Ninfea, relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

www.relatos-cortos.es 

  • Tamaño del texto

Ninfea

Urso pensó que hacía una favorable mañana para dar un aleteo por el bosque y ver qué novedades aguardaban su llegada. La muchedumbre agasajaba al gobernador de las tierras en las que residían, las llamaban Bosyria. Estaban repletas de árboles y parecían un gran bosque. Tras recibir los calurosos saludos, Urso se marchó a un arroyo. Se quitó la ropa de suave seda que vestía su fornido busto, se sentó a la vera del río y dejó que el agua envolviese las piernas tapadas por un ajustado pantalón verde que se había alzado hasta las rodillas. Se frotó la cara y humedeció su pelo castaño. Saltando de roca en roca atravesó el arroyo en busca de bayas y se topó casualmente con otro ser alado y de su mismo rango, se trataba de Alina, la gobernadora de Algaluz, un terreno acuífero lleno de pantanos y lagunas.

Urso le preguntó el por qué de su visita mientras que, tras un movimiento de manos, emergieron de la tierra dos tallos grandes y flexibles en busca de apresar al hermoso ser. Alina saltó agitando sus alas feéricas huyendo de las garras de aquellos extraños vegetales. Como represalia, Alina lanzó una pequeña esfera de luz azul al arroyo. Este aumentó su caudal, modificó su trayectoria arrastrando a Urso y lo sumergió entre una enorme cantidad de agua que inexplicablemente había aparecido. Alina escapó y Urso acabó empapado.

No era la primera vez que Urso la sorprendía husmeando por Bosyria, pero se sentía alagado ya que Algaluz era un lugar hermoso, sin embargo, Alina visitaba el bosque con frecuencia. Aunque Urso normalmente sabía cuando Alina ponía un pie en la fresca hierba de Bosyria, no siempre aguardaba su llegada, a veces le dejaba a sus anchas, él comprendía que en ocasiones se le antojase tumbarse a la sombra de un árbol, en Algaluz apenas había. Sin embargo, Alina no visitaba Bosyria para apoyar la espalda contra un tronco, sino para observar a Urso, sin quererlo, Alina se había encariñado de él de una extraña forma, apenas sin conocerlo, sin hablar con él y sin siquiera haberlo visto durante un tiempo prolongado. Quizás ese afecto surgiese de jugar al ratón y al gato, ambos se tomaban sus encuentros como un juego de niños. Urso era consciente de que Alina le vigilaba, pero nunca hizo nada al respecto, se negaba a reconocer que ella, dama de Algaluz, sintiera algo por él, un chico asilvestrado y que se pasaba el día subido en árboles.Cada día, Urso pensaba más en el largo pelo castaño de puntas azul aguamarina de Alina y ella en el torso que cada mañana veía a la luz del alba junto al arroyo. Empezaron a conocerse el día que los brotes creados por Urso la atraparon, Alina pudo escapar de la planta, pero no quiso. Urso se acerco a ella y su olor le hipnotizó, acarició su cabello y besó su mejilla, los tallos que envolvían a Alina se escondieron bajo tierra y, arropados por la luz crepuscular, empezaron a besarse. Las ingentes alas de Urso, formadas por miles de semillas de diente de león, rodeaban los dos cuerpos en la penumbra mientras que las traslúcidas alas de Alina se agitaban creando una suave brisa que los rodeaba. Bajo ellos una danza de margaritas comenzaba, avivadas por la humedad natural de Alina y al igual largos tallos repletos de orquídeas afloraban a su alrededor, un baile de luciérnagas comenzó con el silencio de la arboleda que se ahogó con el último rayo de sol. Las dos figuras oscuras pasaron la  noche abrazadas.

