Un día de primavera, relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos,RELATOS DE IR A DISPRAR PLATOS

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Un día de primavera

Me desperté, y vi la cara de mi padre llena de alegría. Era primavera, y todavía hacía un poco de frío, se estaba muy bien debajo de las cálidas mantas, pero recordé que hoy iba a ser un día importante. El día anterior cumplí diez años, y hoy mi padre me iba a llevar de caza por primera vez. Contento, me levanté de un salto. Balto correteaba y ladraba animado por la habitación. Mi hermano pequeño ya se había levantado, estaba enfadado porque él también quería ir de caza, pero era demasiado joven todavía. Le saqué la lengua burlonamente, y él correspondió ofendido con una mueca.

Me vestí, y baje corriendo las escaleras de madera que conducían al piso inferior de la casa, con la emoción casi bajo rodando. Entré en la cocina, donde estaba mi madre preparando el desayuno. La cocina olía a gachas dulces, que comí con gusto.

Cuando acabé, cogí mi pequeño zurrón en el que mi madre había metido un poco de pan, queso y agua. Llegó el momento más ansiado, coger la escopeta que había soñado usar desde hace años, ya que mi madre nunca me había dejado tocarla. Mi padre le había convencido a regañadientes de que ya era mayor, y que debía aprender a cazar, y a traer comida a casa. Era una escopeta sencilla, de un solo disparo y de calibre pequeño, pero disparar aquel viejo artilugio era lo que más deseaba.

Mi padre cogió su zurrón y su escopeta de dos cañones, y salimos contentos de casa. Era una hermosa mañana, el sol brillaba entre las ramas del nogal, y ofrecía una cálida compañía. Balto salió corriendo y ladrando excitado, ya que sabía que íbamos de caza, cosa que le encantaba. Balto era un perro mediano, de ninguna raza conocida, con pelo rizado y desaliñado. No era muy agraciado, pero era cariñoso y avispado.

Mi padre me enseño a cargar el arma, mi entusiasmo crecía por momentos. Abrí la escopeta, metí el cartucho lleno de pequeños perdigones en la recámara, y cerré la escopeta. Me explicó como debía apuntar, quitar el seguro y disparar.

Nos adentramos en el bosque en busca de pequeños animales que echar a la cazuela. Balto extasiado iba de un lado a otro buscando rastros de animales. De repente se quedó inmóvil señalando un arbusto. Mi padre le hizo una señal y él saltó hacia delante. Un conejo salió despavorido entre la hierba, mi padre le apuntó, pero el perro empezó a perseguir al animal y no pudo disparar.

Paramos a descansar, y a comer un poco. A mi alrededor se escuchaban todo tipo de cantos de pájaros que buscaban una pareja con la que criar. Herrerillos, mirlos, ruiseñores, ... Mi padre me decía de que pájaro era cada canto, yo no los conocía. También me decía los nombres de las plantas y árboles que nos rodeaban, y me explicaba sus usos.
Pasó el tiempo, y yo empezaba a desanimarme porque no había podido disparar mi escopeta todavía. Salimos a un pequeño claro, y a lo lejos vivos una bonita zorra. Yo hice el amago de apuntar, pero mi padre me lo impidió, diciéndome que era un animal beneficioso, que cazaba ratones y ratas que se comían el grano.

Más adelante escuchamos cantos de perdices, y nos dirigimos hacia ellas sigilosamente. Nos escondimos en unos arbustos cerca de donde pensábamos que estaban las perdices. Mi padre sacó de su zurrón un pequeño reclamo hecho con madera. Me susurró que apuntase, y me preparase para disparar, cosa que hice con gran emoción. Empezó a usar el reclamo con habilidad, y tras varios intentos apareció lentamente entre unas hierbas una curiosa perdiz. Yo apunté como pude, al principio dudé, era un animal tan hermoso, pero apreté el gatillo. Un sonido sordo salió del cañón del arma, seguido por una pequeña nube de humo. Cuando se disipó, vi a Balto salir corriendo. Cogió la perdiz y se la trajo a mi padre. Había cazado mi primer animal y había podido disparar por fin la escopeta, aunque tuve sentimientos encontrados. Había acabado con la vida de un animal precioso, pero esa día íbamos a poder comer un delicioso estofado de perdiz, cocinado por mi madre.

Mi padre me felicitó orgulloso por mi primera pieza. Decidimos volver, ya que estaríamos en casa para la hora de la comida. Llegamos a la cabaña, y mi madre y mi hermano salieron al oír ladrar a Balto. Yo les enseñé triunfal la perdiz que había cazado, mi madre contenta también me felicitó, y se puso manos a la obra en la cocina. Mi hermano pequeño seguía enfadado, envidioso.

Después de asearnos nos sentamos en la mesa. Un olor delicioso provenía de la cocina, donde las habilidosas manos de mi madre preparaban mi perdiz. Cuando acabó, salió de la cocina con los aromáticos platos. Balto se salivaba y nos ponía cara tristona intentando conseguir un poco de aquel guiso. Todos sentados en la mesa empezamos a disfrutar aquella perdiz acompañada de cebollas, zanahorias, tomate y otros ingredientes desconocidos para mí. Estaba deliciosa, pero a mi me sabía mejor, ya que yo mismo había cazado aquel animal.

Siempre recordaré aquel día tan especial, ninguna perdiz estofada me ha sabido tan bien como aquella.

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