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Rendición al convencionalismo social

Siempre fui un niño diferente, no raro, sino con mas sensibilidad quizás.
En mi pandilla de la infancia éramos 5, ya planeaba formar nuestro propio equipo federado, para el que creamos nuestro escudo oficial y un nombre, Los Mini Pinis CF. Siempre soñé con construir esa cabaña de madera que todos hemos deseado tener, y logré contagiar mi entusiasmo a mis amigos. Nos pusimos a la obra en más de una docena de ocasiones a lo largo de los años que estuvimos allí. No teníamos ni idea, pero no cesábamos en nuestro empeño. Reclutábamos los clavos y martillos que había por casa e íbamos a los contenedores de obra a buscar listones de madera... También intentamos crear un perfume que nos haría millonarios, con tomillo y alcohol. No eran ideas de humo, sino que las intentábamos materializar con todas nuestras fuerzas. Tenía un espíritu inquieto, necesitaba crear cosas y me encantaba dirigir aquellos proyectos. No me gustaba jugar sin más, quería algo más.

Tenía 16 años cuando empecé a preguntarme para qué veníamos al mundo, no podía creer que el sentido de nuestra existencia fuera el mismo generación tras generación. Trabajar, formar una familia, comprar casa, coche y televisión y morir. ¿Eso era todo? Algo tan complejo como la humanidad, ¿y nos conformábamos con eso?

Cumplí 20 y para entonces tenía muy claro que no me conformaría como la mayoría, necesitaba desmarcarme y comerme la vida, lejos de los convencionalismos que imperaban en mi entorno social. La mayoría de mis amigos, sin embargo, se conformaban con la existencia cliché, que cumpliera simplemente con la aceptación general.

Tenía inquietudes, que no sabía materializar solo, que no podía emprender por ese miedo que te impone la colectividad social. Miedo que me hizo en gran parte ceder a lo que marcaban los precedentes o la costumbre impuesta. Estudiar una carrera con "salidas", conseguir un buen trabajo... Todo para el día de mañana ser un hombre de provecho, un hombre que podía comprarse una TV enorme, un coche lustroso y una casa a todo lujo... Era consciente de cómo habían calado los valores y forma de vida que siempre habían regido porque sí, y que casi nadie se cuestionaba. Pero a pesar de estar en el "camino" socialmente correcto, tenía claro que el dogmatismo moral impuesto no iba conmigo, que los ideales de vida los crean individualmente las personas, a través de sus pasiones  e intereses.

"No debemos someternos a la moral del rebaño", dijo Nietzsche, pero aunque no queramos, el rebaño nos acaba sometiendo a su moral. Esa idea del superhombre, que rechazaba el sometimiento, era tan difícil de conseguir... Me di cuenta de que la realidad es que nos hemos encontrado con los valores ya creados, con los estilos vitales ya estipulados.

Toda esa energía, ese inconformismo innato me mantuvo alerta, me llevó a una felicidad pasajera durante algunos años, imposible de mantener. No te deja disfrutar de la vida de cliché a la que estás encadenado, siempre te cuestiona. No tuve más remedio que librarme de aquello, que dejarlo ir... el rebaño me había ganado el pulso.

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