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Un mal día

Como cada año a finales de Julio, el agobio del calor húmedo que cubre Barcelona sólo es comparable al agobio de los centenares de turistas que caminan por el centro de la ciudad. Voy andando con la camisa pegada a la espalda y notando como las gotas de sudor se escapan de la gorra y hacen carreras infinitas por mis mejillas.

Parov Stelar suena en mis cascos. Sonrío sinceramente aunque a través de mis Rayban Wayfarer se me hace difícil esquivar a los turistas que andan despreocupados. Por suerte la zona de Portal del Ángel es peatonal y no tengo que esquivar también a los vehículos. Sólo hay un coche patrulla con dos agentes apoyados, un furgón con tres antidisturbios y el furgón blindado de Prosegur que está acabando la ruta de recoleta del dinero de las tiendas. Estamos en las rebajas de verano y van bien llenos.

Voy fumando tranquilamente un cigarrillo cuando una diminuta chica rubia me para, me sonríe y me hace el movimiento de pedir fuego.

Me quito los cascos, las gafas de sol y sonrío mientras hago ademán de sacar el mechero.

- Vaya, tienes unos ojos verdes muy  bonitos.- Me dice la chica con una inclinada sonrisa seductora.

- Muchas gracias, nena.- Empiezo a decir cuando saco el mechero.- En realidad llevo lentilla en uno de ellos. Tengo los ojos de diferente color.

La chica se ríe incrédula.

- No me lo creo, eso sería muy guay, si fuera cierto no te pondrías lentillas.- Dice apoyando su mano ligeramente sobre mi hombro.

- Ahí tienes razón, cariño. Pero voy a atracar ese furgón de ahí y si me vieran los ojos de diferente color sería un sospechoso muy fácil de buscar.- Le contesto con una leve sonrisa y empiezo a reír de forma enérgica.

Ella ríe también. Me mira por unos segundos y sigue.

- No intentes tomarme el pelo. Tienes cara de buena persona. De todas formas tengo debilidad por los criminales.- Vuelve a reír.- Sería muy excitante ir a tomarme un café, ahora mismo, con un atracador. Se enciende el cigarrillo.

Yo me río  y recojo el mechero de vuelta.

- Me encantaría invitarte a un café ahora mismo, pero lamentándolo mucho tengo que trabajar. Pero puedo darte mi teléfono para que me llames esta tarde y cambiamos el café por una cerveza.

La chica asiente e intercambiamos los teléfonos. Nos despedimos y enciendo otro cigarro.

Miro a Julián al otro lado de la acera, mueve la cabeza de un lado al otro en señal de desaprobación mientras mira al principio de la calle. Ambos nos echamos a andar a la vez, cada uno por su lado del paseo.

El calor del mediodía cada vez me pesa más en la nuca. Cuando llegamos a la mitad de Portal del Ángel me detengo. Julián también se para y saca el móvil, hace una llamada perdida y echamos a andar de nuevo. De repente veo como la gente empieza a actuar de forma extraña, unos andan más rápido y otros se paran, pero todos miran en dirección al inicio del paseo. Me giro y veo como Héctor y Miguel han empezado a darse de hostias. Los dos agentes del coche patrulla y los antidisturbios van corriendo para separarlos. El tipo del furgón blindado los mira de lejos con sonrisa desaprobadora.

Echo a andar otra vez. Tiro el cigarrillo. Parov Stelar sigue sonando en mi reproductor, el calor continua  mordiéndome la nuca y el frío metal de la nueve milímetros que llevo bajo mi camisa Hawaiana me hace un contraste muy refrescante.

Me coloco tras el tipo del furgón  blindado, le pongo la pistola en su costado y le susurro que si quiere cenar con su familia esa noche haga lo que le digo. Su compañero sale de la tienda con la caja metálica y Julián le pone disimuladamente la pistola entre el chaleco antibalas y le dice algo. El tipo le entrega la caja. Yo le digo a mi amigo que abra la puerta del furgón. Lo hace. La gente sigue mirando la pelea entre Héctor y Miguel. Ya no escucho a Parov Stelar, ahora suena Miles Davis. Aunque no estuviera escuchando música tampoco podría oír lo que dicen Héctor y Miguel, pero no me hace falta. Sé que Héctor ha dicho que Miguel lleva una pistola en la mochila y también sé que los policías se han tirado sobre Miguel para comprobarlo. En ese mismo momento sé que Héctor se ha echado a correr y que algunos policías han ido tras él. El resto registrarán la mochila de Miguel, pero no encontraran nada salvo algunos papeles.

