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Román y Lucía

(HISTORIA DE UN AMOR CASI HOMOSEXUAL)

Es al separarse los amantes cuando sienten y
comprenden la fuerza con que se han amado.
Fiodor Dostoievski


Román Regio era un chico guapo, de facciones finas, casi femeninas, barbilampiño, con una hermosa cabellera rubia que peinaba con una raya a la derecha y le caía formando ondas sobre su oreja izquierda cubriéndole parte de la frente; su rostro, de tez blanca aunque someramente bronceada, presentaba un perfil ovalado, con la nariz recta, fina y bien proporcionada, sus grandes ojos, de profunda mirada difícil de sostener, eran de un intenso color celeste y sus labios, bien definidos y algo carnosos, dibujaban un par de hoyuelos a ambos lados de las comisuras cada vez que esbozaban una sonrisa, que todos encontraban encantadora, y que, cuando reía abiertamente, dejaban ver una hermosa dentadura blanca y bien ordenada. Su estatura superaba un poco el metro setenta y su cuerpo se veía muy bien marcado y proporcionado.

Habían transcurrido ya ocho años y recordaba, como si hubiese ocurrido ayer, el día que reunió a sus padres en la mesa del comedor para confesarles que era gay. Nunca olvidaría la cara de su padre cuando recibió la noticia; con los ojos desorbitados e inyectados en sangre, el rostro rojo por la ira, el semblante contraído en un gesto de furor que aterraba, el puñetazo sobre la mesa que hizo saltar por el aire el florero que hacía de centro de mesa y aquel feroz salto felino hacia atrás que hizo rodar por el suelo la silla en la que se sentaba. Y aquellas palabras: maricón y te odio, acompañadas de una mirada llena de asco y desprecio, las llevó clavadas en el alma durante mucho tiempo, produciéndole, cada vez que las recordaba, un agudo dolor físico en el pecho y una fuerte ansiedad que le dificultaba la respiración; ahora, cuando muy de tarde en tarde las evocaba, sentía una profunda tristeza que le atenazaba la garganta y hacía que un par de lágrimas asomaran a sus ojos. Le embargaba una inmensa pena cuando recordaba las lágrimas de su aterrorizada madre, que no lloraba por la noticia sino por el terror que su padre le infundía cuando entraba en cólera; sabía que su madre nunca lo condenó por aquella confesión y estaba seguro que ella ya lo sospechaba, o tal vez lo sabía, desde hacía tiempo. Y todavía seguía sintiendo aquella aguda punzada en el corazón cuando le llegaban las imágenes de su padre tirándole dos maletas y toda la ropa de su armario al rellano de la escalera, escupiéndole a la cara y dando un portazo tan fuerte que amenazó con arrancar la puerta de sus goznes.

Ahora, a sus veintisiete años, su vida transcurría tranquila, quizás más apacible de lo que correspondía a su edad. Tenía la titulación de diplomado en Ciencias Económicas y Empresariales y ostentaba el puesto Director Administrativo en una conocida Empresa Constructora, con un buen sueldo que, aunque sin lujos, le permitía vivir de alquiler en un bonito apartamento amueblado con sencillez pero con buen gusto, una función de teatro y un par de sesiones de cine al mes, una cena de restaurante de vez en cuando y una noche de copas los viernes en locales nocturnos donde se encontraba con algunos amigos, casi todos ellos gais. Solía desayunar en un bar cercano a su oficina y, como quiera que en el trabajo hiciera jornada continua, también almorzaba a diario en el mismo bar a base de tapas de cocina acompañadas con un par de cervezas. Aunque le gustaba mucho cocinar y comer bien y de buena calidad, no hacía comidas abundantes porque tenía cierta tendencia a engordar y por esa razón solía hacer una cena ligera en casa despachándose un sándwich y una pieza de fruta que jamás perdonaba; la buena comida la reservaba para los sábados y los domingos, metiéndose en la cocina a media mañana y preparándose alguno de sus platos favoritos, cuyas recetas las tenía anotadas en una libreta que no paraba de crecer ya que continuamente experimentaba con recetas nuevas que buscaba en internet o las veía en algún programa de cocina televisivo.  Mientras cenaba, alrededor de las nueve o nueve y media de la noche, veía el telediario y, salvo que pusieran una película que fuese muy de su interés, al acabar la cena apagaba el televisor y se dedicaba a la lectura. Le gustaban mucho la novela histórica y los relatos cortos, sobre todo los de ciencia ficción, los de suspense y los de intriga y terror.

A veces le pesaba su soledad, sobre todo por las noches, y posiblemente fuese esa la razón por la que muchos días prolongaba su rato de lectura, retrasando la hora de irse a la cama, hasta que el sueño le impedía seguir leyendo; como quiera que tenía la alarma del despertador fijada en las ocho de la mañana, dado que su hora de entrada en la oficina era a las nueve, no se acostaba antes de la doce y media o la una de la madrugada. Su vida amorosa se encontraba bastante vacía; tras una relación que duró algo más de dos años y acabó como el rosario de la aurora, en los tres últimos años solo tuvo algunos escarceos superficiales provocados por la euforia nocturna de los viernes, pero nada serio. Por otra parte, tampoco le apetecía en estos momentos un cambio en su ritmo de vida temiendo complicarse de nuevo en otra aventura amorosa cuando aún no se había repuesto de la anterior. Últimamente se encontraba a gusto en su rutina diaria aunque es bien cierto que en muchas ocasiones añoraba la compañía de alguien con quien compartir sus ratos de ocio y sus comentarios sobre el último libro leído, la última película vista o la situación política actual. Él, aunque algo tímido, era bastante comunicativo, extrovertido y exageradamente especulativo; le encantaba exponer sus ideas y opiniones, expresar abiertamente sus gustos y, sobre todo, entablar una discusión especulativa sobre todo lo mundano que le rodeaba. Una noticia en el periódico o en el telediario le daba pie para entrar en una discusión sobre lo que es y lo que pudo o debió ser, o si las razones de lo acontecido son o no son justas y legítimas. Tenía un exacerbado sentido de la libertad y la justicia; se sublevaba ante cualquier acto que considerara injusto o que recortara lo más mínimo la libertad del individuo. Para él no había más moral ni más derecho que la permisividad de todo aquello que dictara la voluntad de cada individuo, siempre que no atentara contra la libertad de los demás. Cuando oía en televisión alguna noticia relacionada con la comisión de algún delito, sobre todo cuando se trataba de un delito de violencia de sexo -que ahora llaman impropiamente de género, ya que los seres humanos no tienen género sino sexo-, criticaba con dureza a aquellos que pedían justicia dura y ejemplar, ya que consideraba que la justicia tenía que ser solo justicia y nunca venganza; tenía la indefectible norma de otorgar al presunto delincuente la presunción de inocencia pues que pensaba que no se podía condenar a nadie a impulsos del corazón o de forma irreflexiva sin antes conocer a fondo las circunstancias y las motivaciones que rodeaban al caso; sostenía que tanto el amor, el respeto y la generosidad como el odio, la desconsideración y el egoísmo son factores que forman parte de la naturaleza humana y por tanto, al estar siempre presentes en las relaciones personales, explican, aunque no justifican, cualquier acto, ya sea fausto o funesto; solo la intencionalidad cuenta a la hora de juzgar algún acontecimiento. También daba una gran importancia al orden y la limpieza; no soportaba la suciedad y muchísimo menos el desorden a su alrededor, siendo esta una traba importante que siempre estuvo presente en la elección de pareja; sabía que había personas a las que la Naturaleza les había negado el sentido del orden y a las que él podía llegar a querer mucho, pero también sabía que, por mucho que amara y respetara a estas personas, no las podía soportar conviviendo a su lado si no eran capaces de imponerse a sí mismas un mínimo sentido de la limpieza y del orden.

