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París 2190

por
Manuel Paleteiro Ortiz


 
En el año 2190 la población mundial había alcanzado los veintiséis mil millones de habitantes y, a fin de frenar el crecimiento, durante más de cien años las autoridades ejercieron un férreo control de la natalidad al tiempo que, con el fin de mejorar la especie, permitieron la aplicación de avanzadas técnicas eugenésicas que dieron como resultado neonatos más sanos y más perfectos, con una esperanza de vida superior a los ciento diez años; la consecuencia de esta política fue que el censo dejó de crecer pero a costa de una inversión en la pirámide de población, es decir, había más viejos que jóvenes. Por esta razón, frente a una población cada vez más envejecida, los dirigentes mundiales decidieron que había que reducir la esperanza de vida de los ciudadanos sin menoscabar la salud ni el estado de bienestar de la sociedad, es decir, hacer que la gente viviera lo más sana posible –para no incrementar el gasto de la seguridad social en curaciones− pero que muriera antes. Para ello, el Presidente Supremo y los Presidentes de las cinco naciones a las que había quedado reducida la geografía del planeta tras la celebración de la G.U.A. (Great Universal Assembly - Gran Asamblea Universal) en el año 2105, asistidos por sus consejeros, tuvieron varias reuniones en las que se hicieron diversas propuestas; el presidente europeo propuso aplicar un programa secreto a nivel mundial de falsos diagnósticos de enfermedades mortales a los mayores de noventa años para así fomentar  e incrementar el número de eutanasias voluntarias en el Servicio Oficial de Eutanasias del Estado, que ya funcionaba desde hacía veinticinco años con el nombre que la ironía popular le había adjudicado de Servicio “Feliz Viaje”; al presidente americano le parecía buena idea pero añadía que, además, se aplicara a todo aquel que tuviera más de cincuenta años y llevara más de seis años cobrando el subsidio de desempleo; al ruso tampoco le parecía mal las dos fórmulas pero proponía que aquella que se adoptase se aplicara exclusivamente a los posibles disidentes con el sistema, a los que habría que ir descubriendo mediante test psicológicos obligatorios; tanto el africano como el indoaustralasio tampoco se oponían a ninguna de estas soluciones pero insistían en que la solución que se adoptara solo debía aplicarse a las mujeres. Como quiera que todos los consejeros sociales y los de seguridad ciudadana desaconsejaran a sus respectivos Presidentes la aplicación de estas soluciones por ser excesivamente traumáticas y en la seguridad de que con el paso del tiempo el pueblo lo descubriría, se corría el riego de que la gente, al ver amenazada su vida, despertara de su secular letargo y se produjeran levantamientos populares de protesta. Al final alcanzaron un acuerdo menos dramático, posponiendo las medidas sugeridas por los presidentes para el caso de que no funcionaran las que se iban a aplicar ahora; el resultado fue la promulgación de una ley por la cual todo aquel que cumpliera los noventa años dejaba de recibir asistencia médica y medicamentos curativos del sistema estatal de la Seguridad Social; solo se le dispensaban analgésicos y otros remedios paliativos. Las medicinas se podían conseguir en el mercado negro pero tenían precios astronómicos y únicamente quedaban al alcance de las economías más poderosas; los pobres solo tenían dos opciones, o esperar resignadamente la llegada de la muerte o recurrir al servicio gratuito de eutanasia que la Seguridad Social ofrecía a los mayores de noventa años. Por cierto, que el Estado obligaba a los familiares a renunciar expresamente al cuerpo del eutanasiado y las malas lenguas decían que los cadáveres eran aprovechados en las fábricas estatales de carnes sintéticas. Una vez constituidos tras la G.U.A., los cinco macro-países intentaron igualar sus niveles de consumo tomando como modelo a los llamados países del primer mundo pero se vio que los recursos alimenticios del planeta eran insuficientes para seguir el ritmo del consumo que se había seguido hasta ahora en estos países y, en consecuencia, los países que hasta ahora habían consumido en exceso debían sacrificarse en beneficio de los que durante más de tres siglos habían sido menos favorecidos. Los nutricionistas calcularon que para mantener ese nivel de consumo en toda la población terrestre eran precisos seis planetas Tierra. Cuando se vio que ese reparto igualitario suponía un gran recorte a las formas y niveles de vida que durante siglos habían mantenido los llamados países ricos –que no eran ricos sino que se habían enriquecido a costa del sacrificio de los pobres, que eran los que realmente poseían los recursos naturales− los técnicos y los científicos se pusieron a trabajar y comenzaron a producirse alimentos sintéticos; carnes, pescados, frutas y verduras empezaron a fabricarse industrialmente con tanto acierto e imitados tan a la perfección en su composición, aspecto, textura y sabor, que resultaban indistinguibles de los auténticos; incluso se mejoró su composición alimenticia haciéndolos aún más ricos en proteínas, vitaminas y minerales.

