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Secretos tardíos

Se encontraba en estado de extrema incertidumbre. Aparte de eso, se sentía totalmente desganada. Aún así, salió a la calle para dirigirse a la Oficina de Correos. Entre los transeúntes, la desventurada mujer caminaba con paso lento pero firme.

Ignoraba lo que Julio, su novio, había hecho recientemente. Hacía días que no le había visto y ni siquiera contestaba al teléfono. Llevaba días sin noticias de él. Sólo recibió una carta plagada de súplicas que guardaba una llave dentro.

«Te ruego, antes de nada, que me perdones por no estar a tu lado. Sólo te pido que hagas lo siguiente lo más pronto posible. Debes dirigirte a la oficina de correos y abrir la caja de seguridad noventa y ocho. De verdad que no quería meterte en esto, pero si escribo esta carta es porque no tengo más elección que recurrir a ti».

La alegría y tranquilidad reinaban en el ambiente a causa de la primavera, algo que no contrastaba con su persona. A través de los árboles, pudo observar a niños jugando al fútbol y varias parejas sentadas en bancos. Noelia, en cambio, sólo podía sentir temor e inquietud. Empezó a pensar que si iba a meterse en algo peligroso. De repente sintió a alguien de cerca, como si estuviera espiándola.

Aunque no se percató de su presencia, Ginés, el amigo de su novio, estaba cerca vigilando sus pasos. Su corpulencia y la cicatriz del lado izquierdo de su cara le daban una apariencia temible. La chica se preguntó porqué Julio no le habría encomendado la tarea, pero ella no tenía más remedio que obedecer a su novio y confiar en aquel ser imponente. En lugar de mirar entre el gentío, siguió actuando con normalidad hasta entrar en la oficina postal más cercana.

De la caja de seguridad recogió un paquete de escaso tamaño, en el que cabría perfectamente un reloj o un collar. Pasaron varios minutos antes de que Noelia saliera del edificio con la carga misteriosa. La llevaba en su bolso y, a pesar de su tamaño, le pesaba casi tanto como el plomo.

Ya en casa, se dispuso a descubrir aquello que ocultaba. Desenvolvió el paquete sin ninguna vacilación. Era una escultura, posiblemente una antigüedad clásica, que representaba a un hombre arrodillado con las manos en la cabeza, como si se encontrara en un sufrimiento extremo. Adjunto se hallaba otra nota de Julio, la cual no tardó en leer.

«La estatua que ves ha llevado a la perdición a mucha gente desde hace siglos. Lo mismo ocurrió conmigo. Ojalá tuviera tiempo para más explicaciones. Lleva esta reliquia al Museo Arqueológico y pregunta por el profesor Adolphus Murakakis. Debes actuar ahora, a no ser que decidas entregársela a Ginés. Hagas lo que hagas, que ellos no se den cuenta».

Esto sólo provocó más incertidumbre en Noelia. Sintió palpitaciones y un nudo en la garganta. Asuntos de mafia y de contrabando era lo que pasaba por su cabeza. Reconoció entonces que no sabía nada del hombre que amaba. ¿Habría hecho su novio algo indecente? ¿Quiénes serían ellos, los que ni siquiera Julio nombró? Quería abandonar, pero su amor por él no le permitía desistir. De todos modos, se propuso continuar con lo encomendado hasta el final.

Por capricho del artista, los rasgos faciales hacían dudar de si el personaje expresaba un grito de sufrimiento o bien de arrepentimiento. Se quedó por un rato observando la figura maravillada, que realmente la tenía maravillada. Así hasta que se sorprendió al vislumbrar la silueta de una persona entre los árboles, a unos escasos metros de distancia. Era Ginés, lo que le hizo recordar que debía perder tiempo en dirigirse a Adolphus Murakakis.

