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No es tarde de paseo

El calor, convertido en canícula, se hacía cada vez más insoportable. Diego le acababa de dar un trago a la garrafa de agua pero su garganta volvía a estar casi tan seca como las espigas de trigo recién cortadas que descansaban en la era. En cada pausa repetía el mismo ritual: con el brazo apoyado sobre el mango de la hoz, sacaba de su bolsillo un pañuelo raído con el que se secaba el sudor del cuello y la frente. Después de beber y escupir el polvo acumulado en la boca, se enjuagaba los ojos y buscaba con la mirada la figura menguada de su padre. Entonces empezaba un juego en el que intentaba desentrañar qué energía era capaz de impulsar aquel cuerpo septuagenario que aún segaba con la imperturbable cadencia de las olas que vienen a morir en la playa empujadas por una fuerza superior. Entre el asombro y la admiración, caía finalmente en la cuenta de que eran precisamente todos esos años dedicados al campo los que, serenamente, habían hecho florecer en él una inercia vital que parecía inagotable.

El ladrido de los perros devolvió a Diego a la realidad anunciando una visita que ninguno de los dos esperaba. No había transcurrido una semana desde el alzamiento y los balcones de Granada ya estaban engalanados con las banderas nacionales mientras en la calle sonaban los himnos de los sublevados y se oían gritos de muerte a la República. Ajeno a estos acontecimientos, Diego se dirigió con paso flemático a la verja del cortijo donde dos jinetes se encontraban descabalgando sus monturas. El más alto- un joven enjuto, con cara afilada y ojos minúsculos- se acercó a su compañero- un cincuentón mucho más bajo y orondo cuyo espeso mostacho disimulaba una cicatriz en la comisura de los labios - y le susurró lo que debían ser las últimas directrices de un plan urdido la noche anterior.

- ¿Está el viejo contigo? inquirió con desprecio el más espigado. - Si- contestó Diego-  ¿Por qué? Con un movimiento de cabeza eléctrico, el jinete señaló a su compinche la dirección en que debía encontrarse el padre de Diego. - No te preocupes por él. Antonio lo acompaña a casa. En cambio tú vienes conmigo. - ¿Cómo? - Lo que oyes- replicó el joven dejando asomar la empuñadura de su Astrona debajo de la chaqueta.    Las campanas de la Iglesia de San Justo y Pastor de Granada acababan de dar las once de la noche cuando el camión que transportaba a Diego entró en el patio del Gobierno Civil.

Desde muy pronto por la mañana, una cuadrilla de media docena de militares encabezados por Miguel Velasco- así se llamaba el jinete armado- había recorrido el valle de Lecrín en busca de los llamados desafectos, hombres que por diferentes motivos -sospechados e insospechados- representaban un peligro para el triunfo golpista. Desconcertado, Diego bajó del camión y fue conducido junto a otros veinte detenidos a un calabozo que los asaltantes habían improvisado en los sótanos del edificio. La sala, desprovista de ventanas y con los techos demasiado bajos, desprendía una atmósfera aún más acuciante que la de por la mañana en la siega. Diego pronto se percató de que esta atmósfera poco tenía que ver con el calor estático y asfixiante del estío granadino al que por otra parte estaba acostumbrado. Más bien parecía salir de las lámparas que coronaban cada una de las mesas esparcidas irregularmente por la estancia; era como si en ese momento, los focos estuvieran escupiendo, a través de una luz aparentemente aséptica, todo el dolor y el miedo de quienes habían sido interrogados en los últimos días. Olía a sinrazón y a valor, a terror y a humillación.

La noche transcurrió sin que nadie se hubiese acercado a Diego. De vez en cuando, en el banco situado enfrente, se sentaba un nuevo detenido que apenas permanecía media hora en la habitación. De este carrusel de sospechosos, dos hombres llamaron especialmente su atención: el primero de ellos era un gigantón desgarbado al que las circunstancias otorgaban un aire torpe y desvalido. Debía ser sin duda un hombre importante, probablemente algún cargo político defenestrado que se enfrentaría esa noche a las peores horas de su vida. Las peores y las últimas. Mejor suerte correría el segundo; un adolescente de mirada impasible con palpables signos de violencia en el rostro y en el cuerpo. A pesar de su juventud, el niño había resistido a más de tres horas de interrogatorio con la íntima satisfacción de seguir siendo, en aquello que más le importaba, el dueño de sus silencios.   Las primeras luces del día se deslizaban por el resquicio de la puerta sin que lograran sorprender a Diego que todavía permanecía despierto. No entendía que hacía allí. Repasaba en su mente los acontecimientos de los últimos meses para buscar una explicación pero era en vano. Era una situación tan absurda como inquietante.

*     *     *     *

Finalmente, le vendaron los ojos anudando el pañuelo con menos fuerza de la que le hubiera gustado. Hubiera preferido que no le vendaran, pero de hacerlo, el momento requería un nudo fuerte y seco que le azuzara y le diera aliento para afrontar esos últimos minutos. Como la mayoría de sus compañeros, Diego buscaba firmeza en sus adentros para mantenerse en pie y como muchos de ellos - lejos de encontrarla- sólo la pudo atisbar en la pared que tenía a sus espaldas. El sonido metálico de los cañones cargándose acabó frustrando cualquier intento suyo de mantenerse erguido. Entre sollozos e insultos, echó el cuerpo hacia atrás y empezó a retorcerse contra el muro. Le hubiera gustado revolcarse por el suelo y vomitar todo el pavor y el desprecio que sentía hacia una muerte que había irrumpido con felonía y que, indiferente, le estaba esperando a unos metros. Sin embargo, un último acceso de dignidad se lo impidió. Por espacio de unos segundos dejó de llorar, tomó aire e, incorporándose nuevamente hacia adelante, giró ligeramente la cabeza en la dirección exacta en la que apuntaba el fusil que el destino le había reservado.

Era una manera de anticiparse a su suerte, o al menos de asumirla y, por primera vez, mirarla de frente.
- ¡Apunten!
Diego reconoció la voz de Velasco que encarnaba como ninguna otra la sordidez del momento tan repulsiva y carente de solemnidad era. - ¡Fuego! Tras el estruendo de los disparos, la espesa nube formada por la pólvora de los fusiles fue paulatinamente disipándose dejando entrever los cuerpos del pelotón yaciendo en el suelo.
Más al fondo, contra la tapia agujereada, podía distinguirse una silueta inmóvil y turbadora, una sombra que parecía extraña a la escena que se acababa de producir. Era Diego que seguía en pie, tan vivo como hacía unos minutos. O quizás más.

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