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Aquella mañana Lucía Marcos salió eufórica del hospital. Rebosaba alegría y felicidad por todos los poros de su cuerpo. Su psiquiatra, tras media docena de largas sesiones de trabajo, muchos test y algunas analíticas, concluyó con un informe final cuyo diagnóstico no le decía nada nuevo que no supiera de antemano y, por tanto, solo venía a confirmar lo que tantas veces ella había experimentado y sentido en lo más hondo de su alma. Después de tantos años, su trastorno de identidad de género al fin había sido desvelado oficialmente. Desde que tenía uso de razón, con cinco o seis años, venía sufriendo la disociación que se daba entre su cuerpo y sus sentimientos más profundos. Recordaba con horror aquellos largos periodos de abatimiento y desorientación durante los cuales se preguntaba continuamente, sin obtener ninguna respuesta, quién era o qué era ella, aunque en su subconsciente siempre latió el conocimiento de su auténtica realidad andrógina; inconscientemente sentía, más que sabía, el por qué cuando se miraba desnuda en el espejo no podía evitar tener una sensación que, si bien no podía calificarse de odio, si era claramente de rechazo hacia sus propios atributos femeninos: la visión de sus pechos le molestaba especialmente pues, aunque su tamaño era pequeño, a ella les parecían enormes, y cuando miraba su vulva, en su cara aparecía un gesto de desaprobación propio de la contemplación de lo antiestético.

A los dieciocho años se rindió ante la realidad de su identidad disociativa: hubiera preferido tener un cuerpo de hombre, le gustaba pensar como un hombre, tenía tendencia a los juegos dinámicos de los hombres, a vestir como un hombre y a entablar conversaciones propias de hombres. Hasta aquí aparentemente el problema no hubiera pasado de ser un simple caso de lesbianismo si no fuera porque no se sentía atraída sexualmente en absoluto por las mujeres. Su sexualidad solo era despertada por los hombres. Se daba cuenta de que esa atracción sexual hacia los hombres no era la misma que la que observaba en sus compañeras de clase, tenía otros matices; en algunos de sus sueños y fantasías eróticas ella no tenía vulva, en su lugar se veía dotada de un p**e y hacía el amor con un hombre mediante una p*********n a**l y en otras muchas ocasiones su vulva estaba presente y era ella la p*******a; en ambos casos sus orgasmos eran igual de intensos. Le costó meses digerir la idea: era un gay encarcelado en un cuerpo de mujer.

El psiquiatra le había recomendado que no tuviera prisa en su transformación, que fuera paso a paso, que no eran recomendables cambios muy drásticos que pudieran afectar a su psique, ya que esta se encontraba en un delicado punto de equilibrio entre su naturaleza masculina, que se abría paso con mucha fuerza, y su también naturaleza femenina que aún persistía y seguiría estando presente a lo largo de toda su vida. Los análisis y test confirmaban que para ella era mucho más importante tener un aspecto físico externo masculino que un aparato reproductor funcional por lo que, de momento, se desestimó una operación de faloplastia para dotarla de un pene y también se aplazó sine die una mamoplastia. Le recetó un tratamiento con testosterona y el consumo de alimentos ricos en zinc, carnes rojas y abundantes frutas y verduras, asegurándole que no habría de pasar mucho tiempo para que empezara a ver los resultados. Salió a la calle tan contenta y estaba tan ansiosa por comenzar el tratamiento que no esperó a llegar a casa y entró en la primera farmacia que encontró en el camino y compró los medicamentos recetados.

A los dos años de tratamiento Lucía había visto como le había cambiado la voz, haciéndose más grave y profunda, su masa muscular había crecido ostensiblemente en bíceps, deltoides, pectorales y cuádriceps, sus mamas se habían reducido algo más y le había ido creciendo el pelo de forma paulatina en zonas que antes eran lampiñas: ahora lucía una barba negra, no muy abundante pero que le cubría bien el rostro y le permitía perfilarla mediante el afeitado, una suave pelusa en la parte central del pecho y alrededor del ombligo y, sobre todo, había aumentado ostensiblemente el vello púbico, lo que disimulaba su ausencia de pene. Su aspecto general era el de un chico de un metro setenta, bastante atractivo, con una corta melena lacia de pelo negro, peinado hacia atrás con una pequeña raya en medio, cara alargada, cejas negras algo abundantes que cubrían unos grandes y bonitos ojos verdes; una boca con labios más bien pequeños y un hoyuelo en el centro del mentón remataban su rostro.

A la vista del éxito obtenido con el tratamiento de testosterona su psiquiatra la animó a hacerse una mamoplastia de reducción que también resulto exitosa: sus senos, que ya eran pequeños antes de la operación, se redujeron de tal forma que su torso, cubierto ya de fino pelo negro, pasaba perfectamente por ser masculino. Tras estos cambios su complexión física se hizo más armónica y agradable. Este era el punto al que siempre había querido llegar. No aspiraba a más. Sí, seguía teniendo sus órganos reproductores femeninos intactos; sus ovarios y su útero seguían siendo plenamente funcionales pero no le importaba. Percibía que en su sicología, predominantemente masculina, aún persistían ciertos restos de sentimientos femeninos, si bien esto no le hacía sentirse más mujer. Lo importante era lo que veía en el espejo: veía un hombre. Ahora se sentía plenamente realizada. Su reafirmación era completa. Ya no necesitaba ni deseaba una faloplastia, ni ninguna otra intervención quirúrgica.

Para rematar su metamorfosis Lucía, amparándose en la Ley de identidad de género y provista del diagnóstico de disforia de género que le había entregado su psiquiatra, procedió a los trámites necesarios para el cambio de su nombre. No alcanzaba a expresar la íntima satisfacción que sintió el día que salió de la comisaría de policía con su nuevo carnet de identidad. Se paró en la puerta de salida del establecimiento y estuvo unos minutos mirando su nuevo carnet. Tenía la sensación de ser otra persona, como si acabara de nacer de nuevo; aquel hombre con barba que aparecía en la foto nada tenía que ver con aquella otra foto de mujer del antiguo carnet, eran dos personas distintas, ni siquiera se parecían físicamente o, al menos, eso le parecía a ella o más bien tendremos que decir “eso le parecía a él”. Ahora se llamaba Luciano.