Guardó el contenido del paquete en su bolso y salió de nuevo a la calle, encaminándose hacia su auto. Cerca de éste se encontraba Ginés, esperando como si fuese un amigo de toda la vida. Ambos subieron al vehículo y se dirigieron al Museo Arqueológico Nacional. Mientras ella conducía, sentía que le imponía la presencia de su corpulento compañero, pero sólo fue una inquietud momentánea.

Los dos entraron al museo. Él iba unos pasos por detrás de ella. Sin levantar ni un instante la mano izquierda de su bolso, no sabía dónde acudir ni a quién preguntar. Un empleado del lugar la tomó por un visitante extraviado, mas no tardó en deshacerse de él sin perder la compostura. De nada sirvió preguntarle acerca del profesor, ya que desconocía cuándo se encontraba presente en el recinto.

Pronto encontró una mujer al final de un pasillo. Era pelirroja, tenía el pelo largo y rizado, un poco recogido con un pasador. A juzgar por su indumentaria y la carpeta que llevaba, debía de tener un cargo muy importante en el museo. Sospechó que debía serle de ayuda.

- Perdone -dijo Noelia-, ¿podría decirme dónde se encuentra el profesor Adolphus Murakakis?

- Lamento decirle que no está aquí -contestó inmediatamente la pelirroja, antes de girarse por completo-. Pero, si quiere, puedo ofrecerme en su lugar. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

Muy dudosa, permaneció inmóvil como un vegetal. Ginés, que no había doblado la esquina, exhaló un leve gemido como si quisiera advertir de algo. Noelia reaccionó girando un poco la cabeza hacia su derecha.

- ¿Tiene algo que pueda aportarnos? -preguntó con tono persuasivo la misteriosa mujer.

A Noelia se le atrancaban las palabras.

- No. Yo sólo...

En ese momento, la pelirroja sacó una pistola del lado derecho de su chaqueta.

- Verás, cariño, estoy siendo buena contigo. Entrégame ahora mismo la figura o serás borrada del mapa como tu novio.

Esas palabras que acababa de escuchar le supieron como la hiel. Deseaba que la posibilidad de la muerte de Julio no fuera más que una mentira. Por un momento se sintió vacía y consideró que su vida no tenía sentido alguno.

La chica quedó paralizada por el miedo. Quería con todas sus ganas entregar la estatuilla y así salvar su vida, pero nunca se perdonaría haber llegado a traicionar a Julio y a Ginés. Ya se sentía derrotada por la persona que la amenazaba.

- ¡Tú lo has querido! -exclamó la pelirroja.

Tras decir esto, la desconocida disparó sin miramientos. Por fortuna, Noelia no sufrió ni un rasguño, ya que Ginés se abalanzó sobre ella en el momento crucial. Antes de que la impostora volviese a disparar, el corpulento hombre se vio envuelto en una pelea.

Debido a la fuerza del grandote, en pocos segundos se deshizo de la malvada mujer arrojándola por los ventanales del pasillo, quedando así fuera de combate.

Acto seguido, Ginés agarró a Noelia de un brazo y juntos abandonaron el museo. Él insistió en ocupar el asiento del conductor. Antes de arrancar el coche, le hizo unas palmaditas en su bolso.

Ella entendió entonces que pidió que observase con detalle el contenido. Procedió a obedecerle, pero le distrajo un momento la mancha de sangre que crecía en el hombro derecho de su compañero.

Sin más recelo, sacó una vez más la figura misteriosa. Se fijó en la lengua de la estatuilla. Ésta parecía ser un botón que debía presionar, lo que hizo sin miramientos. Esto produjo en la base de la misma se creara una abertura, de la que salió una pequeña bolsa de plástico cerrada herméticamente. En su contenido había montones de pequeños diamantes. Descubrió así que Julio estuvo involucrado en una operación de venta ilegal. Lo peor para ella fue enterarse de su muerte después de haber vivido una pesadilla, sintiendo además que su propia vida se había vuelto, a partir de ahora, incierta e insegura.


Úrsula M. A.

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