Arturo Cienfuegos, español de nacimiento, era uno más de los sesenta y dos millones de habitantes de Paris, la capital de la Confederación Mundial de Naciones, a donde había emigrado hacía setenta años junto con su novia Elisa. Su edad iba con el siglo. Había nacido el 3 de enero del año 2100 y hoy, 3 de enero de 2190, estaba celebrando su nonagésimo aniversario en compañía de sus tres hijos, sus dos nueras, sus seis nietos y sus dos biznietos. Había transcurrido seis años desde el fallecimiento de Elisa, su compañera sentimental y madre de sus hijos, y ese era el tiempo que hacía que no veía a su prole, pues desde la muerte de su madre no habían vuelto a visitarlo. En esta ocasión había tenido que llamarlos a todos muchas veces hasta conseguir la promesa de que acudirían a su cena de cumpleaños. No sabía con certeza por qué los había llamado, su salud era buena y no tenía ningún problema económico, solo sabía que había sentido la necesidad perentoria de hacerlo. Tal vez lo hubiera hecho por alguna inconsciente reacción de miedo frente a la perspectiva que se le presentaba a partir de ahora que cumplía sus noventa años. Sus últimos cinco años los había vivido en absoluta soledad y cuando rara vez recibía la llamada de alguno de sus hijos y le preguntaba por su salud, siempre terminaba la llamada con la petición de algún favor que, en realidad, resultaba ser el verdadero motivo de la llamada. Durante los últimos seis años, aún echando mucho de menos a su difunta pareja, había llevado bien su soledad pero esta noche, cuando tras la cena de celebración se despidió de su familia y cerró la puerta, la sintió como una pesada losa sobre sus hombros. Se quedó solo en su pequeño apartamento invadido por la decepción y la tristeza: ninguno de sus hijos había mostrado el menor interés por su nueva situación y ni tan siquiera le habían preguntado por su salud, a sabiendas de que, si a partir de ahora le apareciera una nueva enfermedad, no tendría acceso a los medicamentos necesarios para su curación.

Entró en la habitación donde tenía sus psicolibros y se sentó ante la mesa de su ordenador biológico con monitor holográfico, lo encendió y abrió la carpeta que contenía sus numerosos álbumes de hologramas. Quería dedicar el par de horas que le quedaban antes de irse a dormir a repasar su larga vida mirando algunas de las miles de holofotos que tenía archivadas y ordenadas por fechas y por acontecimientos, pero antes de abrir el primer álbum sacó su billetera de uno de sus bolsillos del pantalón y extrajo su vieja tarjeta de plástico de la Seguridad Social. Después de contemplarla durante un largo minuto, sacó una láser-tijeras del cajón de la mesa del bio-ordenador y la fue cortando en finas tiras, lenta y parsimoniosamente, con inexpresividad hierática, casi como si se tratara de un ritual; luego, con la misma lentitud, fue arrojando las tiras cortadas, una a una, a la papelera que tenía junto a la mesa; ya no necesitaría más su tarjeta sanitaria, había quedado fuera del sistema de la Seguridad Social nacional y no tenía derecho a asistencia médica ni a medicinas curativas, solo dispondría de analgésicos y lenitivos, que eran gratuitos y de libre consumo. En este momento la idea no le preocupó excesivamente, podría decirse que a sus noventa años gozaba de una relativa buena salud; tomaba a lo largo del día una docena de pastillas para sus dolencias, que consistían en una hipertensión moderada, una hiperplasia benigna de próstata y una afección cardíaca leve. Aparte de los que la farmacia le dispensaba mensualmente como beneficiario de la tarjeta sanitaria, su hijo José, en previsión de cuando llegara este día y corriendo un gran riesgo de ser severamente castigado por la ley con algunos años de cárcel, le había estado enviando a casa durante varios meses cantidades extras de medicamentos, hurtándolos en el Hospital General donde trabajaba de enfermero, habiendo llegado a acumular medicamentos para tres años de tratamiento. Cuando recibía estos medicamentos, lo hacía con la esperanza de vivir esos tres años sin que le surgiera una nueva enfermedad que le hiciera necesitar un nuevo medicamento. Le había prohibido a su hijo que siguiera abasteciéndolo ya que, a partir de ahora, lo tendría más difícil y los riesgos serían mayores; los hospitales tenían un sistema de control para evitar esta fuga de medicinas y la vigilancia se centraba con más intensidad en aquellos empleados que tenían familiares con edades superiores a los noventa años.

