Vidas cruzadas (El número 26), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos,wwwrelatos de sexo de katherine rincon.com,Www.relato una madre lesbiana y una mujer amada.com

www.relatos-cortos.es 

  • Tamaño del texto

Vidas cruzadas (El número 26)

Como cada día tomaba el número 26 a las seis y cuarto de la mañana y como siempre, después de saludar de forma cortés al conductor, se sentaba en el primer asiento frente a la puerta de salida, podía elegir cualquier plaza ya que apenas había salido el bus un par de paradas antes. Se dirigía a su trabajo como cada mañana, mirando por la ventana como pasaba la vida ante sus ojos. Con las piernas cruzadas cómodamente sentado pues le esperaba un largo trecho le gustaba observar todo cuanto acontecía a través de la ventana y aunque era hora temprana la ciudad poco a poco se desperezaba empezando a acoger en su inmenso vientre a una gran multitud de diferentes personajes dispuestos a trabajar, visitar, negociar o cualquier cosa que se propusieran. Le gustaba ver el trasiego de la gente e intentaba imaginar el destino de cada uno de ellos inventando historias sobre su posible ocupación preguntándose si algunas de ellas podrían ser ciertas. Quizá aquel hombre que recogía las hojas de la calle había conseguido una beca para la universidad de su hijo? O la señora que con delicadeza colocaba su bonito puesto de flores tal vez recibiría la sorpresa de su marido que la invitaría a cenar y así lucir su precioso vestido negro de encaje y seda de la india que aquel le regalara por su aniversario y aún no había tenido ocasión de estrenar? Tal vez el chiquillo que cruzaba la calle con su mochila a la espalda recibiría por fin la buena noticia del aprobado en matemáticas que tanto le costaba? O aquel tipo de pelo engominado con pinta de ejecutivo y de engañar a su mujer seguiría humillando al conserje paquistaní de su oficina haciéndole creer que nunca conseguiría un trabajo de verdad.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que apenas reparó en la señora que todos los días se sentaba junto a el aunque estuviera el autobús medio vacío. Elegantemente vestida con un traje de chaqueta en tonos verdes una blusa verde un poco más oscura y unos preciosos zapatos de salón de un extravagante color lila que hacía juego con un sencillo sombrero y unos guantes de piel del mismo color. Cada día se pregunta el color que elegiría la apuesta señora ya que rara vez repetía vestuario imaginando el enorme armario que debía tener para disponer cada día de un conjunto distinto. Tom saludó como de costumbre amablemente a la elegante señora Lindsey que como cada día se ruborizada cuando el guapo galán la cedía su asiento vecino que ella tomaba amablemente.

Tom Collins llamaba la atención siempre que se presentaba pues no todo el mundo tiene la fortuna de llamarse como uno de los cócteles más famosos del mundo y la casualidad quiso que fuera el preferido de Jhon Collins, su padre, verdadero entusiasta del conocido combinado además de compartir el mismo nombre con su inventor y por ello tuvo la osadía de ponerle Tom a su primogénito aunque este fuera abstemio y ni siquiera supiera a qué diablos sabía el coctel que desde 1860 no faltara en ninguna barra americana que se preciara de serlo.

El autobús ya estaba prácticamente ocupado con la mayoría de los pasajeros habituales.

La joven pareja de estudiantes que no dejaba de utilizar sus móviles y que no se dirigían la palabra durante todo el trayecto. Tom se preguntaba con quién mantendrían conversación que ni siquiera se miraban a los ojos, qué sería más importante que la compañía que ambos tenían?, ella con unos preciosos ojos rasgados de un profundo negro azulado con aires orientales y el con el pelo rapado y un par de pendientes pero con un aspecto estupendo, lástima pensó que los dos se perdieran el placer de disfrutar de sus propias compañías, le fastidiaba el estrago que entre la sociedad había ocasionado la adelantada tecnología de las comunicaciones que hacía que la gente perdiera el placer de conversar.

