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Résistance. Capítulo 1

Nací en un pequeño pueblo de la Bretaña francesa, allá por el año 1925. Mis padres, ganaderos, no tomaron mucho interés por mi educación. Me crie bastante asilvestrada. Un domingo, pasó por el municipio un vendedor de útiles de segunda mano. Los niños del pueblo seguimos el carromato y quedamos maravillados cuando, con un abracadabra, se abrió ante nuestros ojos la cueva de Aladino.  El interior estaba atestado de todo tipo de objetos, desde los necesarios para el menaje de casa, hasta aperos de labranza. Pero yo quedé subyugada por un rincón. Perdido en lo más profundo y apenas iluminado por el sol que se colaba a través de una grieta en la madera de la pared, dormían, polvorientos, un montón de libros. Mientras los otros niños corrían y gritaban riéndose del vendedor ambulante, yo no me había movido, con los ojos muy abiertos, llenos de curiosidad, atrapados en aquel punto perdido entre montones de ropa. Mi actitud no pasó desapercibida para el buhonero, que se aproximó a mi con esa sonrisa ladina del que pretende encajarte lo que lleva siglos sin conseguir vender.

- ¿Té gustan los libros, chica? Té los vendo todos por un módico precio, casi regalados. Ve a hablar con tu padre y vuelve. Yo te los guardo.

Volví despacio a mi casa, intentando armar argumentos que pudieran convencer a mis padres de gastar dinero en algo que considerarían inútil.

De golpe se me ocurrió, no tenía que hablar con ellos si no con mi hermano mayor. Era él el que había sido premiado con el derecho ha cursar estudios superiores, aunque, como era bastante lerdo, no había conseguido aún aprobar el examen para ir a la Universidad.

Estaba, como siempre, en la taberna del pueblo, bebiendo vino y rondando a la tabernera, que era algo ligera de cascos.

- Paul, ¿me haces caso cinco minutos?.

- Claro que sí, pequeña fiera. ¿En qué lío te has metido?.

Sí, la verdad es que, a pesar de todo, yo adoraba a Paul. Nos llevábamos 12 años y siempre había sido mi salvador, me había librado de más de un castigo gracias a él. Y él recibió más de un cachete dirigido a mi.

- ¿Has visto el carromato del buhonero?.

- ¡Ummmmm! Sí. ¿Por?.

- Hay algo allí que quiero y nuestros padres ni me van a escuchar si se lo pido. En cambio a ti...

- ¿Y es?.

- Libros.

- ¡Vaya! Mi pequeña salvaje quiere...¿un montón de libros viejos?.

- ¡No seas malo, Paul!. Tengo curiosidad. Nunca he tenido un libro mio. En el colegio usábamos los de la biblioteca.

- ¿Y que me darás a cambio de ese favor?.

Me miraba con aquella sonrisa encantadora, algo socarrona. Yo sabía que el precio era barato. Salí corriendo hacía él, le di un abrazo y un beso bien sonoro. El rio, su risa era alegre y despreocupada.

- ¡Ay, mi pequeña salvaje, sabes muy bien como convencerme!.

No quise acercarme a casa en toda la tarde para que no notarán la ansiedad en mi cara. La única regla que no podíamos romper era estar todos en la mesa a la hora de la cena, así que, a las siete estaba sentada en mi sitio, limpia y peinada. Mi madre trasteaba en la cocina pero no había rastro de mi padre y de Paul.

De repente les oí hablar en el porche.

- De verdad, hijo, no se que utilidad pueden tener estos libros para tus futuros estudios.

- Leer abre la mente, papá.

La puerta se abrió y aparecieron los dos. Mi hermano cargaba un montón de tomos de aspecto bastante envejecido y maltratado.

Me miró con complicidad y dijo en alto, aunque el comentario fuera dirigido a mi:

- Voy a dejarlos en mi cuarto, debajo de la cama.

- Bueno, dijo mi padre, al menos he conseguido sacárselos al buhonero por un precio ridículo.

Esa noche comí tan poco y tan rápido que mi madre pensó que estaba enferma. Pero no podía esperar más para saber de que trataban mis adquisiciones.

Me senté en el suelo de la habitación de mi hermano y extraje el bulto atado con una cuerda, como si frotara la lámpara mágica. Esperaba historias fantásticas que me transportaran a mundos desconocidos.

