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Mi tío Raul

Cuando mi tío se sentó sobre el suelo del bosque, apoyando su encorvada espalda en el tronco de un algarrobo, cerró los ojos y respiró hondo. Luego se llevó la mano al costado derecho, introduciéndola entre la zamarra de piel y la camisa, y descubrí una mueca en su rostro, como si aquel movimiento le hubiera producido dolor. Levantó la cabeza y la echó hacia atrás, apoyándola también en el tronco rugoso. “Ya está –pensé–, va a componer una poesía aun en circunstancias tan adversas”.

Pero pasaba el tiempo y seguía en la misma posición. Creí que se había quedado dormido y consideré oportuno despertarlo, ya que había mostrado gran urgencia en alejarse de allí. Puse mi mano sobre su antebrazo y apreté con fuerza. En otras ocasiones se despertaba de inmediato, pero no dio entonces ningún resultado. Me vi en la obligación de emplear métodos más contundentes y zarandeé su cuerpo con energía. La mano que mantenía sobre el costado cayó al suelo como si fuera de palo y vi que estaba cubierta de sangre. Poco después, todo él se desplomó hacía un lado, quedando su cuerpo tendido sobre la tierra, rígido y doblado por la cintura. Supe entonces que estaba muerto, que aquel hombre lo había matado.

Yo no me acordaba de nada, pero contaba mi tío que el mismo día que cumplí los cuatro años le hice dos preguntas muy extrañas para un niño de esa edad. Y, según él, tuvo que esperar otros cuatro años para darme una respuesta adecuada a mis entendimientos. Aseguraba, con una convicción que no dejaba lugar al menor titubeo por mi parte, que tales preguntas fueron exactamente estas: ¿Para qué sirve el universo? ¿Qué se encontraría debajo del desierto si se quitara toda la arena?

Consideró conveniente responder a ambas preguntas cuando tuve ocho años y andaba con él por los caminos. Sus explicaciones me fascinaron, y entonces, con sumo tacto para que no interpretara mi asombro como incredulidad, quise saber si realmente le había hecho yo tales preguntas alguna vez. Respondió con una gravedad impresionante, mientras golpeaba la tierra con su bastón, que las formulé tal y como él había dicho.

Me fastidió un poco andar tan corto de memoria, pero otra consideración resultó mucho más penosa; a los cuatro años, por lo visto, tenía una sorprendente capacidad de indagación científica, capacidad que en otros cuatro años había perdido. Pronto empezaba a perder cualidades, cuando se suponía que estaba en la edad de ir adquiriéndolas; mala cosa. Al pensar que podía tratarse sólo de una merma esporádica en la memoria empecé a sentirme mejor. Ahora sé que no planteé aquellas cuestiones, y que era mi tío Raúl quien se hacía esas preguntas y me utilizaba para responderse a sí mismo. Ésas y muchas más. porque, en el fondo, lo que le gustaba no era inventarse respuestas, como a la mayoría de la gente, sino preguntas.

Inventaba preguntas mi tío, y versos, y constelaciones. Las preguntas siempre me las atribuía a mí. Me decía con mucha frecuencia: “¿Recuerdas aquella pregunta que me hiciste sobre…? Pues es llegado el momento de que te responda”. Y entonces se entregaba a una disertación exhaustiva sobre alguna cuestión que, minutos antes, yo hubiera considerado irrelevante.

Las poesías, por el contrario, jamás me las atribuyó; quedaba bien claro que eran obra suya. Tenía una facilidad asombrosa para componer versos. En cuanto se sentaba en el suelo apoyando su espalda en el tronco de un árbol e inclinaba la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, sabía yo que estaba a punto de inventar una poesía. Efectivamente; instantes después sacaba de su macuto un cuaderno y un lápiz y se ponía a escribir. Una vez escritos los versos, los leía para sus adentros, y luego lo hacía en voz alta, para que yo le dijera lo que opinaba de ellos. Casi todas las palabras que ponía me resultaban conocidas, pero así juntadas adquirían significados que se me escapaban, aunque me gustaba mucho cómo sonaban. Casi siempre hablaban de una mujer lejana y necesaria; lejana como los cometas y necesaria como el oxígeno para el corazón. Cada una de las poesías terminaba, invariablemente, con un interrogante. El interrogante cambiaba con frecuencia, pero la mujer, lo sospechaba, era siempre la misma.