A partir de ese día estaban juntos casi continuamente, alegres como los enamorados que eran, pero no duraría. Un periodo de gestación había empezado en Alina. Dos gobernadores iban a engendrar una criatura a espaldas de Clorto. Ambos sabían que les haría pagar tal acto de revelación ante el trono o, al menos, así lo llamaban cuando dos reinos se unían. Aunque Urso y Alina no habían pensado en ningún momento unir los terrenos, Clorto vio una posible y futura acometida y no le convenía enfrentarse a dos regiones juntas por lo que debía acabar con el heredero de Bosyria y Algaluz. Finalizado el embarazo, Alina se puso de parto una madrugada. Urso estaba con ella y había traído una anciana, la misma que ayudaba a las mujeres del pueblo a dar a luz. Dos horas antes de la salida del sol acabó el alumbramiento de Alina, ella y su hija estaban bastante sanas. Las primeras centellas del día se vieron acompañadas de una visita inesperada, Clorto estaba allí, frente ellos, había esperado pacientemente el momento y había planificado su misión, sin embargo, dejó llevarse por la ira. Con sus alas de plumas pajizas se abalanzó sobre Alina anhelando arrebatarle el ser de entre sus brazos. Lo consiguió. Tenía al pequeño ser alado. Llevó su mano a la cintura y sacó una pequeña daga plateada con un zafiro en el puñal, cuando se disponía a atravesar el corazón de la pequeña se oyó el silbido esperanzador de una flecha que se clavaba agudamente en el brazo de Clorto dejando caer a la heredera al suelo que anteriormente su padre cubrió de un terso y mullido musgo verde. Clorto, aún más enfurecido sacó la espada que se envainaba cerca de su cadera. La anciana que contemplaba atónita la escena cogió a la pequeña que emitía un llanto angustioso. Clorto arremetió su espada contra Alina que, con la tentativa de salvar su vida, sujetaba dolorosamente con sus manos la hoja de acero que empuñaba el atacante. Urso se lanzó a Clorto con su propia espada. Cada vez que las espadas chocaban a Alina le daba un vuelco el corazón. contempló sus manos bañadas en sangre y lanzó un caño de agua en dirección a Clorto que perdió estabilidad. Urso aprovechó la sitiación para atravesar con su espada el abdomen del contrincante, cuando cayó al suelo ya no había nada que hacer. Tres personas y una recién nacida se encontraban frente el cuerpo de Clorto, el que un día fue el gran invicto, ahora estaba muerto. Todos eran los culpables de haber iniciado la reyerta de coacción, la más temida lucha de nigromancia que consistía en el sometimiento de todos los gobiernos para detentar su  potestad y mandato.

Bosyria y Algaluz no eran los únicos territorios. En verdad, todo era un gran reino llamado Viartia que estaba reinado por Clorto. Viartia se dividía en cuatro zonas grandes y una pequeña. La de mayor magnitud era designada como Nevaria, el suelo estaba cubierto de nieve y en todas las estaciones hacía frío. La soberana del terreno álgido se llamaba Crysta, era una dama de piel macilenta y que poseía una melena bermeja tras la que se encumbraban un par de alas con un fulgente plumón blanco níveo. Tras su humilde apariencia se encontraba la mayor pérfida que había presenciado el terreno Viartiano. La blancura virginal que cubría Nevaria nunca había visto un halo de misericordia en ella. Cruel, pécora y bruja eran los atributos más utilizados por los habitantes de Nevaria para referirse a Crysta, pero sin decirlo demasiado alto o ella misma se encargaría de que una de sus manadas de lobos limpiasen su nombre, aunque al limpiarlo de insultos lo manchasen de sangre. Esto hacía que pocos fuesen los valientes que quisieran irrumpir en el castillo de hielo, que realmente estaba construido con sillares de piedra, columnas de mármol y cristales, pero ella misma lo había envuelto capa tras capa de hielo para imponer respeto y superioridad.