Habían transcurrido un par de años de su vida como Luciano y cada día daba gracias por haber tomado aquella decisión. Durante este tiempo comprobó a plena satisfacción como día a día su virilidad había ido creciendo en todos los sentidos; no solo porque cuando se asomaba a un espejo veía a un macho, sino que también se le hacía patente el drástico cambio que había experimentado en su sicología de sexo, descubriendo que su ahora masculinizada sexualidad no se inclinaba a la entrega sino a la posesión y que el aumento gradual de tensión sexual que sentía antes durante el juego erótico o durante el coito ahora se había convertido en una descarga espontánea de dicha tensión que culminaba en el orgasmo; e incluso estos habían cambiado: antes eran largos e in crescendo para extinguirse suavemente y ahora eran más cortos pero más intensos, casi explosivos. Su satisfacción era completa. Ahora, que su difusa personalidad se había definido, se encontraba más seguro y más equilibrado en sus relaciones sociales o de amistad con los demás y notaba que sus ideas eran más claras, que se había vuelto más consciente y más analítico del mundo que le rodeaba en cada momento y que pensaba con mayor claridad en temas que antes no se atrevía a abordar. Cuando años atrás se decidió a dar este gran paso de su vida, su gran preocupación inicial fue su puesto de trabajo. No sabía cómo reaccionarían su jefe y sus compañeros ante aquel cambio radical en su aspecto físico, aunque bien es verdad que su aspecto físico no influía para nada en su trabajo. Su jefe era un buen figurinista y había montado una empresa con la que ofrecía sus servicios, junto con el de maquillaje, a los productores cinematográficos, teatrales y de spots publicitarios. Siendo ella una buena maquilladora, muy profesional, inteligente e imaginativa, cuyo trabajo era apreciado por todos, y habiendo sido su metamorfosis lo suficientemente lenta para ir acostumbrando a los que la rodean a su nueva imagen, no tuvo el menor problema. Todos lo aceptaron con la mayor naturalidad. Otra cosa distinta fueron sus vecinos, entre los que hubo diversidad de actitudes. Vivía en la planta primera de un pequeño bloque de apartamentos que constaba de tres plantas con dos apartamentos por planta; la pareja de mediana edad que vivía en el apartamento de enfrente, cuando coincidían con él en el vestíbulo del bloque, lo saludaban con frialdad y se distraían mirando el tablón de anuncios a fin de evitar subir junto a él hasta la primera planta y si se trataba de bajar, o bien ella o bien él ponían cualquier excusa, como “se me ha olvidado apagar una luz” o “creo que no he cerrado la ventana del dormitorio”, para no bajar juntos al vestíbulo; el señor mayor que habitaba el piso situado sobre el suyo le retiró el saludo sin más y cuando se cruzaban en el vestíbulo o en la escalera miraba a su través como si él fuera transparente; las dos parejas de jóvenes que vivían en las dos viviendas de la planta baja siguieron saludándola, si bien captaba que, tras el saludo venía el intercambio de disimuladas sonrisitas maliciosas y el cuchicheo, y la otra vecina del segundo, que no parecía estar muy en sus cabales, le cambió el tratamiento dándole cada mañana los buenos días con un “Buenos días, caballero”.

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Luciano y Román se conocieron el día que éste último cumplía veintiocho años. Ocurrió una noche de viernes de mediados de diciembre, sobre las once y media, en el 6’35, un bar de copas que Román frecuentaba los fines de semana. Allí estaba Román, sentado en un velador junto a cuatro de sus amigos a los que había invitado para celebrar su cumpleaños, cuando lo vio entrar. Luciano cruzó el umbral del establecimiento precedido de una jovencísima pareja de recién casados, compañeros de trabajo. Inmediatamente sus miradas, verde y celeste, celeste y verde, cielo y mar, se cruzaron y se fundieron en una sola, como unidas por un invisible hilo conductor, y durante varios segundos los sonidos del local se apagaron para sus oídos y el resto del mundo visible desapareció ante sus ojos; todo el local se inundó con aquella mirada.

Los recién llegados fueron a sentarse a una mesa situada al fondo del local. Durante los diez minutos siguientes los cruces de miradas fueron continuos; cada vez que uno de ellos miraba hacia la otra mesa descubría que el otro le estaba mirando.

Entonces ocurrió algo que sorprendió incluso al propio Román: éste, venciendo su timidez natural, se levantó, acudió con paso firme a la mesa de Luciano y con su mejor sonrisa dijo:   - Buenas noches. Me llamo Román y estoy celebrando mi cumpleaños con unos amigos.   - Buenas noches. Pues enhorabuena Román y feliz cumpleaños -contestó Luciano sonriendo a su vez.  - A mis amigos y a mí nos encantaría que vinieseis a nuestra mesa a tomar unas copas. Me gustaría que esta noche fueseis mis invitados. Luciano miró a sus compañeros y estos sonrieron y asintieron en señal de aprobación.

Y así fue como se inició uno de los idilios amorosos más apasionados del presente siglo XXI, que en nada tiene que envidiarle a los grandes idilios del pasado. En los meses venideros, Román y Luciano, pese a que este último aún conservaba intactos sus órganos reproductores femeninos y por tanto su amor podría considerarse “casi homosexual”, se ganaron por méritos propios un lugar en el panteón de los grandes amantes homosexuales históricos, situándose a la altura de Aquiles y Patroclo, Alejandro y Hefestión o Adriano y Antinoo y, sin duda, superando a Leonardo y Salai, Oscar Wilde y Alfred Douglas o Verlaine y Rimbaud…

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Arrendaron un nuevo apartamento a estrenar en un bloque de viviendas recién construido, no tanto porque cualquiera de los dos apartamentos que habían ocupado hasta ahora se les quedaba con poco espacio vital para vivir juntos sino porque, además, cada uno de ellos quería darle al acto de iniciar una común convivencia el carácter simbólico de la inauguración de una nueva etapa de su vida, y esto tenían que hacerlo en un plano de igualdad, es decir, arrendando el apartamento a nombre de los dos y, sobre todo y más importante, ocupando un espacio virgen, que no hubiese estado ocupado nunca por nadie, libre de impregnaciones de vidas pasadas o de acontecimientos tortuosos; era como si quisieran sacralizar aquel suelo y aquellas paredes que iban a ser testigos de su idílica aventura.

Tres meses habían pasado de auténtica locura. Hacían el amor continuamente. Por las mañanas ambos salían temprano a sus respectivos trabajos y a las seis de la tarde Román ya estaba de regreso y una hora más tarde llegaba Luciano. Ambos acudían a la casa con ese gesto de ansiedad y ese brillo especial que el amor proporciona al rostro y, sobre todo, a los ojos de los enamorados. Durante las dos o tres horas siguientes, en aquel apartamento se respiraba amor en cada uno de sus rincones; los gemidos de placer se convertían en ritmo de acompañamiento de una gran sinfonía erótica y el aliento y el sudor de los amantes perfumaban el aire ambiente con aromas de sexo. Aquellas inolvidables tardes persistirían en sus memorias por el resto de sus vidas.

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Aquella mañana, como cada día, sonó el despertador a las ocho. Román, después de desperezarse y tras un largo bostezo, se incorporó, se sentó en el borde de la cama y, girándose ligeramente, alargó su mano y metió los dedos entre los cabellos de Luciano revolviéndoselos y animándolo a levantarse. Luciano volvió la cabeza lentamente y Román pudo observar por su expresión que no se encontraba bien. Presentaba unas grandes ojeras y sus ojos se veían cansados, como de no haber dormido bien durante la noche.

