Sant Jordi apócrifo (Parte 3), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

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Sant Jordi apócrifo (Parte 3)

Valderán era una olla hirviente de gentes venidas desde todos los rincones del reino. El llamamiento y la esperanza de conseguir aquella soberbia recompensa había movido a cientos de personas, desde los simples curiosos hasta mercaderes oportunistas que pensaban cerrar negocio aprovechando el revuelo generado. También abundaban caballeros y nobles dispuestos a luchar contra el dragón y rescatar a la princesa, unos solamente motivados por el dinero, otros por la oportunidad de casamiento con Rosamunda y, los menos, por un noble y verdadero sentido del deber. Todos pedían ser recibidos por el Rey, pero éste había ordenado a Sodómez hacer una criba, estaba convencido de que mucho charlatán habría entre todos aquellos, de hecho, hasta algún que otro delincuente se había hecho pasar por caballero. Lo cierto es que con el paso de las horas el número de voluntarios guerreros dispuestos a todo había ido cayendo, en especial cada vez que se confirmaba que no se pagaría ni un doblón por adelantado.

El Rey, Sodómez, Nicolás y unos cuantos ayudantes estaban sentados alrededor de la mesa y los sirvientes iban trayendo la comida. Hablaban entre ellos del tema del día, los voluntarios que se habían ido presentando parecía que poca garra poseían, si bien algunos habían decidido instalarse en las afueras de la ciudad a la espera de algún cambio de criterio. En estas que entró Joan de Monteras, el abad, casi a la carrera se dirigió al Rey:

— Mi señor, mil disculpas por la interrupción, pero traigo aquí una carta de recomendación del obispo de Tortosa sobre un joven que desea ser recibido como voluntario para cumplir con el bando real promulgado por su majestad.

Pep cogió el papel y lo leyó atentamente. Miró al abad y le dijo:

—Muchas gracias abad, decidle al joven que vaya a comer y tras la siesta le recibiré en el patio de armas.

—Así lo haré alteza.

Un vez el abad abandonó el comedor el rey miró al resto de presentes diciéndoles,  —encima recomendados!

María Eugenia no había parado de darle vueltas a la cabeza toda la noche, su rostro así lo denotaba y Rosamunda no era ajena.

— Parece que has dormido poco, Rosamunda hablaba mientras preparaba algo para desayunar.

— Cierto, he estado pensando mucho y creo que hoy vamos a tener que movernos deprisa.

— Cuéntame, dijo la princesa con cierta ilusión.

— Verás, después de lo que me contaste sobre el dragón y la noche que pasasteis juntos, creo que deberíais acompañarme a visitar a Juana Ravana, la hechicera, para que te prepare un brebaje y puedas olvidarte de las posibles consecuencias de esa relación furtiva.

— ¿Cómo voy a hacer eso? ¿Te has vuelto loca? ¿Sabes los peligros que conlleva?

— ¿Y qué prefieres? ¿Arriesgarte a ver qué engendro sale de tus entrañas?

Rosamunda se quedó pensando, cabizbaja. María Eugenia tenía razón, hay ciertos riesgos que no se puede correr y lo mejor era evitar una posible descendencia de carácter abominable.

— ¿Y qué vamos a hacer? Preguntó Rosamunda en actitud totalmente entregada.

— Ya he dicho que preparen una carreta, una de las pequeñas tirada por un solo caballo, te podrás esconder dentro, cubierta por el toldo nadie te verá. Aprovecharemos que hay mucho revuelo y pasaremos totalmente desapercibidas, además, si alguien nos para, ya sabes que tengo recursos para todas las situaciones.

— ¿Sabes cuánto tardaremos?

— No está muy lejos, es por el camino que lleva al convento en el que estuve varios años bajo la tutela de las hermanas. Llegaremos a la choza de Juana a media tarde y espero no encontrarme a ninguna novicia allí pidiendo remedios como el tuyo, María Eugenia se puso a reír mientras añadía; no sería la primera vez! — No te preocupes por nada, mañana a primera hora estaremos de vuelta  y tan frescas.

La carreta avanzaba lentamente hacia la salida que daba al sur. Las calles estaban repletas de gente, especialmente albañiles y carpinteros enfrascados en la reconstrucción de las casas por lo que el trajín de materiales era constante. María Eugenia, cubierta con una simple crespina y vestida con suma sencillez se abría paso exhibiendo una gran maestría en el dominio del caballo y el carruaje.