Yago detentaba la regencia de Nógard, la superficie ardiente, ya que siendo su hermano todavía infante su progenitor lo prefirió como legatario. Probablemente fue eso lo que hizo que Yago se convirtiera en un rey felón y egocéntrico aún sabiendo que su gobierno pendía de un hilo. Cuando su hermano alcanzase la mayoría de edad, él no sería más que un simple súbdito de su señor. No esperaba un trato mejor, su allegado era codicioso y ansiaba la posesión y usufructo de Nógard, eso ayudaba a que fuese muy engorroso subsistir en Nógard, seguramente la peor región donde nacer. Los desmedidos y aborrecibles dragones no favorecían la tarea: arrasaban hogares, devoraban   personas y calcinaban los cultivos que arduamente crecían entre las cenizas del suelo. Pero estaban bien vistos ante Yago ya que aterrorizaban al poblado y disminuían las rebeliones contra el subtrono. Disminuían las rebeliones, eso era lo más importante para Yago ya que, su padre no solo le dejó gran parte de sus opulencias materiales a su hermano, sino que también le dejó el poder de la magia del fuego. Podía manejar el fuego a su antojo hasta tal punto de lanzar las más ardientes esferas de fuego con sus manos suprimiendo lo que se encontraba en su paso. Lo único que poseía Yago que realmente le importaba era su par de alas. Dos alas fuertes y escamosas, como las de un dragón, de color rojo oscuro. Hacían que pareciese el mismo demonio, su corto pelo negro y sus ojos carmesí avivaban los rumores que corrían por el pueblo como sangre por una arteria.

Todos se verían inmersos en una lucha con final sangriento. La guerra finalizará el día en que muera el penúltimo gobernador de algún terreno, quedando solo un ganador que será recompensado con el trono Viartiano. Después, cada gobernador será sustituido. Mientras tanto Urso y Alina contemplaban a la pequeña y dulce criatura, fruto de la más perfecta armonía entre planta y agua. La pequeña llamada Lonaia, todavía torpemente, movía un par de alitas rosas, suaves y compuestas de pétalos de nenúfar. Un ojo verde y otro azul. Finos cabellos castaños y dos mechones a juego con sus ojos. Crecería entre disputas, luchas y una guerra a muerte. La noticia de la muerte del rey no tardó en hacerse oír en toda Viartia. Los gobernadores ahora podían asesinarse mutuamente. El cuarto día tras la muerte de Clorto, los lobos de Crysta devoraron una pequeña aldea de Bosyria, al quinto congeló algunos lagos de Algaluz y el séptimo ventiscas heladas bajaron la temperatura de Nógard. Los demás gobernadores observaban como día a día Crysta iba debilitando terrenos. La bruja polar quiso acabar con su contrincante más fuerte y por eso fue a por Yago; asaltó el terreno de fuego donde dragones y guerreros de ambos bandos combatían. Sobre los caballeros volaba Crysta con su ejército y Yago sobre el suyo. A una velocidad semejante a la del rayo, Crysta embistió con su espada al semidragón que le esperaba con su acero. Rayos emergían de la espada de hielo avivados por magia polar, esto no pasaba con Yago ya que no albergaba poder. Uno de ellos impactó contra su cuello y no pudo contener un grito. Ella lo aprovechó y se lanzó contra él cayendo en picado. Llegaron al suelo amortiguados por el cuerpo de Yago. Crysta le dio la vuelta y con su espada helada lo mutiló. Sin alas y sin magia quedó a merced de la soberana del hielo o eso creía ella cuando no vio al dragón que le apuñalaba con incontables dientes afilados y la lanzaba lejos del protegido. Ensangrentada y rencorosa se dejó llevar a lomos de un caballo a Nevaria. Era el punto de mira pero no se dejó atrapar ya que las manos las tenía libres y su magia aún era poderosa. Yago sabía que no podía seguir así, había perdido sus alas y hubiese muerto de no ser por ese dragón. Inmerso en cólera, y vendado para frenar la hemorragia agarró su espada, sus ojos relampagueaban cuando entró en los aposentos de su hermano y le dedicó una mirada. Estaba sentado junto a un fénix enjaulado.

La espada de Yago se reflejó en los ojos de su hermano que apenas notó como su cuello se desgarraba. Carente de piedad volvió a clavar la espada en su pecho y Yago sintió que a través de la espada un torrente de energía salía de su hermano para meterse en su cuerpo. Volvió a sentir sus alas y sonrió. Ahora él era el que poseía la magia del fuego y estaba dispuesto a ser el futuro rey de Viartia. Decidido a atacar Bosyria armó su ejército.