La gran esperanza de mi imaginación se quedó en un montón de volúmenes de una Enciclopedia. Al principio me sentí muy decepcionada, no había encontrado aquellas aventuras que tanto deseaba leer. Pasado ese primer momento, la curiosidad me pudo y hojee el primer tomo. A medida que avanzaba desentrañando y digiriendo toda la información que, por casualidad había caído en mis manos descubrí un mundo que nunca pensé que existiera. Las matemáticas, la física, la química... Dentro de mi germinó una semilla que creció de manera espontánea y desproporcionada, el deseo del conocimiento. A la vez que me introducía en el mundo de la ciencia, entre en perfecta comunión con un personaje, Madame Curie. Se convirtió en mi referente, mi meta. Era la mujer que yo quería ser.

Tomé, pues, una firme decisión.

A la mañana siguiente, agarré uno de los volúmenes, el que iba de la P a la R, y con él bajo el brazo me escabullí por la puerta de la cocina antes de que mi madre se diera cuenta de que no había desayunado.

Llegué la primera pero no antes que la Señorita Madeleine, que era lo que yo pretendía. Cuando entré en clase, ella estaba escribiendo la lección del día en la pizarra. Se giró sorprendida de que alguien llegara a una hora tan temprana y se asombró aún más si cabe cuando vio que era yo.

Siempre admiré a mi profesora. Era de mediana edad, debía rondar los cuarenta y muchos, pero conservaba perfecta la lozanía de la juventud en su cara. Tenía una piel blanca como el alabastro, teñida por un ligero rubor la mayor parte de las veces artificial. La melena castaña, larga y sedosa, la mantenía sujeta en un moño bajo.

Sus ojos negros mantenían una luz interior de pasión, de entusiasmo que no se correspondía con su actitud siempre serena, siempre tranquila. Nunca la vi con atuendo diferente a una falda de tubo negra por debajo de la rodilla, una camisa blanca y una rebeca de color beige sobre los hombros.

Pero era su lenguaje corporal el que hacía que la admirara tanto que, a veces, la imitaba cuando nadie me veía. Sus movimientos eran pausados, fluían como las aguas mansas de un río y la seguridad en si misma, implícita en cada uno de sus gestos, llamaban la atención en cuanto hacía acto de presencia.

Como yo, todos los alumnos a los que había educado en sus veinte años de profesión, la adoraban hasta la reverencia.

- ¡Fabienne! ¿Qué haces aquí tan pronto? ¿Ocurre algo?.

- Señorita Madeleine vengo a pedirle algo que es muy importante para mi.

Y puse encima de su mesa, el tomo de la enciclopedia, abierto en la página de la definición de la palabra "Química".

Ella me miró con curiosidad mal disimulada.

- Tú dirás.

- Como sabe, mis padres me dejan cursar solo los estudios elementales ya que, después, mi obligación será ayudar a mi madre hasta que encuentre marido. Mi hermano Paul es el que está destinado a realizar una carrera universitaria. Pero, Señorita Madeleine, yo quiero estudiar química, o física, o matemáticas. Quiero ser como Madame Curie.

- Un deseo muy loable, Fabienne, pero ¿como puedo ayudarte yo?. Aunque lo intentara, dudo mucho que pudiera convencer a tus padres.

- Lo sé. Lo que le pido es que me enseñe. En casa están acostumbrados a que yo este todo el día deambulando por ahí. Mientras esté en casa a la hora de las comidas y la de dormir, no me echarán de menos. ¿Usted me daría clases fuera de horario?.

Ella me miró con la ilusión pintada en la cara y la llama de sus ojos negros relució por un momento.

- Estaré encantada. Te ayudaré hasta donde mis conocimientos me permitan. Luego... Cruzaremos ese puente cuando lleguemos. Por ahora nos queda mucho trabajo que hacer.

Así me embarqué en un proyecto que no sabía donde me llevaría pero, y estaba completamente segura de eso, se iba a convertir en el único objetivo alrededor del cual iba a girar mi vida a partir de ese momento.

Durante tres años dediqué todo mi tiempo a estudiar. Absorbí todos los conocimientos que la Señorita Madeleine puso a mi disposición y, luego, todos los que pudimos extraer de libros especializados. Ella, no sé en que momento, dejó de ser mi profesora para convertirse en mi colaboradora, mi amiga.

Una tarde de 1940, Madeleine cerró el libro que yo tenía delante, me miró muy seria y me dijo:

- Fabienne ha llegado el momento de cruzar el puente. Tienes que hablar con tu padre. Aquí ya no hay nada más para ti, tu única oportunidad es matricularte en la Sorbona.