  Por las noches, en mitad de un bosque o al borde del camino, escrutaba el firmamento con pasmosa atención y a veces me decía: “Mira, ahí tenemos la constelación de la Amapola Gigante”. Antes de aquel vagabundeo con mi tío creía entender un poco de constelaciones, pero entonces me di cuenta de que todas mis informaciones sobre el cielo eran falsas. Al principio, cuando me decía lo de aquella constelación con un nombre desconocido para mí le respondía que no había en el cielo tal figura. Pero él sacó su cuaderno y comenzó a dibujar estrellas, uniéndolas luego por medio de líneas para formar la figura de una gran amapola. Antes de trazar las líneas, yo hubiera jurado que las estrellas dibujadas eran las correspondientes a las constelaciones de Pegaso, Andrómeda y Piscis, pero, unidas de aquella manera, formaban verdaderamente la constelación de la Amapola Gigante. Juntaba palabras para hacer versos y estrellas para hacer flores en el firmamento.

Mi tío Raúl, además, era capaz de ver mil colores donde otro cualquiera sólo vería tres o cuatro. A veces me reñía porque le discutía sobre aquella supuesta capacidad suya, indemostrable por otra parte según pensaba yo. Pero me equivocaba al pensar aquello; me lo demostró una mañana de junio. Dijo que entre todas las hojas del inmenso álamo que nos daba sombra no había dos que fuesen idénticas en el tono. Me levanté y las observé detenidamente, luego arranqué un par de ellas y se las llevé, diciéndole: “Estas son exactamente iguales”. Mirándome sonriente, respondió: “Te equivocas, Rafaelito; la de la derecha es algo más grisácea que la otra”.

Como estaba seguro de que eran idénticas, me propuse someter a mi tío a una prueba que resultaría definitiva. Con las manos a la espalda trasladé las hojas varias veces, sabiendo siempre dónde quedaba cada una. Luego, abriendo las manos, le mostré de nuevo las hojas, diciéndole con expresión triunfadora: “¿A ver cuál es ahora la más grisácea?”. “Sigue siendo la de la derecha”. Me respondió con absoluto convencimiento, y efectivamente era la misma que la vez anterior. Pura casualidad, pensé, y repetí la prueba veinte veces seguidas, siempre con el mismo resultado. Al final me convencí de que era capaz de distinguirlas por el tono, aunque la variación entre ellas fuera del todo imperceptible para otros ojos, y a partir de entonces comenzó mi aprendizaje en la percepción de los colores, aunque jamás conseguí alcanzar ni una pequeña parte de su capacidad.

El tiempo que pasé con mi tío no creo que fuera superior a seis meses. Mi padre murió un par de años antes de que a mi madre la internaran en un hospital. Era muy pequeño yo para entender de esas cosas, aún no había cumplido los ocho, pero no se me escapó el motivo de tal internamiento: problemas relacionados con su estado mental. No me quedaba más familia que el tío Raúl y él me acogió en su casa de soltero; lo mejor que me podía ocurrir después de las desgracias porque siempre me cayó muy bien.

Ya desde los primeros días noté que, aunque se ocupaba de mí debidamente, no parecía muy entusiasmado con mi presencia. Dado que siempre habíamos tenido buenas relaciones, decidí preguntarle sin rodeos si le fastidiaba que estuviera con él, convencido de que, si la respuesta era afirmativa, podría valerme por mí mismo. Me respondió que no se trataba de eso, que en realidad me quería mucho y no le molestaba, aunque consideraba que habían sido algo inoportunos los acontecimientos. Se quedó un rato callado y luego me explicó que precisamente en aquellos momentos tenía un proyecto importante que debía olvidar al haberse hecho cargo de mí. Le expresé mi pesar por tal contrariedad y aún tuvo que consolarme, restando importancia a su proyecto.

Por la noche, mientras cenábamos, le pregunté si podía explicarme cuáles eran aquellos planes que se había forjado antes de la desgracia. Me miró durante unos minutos, sonrió largamente, y me dijo: “Responder a una pregunta que me hiciste tiempo atrás”. Como vio el asombro en mi cara, siguió: “Me preguntaste si alguna vez me quiso una mujer, y eso es lo que pretendía averiguar”