Había vivido tantos años y llevaba tanto tiempo pensando en la muerte que se había familiarizado con la idea y ya no le tenía miedo. El miedo a la muerte es cosa de jóvenes. Por su arraigado ateísmo, no esperaba disfrutar de una segunda vida llena de felicidad en un cielo protector ni sufrir un eterno suplicio en un terrorífico infierno tras la muerte. Estaba convencido que el último suspiro era la puerta al vacío, el paso del mundo material a la nada infinita y eterna; contemplaba con absoluta tranquilidad de espíritu el tránsito del ser al no ser. Ahora el concepto de vejez había cambiado y la gente llegaba a los ochenta años en plena forma física. La edad de jubilación se había fijado en los setenta y cinco años y él llevaba jubilado quince años. Ya no era un trabajador útil y hacía mucho tiempo que había dejado de ejercer de padre y no formaba parte de la vida de sus hijos; cada uno de ellos tenía su vida propia y ni lo necesitaban ni contaban con él para nada y, por añadidura, hacía seis años que su pareja había desparecido de su vida por lo que también había dejado de ser amante y compañero. Tampoco contaba con sus amigos; estos se encontraban viviendo en el seno de sus familias, absorbidos en el cuidado de sus nietos y biznietos o ayudando en algunas labores de sus casas. Los últimos años de su vida habían sido un continuo paso de “ser a no ser”, había dejado de ser todo aquello que durante tantos años le había dado color y sentido a su vida. Ahora no era más que un viejo inútil que vivía sin darle ninguna razón a su existencia. Se encontraba completamente solo y diariamente se enfrentaba a sus tristes soliloquios. Cada noche, al meterse en la cama, tenía la impresión de que el día había transcurrido en solo unas cuantas horas. Todos los días eran iguales, repetitivos, sin sorpresas, presididos por la monotonía. Desde que despertaba cada mañana sabía todo lo que iba a ocurrir hora a hora a lo largo del día. Ya no le apetecía asistir a las reuniones sociales, que le exigían dedicar a los demás falsas sonrisas y oír palabras huecas o expresiones fingidas, cargadas de tanta hipocresía y tan mal disimuladas que acababan levantándole el estómago; cada vez le costaba más esfuerzo comunicarse abiertamente con los demás. Diariamente daba un paseo mañanero por el cercano parque y, a ratos, se entretenía dando de comer a los pájaros de un cartuchito de semillas de alpiste que compraba en el quiosco del parque o leía unas páginas del psicolibro de bolsillo que siempre llevaba consigo. Los psicolibros eran parecidos a los libros electrónicos del siglo XX con la diferencia que ya no era necesario leerlos de forma consciente, bastaba con encender el libro, elegir el título que se quería leer y fijar la vista en el texto deseado para que instantáneamente se estableciera una conexión psíquica entre el libro y el lector; este oía en el interior de su cerebro y con las propias palabras del personaje, el contenido del relato y también sentía las emociones que el autor quería transmitir al lector. Cientos de miles de textos clásicos de los siglos anteriores se habían transcrito a psicolibros; ahora, cuando leías a Shakespeare, sentías en tu corazón el odio de Yago y los furiosos celos de Otelo; el odio del prestamista Shylock te atenazaba las entrañas, y el miedo de Antonio, el mercader de Venecia, al enfrentarse a la ejecución de su condena te cortaba la respiración; o te invadía el odio de Aquiles hacia Héctor, el matador de su amado Patroclo, y el amor prohibido de Paris y Helena te inundaba el alma cuando leías a Homero.

