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Tras los escombros

Era una gran ciudad. Como todas las grandes urbes, estaba llena de luces y sombras. Pero en esta en concreto, las luces eran más brillantes y las sombras más oscuras.
Espectros de apariencia inmaterial recorrían constantemente sus callejones negros. Eran viejos recuerdos de personas que habían tenido una vida una vez.
"Son malos tiempos para todos", decían aquellos que todavía tenían entidad, los que vivían en  la zona iluminada. Pero para los fantasmas de los suburbios, aquellos que vivían en las cloacas y los vertederos, ya no había ni ayer ni mañana. Todo consistía en vivir un día más.
Aunque hay que aclarar que entre sus filas también había castas. Y la última, la Harijan de los miserables era aquella de los que, simplemente, estaban allí para morir. Vivían de robar a los que pasaban horas rebuscando en la basura para poder sobrevivir. Almas podridas en cuerpos corruptos donde no había cabida para el amor o la compasión.
Y habrá quien se pregunte si algo bello podía surgir de todo aquello.
Me contaron una historia una vez. No sé si es cierta pero, a aquéllos desheredados les servía para seguir confiando en la vida.
Me dijeron:
"¿No es cierto que nacen flores entre los desechos?. ¡Eso pasó!.
Miguel había perdido su trabajo primero, su fortuna después y, por último, tras terminar en la tierra de la desesperación, a su mujer y a su hijo de hambre. Es curioso pero, aunque permaneció durante días en el refugio de cartones sin comer ni beber, tumbado al lado de los cadáveres de su única familia, esperando la muerte, esta no llegó. Eso demuestra que, nuestra voluntad, a veces no es suficiente.
Así que, convertido en un paria entre los parias, deambulaba a todas horas entre el resto de individuos sin que nadie le viera siquiera.
Era alto pero se encorvaba hacía adelante como si llevara el peso del mundo sobre los hombros. Su cara estaba cubierta por una escasa barba cana y su cabeza la coronaba un puñado de pelo ralo, blanco, revuelto y sucio.
Los ojos, hundidos en las cuencas de un rostro que era más una calavera que otra cosa, eran grandes, de un azul desvaído y no reflejaban ningún sentimiento, estaban vacíos.
Nadie había hablado con él en mucho tiempo pero, mantenía una constante e ininteligible conversación con personas imaginarias.
Su caminar era rápido y decidido, como si llegara tarde a algún sitio.
Normalmente rondaba a los que revolvían la basura para quitarles algún hallazgo cuando estaban despistados, es por eso que, al aparecer, la gente hacía acopio de un par de piedras para alejarlo si era necesario.
Un día desapareció. Al principio nadie lo notó. Pero, pasados unos meses, mientras rebuscaban entre los detritus alguien se paró de repente y dijo:
"Oye, ¿qué ha sido de Miguel?".
Y como todos se encogieron de hombros, pensaron que debía haber muerto en alguna cuneta y se olvidaron de él.
Pero el viejo loco no estaba muerto. Una noche se cruzó con una sombra que le habló, ¡a él!.
"Amigo, le dijo, ¿tienes dinero?". Se paró en seco y negó con la cabeza.
"¿Algo qué se pueda vender?", insistió la sombra. El viejo rebusco en sus bolsillos. A veces recogía objetos brillantes que encontraba por el suelo. Sacó un tornillo, un trozo de vidrio verde, un canto rodado rosa, la chapa de una botella de champán, una moneda oxidada de no se sabía que país, la cuenta de un collar de perlas falso, un trozo de cuerda... y un anillo con una solitaria piedra verde. El relumbrar de sus destellos en un lado del camino, le llamó la atención una tarde. Todavía estaba unido al dedo sangrante de su propietario. Las dos cosas estaban tiradas allí como si alguien las hubiera perdido al pasar. Cogió un palo, las separó, limpió el anillo con el faldón de los harapos de su camisa y se lo guardó dando una patada despreciativa al apéndice.
A la sombra pareció interesarle.
"Te lo cambio, le dijo, toma". Y le ofreció un bulto que llevaba en los brazos. El viejo pensó que era comida, así que, se lo dio, agarró el hatillo con avaricia y salió corriendo a refugiarse de miradas indiscretas.
Cuando encontró un lugar lo suficientemente protegido, desenvolvió el montón de ropa esperando encontrar un buen trozo de pan.
Pero, ¿qué demonios era aquello?.
Un niño esquelético empezó a llorar casi sin fuerzas al sentir el frío de la noche en su piel desnuda.
Al oír aquel gemido débil que presagiaba la cercanía de la muerte, Miguel recordó otro igual que hacía mucho que había quedado enterrado en la nebulosa de su mente enferma. El de su hijo. Aquel que perdió hacía ya tanto tiempo.
Sabía que ya no podía ayudar a aquel pequeño, que estaba condenado como su Manuel pero lo que no iba a permitir es que muriera solo, sin el calor de otro cuerpo, sin una nana que lo arropara, sin el amor y las palabras de consuelo de un padre.
Lo envolvió con el abrazo más cálido que pudo encontrar dentro de su muerto corazón. Le cantó en voz baja y dulce, canciones que recordaba de su niñez. Puso la punta de su pulgar en la boca del niño para que encontrara el consuelo de algo que chupar y lo meció hasta que el escaso calor que quedaba en su diminuto cuerpo desapareció.
Y entonces, por fin, de la mano de aquella pequeña alma, Miguel pudo volver a encontrarse con los suyos.

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