Pese a que Luciano se empeñaba en ir a trabajar, Román lo obligó a quedarse en la cama y, por internet, le obtuvo una cita para su médico de cabecera en el Ambulatorio de atención primaria del barrio. Cuando volvió al dormitorio, Luciano se había vuelto a dormir y Román optó por no despertarlo y por dejarle en la mesita de noche una nota con la hora de la cita, con el ruego de que lo llamara cuando saliera del médico para informarle del resultado de la visita.

Tres horas más tarde lo recibió su médico. No tenía necesidad de explicarle sus circunstancias ya que este facultativo lo había atendido en otras muchas ocasiones y, dada la peculiaridad de su caso, conocía a fondo su historia clínica. Así que, con la familiaridad que le permitía las muchas visitas que le llevaba hechas para consultarle pequeños problemas de salud, le expuso sus síntomas contándole que desde hacía algunos días tenía como una sensación de náusea, un ligero dolor de cabeza y bastante cansancio; y también le dijo algo que no había contado a Román, y es que la regla se le retrasaba ya bastantes días, circunstancia esta que ni lo alarmó ni le extrañó lo más mínimo dado que sus períodos no mantenían ninguna regularidad y él tampoco le prestaba demasiada atención. Contó esto último porque en su interior se había instalado la sospecha de que podía estar embarazado ya que, aunque mal que bien y de forma poco regular, él no había dejado de tener su ovulación mensual.  El médico lo auscultó, le tomó la temperatura corporal y la presión arterial, que resultó estar algo baja, lo miró fijamente durante unos segundos y en actitud pensativa, acariciándose la barbilla al tiempo que sonreía enigmáticamente, le espetó: “creo que estás embarazado”.

La sorpresa fue mayúscula, a pesar de que aquella noticia no fue más que la confirmación de lo que su instinto femenino venía haciéndole sospechar desde hacía algún tiempo. Así y todo se quedó petrificado y no sabía qué decir. En un estado como de aturdimiento, con los labios apretados, el entrecejo fruncido y la mirada perdida, se bajó la manga de la camisa, que antes se la había subido para la toma de la tensión, se puso la chaqueta y salió de la consulta sin tan siquiera despedirse del doctor. La antesala estaba llena de pacientes que esperaban su turno pero él, en su abstracción, ni vio ni oyó a nadie.

Al salir del Ambulatorio tomó el teléfono para llamar a Román pero, consciente de que no era aconsejable la llamada en este momento debido a su nerviosismo, se arrepintió enseguida y volvió a guardarlo en el bolsillo. Se paró en el acerado, cerró los ojos durante unos segundos, y respiró profundamente varias veces para terminar de tranquilizarse; y una vez sosegado puso en marcha el mejor de sus sentidos: el sentido práctico. Así que lo primero que hizo fue dirigirse a una farmacia y comprar un Predictor; antes de tomar ninguna decisión quería confirmar el diagnóstico. Una vez en casa procedió a realizar la prueba siguiendo al pie de la letra las instrucciones de uso. El resultado de la prueba fue concluyente: dos barras verticales de un rojo intenso aparecieron en el visor del aparato. Estaba embarazado.

Cogió el teléfono móvil de nuevo para llamar a Román y darle la noticia pero no llegó a marcar el número y lo volvió a soltar. Se estaba enfrentando a una situación imprevista y antes de llamarlo tenía que pensar detenidamente en todo esto. Durante los meses que llevaba gozando con su amado de total felicidad, solo habían vivido para el disfrute de los besos, las caricias y los largos ratos de animada conversación y a ninguno de los dos se le había pasado por la cabeza que esto pudiera ocurrir y ahora se daba cuenta de que tenían que haber previsto esta posibilidad ya que él tenía sus órganos reproductores femeninos intactos. Como quiera que nunca hubiera hablado de este asunto con Román, sintió miedo ante la incertidumbre de cuál sería la reacción de este al conocer la noticia. También se planteó el problema de qué ocurriría cuando naciese la criatura. Se le venían muchas preguntas al pensamiento, como quién cuidaría del bebé mientras ellos estaban en el trabajo o cómo alimentarlo dado que sus glándulas mamarias estaban atrofiadas y no podría dar de mamar a su hijo, aunque también pensó que eso no debería ser un problema porque el niño podría alimentarse con otros productos farmacéuticos sustitutos de la leche materna. Durante un buen rato su cabeza no paró de dar vueltas y, en su fuero interno, sentía que había algún otro problema de mayor envergadura que no afloraba a su cerebro hasta que, tras otro buen rato de cavilaciones dio con lo que le provocaba aquel desasosiego: el mayor problema se centraba en que él no notaba en su interior ningún sentimiento maternal.

Por fin se decidió a llamar a Román. Le dijo que el médico lo había auscultado, que lo había examinado a fondo y lo había encontrado bien, pero no se atrevió a mencionarle por teléfono nada del embarazo; pensó que sería más fácil decírselo personalmente a la tarde, cuando volviera del trabajo, mirándolo a los ojos para ir viendo sus reacciones a medida que fuera dándole la noticia.

Román llegó y, como cada día, se abrazaron, se acariciaron y se besaron con la intensidad y la pasión que les infundía su gran amor. Cogió a Luciano de la mano y con ternura, sin dejar de mirarlo a los ojos, lo condujo hasta el sofá e hizo que se sentara al tiempo que, con su encantadora sonrisa le preguntaba: - Bueno ¿qué te ha dicho el médico? Ya tienes mejor cara que esta mañana.  - Pues… que no me preocupe… que estoy muy bien… pero… ¡agárrate! ¡Me ha dicho que cree que estoy embarazado!.

Román se quedó en suspenso y Luciano, mirándolo muy fijamente y aferrándose al brazo del sofá, dejó de respirar, expectante, a la espera de sus palabras. De pronto, la sonrisa de Román quedó congelada en una expresión pensativa, sus párpados y su boca fueron abriéndose lentamente más y más, sus órbitas agrandándose paulatinamente y, al tiempo que sus cejas se elevaban, su sonrisa se fue ampliando lentamente hasta terminar por romper en una abierta y larga carcajada que llenó sus ojos de lágrimas y enrojeció su rostro. Abrazó a Luciano, lo elevó en el aire y comenzó a girar sobre sí mismo cubriéndolo de besos y sin parar de reír. De pronto se detuvo, lo depositó en el suelo y volvió a mirarlo a los ojos.  - Pero… ¿es seguro o es solo una conjetura del médico?, preguntó con ansiedad.  - Es seguro. Me he comprado un Predictor, me he hecho la prueba y me lo ha confirmado.  - ¿De veras? ¿de veras?. Y riendo de nuevo, volvió a repetirse la misma escena.

Román no hizo en su oficina ni el menor comentario al asunto; temía que si le daba publicidad podría despertar el interés de la Prensa, dado que se trataba de un caso excepcional y anecdótico, de los que tanto gustan a la prensa sensacionalista. Luciano, por su parte, solo se lo contó a su jefe en la mayor intimidad y con el máximo secreto, al que tenía por una persona muy discreta y no dada a habladurías, con el ruego de que tampoco lo publicitara por idénticas razones, aunque con el convencimiento y la conformidad de que llegaría el día en que sería imposible seguir ocultándolo ya que el crecimiento de su vientre lo haría evidente.