En los asientos de al lado se sentaba un señor mayor con su nieta pequeñita de unos cinco años a la que cada mañana acompañaba hasta la misma puerta del colegio unos metros más allá de la parada de Pitbull Street y que no marchaba hasta que tenía la certeza de que la niña había entrado al recinto del colegio de monjas de Saint-Gilles. Tom observaba como el señor Timons trataba a la pequeña Elizabeth con suma delicadeza y le gustaba hacer el ejercicio de imaginar que la madre tenía turno de noche en el servicio de limpieza del hospital y su padre tenía que levantarse a las cinco de la mañana para ir al viejo puerto donde por siete libras la hora se deslomaba para intentar llevar un jornal a su casa, y poder seguir pagando el colegio de la niña gracias en parte a la ayuda de su suegro, el señor Timons que veía como poco a poco se iba gastando los pocos ahorros en ayudar a su nietecita.

Tras el asiento de Tom se sentaba una joven con aire intelectual de enormes gafas de pasta y el pelo muy corto peinado hacia un lado con un traje de chaqueta y pantalón demasiado serio que la hacía adoptar un aire demasiado masculino y que no podía ocultar su disposición a que le gustara las personas de su mismo sexo. Mireille siempre iba acompañada de su Tablet que no dejaba  de teclear y que apenas quitaba la vista de su pequeña pantalla junto con unos diminutos auriculares donde escuchaba música de Vangelis a un volumen tan alto que a veces Tom podía adivinar alguna de las canciones. Mireille trabajaba en una empresa que se ocupaba de dar servicio de recogida de basuras y limpieza de edificios y que gestionaba la logística de la mayoría de los hospitales de la ciudad así como el servicio de dragado de los dos puertos de la gran urbe.

Ella era la gerente y responsable de recursos humanos y disponía de una gran dotación para su trabajo a parte del reconocimiento de todo el personal de la empresa tal vez por ser la hija del dueño de la misma, uno de los hombres más ricos del país.

La señora Lindsey dejaba entrever una buena parte de sus preciosos muslos pulcramente cruzados intentando llamar la atención de Tom que seguía ensimismado en imaginar la situación de cada pasajero que ocupaba el autobús número 26.

La compañera de viaje de Tom a la que la gustaba tanto cambiar de vestuario, hacía ya tiempo que estaba divorciada de un eminente y prestigioso doctor, jefe de uno de los equipos más importantes en trasplante de corazón con el que no obstante mantenía una buena relación, aunque hacía tiempo que era la amante de un abogado del más prestigioso bufete de la metrópolis, un tipo despreciable que ni ella misma lograba entender que es lo que le atraía de ese hombre.

Cuando doblaron por Forester place para coger el gran bulevar que transcurría junto a Woodpark notaron que el bus se paró durante un tiempo más largo de lo habitual merced a un accidente que acababa de ocurrir entre un coche que había embestido a una moto cuyo piloto yacía en el suelo cubierto con una manta rodeado de una gran mancha roja. Tom Collins se llenó de rabia viendo al conductor ebrio salir del vehículo que aún sin apenas tenerse en pie trataba de inculpar al chaval aludiendo que iba demasiado deprisa, mientras los servicios de emergencias trataban de estabilizar las pobres constantes vitales del desgraciado motorista. El tema de conversación de todos los viajeros versó sobre la terrible escena del muchacho tumbado en mitad de la calle y que a todos emocionó. Tom pareció apreciar brillo en los pintados ojos de la elegante señora Lindsey.

Por desgracia el muchacho no sobrevivió y falleció unas semanas más tarde, aunque su muerte no iba a ser en vano.

Retomaron la marcha cuando la ronca y profunda voz del señor Cooper, Larry Cooper, el conductor del autobús informó a los presentes sobre los pormenores de la inesperada parada. El enorme chofer del 26 era un senegalés exjugador de basket que tuvo que retirarse antes de tiempo por una grave lesión que le privó debutar en la liga profesional, trabajaba en el turno de noche en el hospital  St Joseph donde se encontraba cada día, cada noche con Constance la madre de La pequeña Elizabeth que todos los días llevaba al colegio, y de la cual estaba platónicamente enamorado aunque jamás tuvo el valor de decirla nada, ni siquiera una leve insinuación. Le gustaba la forma en que Constance desempeñaba su trabajo en el hospital, su belleza sencilla de formas naturales.