Eligió el álbum rotulado “Elisa – Marzo 2142”. Pulsó el interruptor y apareció un mosaico de fotos y psicovídeos holográficos; activó el primer elemento e inmediatamente se formó un primer holograma delante de la pantalla del monitor, flotando a cincuenta centímetros de su cara. Era un psicovídeo de corta duración y se había grabado con la cámara fija en un punto. Inmediatamente oyó en su interior la cantarina e inconfundible voz de su difunta compañera Elisa; estaban en el borde de un bosque y corrían por el sotobosque riendo y persiguiéndose entre cornejos cargados de cerezas silvestres y espinosos acebos de poco porte hasta que él la alcanzaba y caían abrazados rodando sobre una alfombra de musgo rodeada de helechos y allí, en aquel mullido lecho, cambiaban sus risas por besos. Durante todo el tiempo que llevaba de viudez no se había atrevido a mirar aquellos videos por miedo a que le produjeran un dolor lacerante en lo más profundo de su alma y ahora descubría que la visión de aquellas escenas no era dolorosa en absoluto. Cuarenta y ocho años después volvía a revivir aquellos sentimientos y sensaciones con la misma intensidad y frescura que entonces; oía la respiración de su amada y sentía en su cuello su cálido aliento mientras le mordisqueaba la oreja y después la besaba con ardor en los labios; volvía sentir el erótico contacto de sus lenguas y la presión sobre su pecho de sus duros pezones enhiestos por el deseo. El siguiente psicovídeo estaba rotulado como “Niños – Abril 2154” y se veía a Elisa, llevando a José, de muy corta edad, atado a sus espaldas, y los dos niños mayores, cargando sus mochilas y armados con sus bastones de senderismo, que subían por una ladera cantando una canción rítmica para marcar el paso, y se volvían al culminar el repecho saludándolo con las manos y gritando: «Ánimo Papá que ya casi has llegado». Oía sus voces y sus risas en su cerebro y sentía su alegría en lo más profundo de su corazón. Después de tanto tiempo negándose a hacer incursiones en sus álbumes pensando que había escenas que, a fuerza de añoranzas, le traerían recuerdos dolorosos, comprobaba que todas las escenas contempladas solo le habían provocado sentimientos de amor y de ternura. De repente se le ocurrió la idea de montar un reportaje psicoholográfico de unos treinta o cuarenta minutos de duración, combinando cronológicamente las escenas más emotivas. El montaje le resultó relativamente fácil, no tuvo que rebuscar entre los álbumes para ir eligiendo, solo tuvo que ir directamente a cada una de las escenas que más le gustaban y que tantas veces había contemplado; algunas las tenía señalizadas y las demás sabía de memoria donde se encontraban. En todas las escenas elegidas sus hijos eran pequeños y su amada Elisa lucía sus mejores encantos juveniles. Estaba claro que los años de la niñez de sus hijos fueron los más felices de su vida. Cuando terminó el montaje eran las cuatro y veinte de la madrugada. Apagó el ordenador y se fue a la cama.

