Sant Jordi Apócrifo (Parte 1), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

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Sant Jordi Apócrifo (Parte 1)

Aquel año la primavera se había adelantado de forma notable, la temperatura era superior a lo normal para esas fechas y la naturaleza se hacía sentir en toda su plenitud. El verde de los bosques armonizaba con los campos, los frutales en flor y las plantas silvestres. Los aromas, de todos los tipos, flotaban en el ambiente.

Herensuge, el feroz dragón temido por todos, ya no era ajeno a esta primavera. Encerrado en su cueva, la hibernación había concluido. Sus ojos se fueron abriendo a medida que los olores invadían su escondite, empezó a moverse con torpeza girando sobre sí mismo en busca de la luz que lo orientase hacia la salida. Lentamente y dando algún que otro traspiés, llegó a la abertura que daba al gran bosque.

Lo primero que hizo fue moverse en busca de algún claro donde poder recibir la luz del Sol. Necesitaba esa energía para reactivarse y a medida que caminaba, una intensa sensación de hambre se apoderaba de él. Una vez en el claro, extendió sus alas y garras de modo que la luz llegara hasta el último rincón de su cuerpo. Permaneció así durante un par de largas horas en las que fue alternando su posición, boca arriba y boca abajo. Una vez tuvo el cuerpo a la temperatura adecuada, se irguió y, guiándose por su olfato, puso rumbo hacia las granjas y cultivos de los campesinos de la comarca.

En menos de una hora había empezado el desayuno, alcanzó una primera granja y devoró dos bueyes y una mula, ignoró las gallinas. Los campesinos huyeron despavoridos y Herensuge les siguió sabiendo que lo llevarían hacia otras granjas y masías. Así fue, el dragón arrasaba con todo lo que encontraba a su paso, devoraba animales, tomateras, carros cargados de paja o patatas, todo le apetecía. Algunos campesinos intentaban hacerle frente con sus toscas herramientas pero aquello no servía para nada, como mucho, para acabar entre los dientes de la bestia. La mayoría de los habitantes de aquella vega decidió huir hacia la ciudad fortificada de Valderán, donde esperaban encontrar refugio y apoyo del ejército real para luchar contra el monstruo.

Aquellos que pudieron escapar a caballo dieron la alarma y avisaron al rey, los ciudadanos de Valderán acogían a cuantos refugiados podían y se encerraban en sus casas mientras los soldados se preparaban para la lucha. Armados con lanzas, arcos y flechas se colocaban tras las almenas. Otros cargaban de piedras las diferentes catapultas escondidas tras la imponente muralla y en lo alto de los torreones se preparaban calderos de aceite hirviendo. Cuando los preparativos de defensa concluyeron, un silencio sepulcral se apoderó de la ciudad que solo era interrumpido por la vibración que generaban los pasos de la alimaña. Los más atrevidos asomaban la cabeza para vislumbrar al monstruo y cuando lo veían, un nudo seco se aferraba a sus gargantas.

Valderán era una próspera ciudad, construida a lo largo de varios siglos había alcanzado un estatus muy elevado. Se asentaba sobre una gran y extensa colina rodeada de fértiles campos y frondosos bosques. Sus calles, si bien eran estrechas, permitían la circulación de gentes, animales e incluso carretas ligeras. Las partes bajas de los edificios albergaban todo tipo de comercios, artesanías, cambistas y tabernas frecuentadas por doncellas de moral distraída. El resto del edificio estaba destinado a viviendas donde residían familias de toda índole y que solían vivir en cierta armonía.

Esta prosperidad empezó con la reina Meritxell la grossa, bisabuela del rey actual, Pep III. La casa real siempre supo mantener buenas relaciones con la vieja nobleza y con la creciente burguesía, tanto artesana como campesina, y mostró verdadero interés por el bienestar del pueblo en general. Por otro lado, disponer de un ejército permanente le había permitido defenderse eficazmente de ataques de ciertas tribus nómadas así como de nobles rebeldes.

Toda la ciudad estaba rodeada por la fuerte muralla y coronada en su parte más elevada por el magnífico castillo y residencia de la familia real. Asimismo, el castillo daba albergue a miembros del gobierno, clero y altos mandos militares. La fortaleza era obra del arquitecto Ricardo Fillbó de Vilé, quien no pudo ver concluida su obra tras caerse mortalmente a causa del hundimiento de un andamio mal diseñado.