Los árboles alertaron a Urso del avistamiento de dragones y rápidamente preparó a sus nobles caballeros, pero esta vez no estaba solo. Los dragones abrasaron los árboles de la frontera y varios kilómetros más. Alina volaba cerca de él tumbando dragón tras dragón con la  gracilidad de un pez bajo el agua. Urso en cambio luchaba por mantenerse con vida, esquivando bocanadas de fuego y la espada de Yago. Destellos de luz se producían con el choque de los filos de acero. Poco a poco bajaron hasta que pisaron el suelo, Urso cargado de vitalidad revivió todas las plantas quemadas por el fuego de dragón, ahora ganaba a Yago en agilidad, este probó suerte con la magia, sin manejo alguno solo pudo crear un poco de humo y un chisporroteo. Urso estaba escondido intentando recuperarse pero Yago lo encontró, un forcejeo se produjo y al gobernante de Nógard se le escapó una llamarada de los dedos, dio de lleno en el pecho de Urso que cayó al suelo violentamente. Yago no se lo pensó un momento y mientras Urso intentaba levantarse la espada ardiente le atravesó diagonalmente. Urso notó una fuerte quemazón y mientras su piel se emblanquecía montones de hojas verdes se despegaban de los árboles volviéndose rojizas antes de rozar el pasto seco del suelo. Alina vio su vida desvanecerse, el cuerpo de Urso entre árboles desnudos, colocado en el suelo y bajo la ardiente mirada de Yago, el bosque estaba muerto. Alina sacó toda su fuerza, inundó toda la superficie arrastrando troncos muertos y hojas secas y obligando a Yago a retirarse. La dama del agua quiso acabar con Yago pero su fuerza se quebró en tristeza. Abrazó el cuerpo sin vida de Urso y dejó que las aguas lo arrastrasen al fondo de un bosque inundado. No quedaba nada de lo que un día fue Bosyria. Alina, destrozada fue al reencuentro con su hija que se encontraba en Algaluz con unas cuidadoras.

Transcurrieron quince largos años desde la muerte de Urso y ahora Lonaia era bastante mayor. El reino de Algaluz había resistido  fuertemente ya que Alina tenía algo más que proteger. Crysta y Yago estaban ceñidos a derrotarse mutuamente dejando a Alina en un segundo plano, pero sin dejar de atacarle. Lonaia ahora sabía lo que estaba pasando pero no podía hacer nada. Un día estaba paseando por el castro de Bosyria; le gustaba ir allí aunque ahora todo fuesen hierbas secas y tocones. Allí estaba la espada de su padre, firme y clavada en el suelo. Se podría decir que ella misma añoraba la ausencia de su dueño, el acero ahora parecía hierro oxidado y el puñal de ramas estaba agrietado y amenazaba desmenuzarse. Lonaia se sentaba cada cierto tiempo junto la espada y se imaginaba a los árboles llenos de hojas, pequeños arroyuelos y el suelo lleno de densas hierbas. De repente su corazón se estremeció, se puso en pie mientras su instinto le gritaba que huyera, sus alas tensas y dispuestas a volar sintieron un viento helado entre los pétalos rosados. En el momento en que iba a saltar algo le sujetó los pies, miró hacia abajo y asombrada descubrió que era hielo. Tras un árbol una figura descubrió la cara de Crysta. Sus alas estaban desplegadas pero su cara mostraba amabilidad. De un bolsillo de su abrigo sacó una pequeña superficie aplanada con forma de copo de nieve, hizo que Lonaia lo sujetase e instantáneamente una flor de hielo apareció flotando sobre el copo. Crysta le dijo que le ayudaría cuando lo necesitase, en el momento adecuado. Después se alejó volando y poco a poco el hielo que sujetaba a Lonaia al suelo se derritió. No mucho tiempo después se dio cuenta de lo que significaba.

