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Te espero en el pozo

Cerró los ojos y se dejó envolver por la niebla entre sollozos entrecortados y murmuraciones de viejas. Cuando los abrió, la habitación estaba en penumbra, iluminada por cuatro blandones. Reparó en unas ancianas, que sentadas en sillas de eneas junto a la ventana cuchicheaban la letanía inquieta y apresurada de un rosario, pasando las cuentas de ámbar con los rugosos dedos de sus encalladas manos. «No estoy sola», se dijo, y sospechó que la velaban.

Sin saber quiénes eras, y sin perderlas de vista, observó cómo se levantaban y, con paso cansino, cruzaban el marco de la puerta que cerraron al salir. Y recordó el motivo de su quietud y espera, el frío del afilado filo del acero de la guadaña que hirió sus carnes, que no era otro, que el peso de la negra sombra de los años sobre sus hombros.

Al abandonar su lecho, un rayo atravesó el cielo alcanzando de lleno la veleta metálica que coronaba el vértice del tejado. El pavoroso sonido al resquebrajarse en miles de fragmentos retumbó en el caserón como un lamento, abriendo una enorme claraboya por donde las lluvias anegarían todo.

Había perdido la noción del tiempo cuánto llegó a la boca final del túnel. De pie frente al portal gelatinoso, divisó a través de él, formas con perfiles rugosos y paisajes imprecisos. Miró hacia atrás y todo estaba oscuro, muy oscuro, espeso y frío, cómo si el hielo pudiera ser negro.

Una voz placentera le llamó, brotándole un impulso irresistible a traspasar aquel radiante pórtico. Clavó las rodillas en tierra y apoyó las manos en el resbaladizo suelo, y en un acto desesperado de vida, se negó cruzar. Cuando sus entrañas exhalaban el último soplo, alzó la cabeza y buscó con sus ojos verdes a quien le habló y, con agónica y muda voz, que los vivos no pueden oír, le gritó cuanto le fue posible:

– Él tiene que volver.

Bajo el frenético aullar de los vientos, manos invisibles la despojaron de su cuerpo, con la última campanada de su pecho, su alma se aferró al brocal de la vida, llenándolo de esperanza. Tan firme fue su decisión, que la voz que inundaba el espacio, que tampoco los vivos pueden oír, le dijo:

– Quédate el tiempo que dure la esperanza, mientras mane agua del manantial, llene el pozo y brote fresca por la fuente.

Se incorporó sobresaltada y miró a su alrededor. Se encontraba en su habitación, en la segunda planta de un edificio regionalista de los años veinte, que se mostraba majestuoso en lo alto de una colina, apartado de la carretera principal y situado casi al final de un camino polvoriento, en fértiles tierras, junto a la vega de un hermoso río. En un patio lateral, se encuentra una fuente que surte de agua fresca y dulce, y da nombre al camino y a la casa.

A través del cristal de la ventana ve la tormenta llegar. La gota de lluvia resbala hasta el alfeizar del tragaluz, donde aguarda a la siguiente, para después, juntas, precipitarse al vacío. Retumbó en su mente como un estruendo, el húmedo chasquido de la gota contra el pretil del pozo, e hizo que abriera los ojos aún más: de par en par.

–¿Será él? –se preguntó, mientras desplegaba las contraventanas, escudriñando el fanal de luz que junto a otros discretos puntos de luces pálidas, se distinguían a lo lejos.

*****************

El colegio es un edificio muy antiguo de dos plantas. Palacete reconstruido con ladrillos vistos en el centro de la ciudad. Sus alumnos son hijos de selectas familias nobles y adineradas.

Cruzó el portón de entrada, y recorrió el amplio vestíbulo adornado con estatuas y cuadros acercándose a la portería para informar al conserje.

– Buenas tarde, Alfredo, el director aguarda mi visita –le dijo con una sonrisa, algo habitual en él.

– Ahora mismo, don Narciso –dijo a reconocer al hombre bien vestido, de aspecto corpulento y bonachón–. Estaba informado de ello. ¡Acompáñeme, por favor! –abandonado la mesa y saliendo a su encuentro.

Le condujo por un claustro con amplios ventanales, donde tenían los despachos el director y los profesores. Al final del corredor el bedel se detuvo, con los nudillos, golpeó dos veces sobre el cristal esmerilado de la parte superior de la puerta

– Aguarde, don Narciso –solicitó–. ¡Ha sido un placer verle de nuevo! –despidiéndose con una leve inclinación de cabeza.

– ¡Gracias, Alfredo! –devolviéndole una nueva sonrisa, al hombre serio y enjuto que retornaba a su puesto.