El castillo tenía un aspecto bastante hortera, sus paredes, torreones y paramentos estaban rematados en  diferentes colores, si bien todos eran de tonalidad pastel, predominaban azules, amarillos, rosas y violetas. Los tejados cónicos que cubrían torreones y atalayas eran de color rojo intenso y todas las aberturas, ya fuesen ventanas, tribunas o tragaluces estaban adornadas con cortinas de ganchillo, dando así un aspecto todavía más cursi a la totalidad de la construcción.

Herensuge se acercaba lentamente a las formidables murallas de la ciudad. Tenía la mirada fija en la torre más alta y sabía que el silencio reinante era, en realidad, un aviso.

El general Alfredo de Sodómez, nombrado por el rey máximo responsable de la defensa, vigilaba los movimientos del animal y cuando éste llegó a cierta distancia, dio la orden. Tocaron cornetines y trompetas al unísono y Herensuge pudo ver una catarata de flechas, lanzas y piedras que se dirigía contra él. Sin embargo, poco o ningún daño le causaban, así que se acercó más, empezó a batir sus alas y dándose impulso al mismo tiempo con las patas traseras, dio un gran salto con el que se plantó sobre el adarve aplastando a un par de arqueros.

Unos cuantos soldados emprendieron la huida, otros siguieron lanzándole cuantas armas tenían, por el costado derecho se orientaron dos catapultas dispuestas a lanzar de nuevo una masa de rocas y Herensuge soltó su primera llamarada acompañada de un aterrador silbido, un buen número de combatientes perecieron achicharrados y los maderos de las catapultas quedaron en llamas. Sus coletazos parecían golpes de guadaña, seccionando en mitades tanto a arqueros como a las almenas que les protegían. Muchos civiles, a la vista del desastre, abandonaron sus casas en dirección a la salida principal flanqueada por los dos torreones mayores.

El monstruo se dirigió hacia uno de los torreones, en la parte superior los soldados se apresuraban a ultimar los grandes calderos con aceite hirviendo pero no actuaron a tiempo, el monstruo disparó de nuevo su arma más mortífera haciendo saltar a los soldados por los aires y que los calderos cayeran sobre los civiles que se agolpaban a pié del torreón. El hedor a fritanga humana empezó a inundar el ambiente.

El poderoso dragón fijó entonces su atención en el castillo, sus colores pastel y pináculos rojizos le atrajeron en sobremanera. Dando saltos y aplastando los tejados de cuantos  edificios encontraba en su camino llegó hasta las paredes de aquella curiosa fortaleza, empezó a mirar por las ventanas como si buscara a alguien en concreto, pero solamente veía a sirvientas e infanzones a la carrera de una estancia a otra. Comenzó a arrancar los tejados rojos dejando al descubierto las salas circulares, uno tras otro fueron desmantelados hasta que en uno de los más grandes el dragón encontró a la princesa Rosamunda.

La princesa de cabellos castaño-cobrizos y esbelta figura se quedó paralizada por el pánico. El monstruo la miró fijamente y con un movimiento suave acercó sus garras para sacarla de su aposento, Rosamunda se desmayó rodeada por aquellos grotescos dedos. Herensuge se encaramó hasta lo más alto del castillo, volvió a batir sus alas con energía y se lanzó a volar hasta que su silueta desapareció por encima de los bosques.

Era ya media tarde, los muertos se contaban por decenas y por cientos los heridos, los habitantes de Valderán no podían creer lo que habían vivido y el miedo a otro ataque les aterraba. En el salón principal y rodeado por sus más fieles allegados, el rey no dejaba de sollozar mientras repetía: —No, mi hija no!

La guarida del monstruo estaba suavemente iluminada, dividida en varias estancias y por su parte central corría un delgado riachuelo que aportaba un agradable y armonioso sonido. Cuando Rosamunda abrió los ojos vio al dragón plácidamente estirado y que la contemplaba fijamente. Todavía atrapada por el miedo a la bestia buscaba con los ojos una salida cuando Herensuge se dirigió a ella:

— ¿Pretendes escapar?

Rosamunda no podía creer lo que estaba pasando, aquel monstruo sabía hablar!

— ¿Sorprendida? Inquirió Herensuge.

—Si —dijo Rosamunda, balbuceante y temerosa.