Los tres meses transcurridos hasta aquel momento añadidos a los cuatro siguientes fueron los más felices de sus vidas. Llenaban las largas tardes de primavera y verano con largos paseos y animadas charlas, terminando sentados en el velador de una terraza de bar al aire libre y tomando algunas bebidas, normalmente Román prefería una cerveza muy fría y Luciano, consecuente con su estado, siempre tomaba algún refresco sin alcohol. Comentaban la jornada de trabajo o analizaban la película que vieron la noche anterior en la televisión o bien se manifestaban frente a la situación política del país, siempre en un plano de igualdad cultural e intelectual que impedía cualquier intento de superioridad o dominación de pareja.  Y en casa, cuando no hacían el amor, dedicaban todo su tiempo libre al proyecto “Bebé”, como ellos lo llamaban. En la cama, seguían haciendo el amor con la misma frecuencia de siempre, pero controlando la fuerza de sus impulsos amorosos por miedo a dañar al feto, preocupación esta que hacía que sus encuentros eróticos perdieran algo en pasión e intensidad.

Corría ya el sexto mes de embarazo y podía decirse que Luciano lo llevaba razonablemente bien, sin demasiadas molestias: no había tenido aversión a ningún alimento exceptuando el café y pocas o ningunas náuseas, ni sangrado vaginal, ni cambios de humor, ni muy frecuentes ganas de orinar, ni sensación de cansancio y, para colmo de bienes, tampoco su vientre se abultó excesivamente, por lo que hasta ese momento su embarazo pasaba muy desapercibido. Ambos se negaron a que le efectuaran una ecografía porque no querían saber aún de qué sexo sería el neonato; querían mantener durante más tiempo la incertidumbre y que fuese una sorpresa. Más adelante, cuando el parto estuviese más cerca, ya se haría una ecografía para conocer el sexo del bebé y comprarían sus ropitas y una cuna de hechuras y colores adecuados.

Su gloriosa felicidad era completa. La mutua adoración que se profesaban hacía que los momentos de sexo, además de intensos, fueran sublimes, no tanto por disfrutar de aquellos largos y profundos orgasmos como por sentirse cada uno de ellos, en su entrega amorosa, transportado por la belleza física y espiritual que veía en el otro, por la inefable sensación que, en las caricias, les proporcionaba la suavidad de la piel del amado o por la fragancia de sus olores corporales y de sus alientos, que ellos los percibían delicadamente perfumados; hasta tal punto se sentían inundados de amor y belleza en algunos momentos que rayaba en lo doloroso. Cuando cada uno por separado y en soledad pensaba en el otro, libres de la influencia mutua que pudiera producir la proximidad física, a sus ojos acudían algunas furtivas lágrimas y se les llenaba el alma con una mezcla de pasión y de ternura tal que les llevaba a la convicción de que, llegados a un caso extremo, serían capaces de dar su vida a cambio de la del otro.

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Cuando se cumplió el sexto mes de embarazo decidieron hacer una ecografía para, sobre todo, conocer por fin el sexo del bebé, y también porque algunos días atrás Luciano había sangrado en dos o tres ocasiones, cosa a la que ambos le quitaron importancia ya que se había tratado de hemorragias de poca intensidad y, además, algunas mujeres le habían comentado a Román que no había por qué preocuparse ya que era normal sangrar un poco a lo largo de un embarazo.

El resultado de la ecografía les proporcionó una buena y una mala noticia. La buena noticia era que el bebé era niño, que estaba perfectamente y se desarrollaba normalmente aunque un poco retrasado; la mala era que el embarazo se presentaba con una placenta previa. El ginecólogo encargado de controlar la gestación les advirtió de los riesgos que presenta una placenta previa, entre los que destacó la amenaza de una fuerte e intempestiva hemorragia y la posibilidad de tener que recurrir necesariamente a una cesárea provocando un parto prematuro; luego, dirigiéndose a Román con gesto serio e imperativo, le aconsejó: “Ten siempre preparado en la mesita de noche un apósito de algodón revestido de gasa y, si comenzara a sangrar, colócale el apósito muy a fondo en la vagina y llama a los servicios urgencia”. También les dijo que, dado que no se apreciaban síntomas o señales de un posible parto prematuro, y aunque entrañando riesgos, las posibilidades de supervivencia del bebé aumentaban más y mejor si llegaba a cumplirse el séptimo mes de gestación o se aproximaba lo más posible; así pues debían decidir si querían esperar algo más, con la condición de que al menor síntoma de hemorragia debían acudir al hospital urgentemente. El ginecólogo, con experiencia en estos casos, los dejó solos unos minutos para que hablaran entre ellos con toda libertad y tomaran su decisión. No necesitaron mucho tiempo; durante un par de minutos quedaron mirándose muy fijamente, con las manos enlazadas y con las pupilas muy abiertas, como queriendo con sus miradas trascender el mundo físico de las órbitas oculares y penetrar en sus almas, hasta que una señal invisible les dio la respuesta: en ese momento ambos sonrieron a la vez y se apretaron las manos. La decisión fue seguir algunos días más con el embarazo hasta agotar todas las posibilidades.

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Aquella noche de viernes se acostaron algo más tarde que de costumbre. Corría el mes de Julio y aquella tarde veraniega, luminosa y apacible, invitaba a dar un buen paseo de los que tanto convenían al embrazo de Luciano. Después de un largo paseo se metieron en una sala de cine de arte y ensayo a ver una antigua película de Román Polanski. Cuando salieron del cine eran más de las once de la noche y, aunque en principio pensaron dirigirse a su domicilio, que les quedaba bastante cerca, cambiaron de opinión y acordaron tomar una copa antes de subir a la casa, ya que al día siguiente no tendrían que madrugar. Desde que sabían lo de la placenta previa, hacía ya diez días, Román siempre consultaba a Luciano cuando quería hacer algo que rompiera la rutina diaria o algo fuera de lo habitual que pudiera influir en su embarazo: como pararse a tomar alguna copa o retrasar la hora de recogida a casa o hacer algo que pudiera producirle alguna fatiga. Fueron al 6’35 y que aquella noche, a pesar de ser viernes, no estaba tan lleno de clientes como esperaban, cosa que agradecieron. Se sentaron en un velador y, una vez sentados, ambos se percataron a la vez de que era el mismo velador donde se conocieron aquella primera e inolvidable noche. Tras un cómplice cruce de miradas, rieron, se cogieron de las manos y se dieron un fugaz beso en los labios que venía a sustituir a un te quiero. Estuvieron sentados como dos horas largas, pidieron un par de sándwiches y no bebieron mucho, ya que Luciano solo tomaba refrescos y Román se limitó a tomar un par de cervezas; también compartieron la mesa durante un buen rato con una pareja de amigos que apareció en el lugar y charlaron largamente de muchas cosas intrascendentes.

Cuando llegaron de vuelta a casa eran casi las dos de la madrugada. Se desnudaron, se pusieron los pijamas, tomaron un vaso de leche fría y se acostaron. Hacía ya una semana que no hacían el amor por miedo a perjudicar al feto, así que, una vez en la cama, apagaron la luz del dormitorio, se dieron unos besos a la vez que intercambiaban unas caricias y se acurrucaron haciendo la cuchara, postura esta que tanto gustaba a Román.

