Résistance. Capítulo 2, relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

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Résistance. Capítulo 2

En el verano de 1940 conocí a Fabienne. Aprovechando que una amiga se había casado y había dejado vacante su puesto de dependienta en una pastelería, intenté engordar un poco mis arcas, terriblemente menguadas en los últimos meses.

Quería matricularme en septiembre en un par de asignaturas de mi carrera de literatura francesa y mis ahorros no llegaban ni para alimentarme durante las próximas dos semanas.

La ciudad estaba alterada. Se podía oír, de manera constante, el ruido de la batalla en las afueras y los parisinos, sumidos en una espera tensa, temían ver aparecer al ejército alemán de un momento a otro.

Ella apareció una mañana. La vi parada delante del escaparate de la pastelería, pálida, delgada hasta parecer un espectro y con una maleta en su mano izquierda. Vestía un jersey de lana y una falda de tubo sin medias. Prendas excesivas para el calor del verano. Su pelo negro y muy largo, algo ondulado, lo recogía en la nuca en una tensa cola de caballo. Sus ojos negros y hundidos, enormes para lo pequeño del óvalo pálido de su cara, miraban, de manera hipnótica, los magníficos pasteles expuestos.

Aprovechando que, en ese momento, el negocio se encontraba vacío, le dije al encargado que salía a fumar un cigarrillo y tomar un poco el aire.

Me sitúe a su lado y ella no se percató de mi presencia.

- Hola, le dije. Dio un respingo, como si la hubiera despertado de un sueño profundo.

Me miró, asombrada quizá, de que alguien desconocido le dirigiera la palabra.

- No eres de aquí, ¿verdad?. No, claro, no tendría sentido, si no, que llevaras una maleta.

Ella sonrió, era más un intento que un gesto, pero iluminó su cara y vi que era mucho más joven de lo que me había parecido en un principio.

- No, soy de un pequeño pueblo de la Bretaña.

- Y, ¿como se te ha ocurrido venir a París en tiempos tan convulsos?.

Volvió a sonreír, esta vez de manera amplia:

- He venido para matricularme en la Sorbona. No esperaba encontrarme con estos acontecimientos tan graves. Mi ciudad es muy pequeña y no estamos tan al tanto de las noticias de la guerra.

- Pues, perdóname, pero no tienes aspecto de poder pagarte los estudios.

Ella puso cara de apuro y se miró en el vidrio del escaparate, enrojeció pero, aún así, me miró directa a los ojos sonriendo y con un ligero rubor en sus mejillas.

- Llevo aquí dos semanas y he gastado todo el dinero que había reservado para vivir hasta encontrar un trabajo. No he tenido suerte pero no tocaré el que tengo reservado para la Universidad.

Me enternecí, yo tampoco soy parisina y me recordó mi experiencia tres años antes.

- Tengo una propuesta para ti. Primero pasa, te invito a un café y un cruasán. Después iremos a la pensión donde yo vivo, compartiremos habitación y gastos. Mi antigua compañera se ha casado y yo no puedo hacer frente sola al alquiler. Te ayudaré a buscar trabajo y a gestionar tu entrada en la Sorbona que no es fácil. Yo ya llevo tres años estudiando allí.

Me observaba con el asombro pintado en la cara. Supongo que le habían advertido de lo peligrosos que éramos los habitantes de la gran ciudad. Creo que no sabía como reaccionar.

- ¿Por qué?, se limitó a preguntar.

- Porque hace tres años yo estaba en tu misma situación. Me hubiera ahorrado muchos problemas si alguien me hubiera ayudado. Me lo has recordado.

Volvió a sonreír con confianza. Comió con ansia. Luego le di la dirección de la pensión junto con una nota para Madame Julienne, la dueña.

Esperé hasta el cierre para hablar con el encargado de la pastelería. Intentaría convencerle de que le buscara un hueco a mi nueva amiga. Creí que justificaría su negativa aduciendo que, con la situación por la que atravesaba la ciudad, el negocio se estaba resintiendo mucho. Pero, para mi sorpresa, me dijo que no había problema. Estoy segura de que tenía una visión de las cajas registradoras llenas del dinero de los alemanes. Ya se sabe, "a río revuelto..."

No pude hablar con mi flamante nueva compañera hasta la mañana siguiente, cuando llegué dormía profundamente.

Despertó hacía las ocho de la mañana. Yo trasteaba preparando café, regalo de un antiguo novio estraperlista portugués, en un pequeño hornillo que se nos permitía tener.

Al verla mirándome le tendí la mano:

- Hola, mi nombre es Jacqueline, tengo 25 años y soy de Dijon. Estudio literatura francesa.

Fabienne sonrió.

- Hola, me llamo Fabienne, tengo 18 años y soy de Malestroit. Quiero estudiar Química.

Se me abrieron unos ojos como platos.

- ¿En serio?¿como te ha dado por ahí?, le pregunté.

Ella rio y contestó:

- Madame Curie tiene la culpa.

Le conté lo que había acordado con el encargado de la pastelería y la cantidad que debía darme para el alquiler. Le expliqué que no podíamos formalizar la matrícula hasta la primera semana de septiembre. Ella asentía muy seria pero yo podía ver la confusión reflejada en su mirada.

- Entiendo que son muchas cosas nuevas de golpe pero, tranquila, verás como poco a poco todo parece más fácil.

- Muchas gracias, Jacqueline. ¡No se que hubiera hecho sin tu ayuda!.

Yo la miré de manera taimada y le dije:

- No me agradezcas tan pronto que ya te cobraré. Reímos y me sentí acompañada por primera vez en tres años.

Salimos en dirección a la pastelería cogidas del brazo mientras nos explicábamos cosas de nuestras respectivas ciudades, ella más que yo puesto que hacía menos que la había abandonado. Era el 13 de junio de 1940.

Andábamos distraídas y no nos percatamos del revuelo que había a nuestro alrededor. La ciudad había permanecido durante días en una tensa espera. Las calles permanecían medio vacías la mayor parte del tiempo y al bullicio habitual lo sustituyó un silencio extraño, como de velatorio de un ser querido.

Al llegar al local observamos corrillos de gente cuchicheando por todas las esquinas.

- ¿Qué demonios pasa, Alain?, le pregunté al encargado.

- ¿No te has enterado?. Los alemanes están a las puertas de la ciudad. Han avisado que mañana harán su entrada con un desfile por los Campos Elíseos.

Y así, el 14 de junio de 1940, las calles de la Ciudad Luz fueron mancilladas por las botas y el paso de la oca de un ejército, que había repartido muerte y sufrimiento allí por donde había pasado.

En cuanto a Fabienne y a mi nos esperaban días extraños, llenos de sacrificio y peligro, pero también de aventuras y pasión.

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