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Un monstruo bajo mi cama

Asoman las primeras las luces del alba por la ventana. Aún rendido a los placeres de Morfeo, los destellos del sol me arrebatan del mejor momento de mi existencias. Puedo notarlo,  antes de que mis sentidos perciban la realidad de un nuevo día, él está ahí. Siempre vigilante, siempre al acecho de su única presa, yo.

Su presencia ya no me resulta extraña. Es similar a esa mascota que, sin motivo comprensible para la razón humana, te odia con todo su alma. Lo conoces y sabes que debes de permanecer precavido, porque al mínimo descuido irá por ti, te atacará. Pero por muy bien que lo conozcas, sabes que nunca te abandonará. Su mayor deseo es poseerte y apresarte, encarcelarte en la peor prisión que pueda imaginar una persona. La prisión de tu mente.

Este engendro no se alimenta de sangre, vísceras, carne o huesos, su sed proviene de un alimento más vital; tu alma. Su dieta principal son las ilusiones y los deseos; mientras los devora de manera incesante, al igual que cualquier parásito del mundo animal, lo único que te ofrece como recompensa son sus excrementos llenos de miedos y pánicos, de imágenes inducidas de fracasos y derrotas.

Estas imágenes distorsionadas de la realidad no las infunde por simple capricho, todo forma parte de su supervivencia. Como todo parásito necesita alimentarse constantemente de su huésped y para ello debe someterlo sutilmente, hasta convertirse en una parte más de su ser.

El monstruo que yace bajo mi cama desea que permanezca aquí,  sin levantarme, alargando los placeres hedonistas que me ofrece Morfeo, pero sometido a su total influencia. Como una mosca atrapada en la tela de una araña. Consciente de mi destino, pero resignado a no poder escapar. Esperando a que mis fuerzas desfallezcan y me rinda ante lo inevitable, ser devorado por la bestia.

Pero esta aberración ya es una vieja conocida, me ha tocado luchar contra ella en viejas guerras y, aunque perdí batallas, sabe que soy un oponente difícil de batir. Nunca plantaré la bandera de la derrota sin verter sangre, sudor y lágrimas.

Puede que llegue un día que le mate y termine esta maldición, o puede que él me mate a mí y arrase la desolación. Sólo sé que la lucha continúa y que nunca debo dar mi brazo a torcer. Está preparado para apresarme en cuanto note el mayor signo de debilidad, no debo de darle la oportunidad. Sólo un pie fuera de la cama podrá librarme de su tiranía y darme la fuerza para continuar otro día la batalla.

Por eso es digo queridos amigos, hermanos, camaradas. Sed conscientes de que todos tenemos un monstruo bajo la cama, que nos apresará y devorará nuestra alma hasta no dejar absolutamente nada. Que ese engendro tiene un nombre y este es depresión.

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