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Román despertó en mitad de la noche. Se volvió hacia la mesita de noche y miró el reloj despertador luminoso que había sobre ella. Eran las seis y diez de la mañana. Le extrañó haberse despertado a esa hora. Solo había dormido cuatro horas y para él, que solía dormir un mínimo de siete horas seguidas y que además no se había acostado con la preocupación de tener que madrugar al día siguiente, no era normal despertarse a esa hora y pensó que algo debió de haberle despertado. Pero ¿qué podía haber sido? No oía ningún ruido fuerte o extraño que procediera de la calle y tampoco se oían ruidos en el piso superior en el que los vecinos, con cierta frecuencia, solían arrastrar muebles. Iba a darse media vuelta para volver a dormir cuando notó algo extraño bajo las sábanas; parecía que estas se pegaban a sus piernas como si estuvieran electrizadas. No había encendido la luz para no despertar a Luciano pero, ante la duda de qué pudiera ser lo que notaba en las sábanas y en los pantalones de su pijama, al fin alargó la mano, buscó el interruptor en la pared y lo accionó. A primera vista no observó ninguna anomalía; todo estaba en su sitio, pero él seguía notando ese algo pegajoso en los pliegues de las sábanas y en sus pantalones, así que tiró de la ropa que cubría la cama y se quedó mirando, entre extrañado y asombrado, sin llegar a comprender muy bien lo que pasaba.

Tuvo que pasar casi un minuto para darse cuenta de que aquello era sangre. La cama estaba empapada de sangre y cubría completamente la sábana bajera y en la encimera se veía un gran círculo rojo; del pijama celeste de Luciano, ensangrentado de arriba abajo, solo se veía su color original en las mangas por estar estas fuera del embozo, y en su propio pijama no se apreciaba ningún cambio de color porque originariamente era de color rojo, pero se veía completamente empapado. Por el rabillo del ojo vio que el suelo también estaba encharcado y adivinaba que habría más sangre debajo de la cama; estaba claro que la sangre había atravesado el colchón y se desparramaba por el suelo bajo la cama.

Con el corazón latiéndole aceleradamente, saltó fuera de la cama y comenzó a zarandear a Luciano con ánimo de despertarlo y, viendo que no respondía, lo abofeteó y lo agitó sin resultado alguno. Luciano seguía inconsciente. Román, entrado ya en un estado de pánico y desesperación, sin saber bien que hacer o a que manipulación recurrir, una y otra vez le levantaba la cabeza de la almohada, lo abrazaba y lo besaba al tiempo que, entre sollozos, no paraba de gritarle: “Luciano, despierta…despierta, mi amor…despierta… por favor, despierta…”. Y así estuvo hasta que sus “despierta” se quebraron en su garganta mezclados con sus lágrimas y sus gemidos. Entonces se acordó de las palabras del ginecólogo: “Ten siempre preparado en la mesita de noche un apósito de algodón revestido de gasa y, si comenzara a sangrar, colócale el apósito muy a fondo en la vagina y llama a los servicios urgencia”. Nerviosamente, abrió el cajón de la mesilla y cogió uno de los tres apósitos que el propio Luciano había preparado días atrás, tiró del pantalón del pijama, que se deslizó con suma facilidad debido a la sangre, y abriéndole las piernas introdujo el apósito hasta el fondo y, una vez dentro, aún apretó más hasta que toda su mano quedó introducida en la vagina. Tratando de controlar el temblor de sus ensangrentadas manos, se las secó en la sábana encimera que estaba menos manchada, cogió su teléfono móvil, como pudo marcó el 061 y, en pocas palabras y atropelladamente, contó el problema a la telefonista.

La ambulancia llegó a los diez minutos. A partir de este momento Román entró en una especie de shock y se encontró viviendo aquellas escenas como en un estado de sonambulismo; respondió al telefonillo del portero electrónico y abrió la puerta del piso, que dio paso a un médico y dos camilleros, como en un estado de trance. En un principio, cuando el médico entró en el dormitorio pareció desconcertado, dado que la información que le habían dado por radio desde la central del 061 era que se trataba de una paciente embarazada que presentaba una placenta previa desprendida que sangraba abundantemente, y él no veía a una mujer sino a un hombre tendido en la cama sobre un gran charco de sangre que empapaba las sábanas y el colchón. Fue cuando tiró de la sábana encimera que le cubría las piernas cuando se dio inmediata cuenta de la situación. Observó que el paciente no respiraba, colocó un pulsioxímetro en el dedo índice de Luciano y al no obtener respuesta aplicó un desfibrilador e inició las clásicas maniobras de reanimación cardiopulmonar.

Media hora más tarde el médico le dio a Román la fatal noticia. Luciano había muerto y la pérdida de sangre había sido de tal magnitud que el feto también había muerto. Había hecho todo cuanto estuvo en su mano, que era todo cuanto se podía hacer. Román recibió la noticia sin mostrar reacción alguna. Daba la impresión de que no se enteraba de nada de lo que el médico le decía; como si no estuviera él allí presente. Se quedó ausente, sentado en la silla descalzadora del dormitorio y con la mirada perdida, mientras el médico extendía el certificado de defunción que, una vez firmado, lo dejó en una de las mesitas de noche al tiempo que, tanto el facultativo como los camilleros, les daban el pésame y se marchaban dejándolo solo, en compañía del difunto. Algo se había roto en su interior. Su cara era inexpresiva, parecía impasible; ningún gesto aparecía en ella, ni de dolor ni de ninguna otra especie. Y así estuvo mucho tiempo.

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Tras la muerte de Luciano y su bebé, Román sufrió una gran sacudida. Durante unos meses se estuvo culpando de haber sido un gran egoísta, de no haber vivido más que para gozar de su amor y no haber estado suficientemente atento al problema de su embarazo; se sintió responsable de lo ocurrido y su sentimiento de culpa, al tiempo que su sentimiento de pérdida, fueron creciendo cada día hasta alcanzar un grado que podría calificarse de peligroso. No solo se vio afectado en su trabajo, que le exigía una atención que él no podía prestarle dadas sus precarias condiciones anímicas, sino que llegó a tener en algún que otro momento turbios pensamientos de falta de autoestima e incluso de suicidio liberador.

Finalmente, llegó un día que reaccionó y quiso romper el contacto con todo lo que le ataba o recordaba a aquellos pasados días, que fueron los más felices de su vida, con el fin de salvaguardar todos aquellos recuerdos. El apartamento donde habían vivido tantos momentos de felicidad, el velador del bar donde se sentaban y donde tuvieron tantas agradables charlas y tantas risas, la esquina de aquella calle donde un día se besaron… Todo lo que veía y todo lo que tocaba le despertaba un recuerdo que evocaba una imagen feliz y a la vez dolorosa. Sabía que, con el paso del tiempo, el dolor desaparecería y aquellos recuerdos acabarían permaneciendo en su memoria para siempre con la misma limpieza de espíritu y felicidad que tuvieron el día que se produjeron. Pero para guardar todos aquellos recuerdos y mantenerlos vivos e inalterables tenía que abandonar aquellos lugares donde se habían producido. Si seguía viviendo en aquel barrio, habitando aquella casa, acudiendo al mismo bar y a la misma sala de cine, sus recuerdos se contaminarían con nuevas vivencias y él quería mantenerlos puros, congelados en el tiempo; más aún, quería hacer con ellos un altar y convertirlos en religión. Tenía que desaparecer de la ciudad.

