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Una comida con mis futuros suegros

Los dos estaban en la cocina preparando un asado de jamón y patatas y una salsa de pimienta para acompañarlo, y todo tipo de platos pequeños suculentos para picar, como algunos moluscos, muchas clases de quesos, patés, etc.

— ¿A qué se dedican tus padres?—preguntó Alan, que preparaba unos canapés.

— Pues—Angela estaba echándole un vistazo al jamón y apagando el horno—...mi madre es fisioterapeuta, y le gusta mucho el cine; creo que es su mayor afición.

— ¿En serio? ¿Y tu padre?

— Bueno…—su tono sonó un tanto evasivo.

— ¿Qué pasa?

Ella le ayudó a preparar también los tentempiés: —Pues…eh…enseña psicosexualidad en la universidad de Manhattan.

Alan se quedó en silencio, y Angela, que seguía moviéndose por la cocina, estuvo esperando alguna broma o frase sarcástica por parte de él:

— Vaya… supongo que la obra que más habrá recomendado a sus alumnos es "Edipo Rey".

— …¿Y por qué precisamente esa?

— ¿Que qué?

— ¿Que por qué esa obra?

— Bueno…según Freud, esa historia marca de forma simbólica el concepto que todo ser humano tiene que superar en la infancia.

— ¿Y qué concepto es ese?

— Odiar a tu padre y enamorarte de tu madre—dejó el plato y abrió la nevera para sacar una cerveza.

— Y eso…¿te pasó a ti?

Alan se detuvo y no supo qué decir durante unos segundos; no le solía pasar casi nunca: —¿Qué…qué…pero qué dices? Yo ya pasé mi fase fálica…un poco tarde, pero la pasé—contestó socarrón.

— Ah…y…¿en qué fase estás ahora?

— ¿Qué…en qué fase estoy?

— Sí—ella se le acercó de nuevo colocándose frente a él.

— Pues…creo que aún sigo en la fase genital, sí…porque—Angela no pudo evitar reírse, mientras éste la rodeaba abrazándola y mimándola cariñosamente—…¿por qué te ríes?, lo digo en serio. Yo, yo estoy reafirmando aún mi identidad sexual como hombre, de veras. Y tenerte a ti aquí…pues, eh…me ayuda a conseguir que me desarrolle completamente. Creo que voy a poder convertirme por fin en un hombre maduro; sobre todo, sexualmente hablando.

— ¿En serio?

— Sí. ¿Quieres…que te lo demuestre?
Se besaron tiernamente un instante.

— La…carne se va a enfriar—dijo ella sonriendo tontamente.

— Y la nuestra la vamos a poner a calentar, ¿sabes?—burló— Vamos, sólo serán quince minutos; veinte, si me pongo en la postura correcta.

Alan la sacaba de la cocina entre sus ludibrios y las risas de ésta, y la llevaba al salón. A ojos de Angela, él se comportaba como si fuese un crío de dieciocho años, pero eso le encantaba y excitaba al mismo tiempo.
— Ya no tengo quince años—le reprochaba ella.

— Bueno, creo que todavía tengo por ahí el disfraz de escocés de una obra de teatro que hice en la universidad—decía muy chancero mientras se sentaba en el sofá y, cogiendo a Angela de las manos, la traía hacia él—. Con la blusa y la falda parecerás la colegiala de una escuela privada.
En poco tiempo, se olvidaron de todo lo demás y dieron rienda suelta a su efusión, como si nunca antes lo hubiesen hecho...

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... Alan estaba muy nervioso. El padre, Stephen, era un hombre de seria presencia, al menos aparentemente; "tiene pinta de otorrinolaringólogo", cavilaba Alan. Canoso y ya de poco pelo, alto, y con un semblante fino y que parecía adusto e impávido, era el que casi siempre sacaba los temas de conversación en la mesa.
La madre, Alyssa, era morena, acercándose al castaño, y aún se conservaba bien para la edad que tenía. "La madre de Angela es bastante guapa. Si fuera más joven serían muy parecidas, casi hermanas", pensaba Alan.
"Como esto se anime más parecerá un velatorio", meditaba, mientras, Angela. Miró a Alan en silencio. "¿Por qué no se atreverá a hablar? No le he visto nunca así de callado; se nota que se siente muy incómodo con ellos. No debí haberlos invitado así porque sí. Tratándose de Alan, se lo tenía que haber consultado hace tres semanas".

— ¿Os gusta la salsa?—dijo Angela a sus padres.

— Mucho…lo habéis preparado todo muy bien—respondió Alyssa.
Angela sonrió a Alan, que seguía sin saber de qué tema tratar.

— ¿Qué clase de teatro haces, Alan?—preguntó de improvisto Alyssa.