Cuando la ciudad quedó a sus espaldas y a una distancia prudente, Rosamunda salió de su escondrijo. Le dijo a su dama de compañía que tenía medio cuerpo desencajado por el ajetreo y que le dejara un hueco en el pescante. Rosamunda bebió un poco de agua y miró a María Eugenia diciéndole — Que suerte he tenido de tenerte a mi servicio, te debo tantas cosas! María Eugenia se limitó a mirarla y dibujar una franca y feliz sonrisa. Siguieron camino adelante, cruzando las fértiles tierras iluminadas por un sol radiante mientras una suave brisa refrescaba el ambiente.

 

Jordi Domemech i Ferrer era el hijo mayor de un matrimonio pudiente de Reus. La familia Domenech, generación tras generación, se había dedicado al comercio de paños, sedas y todo tipo de vestuario, algunas ropas venían de los reinos italianos, otras de Frisia y las más apreciadas, de Francia.

Jordi contaba con veinte y pocos años cuando escuchó el pregón que anunciaba la recompensa por devolver a Rosamunda sana y salva. Aquella noticia le provocó una irrefrenable descarga de adrenalina. Conocía a Rosamunda y la había pretendido en más de una ocasión, acudía a palacio junto con sus padres a llevar las últimas novedades a la familia real así como a algunos miembros de la nobleza. Asimismo, la familia Domenech era invitada con relativa frecuencia a los bailes y festejos que tenían lugar en el castillo.

Su rostro era marcadamente tosco y algo cejijunto, su piel morena tostada por el Sol recordaba a los campesinos propios de la comarca. Tampoco era especialmente alto para la época y una fuerte halitosis le obligaba a mantener la distancia en cualquier reunión o tertulia. A pesar de los esfuerzos de sus padres, su educación fue escasa dada la nula afición a la lectura y a la cultura en general, lo que acentuó su escasez de luminarias. Sin embargo, su interés por las armas y los caballos le habían dotado de una envidiable forma física. Además, era valiente y decidido, por no decir temerario, en todas y cada una de sus armas estaba grabado su lema preferido: "Tonto quizás, cobarde jamás".

El Rey, Sodómez y el Abad estaban sentados al final de la escalinata que daba al amplio patio de armas. Desde el fondo Jordi se acercaba hacia ellos a lomos de Odón, su magnífico pura sangre de color blanco, su caminar era noble, elegante y pausado. A su lado y sobre una fuerte mula pesadamente cargada le acompañaba Rafael, su fiel y eficaz escudero. Se detuvieron a pocos metros del rey Pep y descabalgaron, Rafael tomó las riendas de ambos animales mientras Jordi se acercaba a su majestad, hincó la rodilla en tierra, se descubrió y agachando la cabeza se dirigió al rey:

—Alteza, a sus pies, se presenta Jordi Dom...

El rey le interrumpió diciéndole al tiempo que se ponía en pié:

— Joven, levántese. Ya sé de usted algunas cosas, el Abad me ha adelantado algo de información y he leído la carta de recomendación del obispo pero me pregunto... sabe de verdad a qué se enfrenta?

Jordi le miró fijamente a los ojos pero con respeto:

— Alteza, lo sé muy bien. Mi primer objetivo es rescatar a su hija y traerla de vuelta al castillo, de ser posible acabaré con el dragón que aterroriza a todo el reino, o por lo menos, hacerle huir. Después cobraré la recompensa o bien le haré otra petición.

— ¿A qué te refieres?

— Con el debido respeto majestad... cada cosa a su tiempo.

El rey y el abad se retiraron escaleras arriba, en voz baja Pep murmuró — No sé que es peor, si el aliento del dragón o el de este joven. Mientras, Sodómez dio las órdenes oportunas para acoger a Jordi y su escudero y llevarlos hasta sus aposentos, puso a su servicio un par de soldados y también ordenó que cuidaran de sus animales. Les recordó a todos que aquellos hombres eran los únicos voluntarios a los que el rey había acogido en el castillo.

La carreta se detuvo frente a la sucia casucha de la hechicera, María Eugenia se apeó y desenganchó el penco para llevarlo a un pequeño abrevadero situado a la sombra de unos grandes álamos. Rosamunda se sacudía el polvo del viaje y miraba aquella casa de aspecto inquietante. María Eugenia se acercó a la puerta, agarró el picaporte y lo hizo sonar con fuerza. La puerta se abrió y apareció Juana Ravana; una mujer alta y de complexión fuerte, vestida de negro, desaliñada y con mirada agresiva.

— Bonita sorpresa! Qué te trae por aquí, alcahueta mayor del reino? Preguntó con desparpajo la desarrapada bruja.

— Hola Juana, los años han pasado pero sigues igual, tienes el mismo aspecto y sigues oliendo tan mal como siempre, le respondió María Eugenia mientras la miraba a los ojos y sostenía sobre su mano derecha una bolsa de cuero vuelto cuyo contenido era más que evidente.

— Muy bien dijo Juana, pasad y hablaremos.

