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Negra Navidad

Quedaban dos semanas para Navidad. Son fechas que nunca me han gustado especialmente. Me recuerdan aquellos alimentos que le prometen mucho a tu olfato y decepcionan a tu paladar. Sobre todo odio todos esos preparativos que la gente adora. Penetrar, completamente desarmada en mitad de una invasión de apariencia pacífica, de ejércitos de familias enteras buscando avituallamiento como si fuera el prólogo de una guerra nuclear.

De todas maneras, debo reconocer que cada día me parezco más a Mr Scrubb ("¡Paparruchas!"). Creo que, cuando me miro al espejo me veo más encorvada y con la nariz más aguileña. En fin, que como cada vez estoy más irascible y me molestan especialmente actitudes que conllevan la invasión del espacio personal, decidí desaparecer, al menos el tiempo que duraban "estas fechas tan señaladas".
Durante un mes había recorrido infinidad de webs dedicadas a todo tipo de viajes, culturales, inútiles, para vagos, para frikis, para solteros, para solteros frikis...

¡Nada!. Pero cuando ya había decidido irme a dar la vuelta al mundo en Kayak y en solitario, llevada por la desesperación de no hallar un recorrido en donde no me viera obligada a echar mano de mi inagotable "simpatía", algo captó mi atención.
Era una página cutre. De esas que, cuando clicas en el enlace y se abre, inmediatamente piensas, "¡me equivoqué!", y te invade la misma sensación que tienes al entrar en una tienda con mostradores de madera y dependientes con guardapolvo.
Al mostrárseme en todo su esplendor esos textos con letra Arial de 12p, esa ausencia triste de fotos que le dieran un poco de vida. En el momento en que moví el ratón por encima de letras de color azul y me di cuenta...¡de que no eran links si no, solo letras de color azul!, pensé: "Mi abuelo debió diseñar esta web".

De todas maneras, como siempre he tenido la vocación secreta de ser arqueóloga (culpa de Indiana Jones) y, además, me declaro perteneciente a ese grupo de masoquistas que insultamos al ordenador y le pegamos al teclado cuando, después de entrar en una página que sabemos que nos va a dar problemas, aparece aquel odiado mensaje: "error de conexión, vuelva a intentarlo más tarde". Tomé la loca decisión de descifrar que legado ancestral le habían dejado nuestros antepasados a las futuras generaciones de internautas, en aquella excavación pérdida en la nube.

Una vez leída la presentación, escrita por el mismísimo Cervantes, y echar un vistazo rápido a las letras más grandes, empezaba a aburrirme sobremanera, caí en la cuenta de que toda aquella floritura no era más que el adorno de un simple anuncio, que podría haber sido publicado en los clasificados de "La Vanguardia". O quizá lo fue, allá por los años 50.
Al final me tuve que rendir a la evidencia, le había dedicado a aquella ocupación más tiempo que a las últimas veinte páginas de buscadores de viajes juntas. Pero no era porque estuviera escrito en castellano antiguo, la razón era mucho más prosaica.

La propuesta del anuncio empezó pareciéndome curiosa y acabó interesándome, pasando por encima de mi sentido común que me decía que el Caribe era un opción mucho más lógica. Se trataba de la búsqueda de una pequeña aldea castellana que se moría despacio. Había sido una espléndida población, bella y floreciente, ubicada entre montañas. Sus habitantes se dedicaban a la ganadería y les iba muy bien. Pero llegaron los tiempos modernos, los padres no querían que sus hijos se quedarán en simples campesinos y ganaderos, así que, empezaron a enviarles a la Universidad. Lógicamente ninguno volvió.

Pasados las años, los familiares, olvidados por sus descendientes, habían ido languideciendo en el lento y laborioso camino hacia la vejez, sin el consuelo de la compañía de sus hijos y nietos. Algunos incluso, habían muerto añorando el calor de una mano amiga, de un beso en la frente, de una mirada de cariño que les despidiera en su postrer y más importante viaje. En la actualidad, aquel floreciente núcleo urbano, que en la década de los 50, la de mayor esplendor, había llegado a los mil habitantes, había quedado reducido a una aldea donde malvivían ocho ancianos aislados del mundo.

Porque la crisis, esa bendita capa bajo la cual los políticos refugiaban todas sus tropelías, había sido la excusa perfecta para no arreglar la única carretera que mantenía al pueblo comunicado. El asfalto se fue degradando de tal manera que ahora no era más que una pista forestal. Cuando el mal tiempo castigaba la zona, esta se volvía impracticable, dejando aislados a los pocos vecinos que aguantaban allí.
Pero lo más curioso del anuncio era que, contrariamente a lo que se pueda esperar, no se demandaban familias que quisieran revivir lo que ya estaba muerto y enterrado entre las montañas y el olvido. Era una oferta de empleo. Buscaban candidatos para cubrir el puesto de alcalde.