Herensuge se incorporó y con aire pretencioso le dijo:

—Hay muchas cosas que no sabes. Hubo un tiempo en que Dioses, dragones y hombres éramos prácticamente lo mismo. Vivíamos juntos, nos temíamos y respetábamos por igual, pero un día, la envidia de unos y otros… prefiero no recordarlo… cerró los ojos y mantuvo un breve silencio. Nada debes temer, si quisiera hacerte daño ya lo hubiera hecho. El dragón siguió hablando un largo rato, exponía  aspectos relativos a su propia naturaleza, el paso de las estaciones del año y como afectaban a su ciclo vital. Rosamunda empezó a tranquilizarse, aquella bestia hablaba con sentimiento, sus palabras reflejaban cultura y sabiduría a la vez que demostraban un perfecto control de sus emociones. Rosamunda comenzaba a sentir cierta admiración por aquel ser, transmitía una seguridad que nunca antes había sentido.

—Está anocheciendo, quieres cenar?— Le preguntó Herensuge.

—Si, la verdad es que tengo hambre— contestó Rosamunda.

Herensuge le indicó con la garra  —Ves ese túnel?

— Si.

— Entra en él y llegarás a dos estancias, una tiene un pequeño salto de agua donde podrás asearte. En la otra verás un camastro con colchón de lana y otros muebles, encontrarás ropa limpia, yo voy a preparar la cena.

Rosamunda desapareció por el hueco del túnel y llegó a las estancias, estaban bien iluminadas con antorchas de buen tamaño. Se lavó todo el cuerpo, tomándose su tiempo, el agua del interior de la cueva no estaba tan fría como había imaginado inicialmente. Después se vistió con ropas limpias, eran mucho más humildes que las prendas de seda o terciopelo que habitualmente vestía en palacio, pero le quedaban bastante bien. Una vez arreglada, regresó a la zona principal donde encontró una mesa bien servida y con comida en abundancia. Había verduras, hortalizas, carnes, embutidos diversos y frutas variadas. También había jarras con buen vino. Observó que sobre la mesa solamente había un cubierto y dispuesta una sola silla, preguntó: — ¿Tú no vas a cenar?

— No, los dragones solamente comemos una vez cada dos o tres días. Por favor, toma asiento y disfruta de la cena, yo te acompañaré bebiendo algo de vino.

— Gracias, puedo hacerte una pregunta?

— Si, adelante.

— ¿Cómo te llamas?

— Herensuge.

— Yo soy Rosamunda, hija única del rey Pep.

Mientras Rosamunda se iba despachando con la cena, Herensuge empezó a hablar de sus orígenes, sus gloriosos antepasados y las razones que le habían llevado a cambiar de territorio. Él provenía de tierras localizadas más al Norte, pero como le había avanzado antes, por las envidias muchos de ellos se vieron forzados a emigrar y encontrar fortuna de forma solitaria. A medida que la cena y el monólogo avanzaban, las jarras de vino iban cayendo. Por su parte, Rosamunda también le explicaba algo de su aburrida vida en palacio, siempre cumpliendo las voluntades de su padre, recibiendo a pretendientes de escaso o nulo nivel, la imposibilidad de salir de la ciudad salvo en contadas ocasiones…Cuando hubo terminado, Rosamunda le dijo al dragón: — Voy a estirarme aquí mismo, creo que he cenado más de la cuenta. Se tumbó en el suelo apoyando la última copa de vino entre sus pechos. Herensuge se estiró a su lado y le propuso un brindis, Rosamunda accedió, sonaron las copas de metal y ambos apuraron el último vino. Herensuge cogió las dos copas y las hizo a un lado, miró tiernamente a Rosamunda y empezó a desatarle el blusón blanco, Rosamunda le miraba fijamente. Cuando ella estuvo prácticamente descubierta de toda ropa cerró los ojos y con una sonrisa dulcemente lujuriosa, se entregó.

La princesa abrió los ojos, el monstruo yacía a su lado totalmente dormido. Rosamunda se incorporó silenciosamente, cogió sus vestimentas y se fue hacia la salida. Despuntaba el alba y la princesa empezó a sentir una inmensa culpa por lo acontecido pocas horas atrás. Comenzó a caminar siguiendo las huellas que el dragón había dejado camino de su escondite. Lentamente fue aligerando el paso y poco después Rosamunda corría desesperada mientras un reguero de lágrimas caía desde sus ojos. Profundamente atormentada siguió corriendo hasta que la fatiga le venció. Tuvo que detenerse y, apoyada en un árbol, tomó aire y descansó unos instantes, escudriñó el paisaje con la mirada hasta que pudo ver en la lejanía los restos de una de las masías víctimas de Herensuge y hacia allí dirigió sus pasos.