Segundos más tarde se abría la puerta, y junto al marco de la misma, don Narciso reconocía al profesor de su hija, que amablemente, cediéndole el paso, le rogaba que pasase. Detrás de una lujosa mesa repleta de documentos le aguardaba el director, que indicándole con la mano una silla, se la ofrecía para que se sentara delante de él.

– El motivo de esta reunión, don Narciso –comenzó a exponerle de forma directa, después de los saludos protocolarios–, es la sospecha de que su hija tiene especial dificultad para seguir el ritmo de la clase y los estudios.

A don Narciso, hombre templado y trabajador, de cincuenta y algunos años, de carácter afable y alegre, le recorrió un escalofrío al oír aquellas palabras tan inesperadas como desangeladas. Confuso, interrogó dubitativo.

– ¿Especial dificultad? ¿Qué me intentan decir? –su tono fue bajo, un susurro.

– El esfuerzo que se le exige a todas las alumnas, su hija no llega y se retrasa, impidiendo el normal desarrollo y avance del curso –respondió el director.

– ¿Es que la niña es… retrasada? –sus palabras sonaron inseguras y suplicantes.

– ¡No!–medió el Profesor que se mantenía de pie–. Es su capacidad, que no corresponde con la edad física de su cuerpo –intentando suavizar las palabas, para que no le provocaran aún más alarma ni desasosiego.

– ¡Si es risueña! Muy alegre y obediente. ¡Es un encanto de hija! –expresó don Narciso.

– ¡Es cierto!, casi rayando lo infantil –ratificó el profesor.

– Nuestra difícil recomendación, es que sería de prudente, que le realizaran estudios más especializados –sugirió el director.

– ¿Están expulsando a mi hija? –preguntó abochornado.

– Solo que de ser correctas las apreciaciones, debería de ingresarla donde le den cuidados específicos, y la formen con un ritmo más lento, acorde a su edad intelectual.

Desconcertado, con el gesto congestionado y lívido como un cadáver, realizó un esfuerzo por recobrar el aplomo, e intentó ganar tiempo para asimilar el contenido de la entrevista.

– Les pido, que mientras realizó las gestiones, permitan que permanezca en la escuela hasta que finalicen las pruebas pertinentes, y por si el apoyo y el refuerzo que le demos en casa cambiara la situación.

Director y educador accedieron a la petición del padre, y concertaron con él, que les informarían si se producía una evolución favorable en su hija, con las medidas de tomase en su hogar.

De regreso a su casa, le invadieron los demonios en formas de prejuicios, que como lenguas de ponzoñas víboras, infectaban la mente de don Narciso Ciaurriz: «Retrasada. Hija retrasada», resonaban como los tañidos de los golpes del martillo en el yunque.

La familia Ciaurriz, se componía del matrimonio y ochos hijos. Administraban numerosas propiedades y comercios, revelando una alta posición social. La imperfección de su hija más pequeña, de ser pública, deshonraría la reputación del linaje en una sociedad, aunque permisiva, en el mejor de los casos, por compasión, la dejaría estar ahí, pero a ser posible donde no se le viera y donde no molestara. Manifestaciones que encubrían un desprecio, por aquellos que a su juicio, estaban fuera de la normalidad, y más, cuando se verían imposibilitados de buscarle un rico heredero con quien casarla, según mandaba la tradición de la época para su condición y estatus.

 Resueltos a ocultar la discapacidad de la menor, decidieron encerrarla; apartándola de la vista de conocidos y extraños, por pura vergüenza y egoísmo.

– ¿Por qué no hablas con don Aníbal?, el puede ayudarnos –le sugirió la esposa.

– ¡Si!, mañana me acercaré a saludarlo.

– ¡Don Narciso! –exclamó don Aníbal González al verlo cruzaba el umbral de la puerta–, ¿Que le trae por esta humilde morada? –le preguntaba estrechándole la mano con tono desenfadado, conocedor del carácter campechano de su visitante.

– Un grave inconveniente que embarga a toda mi familia, don Aníbal –dijo con voz trémula–. Acudo a consultarle por si su ayuda pudiera paliarlo.

Don Aníbal González Álvarez–Ossorio, se había labrado un futuro con duros esfuerzos, ejercía como director de las obras de la Exposición Universal Iberoamericana de Sevilla, sobre su mesa, ultimaba los detalles finales de la Plaza de España.

– ¡Claro que si, amigo mío! ¿Cómo puedo negarle algo? ¡Pero alegre esa cara, y levante el ánimo!

– Crea, que si resuelve mi problema, mi deuda con usted será infinita –le dijo, intentando esbozar una sonrisa que resultó una mueca desagradable.

– ¡Venga!, ¡dígame, que tan grande no puede ser!

