

—¿Nos vamos a quedar aquí?

—¿Quieres salir?—devolvió mordaz.

—¿Entonces…qué coño vamos a hacer aquí metidos?

—Esperar—dijo, sentándose en el suelo.

—¿Esperar a qué? ¿A que entren y nos pregunten si pueden comernos?—burló.

—¿Qué quieres que te diga? Esas cosas no saben la estructura de este hotel. Si nos pierden la pista o no nos oyen, por instinto creerán que nos hemos escapado.

—Joder…joder—Samuel se detuvo un momento mirando casi impresionado a José por aquel razonamiento tan idiota—…es la peor puta reflexión que oído en toda mi vida. Y sé inventarme excusas casi para todo.

—Si nos pierden la pista o no nos oyen—repitió como si nada—…así que siéntate…y cállate—ordenó.

El chico tuvo que hacer lo que le ordenaban. Muy a su pesar se sentó, al lado del oficial. Y allí se quedaron los dos…pensativos, sin hacer nada. A lo lejos se escuchaban los gritos de aquellos demonios. La idea del fin del mundo pasó de nuevo por la cabeza de José. “Quizá Sandra no estuviera tan equivocada”, pensó él. “A ver si vuelvo a verla”.

—…¿Estás pensando en algo?—acabó preguntándole a Samuel, que observaba, descorazonado, el suelo.

—Sí—respondió fríamente.

—¿Me puedo enterar?—volvió, pero no obtuvo respuesta— No hace falta que me digas el motivo…creo que lo sé—se hizo, de nuevo, el silencio entre ellos, hasta que José volvió a interrumpirlo—. ¿Cuándo nos cruzamos…qué hora era?

—¿Qué?

—¿Que cuándo llegasteis vosotros dos a este edificio?

—…Al mediodía, un poco antes.

—¿Fuisteis los únicos?

—Fuimos los más rápidos.

José sonrió: —¿Y cómo?

—¿“Cómo” qué?

—¿Cómo salisteis de allí?

—Fue cuestión de segundos.

—¿A qué te refieres?

—A que, por poco, no conseguimos escapar.

—¿Es largo de contar?

—Para nada.

—Pues cuéntamelo.

A Samuel no le apetecía hablar mucho, pero no había motivo para despreciar injustamente a ese policía cuarentón que luchaba enérgicamente y con todas sus fuerzas para salir con vida de aquel edificio infecto. Así que, reuniendo fuerzas que él ni siquiera sabía que tenía, comenzó la conversación...

¡Deja algún comentario! 

Artículos relacionados