Y sin que ella lo supiera no la quitaba ojo y siempre estaba pendiente de lo que hacía, si bien nunca fue correspondido pues la buena de Constance solo tenía ojos para su marido que venía cada día roto del duro trabajo en el muelle de descarga del viejo puerto y con el que ya hacía largo tiempo que no mantenía relaciones íntimas, teniéndose que conformar de vez en cuando con el consuelo que le proporcionaba imaginarse en brazos de otro hombre, llegando al climax de manera solitaria.

Alguna vez llegó a pensar si sería capaz de imaginarse acurrucada en los inmensos brazos de aquel hombre enorme y guapo, el nuevo celador de la planta siete del hospital, la de los quirófanos, que tan amable se mostraba con ella y que según tenía entendido, por las mañanas conducía un autobús.

Tom Collins estaba ensimismado en sus pensamientos que volaron hasta su casa imaginando, más bien deseando que su esposa se sintiera mejor que aquella mañana en que la dejó en la cama especialmente cansada pensando cuanto duraría su maltrecho corazón que hace tiempo había decidir trabajar a otro ritmo a causa de una grave dolencia que la tenía postrada en su lecho la mayoría del día viendo como el reloj avanzaba con extrema lentitud.

Hacía algún tiempo que la habían detectado una cardiopatía que la imposibilitaba hacer una vida normal y cuya solución pasaba por un trasplante de corazón y cuya lista de espera parecía jugar en su contra pues en alguna ocasión que había un órgano posible su especial estado de salud no pudo ser compatible por lo que estaba sumida en un estado de desesperación solamente animado por su marido que todo cuanto ganaba lo destinaba al proyecto de un laboratorio de la universidad, Heartstones College, que parecía habían encontrado un camino para precisamente hacer más receptivos los pacientes que necesitaban la delicada cirugía que suponía ponerte en el cuerpo un órgano vital de otra persona. No lograba quitarse de la cabeza el deteriorado estado de su esposa y la recordaba años atrás desprendiendo lozanía con una belleza espectacular con la que hacía mucho que el único placer que se proporcionaban mutuamente era estar constantemente abrazados, nada les gustaba más que estar abrazados, ella le decía que era como una especie de medicina.

Una pequeña lágrima recorrió la mejilla de Tom que no pasó desapercibida a la señora Lindsey que amablemente le ofreció un pañuelo.

- ¿Problemas?-inquirió la elegante señora con interés

- No es nada gracias, ha debido de ser una mota de polvo-contestó el señor Collins

- “Ya”-dijo sin mucho convencimiento la bella señora Lindsey.

En ese momento le sonó el teléfono a la señora y cuando vio de quien se trataba tardó un poco en contestar, no la apetecía tener otra escena como la que había tenido por la mañana con su amante que se resistía a dejar a su mujer pese a que esta sabía del engaño pero el interés económico hacía que consintiera los cuernos con tal de conservar su status social y el frenético ritmo de vida que la exigía una alta suma de dinero todos los meses.

Se había acostumbrado a hacer lo mismo que su marido y disfrutaba de una vida frívola a costa de este y bajo ningún concepto aceptaría ningún acuerdo y romper su matrimonio para evitar que pudiera seguir con ese alto y exigido nivel de vida.

Catherine estaba visiblemente afectada y se sorbió la nariz en un sonoro gesto que delató su estado haciendo que se percatara Tom de la situación y la tendió amablemente un pañuelo como antes hiciera ella.

- ¿Problemas? Inquirió Tom Collins-Tal vez una mota de polvo? Volvió a decir con sorna intentando arrancar una sonrisa en el triste rostro de Catherine Lindsey que aun así no había perdido un ápice de su serena belleza.

- Gracias estoy bien

- La gano

- ¿Cómo dice?

- La gano, en problemas decía, el mío es más gordo que el suyo

- No lo crea

- Pruebe

- Dejé a mi marido al que amaba locamente por otro al que no amo y que me dijo que iba a dejar a su mujer y ahora resulta que no, que no la deja..., cree usted que puede superar eso?

Tomo Collins calló un momento, respiró hondo y dijo con voz queda…

- Mi mujer se muere!

Se hizo el silencio entre los dos durante unos segundos que parecieron una eternidad, Catherine  se sintió algo violenta, casi frívola y ligeramente ruborizada se disculpó.