No recordaba haberle hecho jamás una pregunta semejante, pero no dije nada; comprendí que iba a continuar hablando y me dispuse a escuchar. Sin embargo, aquella noche no volvió a nombrar a mujer alguna. Me habló, como si lo hiciera de algo perdido para siempre, de su apetencia reciente por salir de allí para recorrer los caminos que discurrieran junto a los ríos y los que atravesaran montañas; cualquier camino que condujera a un pueblo en un radio de cincuenta kilómetros. Quería ver si encontraba lo que necesitaba, y si no lo encontraba se sentiría satisfecho de haberlo intentado. Le pregunté si pensaba ir caminando y respondió que sí, que eso era lo que quería exactamente. Permanecí un rato pensativo, sin atreverme a decirle lo que pensaba, pero al final lo solté: “Oye, tío, ¿crees que te molestaría mucho la compañía de un niño en el viaje?”. Diversos impedimentos se le ocurrieron en escasos segundos. Sin embargo, el que consideraba más definitivo se lo desmonté en seguida, porque era cierto que yo tenía más costumbre de caminar que él, y si alguien se iba a cansar, o asustarse por las noches, no sería yo. Media hora después, poco antes de irme a dormir, llegamos al acuerdo de partir juntos.

Salimos dos días después, con las primeras luces de una mañana de jueves primaveral. Cargamos escaso equipaje, contenido en dos macutos de color marrón verdoso, y todo el dinero del que disponía mi tío. La tarde anterior hicimos un corto viaje en tren para despedirnos de mi madre. Su hermano sólo le dijo que estaríamos una temporada fuera, sin más explicaciones, y salió de la habitación. Yo quise ponerla al corriente de todos los pormenores, exagerando los atractivos del proyecto para que se quedara contenta, creyendo compensar con ello la parquedad de mi tío. Sin embargo, al final de la tarde, tenía la seguridad de que a ella le daba lo mismo la parquedad que la locuacidad porque no se enteraba de nada. Me entristeció sacar la conclusión de que ni siquiera fue consciente de mi presencia, aunque es verdad que me acarició la cabeza un par de veces. Esto último, lo sabía,  no significaba nada; cuando estaba en casa, momentos antes de que mi tío la llevara a aquel lugar, se pasaba el día acariciando al gato sobre su regazo.

En cuanto dejamos la carretera, tomando un camino de carros a la izquierda, me explicó mi tío que algunos hombres en el pasado descubrieron grandes continentes e islas ignoradas por haberse decidido un día a salir de casa sin rumbo fijo. Le pregunté si creía en la posibilidad de que nosotros descubriésemos algún pueblo dónde jamás hubiera estado ningún forastero, un pueblo que ni siquiera tuviera nombre y esperara que nosotros le diéramos uno. Meneó la cabeza con insistencia y me respondió que no lo creía probable.

Luego caminamos en silencio para ahorrar energías durante un trecho, hasta que él se detuvo para coger una rama del suelo. Sacó entonces su navaja del macuto y dio a la vara la longitud apropiada para que le sirviera de bastón. Cuando comprobó que le resultaba útil, comenzó a hablar, mirando siempre hacia adelante: “No me parece que poner nombre a las cosas, ni siquiera a los pueblos, sea algo importante. Así que, en el caso de que fuera posible encontrar un pueblo sin nombre, yo te recomendaría que no intentes bautizarlo, porque con toda seguridad, sus habitantes lo prefieren anónimo. Por otro lado, los nombres de los pueblos dicen bien poco sobre lo que hay en ellos, en la mayoría de los casos. No te fíes, Rafaelito, de los nombres de las cosas. De todas formas, no tengo yo interés en descubrir pueblo alguno; sólo pretendo encontrar lo que busco en cualquiera de ellos. Tal vez entonces termine el viaje y regresemos”

A punto estuve de preguntarle qué era lo que esperaba encontrar, pero me pareció complicada la pregunta y desistí; por lo visto ya no tenía aquella capacidad interrogativa de los cuatro años. En ausencia  de tal capacidad, me conformé con desear que mi tío no encontrara lo que buscaba en seguida, privándome así del placer de seguir caminando por el desconocido mundo. Tampoco pretendía que el hombre tuviera que renunciar al objetivo que le había movido a aquella aventura singular. Lo bueno sería que hallara el objeto de su búsqueda más adelante, cuando yo estuviera bien adiestrado como vagabundo para poder continuar solo, ya que para mí no existía un objetivo concreto en ninguna parte; sólo el de pisotear las sendas, recorriendo distancias sobre la tierra pura, y el de no regresar al punto de partida. Tenía en contra el inconveniente de la esfericidad del mundo, y debería andarme con cuidado para evitar los caminos rectos, porque en un mundo redondo los caminos rectos, si los sigues hasta el final, te llevan al mismo lugar del que saliste.

