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Sangre Inocente

-Lamento profundamente la muerte de su hija, John.

John Allen asintió levemente, indiferente. El dolor que sentía estaba más allá del consuelo que los demás podían aportarle.

En las últimas semanas, había recibido numerosas muestras de apoyo por parte del personal de la comandancia de policía de Brooklyn. Él las agradecía sinceramente, pero no eran suficientes para mitigar la angustia que le atenazaba.

Sin responder, Allen entregó un papel firmado a su jefe.

-Mi carta de renuncia, señor.

Tras un segundo, el comisario la recogió y la puso encima de su escritorio, sin molestarse demasiado en mirarla. No tenía intención de aceptar aquella dimisión. Creía firmemente que debía intentar que su subordinado recapacitara.

-Entiendo que son momentos duros para usted, John. Pero, por favor, siéntese un momento y no se precipite. Usted es un buen policía. Uno de los mejores que hemos tenido.

-Con todos los respetos, comandante, pero no quiero discutir este tema con usted. No hay marcha atrás. Está decidido.

Allen permaneció firme. A pesar de su desconsuelo, tenía claro qué era lo más conveniente para él en aquellos momentos. Era incapaz de seguir otro día en aquella ciudad.

En ella, todo le recordaba a la familia que había perdido. Por eso no podía quedarse tan cerca de donde había ocurrido su desgracia, donde permanecían tantos recuerdos tristes para él. Nunca más podría considerar como su hogar aquella ciudad.

El comandante prosiguió con su bienintencionado intento.

-Escúcheme Allen, no tuvo la culpa. Los responsables fueron aquellos criminales. Usted cumplió con su deber de forma heroica y honorable.

John Allen quería creerle. De verdad que quería. Pero lo que le decían no era cierto. Si él no hubiera sido policía, si no se hubiera implicado tanto, su pequeña Clarise no habría muerto.

El comandante no se daba por vencido.

-John, mucha gente le debe la vida por pararle los pies a esos desalmados. Eran traficantes de la peor calaña. Y usted lo sabe. No quiero ni imaginarme lo que hubiera ocurrido en el caso de que aquella droga hubiese llegado a las calles.

John Allen permaneció en silencio, mirando fijamente al comisario. En eso tenía razón. Él había visto el poder adictivo de aquella sustancia. La habían llamado explosión. Y había matado a mucha gente.

Los jóvenes marginados del distrito pronto se aficionaron a ella. Con resultados catastróficos: Las muertes por sobredosis escalaron a límites desconocidos hasta entonces. Y los que fallecían podían considerarse afortunados. Verdaderamente afortunados.

 A pesar de su terrible potencia, algunos muchachos conseguían sobrevivir varios chutes. Pero eso no era una buena noticia. La dependencia que creaba el estupefaciente los volvía locos: Robaban, pegaban y asesinaban para conseguir el dinero que comprara otra dosis. Y al cabo de varias inyecciones, el cuerpo sufría tanto que  jamás volvían a ser personas. Explosión provocaba daños tremendamente severos en el sistema nervioso. El cerebro, simplemente, no podía aguantar varios subidones y se desconectaba. Como si un fusible se hubiese quemado. Y nunca más se volvía a encender. Eso condena a los pocos supervivientes a vivir el resto de sus años como vegetales. Insensibles a lo que sucedía a su alrededor.

Por eso, John Allen comprendía que había hecho lo correcto. No había otra alternativa que no fuera encerrar a esos canallas. Pero había pagado un precio demasiado elevado.

Le encargaron la misión por su buena hoja de servicios. Al principio, tardó varios meses en infiltrarse dentro del aparato de organización de los narcos.

No fue fácil, pero lo logró. Y más complicado aún fue trepar dentro de su estructura, pero era preciso alcanzar una posición de cierta relevancia. Era preciso que aquellos criminales confiaran en él.

Finalmente, con mucho esfuerzo y sacrificio, lo consiguió. Y tanto trabajo tuvo su recompensa: los principales jefes de la banda prepararon una entrega importante. Había mucho dinero en juego y por eso los principales cabecillas quisieron estar presentes. Y Allen dio el aviso a sus compañeros.

En la redada todo pareció salir bien. No hubo que lamentar heridos. Cuando todo terminó, los delincuentes fueron llevados ante la justicia. Y gracias al testimonio de Allen en el juicio, fueron condenados a cadena perpetua. Todos, menos un par de tipos. Eran principiantes y, al no haber cometido delitos de sangre, el fiscal les ofreció un acuerdo. Dos años a la sombra. A Allen no le importó demasiado. El trabajo principal estaba hecho y la droga fuera de circulación.

Sentía satisfacción  por cómo había eliminado un peligro grande para su comunidad. Las calles ahora estaban en paz. Y se enorgullecía de ello.

Hasta que ocurrió aquello.

A su hija Clarise le encantaba el cine. Por lo que acordaron ir a uno un domingo de los que le correspondía estar ella, de acuerdo con el convenio que había firmado con su exmujer. Su matrimonio había fracasado con estrépito. Pero él adoraba a su niña y la veía siempre que le era posible.

Habían decidido ver una película de acción, de esas con un ritmo trepidante y muchas explosiones. Y habían comprado un cubo grande de palomitas para compartir. Era un plan perfecto. Y lo pasaron en grande.