- Lo siento, discúlpeme no sabía…no quería…

- No se preocupe no tenía por qué saberlo…tiene una rara cardiopatía y necesita imperativamente un corazón sano sino morirá.

Catherine atendía con atención y por un momento se la iluminó la mente.

- ¿El corazón? Ha dicho usted el corazón? Eso es estupendo!!

- ¿Perdón? Inquirió Tom-es…estupendo?

- Perdóneme lo siento… mi marido es uno de los mejores cirujanos del país especializado en trasplantes, que curioso.

- Su marido? Me pensaba que…

La señora Lindsey le interrumpió

- Mi exmarido me refería, me encantaría que se pusiera en contacto con él, seguro que habrá alguna solución

Tom la cogió la mano como muestra de agradecimiento y se acercó a ella dándola un beso en la mejilla.

Los dos estudiantes habían dejado sus teléfonos y milagrosamente estaban enfrascados en una discusión técnica sobre proteínas y partículas, tema sobre el que debía versar sus próximos estudios en la famosa y reputada universidad de Heartstones college  cuyos avanzados estudios sobre nuevas técnicas de trasplantes de corazón con cirugía no invasiva habían alcanzado ya la última fase experimental previa a la practica con pacientes humanos y cuyo director al frente del proyecto el Dr. Leonard Bale había recibido el reconocimiento de toda la comunidad científica internacional pues iba a ser un  hito en la historia de la cirugía de trasplantes en el que ya no iba a hacer falta que receptor y donantes fueran compatibles sino que cualquier órgano iba  a servir prácticamente para cualquier paciente independientemente que fuera compatible o no.

El Dr. Bale se encontraba en una importante reunión en uno de los múltiples hospitales para los que colaboraba cuando su secretaria le transmitió una llamada en espera que parecía importante por lo que el Doctor se disculpó y se salió al pasillo donde atendió la llamada de su ex­-esposa con la que mantenía una excelente relación.

- ¿Leonard? Soy Catherine necesito que atiendas la  mujer de un amigo…se muere.

- ¿Qué la pasa exactamente, lo sabes?

- Un problema de rechazo su cuerpo no es receptivo parece ser y no aguantará mucho tiempo.

- ¿Dónde se encuentra?

- Aquí

- El martes tengo una conferencia en Heartstones college, comemos y me cuentas?

- Hasta el martes Leo, estas bien?

- Muy bien Kathy nos vemos el martes estoy ocupado adiós.

Catherine miró a Tom y le dijo que el martes se llevara el informe de su mujer al restaurante Four roses para hablar con su marido sobre su caso ya que estaba interesado en echarle una mano.

- Está bien-contestó Tom Collins pero si no la importa preferiría que fuera en mi hotel.

- En su hotel? Tiene usted un hotel señor…?

- Perdón, Collins, Tom Collins y no, no tengo un hotel solo lo dirijo, me gustaría invitarles en el Peregrinatio, señora…

- Linsey, Catherine Lindsey pero puede llamarme Kathy, no me diga que se refiere al Peregrinatio del hotel Klits señor Collins?

- El mismo-contestó Tom-y llámeme Tom por favor.

- De acuerdo será un placer me gustaría tanto que pudiéramos hacer algo por su mujer!

- ¿Pudiéramos? También es usted medico?

Catherine sintió un poco de rubor sobre sus mejillas que no hizo sino acentuar aún más su cálida belleza.

- No  no, lo siento me refería a mi…es decir a mi ex…

- No se preocupe Kathy ya ha hecho usted mucho, muchísimo por Charlotte, disculpe mi impertinencia no quería haberla importunado

- Lo va a continuar haciéndolo si sigue llamándome de usted

- ¿Por qué lo haces Kathy?

- Una de las razones es porque estoy harta del egoísmo que hay en este mundo y de los tiburones que solo van a lo suyo y no se dignan en ni siquiera intentar hacer el bien a los demás por eso creo que tenemos la obligación de compartir todo aquello que sea susceptible de ayudar a otras personas, y yo creo que tengo la ocasión o la oportunidad de poder compartir algo con alguien que lo necesita…otra de las razones es porque llevo más de tres años cogiendo este mismo autobús a la misma hora y cada día me siento a tu lado y nunca, jamás me has dicho una palabra mal sonante a las que por desgracia estoy muy acostumbrada, nunca me has faltado al respeto y siempre me has tratado con suma educación…y otra razón es que estás como un queso para que te voy a engañar.

