Sant Jordi apócrifo (Parte 2), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

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Sant Jordi apócrifo (Parte 2)

Habían pasado unos cuantos días desde que los jinetes salieron  portando el bando del Rey hasta el último rincón del reino. A pesar de que la red de caminos estaba perfectamente establecida y los emisarios la conocían al detalle, las lluvias de primavera habían enfangado numerosos tramos haciendo el trayecto más fatigoso y lento de lo que se había previsto. En algunos lugares no solamente se había expuesto el real bando al público si no que, además, había formado parte del pregón diario. A medida que regresaban, los mensajeros eran recibidos en palacio y se les obligaba a exponer con todo detalle cuantos documentos habían entregado, las fechas y lugares exactos.  Algunos de ellos volvieron realmente agotados y el rey les obsequió con una cadena de plata como reconocimiento a su valioso esfuerzo. Durante esos días, Herensuge se limitó a dar caza a animales salvajes, como ciervos o jabalíes, evitando acercarse a las zonas habitadas del reino. Su característica intuición le indicaba que algo no acababa de de encajar. Rosamunda consideró que ya habían pasado los días suficientes para recapacitar sobre su situación y trazar un plan de regreso perfectamente argumentado. Por fin, aquella clara y alegre mañana se recogió el pelo y se vistió como cualquier campesina, pudo hacerse con un sombrero de paja que le cubría totalmente el moño y le ayudaba a esconder su rostro. Cogió el camino en dirección al río, sabía que desde allí podría llegar a Valderán.

Tras un par de horas, se acercó un carro cargado de potes y vasijas de alfarero, conducía el carro un hombre ya maduro y le acompañaba una mujer. Rosamunda se dirigió a ellos preguntándoles si la podrían llevar hasta Valderán, a lo que respondieron afirmativamente y la mujer le hizo un hueco en la solera. Durante el viaje la mujer del alfarero intentó conversar con Rosamunda, pero en cuanto ésta les dijo que había sufrido el ataque del dragón hacía unos días, el matrimonio guardó silencio para el resto del trayecto.

Llegaron al cruce que conducía hasta Valderán, el matrimonio debía seguir su camino y Rosamunda se bajó del carro, les agradeció su ayuda y les deseó la mejor de las suertes. Mientras el carro se alejaba, Rosamunda se aseguraba que nadie la viera. Esperó al anochecer para entrar en la ciudad y dirigirse a la taberna de “la dolores”, lugar frecuentado por María Eugenia, su dama de compañía y confidente que con cierta asiduidad se acercaba a aquel antro para ejercer su tercer oficio, el de alcahueta.

La princesa se fue acercando hasta la entrada de Valderán, la tarde caía lánguidamente y ella esperaba al anochecer, cuanto menos llamara la atención, mejor para sus propósitos. Consideró que era mejor hacerlo así que aprovecharse de sus privilegios, ante todo quería un retorno discreto. Aprovechando la penumbra del crepúsculo entró en la ciudad, por las calles se producía el ruidoso cierre de negocios, carretas que salían, viajeros que buscaban alberges, una masa humana y animal se movía de forma anárquica en todas direcciones y Rosamunda se mimetizó en una más dentro de aquel desorden. Caminando entre las gentes y serpenteando calles llegó  a la taberna pero no se arriesgó a entrar, aún era demasiado pronto y sabía que María Eugenia todavía tardaría un rato. Decidió ocultarse en una bocacalle que le permitía ver perfectamente la entrada de aquel local y al abrigo de las primeras sombras nocturnas esperó.

María Eugenia Ferrerdeusolá era la dama de compañía de Rosamunda desde la muerte de la madre de ésta. Sus orígenes no eran claros y su pasado siempre había estado envuelto de misterios y bulos de todo tipo y aún así, fue la preferida por el Rey Pep para la educación de su hija. Corrían muchos rumores pero el monarca siempre estuvo presto para acallarlos.

Era una mujer bajita pero muy bien proporcionada, de tez pálida aunque no blancuzca, poseía unos bonitos ojos azules y un cabello rubio ligeramente rizado. De carácter afable y desenvuelto, parece ser que fue educada durante unos años en un convento cercano, ello le proporcionó una formación muy superior a la media de aquellos tiempos, consiguió hacerse con la confianza de varios nobles en sus primeros años y después de los monarcas. Sin embargo, su verdadero poder residía en un conocimiento muy profundo de las artes amatorias y los goces carnales, conocimientos que fue transmitiendo a cortesanas, amantes y pupilas e incluso, parece ser, que a la mismísima Rosamunda.

María Eugenia todavía no había pasado del segundo peldaño de la entrada a la taberna cuando sintió que una mano firme le agarraba el hombro derecho. Al girarse, descubrió semiescondido el rostro de Rosamunda. La sorpresa fue enorme, María Eugenia se quedó sin habla, paralizada y con los ojos abiertos como galanes de noche. Rosamunda la miraba con una sonrisa de confianza, pasaron unos largos segundos hasta que el silencio fue suavemente roto.— Ven, acompáñame, dijo Rosamunda casi susurrando. María Eugenia siguió sus pasos hasta una pequeña placeta iluminada por antorchas.

— ¿Estáis bien mi señora? Preguntó la todavía perpleja María Eugenia.

