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Sant Jordi Apócrifo (Última Parte)

Sobre la mesa de la habitación, Rafael había puesto un gran trozo de queso y una jarra grande de barro con vino. Dieron un par de tragos y entonces Jordi habló de su plan:

— Verás Rafael, he pensado salir de noche para llegar hasta la cueva del dragón antes de despuntar el alba, de ese modo lo cogeré en frío y todavía medio dormido, sus reflejos estarán muy mermados; ¡será el mejor momento para liquidarlo! El siguiente paso será encontrar a Rosamunda, eso será mucho más fácil, en cuanto vea que he acabado con el monstruo vendrá a mi lado, calculo que hacia media tarde estaré de vuelta.

Jordi levantó su vasija invitando a un brindis a Rafael, apuraron el último trago y añadió;

—Ayúdame a preparar todo el equipo, necesitaré la lanza más fuerte que tengamos, la espada y la falcata habituales. Prepárame una ballesta y media docena de flechas, la armadura ligera con el yelmo abierto y no te olvides de preparar la armadura completa para Odón.

— Si mi señor, empiezo ahora mismo.

Rafael se puso en marcha de forma metódica y concienzuda como había hecho siempre, pero esta vez poniendo especial atención, hasta el último detalle, todo debía estar perfecto. Jordi pidió a uno de los solados que le llevará hasta la zona de los baños, quería asearse a conciencia y después vestirse para el viaje que le esperaba. Las últimas luces del día se extinguieron cuando Rafael acabó de cargar la mula con los pertrechos que Jordi le había encargado, había preferido cargar casi todo en la mula para que su señor y Odón hicieran la mayor parte del recorrido con el mínimo peso y así llegar descansados al momento del combate. Jordi se había vestido con las ropas ligeras pero mullidas para después colocarse la armadura, en su cinto solamente llevaba un puñal.

El escudero sacó a la mula y a Odón de la cuadra y los llevó hasta el acceso de su habitación, al poco Jordi salió y juntos hicieron las últimas comprobaciones. Todo parecía en orden. Rafael preguntó a su señor:

— ¿No pensáis despediros del rey? A lo que Jordi le contestó:

— No, prefiero salir de la forma más discreta posible, así nadie sabrá a donde me dirijo y nadie me seguirá, parecerá que soy uno más que se retira. Por la mañana, prosiguió Jordi, irás a ver al rey y le explicarás mi plan con todo detalle. Ahora, ayúdame a subirme al caballo.

Rafael aseguró los correajes de Odón y comprobó que las ataduras desde la silla de éste hasta la mula eran fuertes y seguras. Jordi tomó las riendas y con un firme gesto hizo que Odón empezara a caminar. Rafael levantó la mano en señal de despedida. El joven caballero y sus animales atravesaron lentamente el patio de armas bajo una noche totalmente cerrada, una vez cruzaron bajo el último arco de piedra, apareció por encima de ellos un firmamento plagado de estrellas que les acompañaría hasta el amanecer.

Rosamunda se apoyaba con un brazo contra la pared de la casa y el otro lo apretaba contra su abdomen, no podía contener las nauseas, empezó a vomitar y a toser. Juana y María Eugenia salieron de la casa a toda prisa y se acercaron a ella. Rosamunda tenía la tez totalmente blanca y sudorosa, sus ojos se desorbitaban y empezaba a tener convulsiones. Ambas mujeres la cogieron justo antes de desmayarse, la empezaron a arrastrar hacia el interior de la casa. Cuando vieron que en el suelo se dibujaba un reguero de sangre que partía de sus pies, sospecharon lo peor. En brazos de las dos mujeres... la princesa dejó de respirar, sus ojos se cerraron y cesaron las convulsiones. Lentamente, la dejaron en el suelo.

Con los ojos brillando de tristeza María Eugenia lanzó una mirada asesina a Juana, quien solo hacía que mirar al cadáver mientras balbuceaba palabras ininteligibles. — ¡La has matado le gritó María Eugenia, la has matado!

— Sabías de sobras las posibles consecuencias, no es la primera vez que ocurre, además, tan solo se trataba de una más de tus pupilas con la que ibas a comerciar, no? Juana se sentía muy segura.

La celestina no tuvo más remedio que agachar la cabeza y tragarse la rabia y el orgullo, por nada del mundo podía revelar la verdadera identidad de aquella chica.

Juana le dijo:

—Prepara la carreta, yo voy a por unas azadas y unas palas, llevaremos el cadáver a un bosque aquí cercano, haremos un hoyo bien profundo aprovechando que la tierra está húmeda por las últimas lluvias, la enterraremos bien y este secreto quedará entre nosotras como han quedado muchos otros.