Sé que la petición era absurda por completo. Desde que abrazamos este sucedáneo de Democracia, del que "disfrutamos" hace ya algunos lustros, los ediles de los ayuntamientos se elegían por sufragio universal, no se cubrían estos puestos a través de un proceso de selección de personal. Pero él pueblito, además de estar perdido en el espacio, lo estaba en el tiempo. Sus pobladores eran ya muy ancianos para acometer una misión de tal magnitud. Necesitaban alguien joven que resolviera sus temas y los de la comunidad, trasladándose a otras poblaciones de la comarca cuando fuera necesario. Fuera a buscar productos de primera necesidad, sobre todo medicamentos, si el vendedor ambulante se retrasaba. Hiciera de ambulancia, en el traslado de enfermos urgentes.
En fin, necesitaban un "chico para todo", al que le daban el título de alcalde para que sonara importante y nadie se resistiera a probar.
De repente fui consciente de que estaba planteándome seriamente optar al puesto. Ser la única auxiliar de geriatría en una residencia de ancianos enorme, en mitad de la nada.

No deja de ser curioso lo atrayente que puede resultar, dar un giro de trescientos sesenta grados a una vida, que se ha convertido en una prisión dominada por la rutina y el aburrimiento. Una persona, con la edad suficiente como para que, la lógica y el sentido común, dominen sus decisiones y le impidan hacer tonterías, llevada por la desesperación de la necesidad de un cambio, puede llegar a convertirse en el adolescente más irresponsable del mundo.

Así que, el proyecto de búsqueda de un escondite para un alma enfadada con unas fechas, por obligación felices por decisión, las más tristes del año, se convirtió en la huida hacía delante de un espíritu, reo de la vida pero con vocación de libertad.
Como las letras azules solo eran letras azules, el único medio de contacto con los administradores de la página era un número de teléfono. Lo llevé apuntado en un papel, me había contagiado de los usos arcaicos de los empleadores, durante días. La firme decisión del principio había comenzado a flaquear con el paso del tiempo. Mi sentido común se había despertado de repente y me había puesto, delante de los ojos, lo absurdo que todo esto parecía. Tenía un buen trabajo, un buen sueldo, un bonito piso en una de las mejores zonas de la ciudad, un modelo de coche de una marca, una edad y un kilometraje decentes. ¿De verdad estaba dispuesta a sacrificar todo eso por un futuro incierto, lleno de dificultades?. ¿Iban a poder, mi ansias de aventura con mis apegos materiales?.

Y una mañana de esas, en que te despiertas y no encuentras el ánimo suficiente para enfrentar el día que tienes por delante, rescaté el número de la profundidad del bolsillo de mi abrigo, agarré con decisión mi teléfono móvil y llamé.
Al tercer tono sin obtener respuesta, puse mi dedo en el botón de colgar, pero, cosas del destino, en ese mismo momento, oí una voz lejana que decía "¡Diga!".

Miré el aparato como si se tratara de un engendro mecánico salido de un libro del mismísimo Stephen King. Creo que, secretamente, siempre tuve la esperanza de no obtener respuesta. De acallar mi ansiedad diciéndome: "lo intenté". Pero, aunque estemos convencidos de que somos dueños del libre albedrio, hay pasajes de nuestra vida que están grabados tan profundamente que nada de lo que hagamos los va a poder cambiar.

Me resigné, pues, a la evidencia de que, llamando a un número de teléfono perdido en una web imposible, alguien estaba al otro lado del aparato esperando mi respuesta.

- Buenos días, me llamo Carmen Badea, estaba interesada por el puesto de alcalde que publicitan en su página de Internet.
La voz pérdida en el éter, dio un cambio radical a su tono.
- Señorita Badea, disculpe el exabrupto. A este maldito teléfono solo llaman teleoperadores de verborrea inacabable.
- Se a que se refiere, no se preocupe Sr...
- Pablo Ulloa, encantado de conocerla y, sobre todo, muy agradecido de que se halla puesto en contacto con nosotros. Intentaría explicarle la propuesta ahora mismo pero no se si me alcanzará para explicarme como es debido. Creo que sería mucho más lógico que se viniera por aquí un fin de semana. Así podrá ver todo el entorno con sus propios ojos. Podremos mostrarle los medios con los que contará para poder realizar su trabajo y conocerá al resto de los vecinos. Ellos también tienen algo que decir a la hora de escoger al candidato.
Esta  parrafada la soltó de corrido, sin pararse a tomar aire, sin darme la posibilidad de introducir ni un "Ummmmm" o un "Sí, claro". Como si lo hubiera aprendido de memoria y temiera olvidarse de algo.