Después fueron a un restaurante y pidieron unas deliciosas hamburguesas. Con mucho pepinillo, como le gustaban a Clarise. Al caer la noche, salieron del centro comercial y se encaminaron al aparcamiento.

Allí fue donde les sorprendieron.

Allen no advirtió que les seguían hasta que fue demasiado tarde. Eran los dos chavales que habían quedado libres. Casi los había olvidado.

 Aún no se explicaba cómo podía haber sido tan descuidado. Pero él simplemente había ido a pasar la tarde con su hija, no a actuar como policía. Fue su responsabilidad por no verlos venir.  Y se sentía terriblemente culpable por ello.

Allen no pudo esquivar el primer golpe, que fue tan violento, que le postró de rodillas y le dejó ligeramente conmocionado. Fue entonces cuando los atacantes aprovecharon la oportunidad para inmovilizarle. Eran muy fuertes. Él opuso toda resistencia de la que fue capaz. Se revolvió e intentó ponerse en pie, pero no consiguió zafarse de ellos. Inmediatamente, recibió un nuevo puñetazo que le robó el aire de los pulmones.

Intentó recuperar el aliento e incorporarse, pero le fue imposible. De repente, uno de los hombres le soltó el brazo, pero el otro le golpeó una vez más. Seguía sin poder escapar.

En ese preciso momento, advirtió el brillo metálico.

Al principio, no entendía cuál era su procedencia. Tenía la visión nublada. Con esfuerzo, trató de enfocar los ojos y comprender la escena que se desarrollaba ante él.

Y al final, horrorizado, lo entendió: El delincuente que le había dejado tenía una navaja. Y estaba en el cuello de su hija.

No le dio tiempo a reaccionar.

De repente, un chorro de sangre le empapó la cara.

Allen, impotente, profirió un grito desgarrador. Pretendió ponerse en pie una vez más, pero le retorcieron el brazo hasta partírselo. El dolor físico que le provocó esta herida fue intenso, pero no tan profundo como la pena que le traspasaba.

Entonces los atacantes le hablaron por primera vez, con una voz que Allen no olvidaría nunca. Era fría, carente de toda compasión y llena de rencor. “Esto es lo que les ocurre a los perros que nos traicionan”. Posteriormente, recibió varias patadas en la cara. Una, otra y otra más. Hasta que perdió el sentido.

Cuando recobró el conocimiento, aquellos asesinos se habían desvanecido. De la misma manera en que se desvanecía aquello la vida de aquella niña que Allen había querido más que cualquier otra cosa.

Los médicos no tardaron en socorrerles. Y la policía llegó después. Pero ya no había nadie a quien salvar. Nadie a quien detener. En ese aparcamiento únicamente quedaban el desesperado padre y su hija. Era demasiado tarde.

Clarise estaba tirada en el suelo, desangrada, pálida e irremediablemente muerta.

No había vuelta atrás.

La voz del comandante arrancó a Allen de sus negros recuerdos. Trataba de animarle.

-La declaración en el juicio fue admirable, John. Todos nos sentimos muy orgullosos de usted. Tenga la seguridad de que no volverán a pisar a la calle.

John Allen asintió. Los que habían asesinado a Clarise fueron atrapados, condenados y se pudrirían en la cárcel. Por un breve instante, esto le reconfortó. Pero fue tan sólo por un segundo.

-Señor, no me arrepiento. Había que actuar y detenerlos como fuera. Eso era lo correcto. Y precisamente eso fue lo que hice. Nunca dudé de cuál era mi deber. Aunque eso terminó arrebatándome a mi niña.

Allen tragó saliva antes de continuar.

-Si le soy sincero, los escasos momentos en los últimos meses en los que me he sentido bien han pasado mientras estaba haciendo mi trabajo. Me proporciona cierto consuelo saber que hay gente que aprecia nuestro trabajo y que hacemos cosas útiles por ellos.

El comandante albergó una breve esperanza. Allen seguía teniendo vocación. Por un momento, pensó que le acabaría convenciendo.

Desgraciadamente, John Allen no había acabado.

-Pero...

La voz se le quebró un instante. Con cierto esfuerzo, tomó aire y consiguió recomponerse.

-... simplemente, no puedo mantenerme ni un minuto más donde todo me recuerda a mi hija.

El jefe de la comandancia de Brooklyn lo observó, conmovido. Había sido uno sus mejores hombres. Y era una lástima tener que renunciar a él. Pero el comandante también era padre de una muchacha y le era sencillo imaginar lo mucho que debía estar sufriendo ese hombre.

Lo iba a echar de menos, pero Allen merecía decidir qué hacer en adelante con su futuro. Resolvió desistir de cualquier intento de convencerle.

-¿Y qué piensa hacer ahora, sargento?

 John Allen no contestó de inmediato. Dio unos pasos, pensativo, hacia la ventana del despacho.

Contempló ensimismado el cielo a través de ella. Era un mañana clara, luminosa y con un sol radiante.

Allen suspiró de forma casi inapreciable. En su interior, estaba seguro de que esa luz, esa clase de días, habían acabado para él. Finalmente, respondió:

- Me alejaré de todo, señor. Me voy de la Tierra.

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