— Si, por supuesto. Pero tengo muchas cosas que contarte y necesito que me ayudéis.

— Decidme señora, qué debo hacer? María Eugenia preguntaba al tiempo que le expresaba su total predisposición.

— Necesito regresar a palacio, pero debes ocultarme, no quiero que mi padre sepa que estoy aquí.

María Eugenia se quedó pensando un buen rato — venid conmigo, entraremos en palacio por la puerta de guardia e iremos directamente a mis estancias… allí podré ocultaros, nadie entra sin mi consentimiento, aunque no podrá ser por muchos días.

— Por la puerta de guardia? Inquirió con miedo Rosamunda.

— Si, hoy está de jefe de guardia el sargento Domínguez, me debe un buen número de  favores… de aquellos que tú ya sabes y en cuanto le diga que eres mi nueva pupila no pondrá impedimento alguno.

Las dos emprendieron camino hacia el cuerpo de guardia, andaban en silencio y sin mirarse la una a la otra. Las calles ya casi estaban vacías, alguna mirada agazapada en la oscuridad intentaba adivinar sus identidades, a medida que se alejaban del centro sus pasos resonaban con más fuerza.

Dos soldados franqueaban la entrada al castillo, uno de ellos se adelantó unos pasos y dirigiéndose a las dos mujeres les dijo:

—Alto! No podéis seguir, por orden del Rey pasada una hora tras la caída del Sol nadie puede entrar en palacio sin autorización expresa.

María Eugenia, con cierto desprecio, le respondió:

— Dile a Domínguez que salga, soy María Eugenia Ferrerdeusolá.

El soldado, tras dudar unos instantes se fue al cuerpo de guardia, segundos después aparecía el sargento; chaparro, con cara de perro, cubierto de mugre y rezumando mala leche. Caminó hasta ponerse frente a la alcahueta y le preguntó:

— ¿A dónde vas a estas horas?

— Es mi nueva pupila, hoy empieza el adiestramiento, has de dejarme pasar.

Domínguez alargó el brazo y quiso levantar la pamela de paja que cubría a Rosamunda para verle el rostro. Rápidamente María Eugenia le agarró la muñeca y mientras le miraba fijamente le largó: —Las manos quietas, es flor todavía cerrada!

El sargento desistiendo de sus intenciones le dijo a María Eugenia:

— Que lástima, ya sabes lo que me gustan las flores jóvenes. Y llevándose la mano a la entrepierna añadió: pero nunca me has dejado que use mi herramienta para abrir ninguna.

María Eugenia tomo del brazo a Rosamunda y reemprendió el caminar hacia el interior del castillo sin quitarle el ojo de encima al sargento. Todo aquel que había pasado alguna vez por el castillo conocía de sobras las groserías y malas artes de Domínguez.

Rosamunda le dijo a su dama de compañía:

— ¡Menos mal que te debe favores!

— Mi señora, aquí el único que no me debe favores es vuestro padre, el Rey.

— ¿El Abad también? Preguntó Rosamunda con ironía.

— Cuando no hay flores disponibles el Abad y Domínguez se favorecen mutuamente, hazte a la idea!

A duras penas ambas mujeres pudieron contener las carcajadas.

Las estancias que usaba María Eugenia estaban perfectamente decoradas, muebles, tapices, cuadros y un vasto número de artesanías. Rosamunda conocía a la perfección todas aquellas salas y a su memoria venían un montón de bonitos recuerdos, desde la infancia hasta la presente juventud, las horas transcurridas y las enseñanzas aprendidas formaban parte de su propia existencia. María Eugenia era mucho más que una segunda madre o una dama de compañía.

Rosamunda estaba sentada en un cómodo sillón y María Eugenia sirvió un par de copas de vino dulce. Se sentó frente a la princesa y le invitó a explicarle todo lo acontecido. Rosamunda respiró profundamente, tomó un sorbo de aquella delicia e inició su relato con detalle, minuto tras minuto, parecía que estuviera viviendo nuevamente todos y cada uno de los acontecimientos y con el mismo tempo con el que éstos tuvieron lugar. Por su parte, María Eugenia miraba estupefacta a su señora, sostenía la copa entre las manos y fue incapaz de tomar un solo sorbo, con la mirada fija en Rosamunda seguía con total atención aquella historia llena de sinceridad y sentimiento. María Eugenia se bebió todo el vino de un trago, su garganta era un secarral tras haber escuchado todo el relato. Se quedó pensativa unos instantes, miró a la princesa y le dijo:

— Se nos ha hecho ya muy tarde mi señora, lo mejor será ponernos a descansar, mañana habrá tiempo para pensar y tomaremos las decisiones con calma, ante todo no debemos precipitarnos. Rosamunda asintió con la cabeza, se incorporó y fue caminando hacia una de las habitaciones, antes de franquear la puerta se giró y le dijo a su dama de compañía:

— Muchas gracias por escucharme, poder explicar todo lo que ha pasado me ha aliviado muchísimo. Espero que tú también descanses... ah!, una cosa más, puedes tutearme. María Eugenia hizo un ademán de aprobación acompañado con una sonrisa. Una vez Rosamunda hubo cerrado la puerta, María Eugenia se estiró sobre el mismo sofá, sabía que la noche sería larga y dormiría poco, su cabeza estaba saturada, tenía que pensar mucho y bien.

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