Cuando acabó, el silencio se instaló en la línea, pero me llegaba la espera tensa y ansiosa de una respuesta positiva por mi parte.
- Por supuesto que estaré encantada de visitarles, Sr Ulloa. Estoy de acuerdo con usted en que es la manera más lógica de hacerlo. Este fin de semana lo tengo libre. Si a ustedes les va bien, por supuesto.
Oí como el aire retenido escapaba de sus pulmones.
- ¡Estupendo!. ¿Necesita instrucciones para llegar?.
- No, no se preocupe. Para eso inventaron el GPS. Intentaré estar allí el sábado a media mañana.
- La esperaremos encantados. Hasta el sábado. Y le reitero las gracias por su interés.
- Adiós, Sr Ulloa. Y gracias a usted.
El tiempo pasó rápido, demasiado a mi parecer, y cuando quise darme cuenta, me encontraba circulando por esas carreteras de Dios con la única compañía de la voz de la señorita encerrada en mi navegador. Hacía rato que había renunciado a la radio, harta de ser oyente solo de la estática. No es mi estilo de música.
Después de casi media hora de silencio absoluto, habló el genio de la lámpara:
"A trescientos metros gire a la izquierda". Y al cabo de un momento, con tono imperativo, "gire a la izquierda".
Una vez encarado el camino de tierra lleno de baches y piedras, mi compañera de viaje me anunció "ha llegado a su destino". Me sonó como una sentencia.

Cuando llegué al pueblo me quedé muy sorprendida. Yo esperaba cuatro casas medio en ruinas y calles intransitables.
Los alrededores sí encajaban con mi imagen mental pero el centro era otra historia.
Una plaza era el eje alrededor del cual se distribuían las casas de los escasos vecinos. En el punto norte estaba ubicado el edificio del ayuntamiento y a izquierda y derecha de él bonitos hogares de dos plantas, perfectamente conservados. Grandes balcones llenos de maceteros de flores adornaban las fachadas, exactamente iguales unas a las otras.
La casa consistorial aparentaba tener, al menos, dos siglos de antigüedad, pero había sido restaurada respetando, hasta el mínimo detalle, su imagen original.

La plaza, epicentro de la población, tenía un tamaño bastante respetable. Estaba sembrada de interminables jardines, bancos rescatados del año de construcción del ayuntamiento y árboles que ocupaban el mismo lugar desde antes de la aparición del hombre en la tierra. El lugar de honor de este vergel, sin discusión posible, estaba reservado para una glorieta. Con un estilo que recordaba ligeramente a oriente, sus elaborados enrejados habían sido invadidos por plantas trepadoras y por rosales de color rojo pasión.
El conjunto se orientaba hacia el lugar donde el sol hacía su aparición cada mañana, por lo que la luz lo inundaba durante todo el día.
Estábamos en pleno invierno, sin embargo, aquel rincón perdido entre montañas nevadas, parecía disfrutar de una primavera perpetua. Por tanto, me encontraba ante la más bonita y bucólica postal que mente humana pueda imaginar.
Al aproximarme a la puerta del ayuntamiento, vi un grupo de personas reunidas allí.

Aproveché el segundo de ventaja que me dio no haber sido descubierta, para observarlos. En efecto eran ocho, cuatro hombres y cuatro mujeres, pero muy al contrario de lo que yo había pensado, no eran los ancianitos desvalidos que me convencí de que eran. Parecían no sobrepasar la línea de los sesenta y rezumaban salud y energía. Fue la primera vez ese día que me invadió el estupor.
Como si de repente hubieran recibido una señal invisible, se giraron hacia mi. Me habían visto. Uno de los hombres se adelantó. Era de los que parecía más joven. El escaso pelo que conservaba era rubio y la piel de su cara, clara, parecía tersa y lustrosa. Poseía unos ojos pardos serenos en apariencia, pero una llama casi imperceptible de pasión, brillaba muy en el fondo.

