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Una luz entre tanta oscuridad

La niebla envolvía la oscuridad de la noche. Las gotas caían sin cesar una a una. El silencio invadía el entorno, un silencio de desamparo, de soledad. Mientras permanecía inmóvil, apoyada en un banco, con la vista nublada de recuerdos. Con las lágrimas recorriendo su esbelto rostro, cayendo una a una. Desamparada, sola, envuelta en un silencio interior lleno de tristeza. Dos niños repletos de alegría jugaban en aquella mañana soleada. Un sol radiante impactaba en un roble, creando sombra a todo el banco en el que ella estaba sentada. Una sombra tan oscura como la peor noche que ella pudiese recordar.
Los niños correteaban uno tras otro mientras rozaban su pelo al pasar cerca de ella. El ligero aire les impregnaba del dulce perfume que desprendía. Pero allí seguía, sin inmutarse, sin percibir nada de su exterior.
No parecía que hubiese tenido un mal día, ni que simplemente estuviese triste. Ni siquiera parecía estar viva. Sus ojos reflejaban el vacío que sentía, su alma corrompida.
Estaba sumergida en su propio espacio y tiempo. Un espacio vacío, oscuro como la noche y repleto de silencio. Y un tiempo que ni siquiera parecía correr.
En ese momento apareció él e irrumpió en su mundo. Ella volvió en sí secándose las lágrimas y le miró. Él, conteniendo el llanto, le abrazó.

Era un viernes por la tarde en pleno otoño. Sara acababa de llegar a casa de comprar. Su hijo, Jim, bajó rápidamente a buscar entre las bolsas de la compra su batido favorito para merendar. Sara  le preguntó por el colegio. Le respondió con una sonrisa y volvió a su cuarto. En seguida llegó del trabajo Mike, que después de dejar el abrigo besó a su esposa. Estaban muy unidos, sobre todo después de haber perdido una niña en pleno embarazo. Un simple accidente, le repetía él siempre que su esposa se culpaba por ello. Y es que no vio cómo dos niños se chocaban con ella mientras jugaban.
Pero aquel accidente fortuito estaba superado, tenía mucho más en su vida de lo que había perdido; un buen marido al que amaba y un hijo al que adoraba.

Mike, que acababa de llegar de la oficina, se metió en la ducha. Sara en cambio, se preparó para la cena, poniéndose un vestido negro muy elegante y echándose uno de los perfumes que tanto le gustaban a Mike.
Jim, apartando sus libros de aventuras se vistió en seguida y fue a esperar a sus padres en el jardín.

Sara y Mike, cogidos de la mano y mostrando sus radiantes sonrisas, se metieron en el coche, seguidos de su hijo.
Jim bajó la ventanilla y observó con curiosidad como la noche se cernía sobre ellos. Sara introducía en el reproductor uno de sus discos favoritos, el recopilatorio de su boda. Mike, sintiéndose el hombre más feliz de la faz de la tierra condujo hasta el restaurante TEnd. Allí celebrarían sus quince años de matrimonio, el mismo lugar en el que se conocieron, solo que por aquel entonces se llamaba Estart, el dueño se jubiló y tuvo que traspasarlo.
Solo habían recorrido la mitad del trayecto cuando la niebla se hizo más densa. Las farolas apenas alumbraban la carretera. Mike, forzando la vista para poder seguir la trayectoria, no pudo percatarse de cómo un viejo roble se les cruzaba por delante.

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La luz que entraba por la ventana despertó a Sara, que yacía tumbada en la cama del hospital, con un par de rasguños del accidente y algo confundida. Al recordar lo sucedido fue a buscar a un médico para informarse del estado de su familia. Esperanzada y llena de miedo le preguntó al celador. Su respuesta le agonizó: Lo siento, ha fallecido.
Ella, desconsolada, salió del hospital sin ganas de absolutamente nada. Intentando despertar de aquella pesadilla, volver al coche con su marido y su hijo y llegar al restaurante. Se sentó en un banco, observando su entorno y preguntándole a la vida porqué a ella. Poco a poco estaba asimilando la realidad, el accidente.
Mientras permanecía inmóvil, apoyada en el banco, con la vista nublada de recuerdos. Con las lágrimas recorriendo su esbelto rostro, cayendo una a una. Desamparada, sola, envuelta en un silencio interior lleno de tristeza. Dos niños repletos de alegría jugaban en aquella mañana soleada. Un sol radiante impactaba en un roble, creando sombra a todo el banco en el que ella estaba sentada. Una sombra tan oscura como la noche anterior.
En ese momento apareció él e irrumpió en su mundo. Ella volvió en sí secándose las lágrimas y le miró. Miró a aquel niño que comprendía menos de lo que ella podía llegar a comprender. Un niño asustado, triste, confundido... ¿Cómo podía llegar a comprender un niño de nueve años la pérdida de alguien? ¿La pérdida de un padre? Él, conteniendo el llanto, le abrazó.

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