La masía había quedado medio derruida, pero dentro, algunos enseres y ropas aún eran utilizables. Decidió esconderse allí durante varios días aprovechando algo de comida que, afortunadamente, había quedado en la despensa de la casa. Necesitaba tiempo para reflexionar, superar aquellos sentimientos que le torturaban y trazar un plan para regresar a palacio.

Herensuge se despertó unas horas después, mientras se desperezaba buscó a su invitada, al no verla la llamó por su nombre pero no obtuvo respuesta. Se acercó a la salida y vio en el suelo las huellas de una persona en dirección contraria a las que él había dejado el día anterior. En su cara se dibujó una socarrona sonrisa, dio media vuelta y volvió a entrar en la cueva.

El rey estaba sentado frente a una gran mesa y poco a poco sus consejeros y fieles nobles fueron llegando y ocupando sus respectivos lugares. Cada uno de ellos fue dando parte de las últimas novedades: se había dado cristiana sepultura a todos los fallecidos en el ataque del dragón, los trabajos de reconstrucción de la muralla y castillo ya estaban en marcha. Se había anunciado una nueva leva para sustituir a los soldados caídos. Los campesinos habían acordado llevar a la ciudad cuantos alimentos fueran necesarios de forma gratuita, especialmente harina y carne seca. Un sincero sentimiento de solidaridad se había apoderado de todos los ciudadanos. Sin embargo, el rey parecía distante, como si todo aquello no fuera con él, tenía la mirada fija en el infinito y un hondo sentimiento de tristeza se reflejaba en su rostro. Nicolás, su ayudante de cámara, se dirigió a él:

—Majestad, parece que por fin estamos recibiendo buenas noticias.

A lo que el rey Pep le replicó:

— Solamente una noticia podría ser buena, que me hija esté viva y en palacio.

Alfredo de Sodómez, el general, se levantó y dirigiéndose a todos los presentes les dijo:

— Organizaremos una partida de rescate, sabemos las zonas por las que se mueve el monstruo, podemos darle caza si le tendemos una buena trampa en la que ya he estado pensando. No será la primera vez que los hombres matan a un dragón, incluso se han dado casos en los que un solo caballero ha podido con ellos.

Sodómez se apartó de la mesa y caminó hacia una de las ventanas, dio media vuelta y se dirigió con voz potente a todos los presentes:

— ¡Necesito voluntarios!

Un siniestro silencio invadió toda la sala, nadie miraba al general, todos habían agachado la cabeza, ninguna mano se había alzado. El general murmuró: cuadrilla de cagonas! El rey Pep no se sorprendió tanto, sabía que entre la tropa y el pueblo encontraría cuantos voluntarios fueran necesarios, pero entre los nobles… el asunto se ponía bastante más difícil. Transcurridos unos instantes, Joan de Monteras, abad mayor de la ciudad, se dirigió a su majestad:

—Alteza, le propongo crear una recompensa para aquel o aquellos que traigan sana y salva a su hija y nos liberen definitivamente del dragón.

El rey, sin expresar demasiada ilusión en aquella idea, le preguntó:

— ¿Y qué recompensa tenía pensada, buen abad?

—Había pensado en cinco mil doblones por rescatar a su hija y otros cinco mil por matar al monstruo.

El rey le miró fijamente y tras un tenso silencio le espetó suavemente: — ¿Y de dónde vamos a sacar semejante fortuna? Estamos con los trabajos de reconstrucción, la nueva leva de soldados y otros muchos asuntos que ya conoce. El abad le replicó —Alteza, la Iglesia contribuiría, dentro de su limitada capacidad, con una generosa aportación. Y, exhibiendo una elocuente sonrisa al tiempo que miraba a todos los presentes, añadió:

— Además, estoy seguro que todos los nobles aquí reunidos también participarán en la creación de la bolsa necesaria para esta empresa.

Los nobles, ante la oportunidad que tenían de quitarse de encima el marrón que se cernía sobre ellos, asintieron de forma decidida, tanto con la cabeza como de viva voz.

El rey meditó durante unos instantes y le dijo a Nicolás:

— Reúna a los escribanos, voy a dictarles el bando ofreciendo la recompensa según hemos acordado, deberán hacer copias suficientes para repartirlas en todas las localidades del reino. Avise al maestro de caballerizas, ha de seleccionar los mejores caballos para que nuestros emisarios hagan llegar los bandos a sus destinos en el menor tiempo posible. El general Sodómez se encargará de elegir a los jinetes. Caballeros, pueden retirarse.

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