En mi casa habían ocurrido muchas cosas en el último año. Cuando el 1 septiembre de 1939, los nazis invadieron Polonia, en mi pequeño pueblo nos enteramos por la radio y no le dimos demasiada importancia. Era algo que nos quedaba lejos y la vida continuó como si nada. Excepto para una persona.

Mi padre, cansado de que mi hermano Paul dedicara su tiempo y el dinero que le daba a mujeres y vino, le lanzó un ultimátum. Si no se ponía a estudiar como un loco, lo enviaría a la montaña a cuidar de las ovejas y no le permitiría bajar más.

Al verse entre la espada y la pared, de manera espontánea, la llama del patriotismo inflamó su alma. Decidió alistarse en el ejército. Yo no entendí su decisión así que, fui a pedirle explicaciones. Entre en su habitación como una tromba, hecha una fiera. Me planté delante de la cama donde permanecía tumbado y le grité:

- ¿Es qué acaso te has vuelto loco?.

El me miró con su sonrisa socarrona, con aquella calma que hacía que me enojara todavía más y, con voz dulce me pregunto:

- ¿Qué te pasa mi pequeña fierecilla? ¿Por qué estás tan enfadada?.

- ¿Qué se supone que pretendes conseguir alistándote, Paul?.

- ¡No me riñas!. ¿Te imaginas lo guapo que voy a estar con el uniforme?.

Le miré echando chispas por los ojos. El se puso serio por primera vez.

- Me ahogo aquí, mi pequeña. Papá pretende que haga algo que nunca podré pero tampoco quiero quedarme atado a esta granja, a este pueblo para siempre. Necesito ver mundo, conocer a otras personas...

- ¡Conquistar otras mujeres!, le interrumpí.

Él rio y sus carcajadas fuertes, alegres, francas inundaron la habitación desmontando mi enfado.

- Mi amor, yo puedo ser muy tonto pero, puedo ver que tienes un gran futuro por delante. Eres la persona más inteligente y más luchadora del mundo. Tienes que ir en pos de tus sueños sin permitir que nada ni nadie se interponga. Y como a ti, también a mi me corresponde correr tras los míos. Yo estaré siempre orgulloso de ti como lo estoy ahora.

Me abrazó y me besó fuerte, como cuando era pequeña y lloraba en las noches, presa de las pesadillas.

- Te quiero, Paul, le dije, y como permitas que algo te pase, ¡te mato!.

- Tranquila, fierecilla, estoy acostumbrado a sobrevivir.

Fue la última vez que pude sentir el calor del cuerpo de mi querido hermano, ver su preciosa sonrisa despreocupada y luminosa, oír su voz fuerte y varonil.

Tuvimos el terrible honor de ser de las primeras familias en recibir el fatídico telegrama. Ese que, a partir de entonces, recibirían millones como nosotros. En él se nos informaba que Paul había muerto en una incursión en Holanda.

A partir de ahí mis padres perdieron el gusto por la vida. Se movían por la granja como almas en pena, sin hablar. La tristeza se instaló en todos los rincones, de tal manera, que hasta acabó afectando a los animales. En un visto y no visto, mi padre perdió sus rebaños, víctimas de la enfermedad y de la falta de cuidados.

Una noche, a la hora de cenar, con infinita tristeza, me dijeron que habían decidido vender la granja. Mi padre me habló como nunca antes lo había hecho, con una mirada directa y todo el amor de su corazón en la expresión.

- Fabienne, para nosotros la vida a dejado de tener sentido. Mantener la granja sin nadie a quien dejársela, tampoco lo tiene. Sabemos por la Señorita Madeleine que eres una estudiante muy prometedora así que, hemos decidido venderlo todo. Con el dinero que nos den compraremos una casa con un pequeño terreno para huertos. Allí estaremos tranquilos lo que nos quede de vida. Te daremos a ti el resto del dinero para que puedas ir a estudiar a París. Haz que nos sintamos orgullosos de ti.

Yo me había quedado sin palabras. Nunca pensé que mi futuro, de alguna manera, estuviera en el pensamiento de mis padres.

Y así, casi sin darme cuenta, embarcada, como todos, a merced de los embates del destino, recogí mis pocas pertenencias y abandoné el único mundo que hasta entonces había conocido.

Era el verano de 1940 y París acababa de ser declarada "ciudad abierta".

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