Aparecen Tony y Miky en bici. Cada uno carga dos cajas metálicas en sus grandes mochilas y se van pedaleando en direcciones opuestas.  Julián y yo le quitamos los walkies a los tipos del furgón y los metemos dentro. A estas alturas la gente que hay a nuestro alrededor ya se han dado cuenta. Unos corren, otros se quedan mirando y otros fingen no haber visto nada.

Yo me voy andando en dirección contraria a Julián mientras enciendo un cigarrillo tranquilamente. Giro a la izquierda y entro en un portal del centro. Abro el contenedor de la basura y saco una mochila de diferente color a la que llevaba con ropa nueva. Me cambio de ropa y de mochila. Me quito la gorra y la lentilla de color verde y salgo por la puerta principal en dirección al metro.

Unos 20 minutos más tarde llego al punto de encuentro. Es un piso alquilado por Miguel a través Airbnb. Julián abre la puerta.

- No sé cómo te lo haces para llegar siempre el primero.- Le saludo dándole un golpe en la espalda y él se pone a reír.

- Jajaja soy más listo y corro más rápido.- Se carcajea otra vez y pasamos juntos a una de las habitaciones.

Empezamos a hacer un porro justo cuando Tony y Miky llegan. Entran en la habitación y ponen las cajas metálicas sobre la cama junto a las nuestras.

- ¿Ha ido todo bien?- Les pregunto.- ¿Os ha seguido alguien?

Ambos se ríen condescendientemente.

- No es nuestra primera vez, Erik.- Me dice Miky.

- Lo sé. ..Sólo quería asegurarme.- Digo encendiendo el porro.

Yo conocía a Julián desde el instituto y tenía plena confianza en él, era un profesional. Los otros 4 niñatos los había conocido Julián en el reformatorio. No me inspiraban mucha confianza, eran unos yonkis colgados que no les gustaba trabajar pero si fardar de billetes en su barrio. La experiencia me decía que la gente así no duraba mucho en la calle. Pero necesitábamos a 4 pardillos para este golpe que sorprendentemente estaba saliendo según lo planeado.

- ¿Esperamos a Héctor y Miguel, no?- Pregunta Tony mientras esnifa dos pellizcos de coca.

Julián y yo nos miramos mientras le paso el porro.

- No, ellos tardaran un poco.- Empieza a contestar Julián.- Si los polis les han pillado tardaran un rato mientras prestan declaración y les multan por la pelea.

- Y si no les han pillado tardarán igualmente despistando a los monillos.- Matizo yo.- Vamos a ir abriendo las cajas y contando la pasta mientras llegan y luego lo repartimos.

Tony y Miky se ríen y chocan la mano. Ambos asienten al unísono mientras mueven las cajas enérgicamente y ponen la oreja.

- ¡Tíos! Esto suena lleno de cojones.- Asegura Tony con una estúpida sonrisa en la cara. Su estupidez se confirma cuando los veo empezar a abrir las cajas sin guantes.

Julián y yo nos miramos y él asiente con la cabeza. Ambos sacamos las pistolas y les apuntamos. Pero Julián aprieta el gatillo y le vuela la cabeza a Miky. Estupefacto veo cómo también le mete un balazo a Tony en el abdomen y este empieza a chillar como un cerdo. Para que se calle le patea la cabeza y cae semiinconsciente. Yo me quedo mirando a Julián sin saber que hacer y silenciosamente rezo para que los vecinos no hayan oído nada.

- Julián…-empiezo a decir- ¡pero qué coño te pasa en la cabeza! ¡Esto no formaba parte del plan!

- ¡Rápido! Hay que darse prisa antes que los vecinos avisen a los monillos o lleguen los otros dos capullos.- Me dice él mientras señala a las cajas metálicas.

Me quedo mirando los cuerpos y las cajas metálicas intentado pensar una solución para poder escapar de toda aquella mierda de la mejor manera posible. Siempre había creído que matar a alguien era consecuencia de una mala planificación. Cuando estás en el barro a veces te tienes que llenar las manos de lodo, pero lidiar con cadáveres siempre lo complica todo. Conviene mantener unos límites morales para no cruzar la línea, pero Julián no sólo la había cruzado sino que había vomitado en ella. La gente que no tiene clara la línea tampoco dura mucho en la calle.

Mientras estoy absorto pensado en una solución oigo a la pistola de Julián amartillarse de nuevo y el tiempo se para.

Me giro y me encuentro cara a cara con el cañón de su arma. Al principio me sobresalto por unos instantes, luego miro si la pistola tiene el seguro puesto. Valoro mis opciones. No tengo ninguna.

- ¿Qué haces compi?- Le digo seriamente mientras amartillo mi pistola apoyada contra mi muslo.

Julián hace chasquear la lengua mientras avanza su arma hasta rozar mi frente.