Yago volvió a cargar su ejército contra Algaluz. Crysta se encargó de que así fuese apoyando al chico de ojos carmesí y cediéndole  caballeros. Alina preparó ejércitos sobre caballos de armaduras azules y Yago atacaba con dragones. Los dos gobernadores debían enfrentarse cara a cara, pero la estrategia de Yago era diferente. Mientras montones de dragones distraían a Alina, el asaltante entró en el castillo para atacar a Lonaia. Ella, asustada por lo que estaba pasando fuera, observaba el copo de nieve que estaba apoyado sobre una mesa. La puerta estalló en llamas y tras ella entró Yago. Sin desenvainar la espada Yago atacaba con llamaradas que Lonaia intentaba esquivar, por suerte su madre entró en la habitación. Ahora sí había una lucha de espadas. Yago había estado practicando mucho y a Alina le costaba seguirle el ritmo. Lonaia, sin saber qué hacer, se quedo mirando la escena. Yago, estratégicamente, soltó la espada al suelo y lanzó una llamarada. Alina intentó huir volando pero chocó contra el techo y cayó al suelo, la sombra roja recogió la espada y cumplió su propósito. Alina estaba muerta en el suelo, Lonaia chilló y esto atrajo la mirada de Yago. Se dirijió a ella, observó un momento su belleza y quiso asesinarla. Lonaia cogió el copo de nieve como consuelo, la flor de hielo salió a su llamada pero esta vez fue distinto. Un rayo blanco emergió de la flor e impactó contra el cuerpo del semidragón, toda su vitalidad desapareció junto al color rojizo de sus alas. Ahora Lonaia se encontraba ante dos cuerpos sin vida. Crysta era ahora la reina de Viartia, todo salió como lo había planeado. Cuando aún se estaba organizando la sustitución de los gobernadores, Lonaia decidió llevar la espada de su madre junto con la de su padre, la clavó con fuerza en el suelo y dos luces aparecieron. Una luz verde y otra azul, igual que la de los ojos de Lonaia. Las luces eran tan intensas que obligaron a Lonaia a retirar la mirada. Cuando volvió a mirar sólo había una espada y era distinta. Al final de la empuñadura se encontraba una flor de pétalos rosas con un centro amarillo, la empuñadura era azul y verde y la hoja de la espada de reluciente plata. Lonaia cogió la espada, cuando salió del suelo su cuerpo se convulsionó, sus alas se desplegaron, la espada y sus ojos se iluminaron y los dos mechones de pelo verde y azul se unieron en una trenza que bajaba por su cabeza. Cuando todo acabó, brotes crecían de los árboles y el suelo otra vez estaba verde, en otra parte, Crysta que ya estaba en su trono, notó que perdía poder y su corona cayó al suelo. El trono la expulsó y salió despedida hasta impactar con un muro. Crysta al principio no sabía muy bien qué estaba sucediendo, cuando lo comprendió, se dispuso a recuperar el reino.

En Bosyria se oían crujidos de ramas, risas y chapoteos de agua. Todo lo producía Lonaia inmersa en felicidad, por un momento había olvidado su deber y en el enredo en el que estaba sumergida, Crysta procuró recordárselo tocando a las puertas de la frontera. Asustada pero decidida se asomó fuera del bosque. A unos cientos de metros se veía a Crysta, rígida y seria, acompañada de cientos de lobos,
grises, blancos, negros e incluso algunos de color tierra. Se podía ver el miedo en los ojos de Lonaia. Se sentía tan sola que no pudo aguantar el miedo que consumía su interior. Se dio la vuelta para huir, encerrarse en el castillo del bosque y esperar allí su muerte. Su sorpresa no podía medirse al ver que, tras ella, entre árbol y árbol se alzaba una tropa de ciervos de orgullosa cornamenta. Mirándolos, sacó su espada de la vaina de su espalda, levitó mientras su mechón de pelo verde se entrelazaba con el de color azul y a la vez las astas de los ciervos se iluminaban duplicando su tamaño. Con la cabeza gacha los cérvidos trompaban lobos y los lobos dentelleaban venados a mansalva. Crysta y Lonaia se vieron las caras sobrevolando el terreno. Fue Crysta la que dio la primera estocada, Lonaia la frenó sin problemas. Bajo ellas continuaba la guerra entre herbívoro y depredador. A simple vista había más lobos que venados pero las cornadas eran más poderosas que los mordiscos. Lonaia contraatacó agitando la espada, acertó en el rostro de Crysta produciéndole una brecha desde la ceja izquierda hasta el final de la mejilla del lado opuesto. Hubo un diminuto pero intenso momento de silencio antes de que Crysta bramara y maldijera a la chica nenúfar. Lonaia pudo notar como la cara de Crysta se descomponía mientras dejaba caer su espada al suelo, cayó verticalmente penetrando el suelo y liberando una luz blanca que congeló a todos los seres del suelo. Cada ciervo muerto, cada lobo destrozado se enterraron en una delgada capa de escarcha. Las alas de Crysta eran muy blancas por naturaleza, pero aquel momento se aclararon aún más. Estirando los brazos se formaba una esfera de luz entre las manos de la gobernadora del hielo. Lonaia sujetaba temblorosa su espada mientras sin pensárselo se dejó caer en picado para huir del ataque. De la esfera una centella salía disparada buscando su objetivo, con toda su fuerza, Lonaia batía sus alas mientras sentía que el frío se le acercaba. Estaba intentando refugiarse en el bosque cuando el rayo de hielo la golpeó entre las alas. Se arrastró varios metros debido a que había caído al suelo a gran velocidad. Su ropa estaba totalmente desgarrada y su piel aún peor. Tirada en el suelo lo único que hizo fue llorar y esperar a que el momento llegase.

