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Por Dignidad

Y lo sé, lo supe siempre, que se acuesta con cualquiera, pero la conocí hace mucho tiempo y, desde entonces, se convirtió en mi refugio, mi salvación. Es el cimiento sobre el que se asienta mi vida, fuerte, inamovible. Es mi oxígeno para respirar. Es la brújula que me señala el Norte y que hace recto mi camino. Es mi cura en la enfermedad, la alegría de mi tristeza infinita, negra, constante. Es el hilo del que pende mi existencia. Es la luz que persigo y que me obliga a seguir recorriendo el sendero. Cuando ella no está, solo quiero tumbarme al costado y dormir para siempre.
Mi amor me concedió el privilegio de ser su compañero. Me eligió por encima de todos los demás. Me quiso en su día a día. Prefirió que fuera yo el guardián de sus virtudes escondidas. El que satisficiera sus necesidades terrenales. El único testigo de su frustración o su tristeza. El que curara las heridas de sus excursiones nocturnas. El que, con amor, aplacara el hambre que otros hombres no podían saciar.
Teníamos 15 años y ella era la reina del Instituto. Los chicos la perseguían constantemente y las chicas peleaban por ser sus amigas. Era popular, extraordinariamente bella, su voz profunda y sus gestos naturalmente sensuales nunca pasaban desapercibidos.
Yo, en cambio, era aquel chico oscuro, un alma tibia e insignificante. Un estudiante mediocre, un ser humano mediocre. Trataba de esconder mi cara anodina tras unas enormes gafas de culo de botella. Nadie me veía, nadie reparaba en mi.
Ella estaba allí en lo alto, muy lejos de mi.
Pero yo podía distinguir la luz febril de sus ojos. La ansiedad de la búsqueda constante de una paz que nunca se consigue. Que es esquiva como el amor verdadero.
Y un día, la encontré tirada en un callejón, sucia, borracha, mortalmente triste, sumergida en un llanto histérico.
- ¿Qué buscas?. Le pregunté.
- A ti. Me contestó.
Desde ese día estamos juntos.
Después de la vorágine, encuentra la paz que busca en la seguridad de mis brazos y yo vivo con el latir de su corazón emparejado con el mío.
No me molesta besar unos labios mancillados por cientos de labios anteriores a los míos. No me importa recorrer con mis manos una piel sucia de cientos de manos anteriores a las mías.
En mi cama es solo para mi y es diferente a la que está con otros. Porque esa solo me quiere a mi.
Un día se cansara de salir a buscar otros hombres y, entonces, envejeceremos juntos y felices por fin.

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