– Poseo, una villa de la época romana del siglo I a. C., que ha perdurando tras el periodo árabe transformada en alquería, en un antiguo camino del aljarafe, en la vega del Guadalquivir, en ella quiero que me construya, en el mayor de los sigilos, una casa de ensueño, un paraíso en la tierra, en el que no falte de nada…

Y erigieron un edén rodeado de exuberantes palmeras. Con amplios jardines de frutales y plantas ornamentales: orquídeas, rosales, jazmines, buganvillas… para ella sola, donde su pequeña disfrutaría día y noche de cuidado y vigilancia constante: por criados, cuidadoras, cocineras, floricultores y médico particular.

Gabriela era su nombre. Su parto resultó difícil, tanto, que imposibilitó a su madre biológica darle el pecho, y en los desvelos por sacarla adelante, recurrieron a una señora del pueblo que la amamantase. Contaba con doce años, bella, de pelo oscuro y largo, con la mandíbula algo sobresaliente, inocente, simpática y risueña, como una niña pequeña, exenta de toda maldad. Tan consentida, que enmoquetaron el suelo de la segunda planta, porque a ella le encantaba ir descalza.

Recluida en su hermosa jaula transcurrieron los años. Todas las tardes de los jueves de cada semana, sentada en la puerta esperaba a su hermano, que al verle, corría hacia él gritándole:

– ¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pasteles! ¡Pasteles!

Pues le encantaban los dulces y esa tarde no consentía comer otra cosa, con la misma intensidad que odiaba que sus cuidadoras les cortaran las uñas, y nunca se dejaba.

Pasaron quince años. Su cuerpo se desarrolló dando forma a una hermosa joven. Y aquel cuerpo de mujer encerraba los sueños de una adolescente de quince.

El guarda de la finca, Manuel, tenía un hijo que en ocasiones le ayudaba en las tareas de adecentar las zonas ajardinadas. Y ocurrió, que la joven de acomodada posición, jugando entre los setos, una tarde lo viera junto al brocal del pozo. Su corazón latió como nunca en su vida. Se dejó llevar, cerró los ojos igual que en los sueños, y voló, porque siempre supo que él vendría. Decidida, fue a su encuentro. Sus manos se retorcían dentro de los bolsillos de su bata.

– Señor –le llamó a unos pasos de él.

Se volvió, y le embargó la fragancia, mezcla entre jazmín y rosa, que desprendía su cuerpo, y le encadenó la dulzura de los ojos verdes.

– Sí –respondió, su voz fue imperceptible, ahogada por los latidos de su corazón.

– ¿Cómo te llamas? –le preguntó.

– Fernando, ¿qué desea la señorita? –se manifestó servicial.

No necesitaron más palabras. Ciegos de pasión, no vieron que el suyo sería un amor imposible. Y ocurrió, que días más tarde, esperándole sentada en el borde del pozo que había detrás de la casa, él posara sus labios sobre los de ella, en un suave beso, al tiempo que los dedos de sus rudas manos ensortijaban sus largos cabellos. Y creció en ellos la impaciencia y las esperanzas de juventud.

Al tener noticias el padre, impasible, los apartó. Se mostró intransigente. El tiempo había hecho su labor en la familia: ennegreciendo los corazones, borrando los recuerdos y el cariño hacia su niña del alma. No hubo más horas. Tampoco hubo más días.

Con bellas y vanas palabras, que ocultaban puñales, la engañaron, reteniéndola en la segunda planta, prohibiéndoles a sus cuidadores que permitieran que, la niña, saliera de aquella habitación. El desamor de su familia quebró la frágil mente de Gabriela, que comenzó a perder la razón.

Manuel y su hijo fueron despedidos, y amenazados de terribles represalias, si al joven, lo veían rondar cerca de la casa o de su hija.

Cortada y despojada de pétalos como una margarita, el corazón de la joven se fue marchitando en el desconsuelo a la par que se desfloraba el jardín. Y según pasaban los días, y los años, mientras más disminuía la lucidez más aumentaba la locura vagabundeando por los mundos de los sueños. Tantos, que la razón de su sentido no recordaba el tiempo que llevaba asomada a la ventana, esperando que su enamorado regresara a orilla del pozo, donde el amor había comenzado.

No quiso el destino, cuando fallecieron los padres, ni la sensatez de sus hermanos, que le fueran abiertas las puertas. Durante más de cincuenta años, Gabriela, con la ilusión intacta, estuvo derrotando a los demonios de la incomprensión nacidos en el exterior de su locura, aferrada al sueño de que Fernando por fin volviera, liberándola del reino de la indolencia de su propia familia.

Mientras más se alejaba el juicio, más aumentaba la esperanza. Y del manantial seguía brotando: agua dulce, que llenaba el pozo y fluía por el venero.