Notó algo en su bolsillo, deslizó la mano suavemente hasta que encontró el copo que hace un tiempo la misma Crysta le entregó y el cual acabó con Yago. Lo sujetó con la palma de sus manos y la flor volvió a aparecer. Esta vez, un segundo después de su aparición, la flor se tiñó de color púrpura y negro. Lo mismo pasó con la ropa de Lonaia. Su ojo verde cambió a negro y el azul a violeta y al igual pasó con sus mechones. Sus alas rosas se tintaron de morado. Lo que más le sorprendió fue que su espada era totalmente negra y la flor de la empuñadura se cambió por el copo blanco. Se sintió otra vez llena de fuerza y se puso en pie justo cuando Crysta estaba muy cerca de herirla. Se giró y dio algunos golpes en falso, una onda negra procedente de la espada de Lonaia golpeó a Crysta despidiéndola a una larga distancia, antes de que Crysta tocara el suelo ya estaba allí Lonaia pegando una patada contra el abdomen de la mujer helada. La agarró del pelo y se lo cortó, Lonaia había perdido la compasión por todo ser viviente, al igual que sus ropajes, su corazón era negro como la noche. La punta de la espada de la chica de alas ahora moradas rozaba el cuello de Crysta. Lonaia empezó a pronunciar palabras que ni ella misma conocía, las palabras ennegrecían el cuerpo helado, los gritos mostraban el gran dolor que eso le producía.

Con la última palabra del hechizo la espada se abrió paso a través de la piel fría y la sangre que emergió era oscura y espesa. Cuando Crysta dejó de gritar todo el hielo murió con ella, incluso el copo de nieve que hacía que apareciese la flor de hielo. Lonaia recuperó su forma original, pero se mantuvo horas de rodillas con la mirada perdida frente a un cuerpo negro y consumido. Sentada en un trono frío y vacío, con una corona pesada sobre la cabeza. Los gobernadores habían sido sustituidos y ella se dedicaba a vigilar a todo el reino entero. Se encargó de elegir gobernadores nobles de corazón, además no permitiría que cuando ella muriese, otra vez nuevos seres alados, volvieran a enfrentarse a muerte, por eso se aseguró de engendrar un hijo que recibiese el reino algún día. Su error sería enamorarse del nuevo gobernador de Nógard y quedarse embarazada de dos varones, uno fruto de la planta y el fuego, llamado heredero de la rosa, y otro fruto del fuego y el agua apodado surcador de la nube. Su único consuelo fue que ella no estaría para ver cómo un hermano hacía uso del acero para matar a su mellizo y sentarse en un trono de asesinos.

A.p.g.

Arnau Pulido

¡Deja algún comentario! 

Artículos relacionados