Kathy tuvo que tragar saliva varias veces aún no se creía que hubiera sido capaz de decirle aquello a Tom.

- Vaya-dijo Tom-veo que tienes unas buenas razones para hacerlo, me gustan todas y cada una de ellas y te lo agradezco mucho Kathy solo el interés que estás mostrando ya me emociona te lo agradezco mucho.

La tomó la cara y la volvió a besar, la besó en la cara y la dio un efusivo abrazo al que ella correspondió.

Jimy y Lucy, los dos estudiantes se habían bajado en Morgan Street  mientras el señor Timons miraba por la ventana como caía la lluvia y enturbiaba su visión triste a través del cristal.

Aún recordaba aquel juicio en el que aquel desaprensivo abogado sin escrúpulos hizo que el homicida de su mujer que sufrió un terrible accidente quedara indemne y libre de toda culpa cuando todo el mundo sabía que aquel borracho atropelló a Silvy, en un paso de cebra mientras iba en busca de su nieta la pequeña Elizabeth y que aquel rufián se la arrebató para toda la vida. Ni siquiera paró dándose a la fuga y no podía entender como la justicia permitía aquellas situaciones solo por el mero hecho de tener un buen abogado de un prestigioso bufete, el más prestigioso de la ciudad.

Stephen Jhonson era socio del bufete Cysco and Jhonson y era conocido en el mundillo del derecho como el caníbal, por su falta de escrúpulos con tal de ganar un caso.

Aquella mañana de primavera se encontraba el señor Timons completamente abatido cuando escuchó la sentencia absolutoria del asesino de su mujer recibiendo el inútil consuelo de su familia cuando pasó Mireille a su lado, cuyo bufete Cysco and Jhonson, les llevaba algún caso, la llamó la atención el viejo señor abatido interesándose por su desconsolada situación que, cuando se puso al día sobre la historia no pudo por menos que lanzar una maldición sobre el caníbal detestable picapleitos que aunque fuera cliente de su bufete, odiaba profundamente por carecer de principios éticos. Muchas veces había intentado coquetear con ella y aunque era por todos sabido que era lesbiana por nada del mundo se hubiera ido a la cama con semejante personaje.

Mireille se ofreció a la triste familia por si podía hacer algo por ella y cuando le dio una tarjeta el señor Timons, este apreció que en ella figuraba el nombre de la empresa del puerto donde trabajaba su yerno y cuando lo puso en conocimiento de Mireille, esta le instó a que  al día siguiente fuera a verla a su despacho, que preguntara por ella sin cita previa, no sería necesario.

Curiosamente días más tarde Michael el marido de Constance llegó especialmente contento a su casa con una buena noticia que dar a su familia y es que había ido al despacho de la hija del jefe y le habían destinado a una sección mucho más tranquila del muelle donde se trabajaba mucho menos y tenía a una docena de trabajadores a su cargo con una cuantiosa subida de sueldo, no cabía en sí de gozo y se fusionó en un fuerte abrazo con su mujer que no lograba quitarse al inmenso compañero negro de la cabeza.

Cuando Tom Collins llegó a su parada de despidió de su vecina de asiento a la que volvió a agradecer el interés que se estaba tomando por su mujer, esta le tendió la mano y por unos segundos les costó soltarse.

Cuando Larry Cooper acabó su turno apenas le dio tiempo a comer pues el accidente que se encontró le retrasó bastante el servicio y rápidamente tuvo que trasladarse al hospital donde tenía que entrar una hora antes por hacer un favor a un compañero aunque él estaba excitado porque volvería a ver a Constance. Volvería a pasar a su lado, a saludarla y se conformaría con una simple mirada, un gesto, le gustaba tanto que no se atrevía a hacer nada que turbara esa escasa relación pero que a él le servía para mantener viva la ilusión de que algún día se interesara por él.

