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Una mujer azul de cada mañana

Margot ronda mi cercanía con sus preguntas insidiosas. Su compañía a la salida que casi nunca busco y su voz sorprendiéndome en los momentos inesperados en el rincón que menos imagino. Es tan común escoger una mesa en la cafetería desocupada, listo a tomarme un café en los recesos y Margot está frente a mi como puesta allí por una fuerza sobrehumana para que me burle un poco de ella y la contraríe sin disimular mis ganas de reír hasta ver su cara cambiar de semblante como si fuera a enojarse hasta acabar en un juego bien divertido aunque a ratos nos pongamos de verdad de malas pulgas y las horas se deslicen desde los relojes de pared de las cafeterías de Chapinero. Converse toda la tarde sin recordar el propósito inicial de repasar alguna clase. Margot tiene fama de ser mujer de números aunque a mí me parece más bien de palabras y a veces nos ponemos de acuerdo en decir que intercambiamos agua de ese inmenso río que es el lenguaje. A ratos se queda también oyéndome de manera silenciosa, encarándome de cerca ese par de ojos grandotes y su piel de un rosado especial que pone cuando le importa que le hable y le hable, los dos en un rincón en medio de esa rara penumbra.

Pero las mañanas de Margot  siempre han tenido una especie de propietario.

Lo sé desde el momento de bajarme de la buseta y observo las mismas mañanas de siempre en Bogotá, las mismas que recuerdo al mirar por la ventanilla mientras va rodando entre el trafico atiborrado de la Caracas. Y ese inmenso cinturón de niebla vaporosa, estática de cuando llegué. Son las mismas calles barridas de papeles y deshechos por la lluvia de anoche. Me parece que el asfalto brillara. Un reflejo también luminoso en las fachadas de los edificios. En el cemento de los andenes húmedos y en los letreros de neón recién apagados. Me bajo del bus al frente de la academia, un edificio de tres pisos cuyo nombre en letras rojas abarca lo largo de los ventanales. En la entrada está el grupo de muchachos con libros en las manos, de pie y silenciosos, sin que llegue Margot con su ausencia del cuarto de hora que nos falta para que la puerta se abra mientras dejo volar el humo de un cigarrillo y la avenida empieza a saturarse de automóviles que salpican agua grisosa a la gente en los andenes.

La puerta se abre al fin con suavidad. Alguien dice sigan y entramos unos tras otros con los libros y bolsos debajo del brazo. Ascendemos escalones de cemento hasta llegar a un corredor más amplio en cuyos lados vemos las entradas de los salones numerados y es cuando percibo la vaga cercanía de Margot envuelta en el aroma amargo de su perfume. Su costumbre de vestir siempre de azul, ya sea azul oscuro o claro, pero un azul incesante que me causa cierto malestar, quizá una desconfianza que no permite entregar del todo esto que llaman amistad o qué sé yo. Y a ratos me lleva a contarle mentiras relacionadas con mi vida y me asombro del empacho con que se las hago creer como si hubiese estudiado aquí mismo una técnica adecuada para hacerle creíble cada embuste sin embolatar demasiados pormenores.

Tampoco es que logre explicarme si en principio me sentía atraído hacia ella. Tal vez me gustaban en un principio esas redondeces de su cuerpo, esa forma de escupir sus palabras al abrir su boca de medialuna y esas piernas gordas en cada uno de sus movimientos al caminar. Pero desistía de cualquier intento al verla llegar cada mañana del brazo del muchacho delgado y blanco como un reguero de leche. Pero este noviazgo acabó en un mes y otro igual de flaco y bajito la empieza a dejar en la avenida y doy en creer que los noviazgos de ella se parecen a los míos aunque su duración sea tan  sólo de ocho días y culminen la noche del viernes en las moteles de la Calle Sesenta con sus cuartos reducidos como cabinas de camión y sus camas angostas y ese mosaico de espejos alrededor. Sólo eso, que también resulta convirtiéndose en un fuego pasajero al sentir que ya no me gustan  todas como me sucedió recién llegado cuando no notaba diferencia entre feas ni bonitas. Apenas era las ganas de amarlas y un deseo cada vez más vulnerable de quedarme para siempre en la capital y olvidarme del pueblo con sus calles medio pavimentadas y esas casonas viejas.