- Señorita Badea, estamos encantados de que haya llegado sin tropiezos. Soy Pablo Ulloa.
Su voz sonó fuerte, con el tono imperativo del que está acostumbrado a dar ordenes.
Y me tendió la mano. Era blanca y suave, de apretón flojo, casi leve. En absoluto lo que se podría esperar de la mano de alguien dedicado al trabajo del campo.
- Encantada de conocerle en persona, Sr Ulloa. Viven ustedes en un entorno privilegiado. Pero supongo que ya lo saben, se lo habrán dicho muchas veces.
- Lo sabemos, sí. Venga, le presentaré al resto de habitantes.
Nos acercamos al grupo mientras yo sentía sobre mi sus miradas con una intensidad como nunca antes en toda mi vida.
- Convecinos, os presento a la Señorita Badea. Espero que nuestra propuesta sea lo suficientemente atractiva como para que se plantee quedarse con nosotros.
Recibí una cálida bienvenida colectiva y todos nos dirigimos al ayuntamiento para la entrevista de trabajo más exótica a la que me había sometido nunca.

La sala de reuniones, decorada en el más puro estilo medieval, estaba presidida por una gran mesa de madera noble, rodeada por sillas finamente labradas y con asientos forrados de exquisitas telas de terciopelo rojo. Cuando me senté tuve la misma sensación que si me hubiera saltado la zona acordonada de un museo, como si hubiera violado un conjunto histórico artístico, patrimonio de la UNESCO.
Me pidieron que ocupara un lugar situado  en mitad del ala izquierda de la mesa mientras ellos se repartían en los asientos del ala derecha, justo en frente de mi. Eran lo más parecido al tribunal de la Inquisición.

Sin darme apenas cuenta, algo se inició en mi interior. Nacía de la boca del estómago y crecía hacia arriba como el hongo de una explosión. Era un grito ahogado que aumentaba hasta hacerse audible en mis oídos. "¡Vete!" "¡Vete. Huye ahora que todavía puedes!".
A los que no somos místicos por naturaleza, nos cuesta creer en aquello del mal presentimiento, de las malas vibraciones. Cuando nuestro interior nos habla o lo ignoramos, o nos vamos al psiquiatra. Pero esta vez era imposible no hacer caso, el grito había inundado mi mente y había provocado en mi cuerpo una necesidad acuciante de salir corriendo.

Y de repente, como si una luz blanca, pura, lo hubiera bañado todo con esa capacidad iluminadora que permite distinguir hasta el más mínimo detalle, el escenario donde me encontraba se me presentó en toda su dimensión, sin sombras, sin espacios vacíos. Vi de manera clara ese pueblo de belleza imposible e irreal, como un decorado onírico. Algo creado para engañar a los incautos, igual que los carteles que anunciaban la próxima construcción de una urbanización, adornados con pinturas de espacios idealizados.
Les miré a ellos, a los habitantes de aquel reino de fantasía, con apariencia demasiado sana para su edad. Jóvenes eternos conservados en formol que me observaban con aquella sonrisa autómata pintada en sus caras coronadas por unos ojos sin expresión.
La extraordinaria claridad de mis pensamientos, de mi percepción, incluso a mi me sorprendió y actuó de revulsivo. Di un salto como impelida por un resorte invisible. Mi auditorio me miró con sorpresa, con la poca expresión que sus caras de cera podían adoptar.

Ulloa me habló con esa calma enervante y ese tono imperativo.
- ¿Le ocurre algo Señorita Badea?.
Le miré a lo profundo de sus ojos, allí donde residía una luz negra que no había visto hasta ahora. Me invadió un miedo irracional que anulaba mi voluntad. Estaba a punto de contestar que nada y volver a sentarme cuando, aquel espíritu rebelde que siempre me había caracterizado, aquel que siempre se había negado a aceptar las normas impuestas y que conseguí domar con los años, se desbocó. Lo sentí fuerte igual que en mis primeros años adolescentes.
Empujé la silla dejando hueco suficiente por si tenía que correr y con voz firme, todo lo que el temblor incontrolable que se había apoderado de mi me permitía, contesté:
- Señores, siento mucho haberles hecho perder el tiempo. Todo esto ha sido un error desde el principio. Yo tengo mi vida organizada y no necesito esto. Todo es culpa de la maldita Navidad. De la negra Navidad.
Y con paso resuelto me dirigí a la puerta sin mirar atrás. Sentía los ocho pares de ojos clavados en mi espalda. Fui consciente de la ira inmensa que invadía el espacio, tan poderosa que casi era tangible. Y entonces corrí. Como si no hubiera un mañana, sabiendo que cualquier duda momentánea anularía mi voluntad.

Milagrosamente llegué a mi coche sin tropiezos. Arranque y abandoné aquel sucedáneo de Shangrila como alma que lleva el diablo.
Al llegar al paso entre las montañas, el camino de tierra que daba acceso al pueblo, miré por el espejo retrovisor. Los extraños habitantes se encontraban en la linde de la población. Tiesos, observando mi huida desesperada sin un gesto pero con una fuerza invisible tan poderosa que, sin percatarme, dejé de apretar el acelerador.