Durante el resto de la noche tuvo un sueño inquieto y se levantó bien entrada la mañana, se dio una ducha rápida y se vistió. Salió de casa, cruzó la calle y avanzó por la acera hasta llegar a la puerta del parque del barrio. Era una fría mañana luminosa del mes de octubre y los álamos blancos habían alfombrado de hojas el suelo de la alameda. Le encantaba pasear por las veredas del parque por las mañanas muy temprano, cuando aún estaba desierto y no se oían más que los trinos de los pájaros, para sentir la fresca brisa matinal en su cara y el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Hoy, como ya era media mañana, el parque no estaba desierto. Los gritos de los niños jugando a perseguirse y otros jugando con sus mascotas le hirieron los oídos. Se sentó en un banco, sacó su psicolibro de bolsillo e intentó leer pero no lograba conectar con el contenido del texto; el barullo a su alrededor se lo impedía. Cerró el libro, lo guardó en un bolsillo y, subiéndose el cuello del abrigo al tiempo que se levantaba del banco, salió del parque. Caminó un rato sin rumbo, intentando, sin conseguirlo, interesarse por las personas con las que se cruzaba o parándose en las tiendas con escaparates dinámicos, en los que se veían androides maniquíes deambulando como si fueran modelos vivos luciendo las prendas en una pasarela de modas. No sabía que le pasaba esa mañana, no lograba centrar sus pensamientos en algo concreto, caminaba mirando todo a su alrededor pero no pensaba en nada y ese vacío mental le producía una agradable sensación de placidez. Al cabo de media hora de caminata, callejeando por el casco antiguo de la ciudad, desembocó en la plaza donde se encontraba el Hospital General. En ese momento hacía su entrada en Urgencias una ambulancia voladora que abandonaba su carril Meissner y pasaba a rodar sobre ruedas convencionales. El edificio anejo al hospital, que era el destinado al Servicio Oficial de Eutanasias, tenía todas sus luces encendidas con una exagerada intensidad lumínica a pesar de ser el mediodía de un día soleado. Al parecer, aquella exagerada iluminación se mantenía encendida de día y de noche porque ejercía un efecto psicológico tranquilizante en todo el que acudía allí para acabar con su vida, tal vez tratando de imitar ese efecto de “caminar hacia la intensa luz” que todos los moribundos sentían en el momento de su muerte. En la fachada, a la izquierda de la puerta principal, se veía un letrero que decía «La vida no merece ser vivida si no es para amar, trabajar y ayudar a tu prójimo» y a la derecha colgaba un cartel en el que se informaba de ciertos requisitos y condiciones legales a cumplir por el solicitante que comenzaba, a modo de justificación, diciendo en el punto primero que el Estado consideraba la vejez como una enfermedad incurable y en el segundo punto aclaraba que se entendía por vejez no solo el deterioro físico sino también la pérdida de interés por la vida, con independencia de la edad del paciente, ya fuera debido al padecimiento de una enfermedad crónica o terminal o a cualquiera otra razón personal que hiciera infeliz al ciudadano y que esta era la razón última por la que el Estado ofrecía un servicio de eutanasia voluntaria. Arturo no pudo evitar pensar «enfermedad cuyo gasto el Estado no está dispuesto a soportar y, como ya no le sirves para nada, te invita a suicidarte». Al pasar ante su puerta vio que en el vestíbulo había unos paneles holográficos y entró para curiosear. Ante los paneles se proyectaban sugerentes hologramas psíquicos de personas sonrientes que habían decidido dejar este mundo, que transmitían estados de ánimo llenos de felicidad y parecían ansiosas de dar el paso trascendental; las imágenes se acompañaban de dulces y suaves melodías que invitaban al reposo y al sueño. Se veía que cuando el suicida llegaba al Centro era recibido por bellísimos jóvenes de ambos sexos que, amables y sonrientes, lo acompañaban a la sala de eutanasias y le colocaban un ligero casco en la cabeza; a través de este casco el suicida dejaba un registro psíquico de que tomaba aquella decisión libremente y por su propia voluntad, sin coacción alguna, y, además servía para insertar en su mente el estado de bienestar y felicidad necesarios y convenientes para recibir la muerte. Toda la sala de eutanasias se convertía en un espacio holográfico donde el suicida se veía rodeado de belleza y naturaleza viva; imágenes de frondosos bosques plagados de curiosas ardillas, graciosos cervatillos y una multitud de pájaros multicolores, se alternaban con las de inmensas praderas verdes cubiertas de flores de todos los colores, altas montañas con majestuosas águilas volando sobre sus cumbres y mares con bandadas de delfines nadando. Acompañando a cada serie de imágenes se oía Las cuatro estaciones de Vivaldi o El lago de los cisnes de Tchaikovski o alguna relajante pieza de piano de Chopin. Mientras ocurría todo esto, un gas sutil inundaba la sala y la vida del paciente se iba apagando lenta y dulcemente. Los eutanasiados morían con una feliz sonrisa iluminándoles el rostro. La imagen que se llevaban consigo, y que permanecería en su mente durante la infinita y eterna fracción de segundo que dura el paso del ser al no ser, era la de un mundo hermoso y feliz, contrapuesta a la trágica realidad que le había llevado a aquella situación.