María Eugenia llevó la carreta hasta donde yacía la princesa, al bajarse vio las herramientas y empezó a cargarlas. Entretanto, Juana traía cubos de agua desde el abrevadero y los arrojaba para limpiar los vómitos y la sangre. Una vez acabada la limpieza cogieron a Rosamunda y la subieron a la carreta, la cubrieron con el toldo y emprendieron la marcha hacia el bosque, tenían que darse prisa puesto que la luz del día se apagaba.

Las dos mujeres estaban en el suelo, fatigadas y sudorosas. A su lado un buen montón de tierra era testigo del gran agujero que habían excavado. Pasados unos minutos María Eugenia se levantó y fue a la carreta para prender los faroles de aceite que colgaban de los varales. Juana también se incorporó. Ambas se miraron y no fue necesario decir palabra alguna, cogieron a Rosamunda y la arrojaron al fondo del hoyo. El ruido al chocar contra el fondo fue escalofriante. Las dos mujeres quedaron frente al gran agujero, María Eugenia empezó a rezar un padrenuestro mientras Juana se apartaba lentamente y se colocaba tras ella. Muy despacio, con su mano izquierda sacó una afilada daga que escondía bajo las sayas, se acercó a su antigua amiga con el máximo sigilo y con el brazo derecho le sujetó el cuello fuertemente contra su pecho. María Eugenia se aferró con las dos manos al brazo de Juana y ese fue el momento preciso en que la bruja, con un rápido movimiento de abajo hacia arriba, clavó el frío acero en el costado izquierdo de su víctima partiéndole el corazón en dos.

En unos instantes la resistencia de la desafortunada dama de compañía se desvaneció, todo su cuerpo se aflojó como una bola de algodón mientras Juana sentía la calidez de la sangre en su mano siniestra. La bruja empujó hacia adelante el cuerpo de María Eugenia para que cayera en el mismo agujero que su primera víctima.  Con la mirada fija en el fondo de la fosa, Juana empezó a hablar en voz alta:

— María Eugenia Ferrerdeusolá, pensabas que iba a dejarte marchar? Sé perfectamente quien es esa "pupila". ¿Acaso creíste que eras la única buscona que se ha movido por palacio? No hay mejor lugar que una tumba para guardar perfectamente un secreto. Tras unos minutos de silencio cogió una de las palas y siguió con las tareas de enterradora.

 

Jordi llegó al extremo del camino que conducía hasta las cuevas de Cornudella con las primeras luces del día, sentía la fatiga de un trayecto en que solo había contado con las estrellas para guiarse. Descabalgó, cogió la cantimplora de calabaza y una escudilla de madera y dio de beber a Odón y a la mula. Después abrió el morral y se comió un buen trozo de chorizo fresco con pan de maíz. Tras un largo trago de vino, se despachó con un regüeldo choricero que ni el mismísimo Domínguez hubiera superado.

Se puso manos a la obra y comenzó a colocar la armadura a su caballo, todas las piezas estaban perfectamente bruñidas y las fue encajando una tras otra, desde la capizana hasta la barda. Odón tenía un aspecto de animal invencible. A continuación Jordi empezó a vestir su armadura ligera, quizás no era la que más le pudiera proteger, pero le permitía una libertad de movimientos mucho mayor. Ató las correas de la mula a un buen pino, se acercó a Odón y haciéndole una señal que el animal conocía perfectamente, éste se agachó para permitir que su dueño pudiera subirse sin ayuda de nadie. Una vez colocado en la montura, hizo que Odón girara sobre sí mismo y caminase hasta la mula. Jordi cogió la lanza y colocó la base en la cuja. Todo estaba listo y aprovechando el claro en el que se encontraba realizó todo un surtido de movimientos, desenvainó la espada en varias ocasiones, llevó a Odón al trote haciéndolo girar a derecha e izquierda, después al galope y frenar de forma repentina. A Jordi le encantaban todos los sonidos metálicos que se producían durante los movimientos, para él era música triunfal.

Herensuge abrió repentinamente un ojo y después el otro, irguió ligeramente la cabeza, algo le había despertado y no sabía qué. Tras unos instantes empezó a notar como un martilleo, como si unos hierros chocaran con otros, pero le parecieron muy lejanos. Se desperezó y puso camino hacia la salida de la cueva, poco a poco aquel ruido se hizo más notorio y Herensuge empezó a pensar que se dirigía hacia su refugio, todos sus sentidos se pusieron en alerta. Tras unos minutos los sonidos eran más claros y, además, su fino olfato empezó a sentir un desagradable olor que le recordaba las malas digestiones que alguna vez había sufrido.

La bestia lo entendió, venían a por él. Salió de la cueva y se puso en medio del camino en posición oblicua respecto a la entrada, casi un escorzo. De este modo quien se acercara por el camino podría ver su cuerpo y su cola, pero difícilmente la cabeza. En esta posición decidió esperar.