 Lo que Larry desconocía por completo es que era correspondido por Constance aunque de una manera especial pues era protagonista de sus húmedos sueños y se ruborizaba cuando le veía por la mañana pues tenía la impresión que estaba engañando a su marido. La gustaba imaginarse cosas con aquel hombretón que tanto la atraía que no se atrevería a pedir a su marido bajo ningún concepto con el que compartía una escasa, convencional y nada satisfactoria relación íntima, pero cuando estaba a solas dejaba volar su imaginación tanto que a veces se avergonzaba de sí misma solo de pensar en las lujuriosas escenas que dibujaba en su mente.

Larry cuidada de ella por la noche mientras sin saberlo también lo hacía de su hija por la mañana cuando la transportaba al colegio con el máximo de los cuidados.

En el selecto y exclusivo gran hotel Klits, en un rincón de la pequeña barra americana “Sinatra” acompañado magníficamente por una bella versión de “Autumn Leaves” perfectamente interpretada por el hombre del piano, Tom Collins estaba sentado en un taburete con la mirada perdida y con el coctel en su mano que llevaba su nombre, por primera vez iba a atreverse a probar algo que de alguna manera creía pertenecerle un poco. Dio un primer sorbo y tras saborearlo siguió bebiendo hasta que casi de un trago se lo acabó, le hizo falta algo más de cincuenta años darse cuenta que la bebida que llevaba su nombre era exquisita aunque nunca tuvo prisa en hacerlo.                      

Pasaron seis meses desde aquel afortunado episodio con Catherine Lindsey, cuya predisposición fue crucial en la vida de Tom Collins, y la casualidad quiso que el autobús número 26 de la línea Wellington Boulevard - Harvey square, sirviera de plataforma para cambiar el destino de algunas personas. Quien le invitó a Tom Collins a subirse en ese bus para que tuviera la fortuna precisamente ese día, de hablar con su compañera de viaje con la que en los últimos tres años largos apenas había cruzado media docena de palabras?

Quien le iba a decir a Tom Collins que a raíz de esa comida en el restaurante Peregrinatio del exclusivo hotel Klits con el famoso Doctor Leonard Bale se daría la circunstancia de que el proyecto del que participaban Jimy y Lucy los dos estudiantes que también le acompañaban en ese autobús, junto con el magnífico equipo de la prestigiosa universidad Heartstone College, iba a dar luz verde al uso de los cannabinoides que facilitaban la receptividad de un cuerpo extraño y así utilizar el corazón de aquel pobre muchacho que sufrió aquel desgraciado accidente aquella fría mañana de Abril que casi vieron en directo, para que hoy pudiera latir en el pecho de su mujer tras la exitosa intervención realizada en el hospital St Joseph en cuya séptima planta se encontraba un quirófano experimental especialmente preparado para toda suerte de trasplantes, donde quien tuvo la responsabilidad de llevar a la señora Collins hacia la mesa de operaciones no fue otro que Larry Cooper, el enorme exjugador de baloncesto conductor del autobús 26 y que llevaba cada día a Tom a su trabajo.

Por fin el señor Timons,  podía conciliar el sueño tranquilo y aunque nadie iba a devolverle la vida a su amada esposa vilmente atropellada en aquel fatídico paso de cebra por aquel desaprensivo, el caso iba a ser reabierto gracias a los contactos y diligencias que la amable Mireille pudo hacer, el hecho de ser la hija de uno de los tipos más ricos del país tenía sus ventajas y una agenda llena de números de teléfonos muy importantes.