Durante una semana no hizo más que darle vueltas a aquellas imágenes. Una y otra vez acudían a su memoria machaconamente e, incluso, había soñado con ellas las últimas tres noches. El mismo sueño se repetía cada noche con ligeras variantes: Acudía al Servicio de Eutanasias y se veía en aquella blanca sala inundada de intensa luz, los escenarios se sucedían como en las proyecciones holográficas que había visto en el vestíbulo del edificio, iba cambiando, sin solución de continuidad, desde una verde pradera a un fértil valle al pie de una majestuosa montaña para seguir, en un majestuoso vuelo, hasta una imponente cascada que formaba una maravillosa nube de agua pulverizada a media altura. Veía a sus hijos y sus nietos, situados en un punto inconcreto, mirándolo con mirada seria e interrogante, como si todavía no supieran lo que pretendía hacer, y veía la cara de su amada Elisa sonriéndole desde la verde hierba o las vaporosas nubes de la cumbre invitándolo a seguirla.

Se despertó llorando, compungido y abrazado a la almohada. Eran las seis y diez de la mañana. Ahora sabía por qué había llamado a sus hijos el día de su cumpleaños: inconscientemente se había despedido de ellos. Llevaba seis años vegetando. No ocurría nada a su alrededor que mereciera la pena ser vivido. No había alma en los acontecimientos que presenciaba, todo era superfluo e insustancial. Estaba rodeado de vacío. Su vida no tenía sentido.

A las ocho en punto llegó a la puerta del Servicio de Eutanasias. En diez minutos resolvió los trámites necesarios y le entregó al director del Servicio la grabación del reportaje psicoholográfico que había hecho días antes. No escucharía la música clásica y las preciosas imágenes relajantes con las que el tanatorio acompañaba los últimos minutos de tu vida. Quería morir jugando con sus pequeños hijos, sintiendo sus risas y sus abrazos y notando en sus labios el calor de los de su amada Elisa. Rodeado de jóvenes con amables sonrisas fue acompañado hasta la sala de eutanasias y le pidieron que se tumbara en una ancha camilla, que resultó estar recubierta de un material para él desconocido, muy suave al tacto y que se adaptó agradablemente a su cuerpo como una segunda piel. Le colocaron en la cabeza el mismo casco que había visto días antes en el vídeo informativo y le sugirieron que cerrara los ojos y se concentrara en la visión de las imágenes de su psicovideo, que le comenzaban a llegar a través del casco, recomendación que era totalmente innecesaria porque desde el momento que recibió la primera imagen se había entregado a ellas en cuerpo y alma. No sabía que gas letal utilizaba el Estado para ejecutar la eutanasia pero cualquiera que fuese no producía ninguna molestia y, ya fuera por efecto del gas o por efecto de las imágenes que estaba viendo en el interior de su conciencia, se sentía invadido por un agradable estado de placidez. Se veía con cincuenta años menos, abrazado por Elisa y por sus hijos que reían y lo zarandeaban con sus juegos, olía el perfume de sus cuerpos y sentía en la piel de su cara el aliento de su amada y en sus oídos escuchaba el susurro de sus palabras diciéndole ¡te quiero! La escena que veía en su interior y las sensaciones que tenía eran tan reales que por un momento creyó que físicamente estaban a su lado e intentó abrir los párpados sin conseguirlo. Poco a poco se fue sumergiendo en un dulce nirvana, un estado de bienestar beatífico y de agradable complacencia del que no deseaba salir. Su conciencia seguía activa cuando se apagó el último de sus sentidos. Quedó aislado de la realidad circundante y el mundo dejó de existir. La absoluta ausencia de sonido, de luz, de olor, de frio o de calor y la desaparición de cualquier referencia externa con la que pudiera reafirmar su propia existencia material, le hicieron perder la noción de su corporeidad y del transcurso del tiempo. Su conciencia quedó como flotando en un inmenso y tenebroso vacío, que se hubiera convertido en un terrorífico infierno de eterna soledad, si no se hubiese visto envuelta por las risas y las caricias de su amada Elisa y de sus pequeños hijos. El instante que transcurrió entre la pérdida de sus sentidos y la pérdida de su conciencia, se había convertido en la eterna segunda vida que propugnan las religiones. Ahora disfrutaría de sus seres queridos toda una eternidad.

Sevilla, agosto 2018.

F I N

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