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Proyecto Nature One

Hacia 135 años que el meteorito Los Ángeles se había estrellado en la que fuera su ciudad homónima. Como resultado del gigantesco impacto los habitantes de la Tierra habían visto desaparecer el cuadrante correspondiente a Norteamérica, y la Europa Occidental y Asia Oriental habían sido inundados por los repetitivos tsunamis que se produjeron durante los meses siguientes. Centroamérica no había salido mejor parada, las placas tectónicas del Caribe y de Cocos se habían desplazado provocando una cantidad incierta de terremotos y activando volcanes que llevaban siglos sin echar humo. Por si fuera poco las alteraciones en la corteza del planeta habían abierto el camino a gran cantidad de gases tóxicos que ahora rondaban la atmósfera. Fatalidades que empujaron a las sociedades a reconstruir sus ciudades bajo tierra, siempre temiendo otro impacto como aquél.

Tras 135 años habían llevado a cabo grandes avances en las ingenierías subterráneas. En un principio la luz llegaba de simples fluorescentes pero ahora ya contaban con sistemas de imitación del sol que aportaban las vitaminas necesarias. Todo un logro. La ciudad que más avances había alcanzado era Moscú. O más bien la Moscú bajo tierra, que se había convertido junto con Beijing en una especie de capital mundial. Algo así como la Roma y Constantinopla de las que hablan los libros.

Entre los proyectos de investigación que se llevaban a cabo destacaba el Proyecto Nature One, encargado de tomar muestras de fauna y flora de la superficie para ver las mutaciones sufridas para su adaptación en la nueva atmósfera planetaria. Miles de especies no habían sobrevivido al meteorito pero otras muchas sí y los humanos necesitaban saber cómo para intentar adaptarse de nuevo al planeta Tierra, que por el momento era territorio hostil. Así cada cierto tiempo un grupo de científicos era enviado a la superficie para recoger las muestras que luego eran estudiadas en el laboratorio.

Abel había sido uno de los seleccionados para la nueva misión del proyecto. Era un hombre de naturaleza curiosa, siempre en el laboratorio con investigaciones y pruebas, cuestionándoselo todo. Vivía en la antigua región conocida como Oriente Próximo, en la ciudad subterránea de Ankh-Abur, antes llamada Kabúl. En aquella zona las pruebas del Proyecto Nature One habían llegado a sorprendentes hallazgos con los reptiles, que parecían haberse adaptado a las circunstancias de forma ejemplar. No se podía decir lo mismo de las especies que poblaban los bosques de Nuristán. Sin embargo, esta vez, las instrucciones desde Moscú habían sido bastante inesperadas. La zona a estudiar estaba situada más allá de los límites explorados, lo cual, siendo inusual de por sí, no era lo más raro. Lo extraño radicaba en que la región era el antiguo techo del mundo, llamado Himalaya, situado entre los territorios controlados por Moscú y Beijing. Y todo el mundo sabía que a pesar de las excelentes relaciones de ambas capitales, nadie quería que apareciese una frontera entre ellos. Por aquello de que la distancia y el poco roce mantenían los vínculos en aquella burbuja idílica. Pero ahí estaban las instrucciones: un reducido grupo compuesto por tres exploradores y dos científicos irían al Himalaya a estudiar la situación.

El hecho de que hubiera regiones aún sin explorar se debía más a un factor técnico que a otro motivo. Las regiones de difícil acceso se habían convertido en lugares aislados del Nuevo Mundo. Y Abel tenía una fascinación especial con Sudamérica, había leído cosas maravillosas sobre el lugar y cómo biólogo no dejaba de soñar con un antiguo territorio llamado Amazonas. Pero tras el meteorito las comunicaciones se habían reducido al ámbito terrestre. En ese campo se habían producido avances notables, la red de trenes desde Moscú a todo su territorio era asombrosa, y los convoyes de exploración llegaban a casi cualquier lugar. Pero no había nada por mar o aire, lo que hacía imposible llegar hasta Sudamérica, y eso hacía que Abel lo deseara aún más. Siempre había soñado con viajar y descubrir una especie nueva, pasar a formar parte de los libros de historia. De pequeño había leído que antes de la catástrofe los humanos habían salido al espacio, sus nombres eran inmortales. Quería ser como ellos, un pionero, un héroe.

Y aquí estaba su oportunidad. Iría a un territorio sin explorar. Sus cuatro compañeros provenían de distintas partes del bloque de Moscú y estaban tan emocionados como él, aunque lo mostraron bastante menos. Los exploradores habían tenido su importancia en los inicios del Nuevo Mundo pero ahora eran un grupo venido a menos, este trabajo le devolvería algo de esplendor al trabajo de explorador. El otro científico provenía de Moscú y como todos los moscovitas era algo estirado y engreído.

Abel preparó sus maletas con suma dedicación, no quería echar de menos ninguno de sus instrumentos, eran vitales para su investigación. La salida del convoy fue según lo previsto y pronto pasaron ante sus ojos los kilómetros que los separaban de la Cordillera de Karakórrum, su objetivo a explorar. El protocolo estándar se basaba en buscar una cueva e instalarse en la primera cámara con las carpas esterilizadas que los aislarían de los gases externos.