En las charlas de noche los sábados con mis padres apareció en un momento insospechado el nombre de Margot. Mi padre le dio poca importancia. Pero mi madre pregunta cuando no le quiero decir nada de esa muchacha como le dijo al comienzo aunque tan sólo sean mías sus tardes desde la salida de clase hasta cuando bordea la oscuridad. La he visto abordar las busetas que van al sur y desaparecer a culminar su noche. Esa noche que ignoro y acaso no sienta demasiados deseos de saber. Noto como aumenta cada semana el interés de mis padres, que ya no suelen mencionarme otro recuerdo de color azul para  no despertar mi inquietud. Aunque el pasado ya no me inquieta ni me seduce como en algún momento mis primeras mañanas en Bogotá. Esas mañanas de un enero tan distinto. Sin llover. Unos días demasiado fríos y la ciudad sin su olor a mojado. Más bien un verano rígido. El aire emanaba una fragancia de frutas maduras que vendían en las calles. Montones y montones de ciruelas rojas y amarillas en bolsas. Y esa infinidad de mujeres como si se desprendieran de un árbol erguido sobre el universo y acabaran de caer sobre el asfalto como nunca las vi en ninguna parte. Sin haber visto aún a Margot ni sospechar siquiera que iba a quedar ahora como poseído por un influjo ajeno a mi conciencia.

Pero no sólo era la sombra de Margot cada tarde mientras caminábamos por las calles grises de lluvia buscando a donde entrar a tomar algo mientras las tardes se desvanecen. De sobra sabemos que son días oscuros, tensos como un caucho listo a reventarse, llenos de una incertidumbre y una zozobra desde que empiezan las noticias cada mañana. Esos titulares de los diarios parecen destilar goteras de muerte. Y los extras de la radio con sus periodistas informando, lo que acaba de pasar. Luego ese olvido permanente porque otro suceso igual o peor va a copar los espacios de la prensa. Por eso las clases se me han hecho demasiado intranquilas, no siento ni ganas de hablar con nadie. Apenas dan la salida me pongo de pie apresurado. Las tardes no están grises como dicen que son las tardes tristes. Demasiadas tardes opacas han despilfarrado tanta alegría para mí solo. Las tardes soleadas también pueden ser melancólicas. Nada tiene de raro.