Las tres mujeres entraron, Juana se puso al frente de la mesa de la cocina y María Eugenia se sentó en un rústico e incómodo sillón de enea. Rosamunda se quedó de pie, al lado de su dama de compañía mientras sus ojos recorrían el interior de la casa.

Aquella casa se resumía en una sola estancia, en un rincón la lumbre prendida calentaba una olla ennegrecida por los muchos años de uso, el desorden era enorme; estanterías llenas de potes de todos los tipos, utensilios de cocina esparcidos por allí y por allá, velas consumidas y un hedor que invitaba a salir de allí a la carrera.

María Eugenia, sin perder más tiempo, le dijo a Juana— Al grano! Mi pupila necesita un brebaje para expulsar o eliminar aquello que pudiera resultar de un desliz carnal a destiempo.

— Ya sabes que eso tiene un precio, contestó Juana con altivez.

— Lo sé. En esta bolsa tengo dinero suficiente, te daré diez doblones de plata ahora y otros veinte cuando haya hecho efecto y podamos regresar a Valderán.

Juana asintió y les dijo, —tardaré un rato, lo tomarás recién hecho, así su efecto será más rápido. Podéis esperar fuera, las tardes de primavera son muy agradables aquí. Dama y princesa salieron y se sentaron en una bancada de piedra que quedaba junto a la puerta. Rosamunda se sentía muy asustada, María Eugenia le habló de la gran cantidad de mujeres que, de todas las edades y condiciones, habían acudido a la hechicera con el mismo problema y siempre se había resuelto de forma favorable. Rosamunda se tranquilizó relativamente.

La luz de la tarde entraba por los ventanucos de la habitación de Jordi y Rafael, ambos estaban sentados en sus respectivos camastros y hablaban del gran desafío que Jordi había aceptado. Rafael estaba impresionado con la actitud de su señor, ir a rescatar a la princesa de las garras de un monstruo tan poderoso como despiadado era tarea reservada exclusivamente a verdaderos héroes, pensaba.

— Mi señor, qué armas piensa que debo tomar para combatir a la bestia junto a usted?

Jordi se puso en pie, miró a su fiel sirviente y le dijo en tono magnánimo: — Rafael, no puedo poner tu vida en riesgo, al rescate de la princesa acudiré solo, si he de enfrentarme al dragón será cosa mía y de nadie más.

Rafael también se levantó y en tono decidido le dijo a  su señor; — Es demasiado peligroso, no puedo dejaros a solas en tal situación, si el dragón acabase con vos u os hiriese gravemente jamás me lo podría perdonar y ni quiero pensar en qué pasaría si la princesa corriera suerte similar.

Jordi volvió a sentarse y con un gesto invitó a Rafael a hacer lo propio. De nuevo frente a frente, Jordi habló con tono tranquilo — Rafael, se trata de una cuestión personal, debes entenderlo, es misión para un solo hombre y ese hombre soy yo. Puedes estar tranquilo, regresaré con Rosamunda y, lo más probable, con la cabeza del dragón colgando del pomo de mi montura. Por otro lado, si no regresara no debes sentir pena ni responsabilidad, yo solo he decidido mi destino. Por otra parte, trabajo no te faltará, sé de buena tinta que muchos nobles desearían contratar tus servicios, así que, llegado el caso, no seas tímido y pide un precio alto. Rafael se sintió alicaído y contrariado, por una parte su corazón le obligaba a estar junto a Jordi, pero la razón le imponía cumplir la voluntad de su señor. Jordi se incorporó nuevamente y mirando a Rafael le dijo: — Te noto abatido… no te preocupes, tengo un plan. Ve a buscar un poco de vino y algo de comer, te lo explicaré.

La tarde seguía cayendo coronada por un cielo cárdeno rojizo, el olor de los pinos silvestres se hacía cada vez más intenso y la espera desquiciaba a las dos mujeres. Finalmente la puerta se abrió y Juana se presentó con un recipiente de estaño humeante y apestoso.

— Bueno, aquí lo tenéis. Listo para tomar, dirigiéndose a Rosamunda añadió; deja que se enfríe un poco y bébetelo, irás notando los efectos. Giró la cabeza y clavó la mirada en María Eugenia al tiempo que extendía la mano: — ¡los diez doblones!

María Eugenia abrió la bolsa, contó las diez monedas y se las dio con un gesto elegante.

Rosamunda fue bebiendo aquel mejunje tan deprisa como le fue posible, en varias ocasiones se tapó la nariz, soportó las nauseas con entereza y evitó que las lágrimas fueran más allá de sus mejillas. Una vez hubo acabado aquel suplicio se estiró sobre la bancada y cerró los ojos con la intención de dormir un poco.

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