*****************

Hacía años que los últimos guardas del caserío habían abandonado las tierras, dejando atrás un edificio vacío. En épocas de sequias, de los alrededores y de la capital, acuden a recoger el agua dulce que brota por el caño de la fuente. Solo los más ancianos del lugar, recuerdan a la joven y a su temerario amor.

La noche estaba oscura, la luna no estaba por la labor y alumbraba bien poco, había dejado de llover y hacía frío. La negrura del asfalto se comía la luz de los faros de mi coche. Abandoné la autovía que une Sevilla con Coria del Río, incorporándome por una carretera que conduce a la población de Palomares del Río. Recorridos unos cinco kilómetros, tomando una curva no muy cerrada, de forma inesperada, la figura imprecisa de un joven surge por mi izquierda, de entre las malezas de la cuneta y, delante de mis atónitos ojos se precipita echándose encima del capot, al que atropello inevitablemente.

Detengo el coche bruscamente a un lado, en el estrecho arcén, mi corazón late como un tambor. Temiendo un fatal desenlace, bajo para socorrer a quien creo haber arrollado. Han de pasar unos segundos, hasta que mis pupilas consiguieron acostumbrarse a la falta de luz y, mas no lo encuentro, no hay nada ni nadie, pero noto un peso en mi nuca de que estoy siendo observado.

Miro a mí alrededor buscándolo. Veo una salida a la derecha, y un cartel que indica: Camino de la Rihuela, un pasaje polvoriento y sin asfaltar que desemboca en la localidad de Gelves. No muy lejos, en un montículo, diviso una mugrienta casa semiderruida por el paso del tiempo. Junto a la senda que conduce a ella, la sombra de una fontana, de la que oigo el suave gorgoteo del agua cayendo sobre el pilar de ladrillos. Fijo mis ojos en la segunda planta del edificio, veo una forma encorvada asomada a la ventana, es una anciana, rodeada de luz, con el pelo blanco, vestida completamente de negro y que, según parece, está llorando.

En dirección contraria a mí, vi acercarse los focos de un automóvil, que al llegar a mi altura, paró por si necesitaba algún tipo de socorro.

– ¿Le ha ocurrido algo? ¿Necesita ayuda?

– No sé qué decirle. He tenido la sensación de haber atropellado a un joven, y al comprobarlo, no he visto a nadie.

– Las noches y las sombras son muy traicioneras por estos lares. Nos juegan malas pasadas –me respondió con media sonrisa, pensando quizás, que llevaba algunas copas de más.

– Señor, ¿quien vive en aquel caserío? –me interesé por saber, si quien se había cruzado, podría ir hacia aquella vivienda.

– Nadie. Desde hace muchos años está abandonada. ¿Es que lo has visto venir de allí? –me dijo con tono sarcástico.

Dude por un momento con responderle una grosería. Mire de nuevo hacia la casa y la vi desamparada, derruida, sin ningún signo de vida, sin nadie asomado a la ventana. Estaba desconcertado. No podía poner en pie cuanto me estaba sucediendo.

– Mire, sobre este lugar cuentan viejas leyendas –se expresó con tono algo más formal–, al caserío casi derrumbado se le conoce popularmente con el nombre de: La casa de la Loca, porque en ella murió una señora, que de joven, estuvo perdidamente enamorada de un hombre, y por tal motivo fue encerrada por su familia en esa vivienda, dicen… que el espíritu de la chica sigue aguardando la vuelta de su amado.

– Es que la joven… ¿está enterrada en ese lugar?

– ¡No! Murió a los 84 años. Sus huesos descansan en el cementerio del pueblo. Y sobre esta curva, algunos dicen que han visto al joven… que de vez en cuando… regresa a cortejar a su amada.

– ¿Usted cree en esas historias? –le pregunté, escuchando la seguridad de sus palabras.

– Son como todas, invenciones, cosas de viejas. Mi consejo, monte en su vehículo y continúe su camino. Si no necesita nada... yo continúo con el mío... Buenas noches –y acelerando, se perdió en la oscuridad de la noche, agitando la mano por la ventanilla como despedida.

Regresé al interior de mi coche y, antes de abandonar el lugar, miré hacia la casona, y en la segunda planta del edificio, asomada a la ventana, esta vez vi, a una joven rodeada de luz, con el pelo largo y negro, vestida completamente de blanco y, creo que sonreía. Cuando me alejaba, rebasando el cruce del camino sin pavimentar, percibí una fragancia mezcla entre jazmín y rosa, y me pareció oír: «Te espero en el pozo».

Hoy, aún me pregunto, si aquello fue un sueño, o un error en el pliegue del tiempo.

Sí, se lo que estás pensando, y es cierto.

Lo que a la verdad y a la historia le quito, se lo añado, agrandando aún más si puedo: la leyenda.

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