El primer día de trabajo fue bastante excitante, los exploradores salieron varias horas antes para registrar el perímetro de la cueva, con todo bajo control volvieron a por los científicos. Al ser un terreno inexplorado antes debían tomar muestras de la tierra, agua, todas y cada una de las plantas que encontraban. Las plantas habían sido la gran revelación evolutiva tras el meteorito. Se adaptaron rápidamente y aunque muchas especies desaparecieron habían dado paso a otra nueva flora. Allí en Karakórum las plantas era sorprendentemente parecidas a las que habían sobrevivido, especies del mundo de antes.

Los días de investigación siguieron, recolectando, ampliando el perímetro de observación. Sabía que los exploradores iban mucho más allá que los científicos pero no le importaba pues los trajes de superficie no te convertían en alguien muy ágil y había visto las irregularidades del terreno. A medida que pasaban los días las tensiones en el grupo fueron apareciendo. El poco espacio personal, la falta de una comida decente, las bajas temperaturas, eran cosas que iban calando en el grupo. Su compañero científico era más que engreído, ni siquiera compartía con él sus descubrimientos o conjeturas, lo que iba en contra de las directrices del Proyecto Nature One. Y Aunque había estado emocionado ante la idea de trabajar en un área inexplorada ahora se daba cuenta de los inconvenientes y problemas que suponía vivir a miles de kilómetros de otro grupo humano. No era una sensación hermosa.

Aquel día de trabajo se encaminó a un sendero que había observado el día anterior. Quería buscar heces pues un camino así era señal de animales de gran tamaño. Tomó el camino y empezó a avanzar. El paisaje era espectacular. Aquellas cumbres habían estado coronadas por la nieve pero los gases habían calentado la atmósfera y derretido el hielo que pasó a ser un mar. El Gran Mar de India lo habían llamado en homenaje al país que inundó. Ahora lo que veías eran montañas verdes que parecían anunciar la vida en todas sus expresiones. Mientras iba pensando en la belleza y brutalidad de lo que tenía delante se percató de que estaba en una zona desconocida. Mierda, se había perdido. Y entró en pánico, ¿cómo le había pasado aquello? sólo había salido a por alguna muestra, no era su intención alejarse demasiado ¿en qué había estado pensando? En una nueva especie, en lo que pensaba siempre. Salir en la portada del Moscú Nature como un héroe mundial. Ahora si caso saldría en las necrológicas. La botella de oxigeno incorporada al traje no le duraría para siempre. Presa del pánico se puso a gritar y llorar a sabiendas de que era imposible que alguien le oyera allí. A esto le había llevado la necesidad de protagonismo. Era tarde para ello pero había comprendido que no era necesario el reconocimiento para ser un héroe. Trabajaba duro por el bien de la sociedad, y soñaba con mejorar día a día ¿es que acaso no era ya un héroe? Y tras estos pensamientos se durmió, con la certeza de que sería la última vez. Sus sueños fueron los más raros de su vida, pero poco a poco fue despertando y tomando conciencia de su cuerpo. No estaba muerto. Oía ruidos y sentía un fuego cercano. Cuando abrió los ojos vio que no tenía el traje puesto, alguien se lo había quitado, y estaba respirando en el exterior, nada de tiendas de ambiente esterilizado, aquello sí que era el final. Y de pronto lo vio. Al otro lado del fuego había un hombre.

Sus rasgos eran extraños pero sin duda era un persona, con grandes ojos y una gran nariz chata.

– ¿Hola? – Sabía que era un estúpido intento de entablar conversación pero no sabía que decir. En ese momento sus creencias se estaban desmoronando. El extraño contestó con una serie de silbidos que no aclararon nada a Abel. Sin que este pudiera reaccionar el hombre apagó con tierra el fuego y se puso en marcha. Abel dudó unos segundos pero en seguida comprendió que la única acción inteligente era seguirlo.

Estaba fascinado, ¿que hacía allí aquel extraño? ¿vivía allí? ¿habría ciudades bajo la montaña desconocidas en Moscú? Mientras pensaba en estas cosas llegaron a un claro donde había edificaciones del antiguo mundo. En muy buen estado pensó Abel. Y entonces se percató. Gente empezó a salir de aquellas construcciones. Nadie usaba trajes especiales, parecían cubiertos con pieles de animal. No parecían preocupados por los gases en absoluto. Y lo comprendió. No estaban preocupados porque se habían adaptado. Él llevaba horas sin el traje y no había muerto lo que significaba que las dosis de toxina en el aire no podían ser muy elevadas y esta gente había conseguido adaptarse a esas dosis. No se lo podía creer.

Sí que saldría en el Moscú Nature finalmente, aunque no por una especie nueva. Había encontrado el eslabón perdido. La humanidad podría salir de sus cuevas. Podían soñar con un mundo nuevo.

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