— Eh…pues—le costó un poco expresarse—…historias costumbristas, del día a día.

— ¿Comedia italiana?

— Pues…sí, algo parecido. Pero con el estilo de vida de América, que es más divertido.

No lo podía controlar. Alan se ponía nervioso, y sus burlas y sarcasmos podían moverse en aquella conversación más rápido que una bala, pero sabía el efecto que podían causar.

— ¿Cuál es tu género?—soltó Alyssa.

Otro momento que dejó al pobre Alan sin palabras. "Si no sabe que soy varón hay que hacerle una lobotomía", pensó.

— De cine, Alan—aclaró, cambiándole el rostro por completo.

— Ah…oh—soltó una boba risa un tanto exasperante durante un momento—. Claro, usted…oh…bueno, pues…todo lo que se pueda ver, incluso el de Kurosawa.

— En New York hay muchos cines donde echan material antiguo, pero en Los Ángeles he visto que sólo ponen los estrenos.

— Sí, pero prefiero Los Ángeles. Aquí hay menos crímenes, y el clima es más soleado—intervino Angela.

— Lo sé, hija. Me gustaría mudarme aquí, pero a tu padre no lo trasladan hasta dentro de cuatro meses…y no parece que tenga muchas ganas de irse de allí—lanzó una furtiva mirada a Stephen, que escuchaba taciturno.

— No sé qué le veis a esta ciudad. Es un parque de atracciones gigantesco—le reprochó éste.

— Yo opino lo mismo. Creo que es como vivir en Disneyland, a mí…—se metió Alan.

— ¿Pero qué dices?—dijo Angela.

— Bueno, yo siempre he preferido ciudades como New York o San Francisco…o incluso Quebec.

— No puedo creer que no te guste Los Ángeles—se dirigió Alyssa hacia Alan.

— No es que no me guste, pero…no me siento demasiado cómodo. Temo por mi vida cada vez que salgo a la calle; puede que no haya muchos crímenes, pero podrían atacarme…todos esos asesinos de computación sistemática, por ejemplo—bromeó.
Sorprendentemente, Alyssa soltó una agradable sonrisa, seguida por una inevitable de Angela. “Se nota que no es forzada…creo que me la he ganado…”, dedujo él mentalmente.

— Así que…más o menos vivís bien aquí—afirmó el sr. Stiller.

— Pues sí—respondió Angela.

Su mirada de piedra la dirigió esta vez hacia un desprevenido Alan:

— Y…¿cómo funcionáis sexualmente?—soltó.

— Steve, por favor—se quejó Alyssa.

— ¡Papá!

Angela quedó avergonzada y lanzó una mirada de complicidad a su madre, que no supo qué hacer.

Mientras, Alan buscaba las palabras adecuadas: —Oh…pues…ah…

— Bueno, estoy contento de que a mi hija la quieras y respetes, es muy admirable por tu parte.

— Oh…oh…pues gracias.

— Pero, como pareja, debéis de tener una relación sexual totalmente plena—remarcó.

El más incómodo de los silencios se postró en aquella mesa como una bomba de napalm, pero a Alan no le quedaba más remedio que contestar: —Creo que "plena" podría ser una de las palabras a emplear, sí…

— Supongo que las cuatro fases de respuesta sexual han sido reconocidas por los dos.

— Las cuatro…—a Alan empezaba a faltarle el aire.+

— Papá, me estás dejando en evidencia—increpó Angela.

— Cielo, es vital saber si existe algún síntoma de disfunción sexual entre vosotros. El orgasmo inhibido en el hombre y la dispareunia en la mujer son las peores muestras que podrían darse de disfunción, por no decir que son las más vergonzosas.

— Bueno, yo siempre suelo tomar un bote de vitaminas antes de…—la tensión de Alan se distinguía a simple vista.

— Recuerda, hijo, que la sexualidad significa mucho más que un simple mecanismo de reproducción puesto a nuestra disposición por la naturaleza. El placer sensual corona el último estadio de un largo proceso evolutivo. Una de las principales funciones de la sexualidad es el placer—informó, ante el escrúpulo de los demás.

— Sí…si es lo que, lo que yo…siempre digo…

Stephen se quedó unos segundos callado, pero no tardó en volver a preguntar irreverentemente: —¿Habéis hecho hoy el amor?

No dejó indiferente a nadie. Alyssa deseaba que su marido se quedase mudo, Angela se reprimió al querer dar un puñetazo a su padre y el angustiado Alan hubiese querido atragantarse con el jamón.

— Bueno, pues…sí…—respondió ya sin remedio.

— ¿En la cama o en el sofá?

— ¡Steve!—gritó su esposa.

— Alyssa…sabes que aparte de querer conocer en persona a William Masters, una de mis mayores ilusiones es tener nietos. Me preocupo por el estado sexual de mi hija—reconvino muy tranquilamente.