Margot me alcanza antes de llegar a la puerta. Me pregunta por qué no la esperé y se lo he dicho en pocas palabras. Los amigos de ella se quejan por no darles mi número de teléfono pero no me creen que en mi barrio la mayoría de casas aún no tienen semejante servicio. Acaso yo sea un hombre comprometido con una mujer celosa en extremo. Por eso tanta reserva. Les respondo que podría ser una buena razón. Margot dice que sigamos por la Caracas en sentido norte hasta meternos en una cafetería distinta a las de costumbre. Un establecimiento angosto y largo con una hilera de mesas y sillas plásticas, angosto como los cuartos de la Sesenta con sus camas y espejos. Quizá Margot conociera también aquellas habitaciones más que yo. Tal vez los novios de cada mes la convidaran a un sitio mejor aunque ella daba a entender que no se parecía ninguna de las demás. Y trataba de creerle. A ratos me correteaba la ilusión de ser el primero en convidarla a subir esos escalones rojizos y detenernos frente a la puerta gris... pero no sería esa tarde y me preguntaba hasta cuando, mientras ella me preguntaba por qué habrá  ejército y policía patrullando las calles y ese ajetreo de movimientos en la avenida no nos permitía una charla a gusto. Hablamos apenas de cómo eran nuestros domingos en la casa. Ella en un cuarto de inquilinato del sur donde una amiga, pasar la mañana entre las cobijas, ver un rato de televisión, oír un poco de música y estudiar un rato. Todo a ratos, de la misma forma que durante la semana. A mí me tocaba en cambio madrugar a subirme a un bus en esas mañanas friolentas de sábado y de nuevo ver pasar frente a la ventana la sucesión de árboles y casas. Poco cambia con los años. Se notan apenas las grandes cosas. Los hechos capaces de afectarnos. Margot me lo dijo esa tarde, Carlos, va  a pasar algo y no te rías que no soy bruja y no me gusta que me lo repitas, detesto la palabra bruja. Por eso llegamos de nuevo a la Caracas y cada uno regresó en su bus. Apenas llegué a la casa y la noticia de Galán. Toda esa noche se habló de Galán en radio y televisión pero ya se había muerto. Al otro día por la mañana de viaje al pueblo desde la ventanilla del bus por última vez a un lado de la autopista la valla inmensa mostrando la fisonomía de Galán con el bigote de siempre, la mano cerrada y el puño arriba. El letrero de abajo anunciando al presidente que una vez más no iba a ser posible. Pienso largo rato en el hombre que ahora es solo una sombra plasmada en una lámina. Pareció por un momento demasiado vivo como si no hubiese ocurrido nada. Como si se tratara de una  pesadilla por el miedo de las bombas. Estos días ya me parecen un espejismo pero el sábado y el domingo se evaporan y veo las caras de mis padres despidiéndome como si fuera la última. Las noticias hacen ver como se ha puesto todo con solo mirar caras despavoridas en la ciudad, Las mismas ganas de mis compañeros de irnos más temprano pero mi dama de azul cada mañana del brazo del muchacho de ocasión mientras los miro  pasar tomándome un tinto en una de las cafeterías a media cuadra de la academia y pienso largo rato en tantos meses con Margot, en tanto tiempo de tonta espera que no sé. Me recorre todos los huesos el mismo corrientazo tan ajeno a mi conciencia. Por eso me quedo callado en todas las clases y en los descansos. Tampoco les presto demasiada atención. Me ha dado en creer que estoy enloqueciendo. Salgo en el receso a fumarme un cigarrillo en alguno de los rincones. Quiero estar a solas un par de  minutos al pie de una cartelera colgada del muro, hacer lo que sea con tal de encontrármela, o acaso evitarme este maluco temblor en las piernas, acercármele al oído y susurrarle mis sinceras y agradables intenciones.

De regreso al salón he visto a Margot sentada en los puestos de adelante sin hablar con nadie. Cosa extraña  a sus costumbres. Ahora no deseo saber nada de estas aulas y me sale de adentro un deseo etéreo, como oleadas de viento tibio de irme lejos, de renunciar por siempre a ser el dueño virtual de sus tardes a la salida y ya no me importa estudiar ni volver al pueblo, sólo ir hasta su asiento y reprocharle mi partida sin rumbo. Margot ríe redondeando su cara de luna llena, dice que al menos espere la tarde para conversar un rato. Le digo que me quedo a cambio de una condición y no le doy tiempo a preguntarme Margot quiero que hagamos el amor esta tarde. Ahora es ella la del silencio tembloroso. Quiere responder y es apenas su palidez de papel húmedo y su respiración de volcán. Pero una profesora ha entrado de prisa y siento que es el momento menos indicado para evadirme. Es ella quien me señala regresar a mi puesto. Margot se queda estática y hay un chismorreo bajito alrededor de nosotros. Una voz autoritaria desvanece los corrillos y todos volvemos a meternos en la clase sin que desaparezcan las miradas agazapadas y el mismo interrogante flotando en el espacio inyectado de calor. Casi no entendí la clase. Quería irme lo más alejado del ruido, estar fuera del alcance de la mirada preguntona de mis compañeros. Decirle al portero que me encontraba enfermo y encaramarme en cualquier bus. Margot salió detrás de la profesora cuando estaba alistando mis libros. Dice que salgamos ya porque necesita irse hasta Kennedy, me hace prometerle que si voy a ir a  acompañarla.

- Te recuerdo lo que hablamos hace poco.

Margot calla largo rato sin mirarme. Es ahora cuando me parece la mujer fea que no sé por qué razón trastorna el sueño de los muchachos de cada mañana y a mí me ha quitado hasta el delirio. La veo como emergiendo de un letargo, insiste si la voy a acompañar al fin, con las palabras desmoronándose por cierta inquietud. Acabo de  darme cuenta que toda ella es como un derrumbe precipitado negándose con violencia de barquito de papel a dejarse llevar de la mano hacia las residencias de la calle sesenta con sus cuartos que parecen pasillos y sus paredes repletas de espejos.

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