Rescindieron el contrato con Cysco and Jhonson uno de los más famosos bufetes de la ciudad, que pronto se fue a la quiebra técnica, cuyo socio mayoritario pronto iba a hacer compañía a su propio cliente el conductor homicida condenado a siete años de cárcel por homicidio premeditado, llevar dos coma cuatro grados de alcohol en sangre además de huir de la escena denegando auxilio, algo que en el reino unido estaba muy penado. El caso de Stephen Jhonson, el caníbal, sin embargo iba a ser más enrevesado ya que tras la sospecha de Mireille que nunca vio con buenos ojos el compromiso con su prestigioso bufete solicitó los servicios de unos detectives encargados de levantar las alfombras de los despachos y donde encontraron toda suerte de “chucherías” siendo el fulano especialista en todo tipo de delitos como trata de blancas, blanqueo de dinero, extorsión, tráfico de drogas además, de propina, parece ser que era aficionado al Bondage sado-maso, certificado por la cantidad de material videográfico incautado donde el famoso caníbal tiburón sin escrúpulos aparecía interpretando a las mil maravillas el papel de esclavo sumiso soportando toda clase de excesos y humillaciones que a buen seguro sus amigos y amigas del exclusivo Club Men Cool, se llevarían una gran sorpresa, pues según se sospechaba un estrafalario y explícito video ya circulaba por las redes sociales convirtiéndose en viral a los pocos minutos de colgarlo. A pesar del trato que le ofrecieron los abogados de Mireille, ningún juez a los que otrora sobornó pudo evitar que fuera a pasar diez años en la cárcel donde los guapetones viciosos como el eran especialmente bien recibidos y donde tendría oportunidad de practicar todas aquellas aberraciones que tanto le gustaba.

La señora Lindsey lejos de enojarse por la noticia de su amante que ocupó las portadas de los medios más importantes del país, lo celebró junto a Mireille con la que había adquirido una excelente relación a raíz de la colaboración que la prestó para detener al depravado y desaprensivo caníbal, excelente relación en todos los sentidos pues ambas descubrieron juntas el placer de una relación amorosa plena, con opciones para llenar los huecos que las dos tenían a ese respecto, una vez más la casualidad quiso que ambas compartieran habitualmente el misterioso bus número 26.

La pequeña Elizabeth que gozaría hasta que se graduara de una beca ofrecida por la fundación Proyect childs de la empresa de Mireille, seguía cada mañana de la mano de su abuelo hasta el colegio al que no iba a tener que renunciar y su padre seguía dichoso disfrutando de aquel excelente trabajo que le pareció llovido del cielo y gracias al cual le pudo comprar al fin a Constance aquel precioso vestido que estrenó acompañando a su marido a un elegante restaurante francés.

Los jóvenes estudiantes becarios, el señor Timons y su nieta, Mireille y su amante Catherine Lindsey y Tom Collins tuvieron la fortuna de confluir en aquel autobús de la esperanza cuyo conductor paradójicamente condujo a todos y cada uno de los viajeros hacia la dicha, a todos menos a el que seguía conformándose con lanzar miradas furtivas a su platónica amante que sin embargo nunca había dejado de serle fiel en sus húmedos sueños.

Pero lo mejor de todo es que la vida sigue, se abre paso, selecciona y pone a cada uno en cada merecido lugar a veces, porque la vida, a veces juega con las personas y ofrece unas veces y propone otras a participar de ella,  dando oportunidades demasiadas veces rechazadas.

Quien le iba a decir a aquel hombre que plácidamente recogía las hojas de la calle aquella mañana de abril que al llegar a su casa se iba a encontrar a su mujer y a su hijo llorando a lágrima tendida porque le habían concedido la beca Premium para cursar su carrera en cualquier universidad que el eligiera.

 O la señora que con tanta delicadeza y mimo colocaba cada mañana su puesto de flores y pensaba en aquel bonito vestido que aún no había estrenado se iba a encontrar una limusina frente a su tienda y la llevaría a su casa donde le esperaba su marido con dos entradas para ver la ópera Rigoletto con el precioso vestido colgado de una percha esperando a ser lucido ante tan notable ocasión.

Como se podía medir el orgullo del chiquillo con mochila que por fin no solo aprobó las difíciles matemáticas sino que lo había hecho sacando las mejores notas de la clase, quien le podía borrar la sonrisa de la cara cuando llevara la buena nueva a sus padres.

Y qué decir de aquel tipo repelente de pelo engominado al que despidieron por racista y xenófobo de la empresa y cuya mujer engañada le mandó a freír espárragos, qué pensaría cuando se enterara que su puesto sería ocupado por aquel conserje paquistaní al que humillaba constantemente y que resultó tener uno de los currículum vitae más completos de la empresa con dominio de cinco idiomas y cuyo color y raza le había privado de desempeñar aquello por lo que durante largo tiempo ocupó su formación.

La vida a veces indica el camino.

Aquel autobús número 26 lo encontró.


ARTURO FERNÁNDEZ VELASCO

¡Deja algún comentario! 

Artículos relacionados