Y de repente estaban allí mismo, rodeando el coche, sin hablar. Pero dentro de mi oí una voz que me decía, "no te vayas. Este es tu lugar. Naciste para estar aquí. Es el sitio que siempre has estado buscando, tu hogar. Quédate, cierra los ojos, descansa".
Una debilidad inexplicable me invadió. El coche se paró justo a pocos metros de la línea invisible que separaba el pueblo del resto del universo. El paso entre las montañas.

Pero el grito volvió a retumbar en mis oídos más potente aún "¡VETE!". Volví a apretar el acelerador propinándole un pisotón que debió desmontar algo en el pedal. El coche dio un respingo y como impelido por una fuerza sobrenatural se alejó de los "ancianitos". Seguí sintiendo mi cuerpo flácido, sin voluntad pero, el coche sin control, había encarado en línea recta la salida.
Una vez en casa, pasé días barajando la posibilidad de ir a la policía. Pero era todo tan surrealista que, cuando narraba la historia en voz alta, incluso a mi me sonaba a pesadilla resultado de una indigestión. Por tanto, esperé a que mis nervios se templaran un poco y volví a aquella carretera. Buscaba el punto exacto en el que se encontraba el desvío del camino de tierra. Mi intención era llevar allí a la policía con cualquier excusa y, una vez en el pueblo maldito y delante de sus fantasmales pobladores, explicarles... ¿Qué? ¿Mi percepción, mi corazonada? ¿Qué oí voces?. Una declaración como esa unida al testimonio de los "encantadores" ciudadanos donde explicarán que yo había salido corriendo de repente como si me hubiera vuelto loca y acabaría pasando una temporada en el psiquiátrico.
En estas estaba cuando me di cuenta que me había pasado el desvío sin verlo. Di la vuelta, di la vuelta, di la vuelta... Acabé pasando por el mismo sitio mil veces, ¡casi dejé la marca de las ruedas grabadas en el asfalto de tanto repetir el recorrido!. ¡El desvío había desaparecido!.
Volví a mi casa con la sensación de que, de verdad, todo había sido un sueño. Los recuerdos cada vez se difuminaban más en mi mente, flotaban en una especie de nebulosa convirtiéndolos en irreales.

Pasado el tiempo, se habían diluido hasta quedarse en una sensación desagradable, allí en lo profundo.
De repente, aquella Navidad ocho años después, una noticia ocupaba la portada de todos los medios. Una chica llevaba dos semanas desaparecida. La última noticia que se tenía de ella era que había partido hacia un pueblo en la montaña para una entrevista de trabajo. Y todo volvió. El miedo, la paranoia, las pesadillas... Esos ojos brillantes de luz negra mirándome en la oscuridad.
Y cuando había tomado la firme decisión de, esta vez sí, acudir a la policía para contar mi experiencia, ocurrió.

Me había dormido en el sofá después de comer. Era un sueño inquieto plagado de imágenes de personas sin rostro que me acosaban. Poco a poco una se fue destacando de la masa. Era Pablo Ulloa. El miedo me paralizó. Oí su voz amable, suave, firme:
- Querida Carmen, hace mucho tiempo, siendo testigos de la muerte irremediable de nuestro hermoso pueblo, tomamos la decisión de impedirlo a toda costa. Publicamos el anuncio al que tu acudiste pensando en que, una persona joven, podría llevar a cabo iniciativas para atraer a gente que quisiera quedarse. Se nos presentó un candidato. Un chico encantador que nos enamoró a todos. Gracias a él, nuestro mundo se convirtió en lo que es ahora. Un día nos dijo que debía partir a ayudar a otras personas. Pero que, si queríamos que todo siguiera igual, debíamos sacrificar, cada año por estas fechas, al ocupante del puesto que el iba a dejar vacante. Lo hemos hecho así todo este tiempo pero, desde que tu escapaste, los sacrificios no han sido suficientes. Fuiste señalada y debes volver a enfrentarte con tu destino.
Intenté despertar. Intenté huir de nuevo. Todo fue inútil. Cuando quise darme cuenta me encontraba aquí, tumbada en el suelo frío de la glorieta de estilo oriental. El señor Ulloa mantenía en alto un enorme cuchillo dirigido a mi corazón.

Si os deprime la Navidad y queréis escapar de ella. Si encontráis el anuncio ideal para cambiar de manera radical vuestras vidas...
¡No le hagáis caso!.

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