Pero Román no podía vivir sin amor, sobre todo no podía vivir sin dar amor. Su relación con Luciano le había enseñado que la auténtica felicidad, la humana felicidad, solo se obtiene a cambio de la entrega de todo tu ser, de tu tiempo, de tus pensamientos, de tu voluntad y de tus sentimientos a la persona amada o a la empresa abrazada.

La ocasión se presentó el día que conoció a Isaac, un ingeniero que trabajaba en la República Centroafricana para Médicos sin Fronteras, que le hizo saber lo necesitados que estaban de gentes dispuestas a entregarse y sacrificarse por los demás. Y una mañana de un veintitrés de septiembre Román llamó a su madre para despedirse y, con un ligero equipaje, partió dejando atrás aquella ciudad que tantas alegrías y tanto dolor le había proporcionado.

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Como cada mañana Román despertó al alba. Su despertador era aquel haz de rayos de sol que penetraba por el tragaluz de su dormitorio prefabricado y que incidía directamente en su pecho para luego ascender lentamente hasta su cara y alcanzar de lleno sus párpados dormidos; y era en ese preciso instante cuando se despertaba. Se desperezó y se incorporó sentándose en el borde de la cama.

Hoy hacía exactamente un año que había llegado al campamento-hospital que Médicos sin Fronteras gestiona cerca de Bambari, una pequeña ciudad situada a unos trescientos kilómetros de Bangui, la capital de la República Centroafricana. Se trataba de un amplio complejo médico de gran envergadura, compuesto por barracones prefabricados, que contaba con, además de salas de descanso y dormitorios para el personal, consultorios, salas para camas de enfermos, quirófanos, salas de radiología, salas de enfermería y todos aquellos servicios que pudiera necesitar un hospital moderno, donde se prestaba atención médica primaria y secundaria a unas cincuenta mil personas desplazadas que estaban acogidas en un campamento anexo para refugiados. Disponía también de una unidad especializada en pediatría en la que se combatía, además de la desnutrición, otras enfermedades derivadas de la misma y frecuentes en la región como el marasmo, el escorbuto, la pelagra, el beriberi o el raquitismo.

Dado sus conocimientos académicos, le habían nombrado Jefe de Administración, al mando de una docena de administrativos, si bien, además de llevar la responsabilidad de la administración, se había hecho cargo, por voluntad propia, de la dirección de una guardería infantil en la que a los niños convalecientes que comenzaban a recuperarse de su enfermedad e iban superando la fase de abatimiento y tristeza con que llegaban al campamento, se les enseñaba el alfabeto y un poco de gramática francesa ya que, aunque el francés era también lengua oficial del país, casi todos los niños ingresados solo hablaban sango.

La mayor parte de los días, si no se le acumulaba el trabajo o le surgía algo urgente que despachar, abandonaba las oficinas y se refugiaba en la guardería, sobre todo a la hora del recreo. Le gustaba mirar a los niños en clase, sobre todo cuando, con sus voces chillonas, contestaban al unísono a las preguntas de la profesora, y en el recreo jugaba con ellos, los besaba y los abrazaba hasta arrancarles sus frescas e inocentes risas. Se le llenaba el alma de felicidad cuando los oía reír. Con su imaginación acababa poniéndoles a todos la cara de Luciano y se hacía la ilusión de que estaba jugando con sus propios hijos.

Había hecho infinidad de amigos. Todos lo apreciaban y buscaban su amistad. En el año que llevaba en Bambari, su homosexualidad no se hizo evidente en ningún momento ni se sintió atraído por ninguno de los muchos compañeros con los que se relacionaba diariamente. Desde la muerte de Luciano ningún hombre volvió a despertar su interés.

Aquella mañana, después de lavarse en el pequeño aseo que disponía en su habitación y maldecir por no poderse duchar, ya que el agua estaba racionada y solo podían ducharse los sábados, se vistió y, como cada día, se dirigió al comedor del personal médico y auxiliar para desayunar. Al llegar vio que todo el mundo estaba amontonado frente al televisor. Estaban dando el noticiero de las siete de la mañana y se acercó expectante a ver qué pasaba, tratando de adivinar de qué podía tratarse. Al mirar al televisor lo primero que vio fue un militar de alta graduación que se encontraba de pie, rodeado de varios soldados, hablando frente a un micrófono. Estaba lanzando una proclama. Se acababa de producir un golpe de estado. Aprovechando que el Presidente se encontraba de visita en la vecina República del Congo, un general, apoyado por un grupo de militares de alta graduación, se había sublevado y tomado Bangui, la capital. Las tropas rebeldes habían tomado las emisoras de radio y televisión, además del resto de los medios de comunicación y el Palacio Presidencial y una parte del ejército que se mantenía leal al Presidente ausente se estaba oponiendo al ejército rebelde. El militar anunciaba posibles enfrentamientos armados y ordenaba a la población que no saliera a las calle más que cuando fuera absolutamente necesario al tiempo que se establecía un toque de queda desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana. Aquello era una nueva guerra civil que sumía al país en el caos.

La mañana transcurría sin incidentes dignos de mención, salvo el constante tráfico de vehículos militares que se observaba en la carretera que discurría próxima al campamento. Todo el mundo estaba pendiente de las noticias pero tanto las emisoras de radio como las de televisión solo emitían marchas militares.

Era mediodía y todo el mundo estaba almorzando en el comedor cuando se produjo una gran explosión que hizo temblar las sillas y mesas, al tiempo que de las estanterías del bar caían algunos vasos y botellas que se estrellaron en el suelo desparramando las bebidas. Tras un momento de estupor, se produjo una desbandada y todos corrieron alarmados hacia la puerta de salida al exterior.

El espectáculo les sobrecogió. Se veían rodeados de soldados y máquinas de guerra por todos lados. Por el Oeste, seguramente procedentes de Bangui, avanzaban cientos de soldados rebeldes rodeando a varios tanques que disparaban hacia el Este, por encima de los barracones. La explosión que habían oído se debía a que uno de estos disparos había impactado en el barracón del laboratorio, situado a la espalda del comedor, donde trabajaban dos médicos analistas y varios auxiliares que posiblemente se habrían salvado de la muerte ya que era muy probable que estuvieran comiendo. En el Este, como a una distancia de doscientos metros, aparecían unas formaciones de soldados cerrando un frente compacto de unos trecientos metros de anchura que avanzaban hacia el campamento. Todo apuntaba a que ambas fuerzas acabarían enfrentándose en el mismísimo campamento o en sus alrededores y ellos no tenían salida ni forma alguna de alejarse del conflicto.