Jordi cabalgaba con seguridad, sujetaba las riendas con su mano izquierda y la lanza con la derecha. Erguido sobre su montura, desplegaba una estampa de victorioso caballero. Las huellas que aparecían en el camino le indicaban la presencia del monstruo a poca distancia y con un ligero golpe de espuela hizo que Odón iniciara un trote ligero y entonces, a menos distancia de la que él hubiera imaginado, vio el cuerpo del dragón, tumbado, prácticamente de espaldas a él. Jordi no lo dudó, era el momento idóneo, seguro que acababa de salir de la cueva y estaría medio dormido tal y como había previsto.

Agarró con firmeza las riendas, desancló la pica de la cuja y la colocó en posición de ataque, dos espuelazos seguidos hicieron que Odón emprendiera un poderoso galope directo contra el monstruo. Herensuge parecía no inmutarse, a menos de veinte metros oyó como Jordi  elevaba al cielo un bramido de feroz guerrero, Herensuge entonces giró la cabeza y cuando parecía inevitable que aquella lanza le atravesara el cuerpo de parte a parte, soltó un poderoso coletazo contra caballo y caballero que desmanteló totalmente aquel imprudente ataque.

Odón quedo medio descuajeringado y Jordi acabó aterrizando encima de un gran zarzal. Herensuge fijó su atención en el caballero que luchaba por salir de aquel enredo, empezó a caminar hacia él, Odón vio las intenciones de la bestia y a pesar del duro golpe recibido se incorporó y se lanzó de nuevo contra el monstruo para dar oportunidad a su dueño de defenderse. Herensuge miró al caballo y sin más dilación le disparó una horrorosa y larga llamarada. Jordi no podía creer lo que estaba viendo, Odón, aquel magnifico corcel, todo bravura y nobleza, había quedado reducido a poco menos que un pollo a l'ast. La alimaña volvió de nuevo hacia Jordi, éste había conseguido salir del zarzal y desenfundó su espada. Herensuge le arreó un golpe de garra que casi le deja sin brazo y la espada se perdió entre el sotobosque. El monstruo no dio más oportunidades, con una garra estrujó el cuerpo del joven guerrero mientras lo levantaba y con la otra le arrancó la cabeza de cuajo, se la metió en la boca y empezó a masticar. El cuerpo del caballero estaba suspendido en el aire, decapitado y cuando dio las últimas convulsiones, Herensuge escupió los restos de cabeza. Algún trozo de yelmo se había quedado entre sus dientes provocándole una sensación muy desagradable. Descartó seguir comiendo y dejó caer el cuerpo.

Herensuge se quedó mirando los restos de la lucha, ni habiendo sido en defensa propia se sentía orgulloso. Recordó lo que algunos antepasados le habían contado en alguna ocasión: si se dirigía hacia donde nace el Sol, más pronto o más tarde llegaría a unas tierras cálidas, con playas de arena fina bañadas por un mar azul intenso, quizás allí estaba su destino. Sin pensarlo más, emprendió un nuevo viaje.

 

EPÍLOGO

 

Los días y las semanas fueron pasando, sin noticias, sin ataques del dragón. Aquello llevó a que cronicones y ciegos canta coplas hicieran correr todo tipo de rumores: que si Jordi había rescatado a la princesa y huido a otras tierras, otros afirmaban que dragón y Jordi, tras feroz combate, murieron uno junto al otro y un sinfín de invenciones que, en parte, se sostenían por la ausencia del monstruo aunque nunca nadie había tomado el camino hacia las cuevas para comprobar lo realmente acontecido. Paulatinamente todo volvía a su rutina excepto la vida en palacio. El rey Pep se sentía cada vez más triste, llegó el otoño y luego un invierno especialmente duro. El rey enfermó y poco después del nuevo año, falleció.

Al morir sin descendencia y sin testamento se inició una dura pugna entre familiares, tanto próximos como lejanos, por los derechos dinásticos. Aquellos enfrentamientos desembocaron en la Guerra del Hereus, que se prolongaría tres años hasta la llegada de la Pax Tortosae, promovida por el ahora arzobispo Juan de Monteras con el apoyo directo de las tropas papales. Mediante esta paz, la Iglesia pasaba a controlar la mayoría de los bienes del reino así como la recaudación de impuestos. Aquella decisión causó un profundo malestar en todos los estamentos y dio lugar a que se preparara un movimiento conspiratorio contra la iglesia.

A fin de aplacar la incipiente revolución, Juan de Monteras anunció el inicio de la santificación de Jordi Domenech mediante la vía de las virtudes heroicas. Santificar a un paisano generó una nueva ilusión en la gran mayoría de habitantes, les hizo sentirse orgullosos al tiempo que fueron olvidando poco a poco el nuevo régimen que les habían impuesto. Apoyándose en varios supuestos historiadores, dieron por válida la teoría de que Jordi, tras matar al dragón, escapó con Rosamunda para vivir una vida austera y cristiana lejos del reino. De este modo se iniciaba esa curiosa costumbre que ha llegado hasta nuestros días y que consiste en manipular la Historia hasta transformar las derrotas en victorias.

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