- De eso nada, amigo- me dice- suelta la pipa Erik. No quiero matarte, pero lo haré si me obligas.- Una sonrisa triunfante y oscura se dibuja en sus labios y yo sé que me matará de todas formas. A Julián no le gusta dejar cabos sueltos. Lo sé porque he trabajado con él muchas veces.

- Julián... ¿por qué me haces esto?- Le pregunto sin muchas esperanzas de que me perdone la vida, pero si de ganar un poco de tiempo.- El plan era robarle la pasta a estos capullos y largarnos, no matar a todo quisqui.

- Lo siente Erik...tengo mis propios planes.- Percibo como sus músculos se tensan y sus pupilas se dilatan ganado una profundidad de ultratumba.- ¿En serio crees que nos hubieran dejado escapar por las buenas? Habrían venido a por nosotros, es mejor así, esto les servirá de mensaje a los otros dos capullos y con un poco de suerte la poli les pillara a ellos junto a los cuerpos de sus amigos.- Julián sonríe y yo ya no estoy seguro de quien es Julián.

- ¿Y yo?- Le pregunto con cara seria intentado averiguar qué está pasando por su cabeza.

- Bueno...amigo…tu eres un daño colateral…se dice así, ¿no?- Empieza a reírse y otro disparo inunda las estancias de la casa de un extraño que quiso ganar algunos euros con su piso sin saber el marrón que se le venía encima.

El silencio reina de nuevo y las manecillas del reloj de pared vuelven a ponerse en marcha después de haber estado paradas por un lapso de tiempo incierto. Yo abro los ojos y relajo las manos sudadas que estaba apretando con fuerza.

Miro a Julián y la profundidad de sus pupilas se ha truncado. Ahora no brillan sus ojos y tiene la boca entreabierta. Una gran mancha de sangre se abre camino empapando su camiseta. Poco a poco torna los ojos en blanco y cae al suelo. Miro hacia abajo y Tony está empuñando su pistola. El pulso le tiembla muchísimo. Con la mano izquierda tapa la herida del costado. Empieza a girar la pistola en mi dirección mientras a duras penas puede pronunciar:

- Hijos de puta...me las pagareis.- Casi no es capaz de mantener la pistola firme.

Cuando mi cuerpo me volvió a obedecer chuté su pistola y de un golpe en la cabeza con la culata del arma lo dejé inconsciente. Me quedé un rato mirándolo. Estaba en shock por todo lo que había pasado en apenas unos segundos pero no era momento de venirse abajo, tenía que reaccionar o me comería yo todo el marrón. Quizá la mejor opción era cargarme a ese marica y esperar a los otros dos para quitármelos de en medio a todos. Pero hace algún tiempo ya tuve que matar a alguien en defensa propia y su voz aún retumba en mis oídos por la noche. No quiero que mi oreja se convierta en una puta coral de voces de capullos muertos. Además, posiblemente los vecinos habían alertado ya a la policía y no quería estar por allí cuando llegaran. También valoré muy seriamente la posibilidad de cargarme sólo a Tony para que no pudiera hablar. En realidad no era necesario matarlo, sería evidente para Miguel y Héctor que había sido yo el artífice de esto incluso sin la explicación que les daría Tony. Vendrían a por mí de todas formas. Dadas las circunstancias lo mejor que podía hacer era largarme de allí cuanto antes. Estaba en la zona caliente y no podía hacer nada por nadie salvo salvar mi propio culo.

Recogí el dinero y miré los cuerpos una vez más antes de irme casa.

Cuando llegué todo estaba silencioso y sombrío como siempre. La única que vino a recibirme fue mi gata. Dejé el móvil y la pistola sobre la mesa y volqué la pasta al lado. Me preparé un whisky intentado recordar lo que pensé cuando conocí a Julián. No me acordaba pero seguramente no fue que intentaría matarme tiempo después. O quizá sí.

Me senté rodeado de silenciosos recuerdos y me encendí un porro mientras miraba el dinero. Era mucho dinero. Tendría para vivir una buena temporada sin preocuparme pero debía largarme de la ciudad antes de que aquellos capullos vinieran a por mí. De todas formas no tenía nadie con quien compartirlo salvo mi gata.

Cogí el teléfono y lo miré un largo rato mientras daba caladas al porro. Secretamente esperaba a que me llamara la chica rubia que me pidió fuego. Pero no lo haría nunca porque le di un teléfono falso.

La gata se subió a mi regazo y empezó a ronronear. Yo sonreí mientras la acariciaba. La vida no era tan complicada después de todo. Un hombre no necesita a nadie si tiene la compañía de un porro, un buen whisky y su gata.

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