En diez minutos los contendientes ya se veían las caras. Las ráfagas de las armas automáticas y las explosiones de las granadas de mano se sucedían ininterrumpidamente. No había ningún sitio a donde huir o esconderse, así que todo el personal del hospital tuvo que replegarse nuevamente al interior del comedor en busca de refugio y, una vez allí, intentar protegerse lo mejor posible; unos se acurrucaron bajo las mesas y otros se tumbaron en el suelo y volcaron las mesas usándolas como parapetos. Varias balas perdidas entraron por las ventanas y algunas otras de grueso calibre atravesaron las paredes del barracón e impactaron en las paredes del fondo provocando graves daños en el mobiliario. Román estaba entre estos últimos formando un pequeño grupo de seis personas, entre ellas dos enfermeras y dos médicos, cuyos nombres no conocía, y Adèle, una profesora francesa de la clase infantil con la que tenía mucho trato y era muy amiga. Allí agazapado, de pronto se acordó de los niños y Adèle le informó que era la hora del almuerzo y que debían encontrarse en el comedor infantil acompañados de las auxiliares que los atendían. El hecho de que los niños no se encontraran solos no le sirvió para tranquilizarlo y, a partir de ese momento, Román ya no podía apartar de su pensamiento la idea de que los niños estarían corriendo un grave peligro. Habrían transcurrido un par de minutos y Román, no pudiendo soportar por más tiempo su inquietud y olvidándose de su propia seguridad, le dijo a Adèle que se iba al comedor infantil. Adèle, muy alarmada, intentó detenerlo haciéndole ver el gran riesgo que correría, ya que para llegar al comedor infantil tenía necesariamente que salir al exterior al no haber ninguna comunicación a través del interior de los edificios.

Arrastrándose y reptando entre el desordenado mobiliario llegó hasta la puerta exterior del comedor. La frecuencia de los disparos había disminuido hasta casi desaparecer y eso le dio ánimos para, con mucho cuidado, asomar la cabeza y mirar a izquierda y derecha a fin de formarse una idea aproximada de la posición de los combatientes. Al parecer ambos bandos habían detenido su avance y se habían parapetado en los alrededores de las edificaciones. Pudo ver entre las tropas leales, a unos cincuenta metros a su izquierda, una ametralladora emplazada tras una gran roca que asomaba en una colina cercana y a su derecha le pareció ver movimientos de soldados rebeldes al amparo de un grupo de árboles. Si salía sería visible tanto desde un bando como desde el otro y el color de su ropa tampoco ayudaba a mimetizarlo dado que la pared del edificio era blanca y su ropa oscura. En el interior del comedor, bajo una mesa, vio a dos sanitarios y sin dejar de reptar se acercó hasta donde se encontraban y le pidió a uno de ellos que le prestara su bata blanca. Sin levantarse del suelo, y con cierta dificultad, se vistió la bata, además le hizo cuatro nudos a una servilleta blanca que había sobre la mesa y se la puso en la cabeza como si fuese una gorra y, con mucha precaución, se acercó a la puerta.

Para llegar al comedor infantil tenía rodear el barracón del comedor y, a continuación, el de camas de enfermos y el de quirófanos, que se encontraban adosados formando una L, lo que suponía tener que recorrer unos doscientos metros. Encorvado y con todo el sigilo y la máxima cautela que le permitía su estado de nervios, se fue deslizando, pegado a la fachada, hasta que llegó al final del barracón de camas, dobló la esquina y continuó por la fachada del barracón de quirófanos a cuyo final se encontraba el del comedor infantil, si bien todavía tendría que doblar otra esquina ya que la puerta de entrada al comedor se encontraba a la vuelta. Desde que dobló la primera esquina ya veía claramente a los soldados rebeldes apostados en sus posiciones y, por tanto, los soldados también podían verlo a él, por lo que su miedo creció tanto como las posibilidades de que alguno le hiciera un disparo; aunque él no era el enemigo, consideró seriamente esta última posibilidad ya que las guerras despiertan lo peor de cada individuo y hacen que la vida humana pierda todo su valor. Tuvo ganas de echar a correr pero se contuvo pensando que, si corría, el movimiento llamaría la atención y su camuflaje, que hasta ahora parecía haber funcionado bien, no le serviría de nada. Ocultando sus manos en los bolsillos de la bata e inclinando la cabeza sobre su pecho, para hacer más visible la servilleta blanca que llevaba puesta en forma de gorra, consiguió no mostrar ninguna parte oscura de su cuerpo que pudiera ser detectada en su movimiento sobre el blanco fondo de la fachada y logró al fin alcanzar la puerta del comedor infantil.

Los niños se encontraban repartidos dos grupos: una decena, acompañados de una auxiliar, se encontraban tras un mostrador situado al fondo del comedor y el resto, con la otra auxiliar, se habían parapetado en un rincón tras una barricada que habían formado con varias mesas. Román se situó tras el mostrador, donde aún quedaba sitio.

Pasaron unos minutos tensos. Los disparos habían cesado totalmente y no se oía ningún ruido procedente del exterior, salvo los motores de los tanques funcionando al ralentí. Pasaron otros cinco o seis minutos y Román empezaba a pensar en que se acercaría a la puerta del comedor y miraría al exterior a ver qué pasaba cuando, en ese preciso instante, se oyeron al unísono varias voces de mando ordenando “Fuego” y “Avanzad” para, a continuación, desatarse una tormenta de disparos de fusil, ráfagas de ametralladoras, el ruido de los motores de los tanques acelerando y confundiéndose con los disparos de sus cañones y un gran vocerío de guerra que dejó a todos petrificados. Aquello era lo más parecido al infierno; multitud de balas perdidas atravesaban las paredes del barracón y la explosión de una granada de mano acribilló la fachada, cubriéndola de agujeros por la metralla, al tiempo que abría un gran boquete al nivel del suelo. Tras varios minutos de fragor que parecieron eternos, varios soldados, en franca huida, entraron en tropel por la puerta del comedor y, tras ellos, aparecieron sus perseguidores portando armas automáticas. Los niños, aterrorizados, comenzaron a llorar y dar angustiosos gritos de pánico. Los soldados que huían, al verse acorralados, tiraron sus armas al suelo y levantaron las manos en un gesto de rendición pero uno de los perseguidores, con uniforme de oficial cuya graduación Román no llegó a distinguir, tras un momento de duda, abrió fuego con su metralleta sobre los rendidos. Todos cayeron al suelo como fardos, ensangrentados, excepto uno de ellos que adivinó a tiempo la intención del oficial y, saltando hacia un lado, rodó por el suelo hasta el mostrador donde se encontraba el grupo de niños protegidos por Román, que sostenía al más pequeño en sus brazos. En su desesperación por salvar su vida, el soldado arrebató al niño de los brazos de Román y, poniéndose de pie, lo esgrimió como escudo con la esperanza de que aquel oficial se apiadara.

Todo ocurrió en una fracción de segundo: Román saltó hacia el soldado y cogió al niño por las axilas, interponiéndose entre éste y el oficial, en el momento en que éste último disparaba una ráfaga de su arma. Román recibió dos disparos en su espalda y cayó al suelo aún consciente, sin soltar al niño e impidiendo que se golpeara contra el suelo.

Su vida se fue apagando lentamente, mirando aquel niño con la cara de Luciano que le devolvía una mirada triste y un esbozo de sonrisa más triste aún. En su último suspiro de vida, se sintió feliz.

FIN

 
Manuel Paleteiro Ortiz. Sevilla, Febrero 2018

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