— Pues preocúpate del tuyo, papá—se quejó de nuevo ésta.

— Tu madre y yo hacemos el amor con mucha frecuencia—lanzó.

— Por el amor de Dios—Alyssa ya estaba dándose por vencida, mirando hacia la mesa, absolutamente avergonzada.

— Y…eh…¿qué tal se les da?—preguntó Alan candorosamente con una media sonrisa.

— Alan, por favor—le corrigió esta vez Angela.

— Es para integrarme en la conversación. Me siento como si estuviera en una rueda de prensa antes de meterme en el corredor de la muerte—satirizó nervioso. Por fin, éste se levantó y empezó a quitar los platos—. ¿Traigo los postres?—preguntó— ¿Café, pasteles, infusión…veneno?—les miró con la tensión muy marcada—…¿no?, ¿sólo yo?…bien.

Salió de allí casi tembloroso hacia la cocina con algo de prisa antes de que el padre de Angela pudiese volver a hacerle otra de sus incómodas preguntas.
Por su parte, esposa e hija le miraron como sentenciándole de por vida. Ésta última decidió seguir a Alan para recoger la mesa.

— Cariño…—murmuró ella.
Alan estaba apoyado contra la encimera, mirando al suelo, discurriendo cómo afrontar aquella situación. Ella se le acercó y le rodeó el cuello, besándole después en los labios con mucha ternura, acompañada de una inevitable compasión.

— Oye, tranquilo…¿vale?

— Si…yo estoy tranquilo…pero—su semblante expresó su incomodidad, y Angela lo notó enseguida—…antes de que tu padre decida acostarse conmigo para ver qué tal funciono sexualmente, me gustaría probar ese licor tan bueno que hemos comprado esta mañana—soltó irónico.

— Ay, Alan…por Dios. Ya sé que lo que ha hecho es vergonzoso. Siempre se ha comportado como un profesor, no puede evitarlo…pero no te emborraches—pidió en un tono misericordioso.

— ¿Para qué?, ¿para que al "Dr. Psicosexualidad" le resulte más fácil meterme en la cama?—escarneció.

— Alan…una hora—volvió a rogarle—. Y no tendremos que verles hasta Navidad.

— ¿Para dentro de cuántos años?

— Alan, sólo te pido eso; has aguantado muy bien. Una hora más…

Se miraron durante un momento, y Alan aparcó su orgullo y la resignación le inundaba la moral: —Vale…pero esta noche seré yo el que se ponga encima—remedó marchándose de nuevo hacia el salón.

Entre tanto, Angela buscaba las botellas de licor entre los armarios.
Cuando Alan iba a entrar en el salón, el sr. Stiller salía de allí: —Oh…Alan.

Éste se quedó un tanto paralizado: —…¿Qué desea?

— Hablar contigo.
Le tomó del hombro y se metió con él un poco hacia el pasillo. Éste se sintió aún más molesto: —Oye, Alan. Estoy orgulloso de ti—soltó.

— Eh…¿cómo dice?—balbuceó.

— Alan…has sabido más o menos mantener el tipo durante la comida. Con ligera tendencia al sarcasmo cuando te has visto acorralado en algunas situaciones, pero…

— ¿En algunas?…casi me quedo sin respiración cuando…

— Tengo que reconocer que, a simple vista, me pareciste un inepto bufón jaranero recién salido de uno de esos programas de Chevy Chase—le calló—, pero…también tengo que admitir que mi hija te quiere, y yo la quiero mucho a ella, y eso no se puede cambiar.
Alan se quedó sin palabras. Sus impulsos nerviosos se disiparon de repente y, por primera vez, se sintió cómodo desde que empezó la disparatada comida. Angela estaba escuchando la conversación oculta tras la puerta.

— Tú…la quieres—afirmó nuevamente Stephen.

— Pues…claro que sí. “Querer” es decir poco…yo la adoro, la deseo…yo la amo, ¿comprende? Regalaría a mis padres a los chilenos por ella—concluyó.

— Entonces…tienes algo más que mi aprobación. Ya tienes suegro, hijo.
Le dio un afectivo abrazo y éste no lo podía creer. Había sucedido todo tan rápido, tan vertiginosamente deprisa, que parecía sacado de una película.

— Por cierto, ¿dónde está el aseo?—pidió Stephen.

— Es la primera puerta, a la izquierda.

"Esto es increíble. Me siento como si fuese el protagonista de una película de Billy Wilder…y al final todo ha salido bien. Ya tienes suegros, Alan…buen trabajo…", discurrió para sí mismo.
En el otro lado, una también sorprendidísima Angela lanzaba una preciosa sonrisa desde su rostro y terminaba de recoger las copas para llevarlas al comedor...

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