Eso lo tenía muy claro; fue una de las primeras cosas que dijo mi tío en la inquieta noche anterior a la partida. También tuve claro, mientras le miraba caminar, que él no necesitaba para nada aquel bastón que se fabricó. Sus pasos eran muy firmes, y la vara de avellano sólo rozaba el suelo de vez en cuando, por lo que no podía servirle para apoyarse en ella. Entonces pensé que tal vez fuera una artimaña para procurarse otro contacto con el camino, o quizá lo usara con el mismo fin que los marinos utilizan el remo; para empujar hacia atrás las millas. Me gustó la idea y me procuré otra vara de avellano. Intenté sincronizar el ir y venir de ambos bastones, cosa que me resultó imposible debido a la diferencia entre las longitudes de cada uno de ellos.

En tal observación estaba cuando mi tío se detuvo de pronto. Se quitó el sombrero para enjugar el sudor de su frente, miró hacia el cielo durante un momento, y luego me dijo mientras se ajustaba el macuto: “No es necesario que le des más vueltas a tu pequeña cabeza; yo mismo responderé a la pregunta que te ronda: Ando detrás de una mujer. No de una mujer cualquiera, sino de una muy en particular”. Dicho eso, siguió caminando.

Mi tío Raúl me sorprendió con mucha frecuencia, pero no aquella vez; yo era pequeño pero no muy inocente, y sabía bien lo que él buscaba, aunque no me hiciera una reflexión del todo acabada sobre el particular. De todas maneras, en aquel momento lo que empezó a preocuparme era si tenía alguna idea sobre dónde encontrarla, ya que ello afectaba a mi futuro como vagabundo. Tanto me preocupaba que se lo pregunté como si se tratara de simple curiosidad. Me dijo que no, lo que me reconfortó en buena medida.

La primera noche, que no todas, dormimos en una posada. Después de cenar, mientras me instruía sobre su particular sistema de constelaciones, se quedó mudo por un rato, como si meditase la necesidad de inventarse una nueva figura en el cielo. Pero cuando me habló fue de otro tema bien diferente: “Para que no sigas haciéndote preguntas, te diré algo sobre la mujer que busco: Se llama Carmen, y eso no es importante; podría llamarse de cualquier otra manera y sería exactamente la misma. La conocí en el pueblo, hace dos años, y tuvimos una cierta relación amorosa; ¿sabes lo que es una relación amorosa? Seguro que no, eres demasiado pequeño pare eso. Una relación amorosa es…” Tuve que interrumpirlo para asegurarle que no consideraba necesario que me lo explicara en aquel mismo momento; mejor lo dejaba para otra ocasión y seguía con lo de Carmen. Aceptó de buen grado mi sugerencia, quizá porque le parecía embarazosa la explicación sobre las relaciones amorosas, y siguió hablándome de la mujer hasta la hora de dormir.

Sus palabras fueron emocionadas unas veces y tristes otras, y su relato largo, pero, en resumidas cuentas, esto fue lo que supe: La mujer que buscaba tenía un rocín blanquecino, ceniciento, con grandes alforjas repletas de paja. Entre la paja cargaba loza para vender por los pueblos y sortilegios para enamorar a los hombres. Llegó al pueblo en la mañana del día de la Asunción, en plenas fiestas, anunciando sus platos y tazas de piedra. Mi tío la vio desde el balcón y bajó de inmediato a la plaza, fingiéndose interesado por la mercancía, incluso compró algunas piezas sólo por permanecer unos instantes junto a la mujer.

Nunca le atrajo nadie con tanta fuerza; las pocas chicas que ejercieron sobre él alguna atracción pasaron por su lado sin que experimentara más emoción que la puramente contemplativa. Pero con la chica del rocín, por lo visto, experimentó algo que no fue capaz de explicar con claridad, no pudiendo resistir la tentación de establecer algún tipo de contacto con ella. No sabía yo cómo lo hizo, pero logró convencer a la vendedora para que se quedara al baile de la tarde, y ella llegó más lejos, quedándose toda la noche y el día siguiente con él. No durmió mi tío en dos días, según sus palabras, y descubrió las delicias de aquella mujer; en la casa primero y luego en la hierba de la ribera del río, donde éste se ensancha pasada la primera hoz.

Al fin tuvo Carmen que marcharse. Él le pidió que no lo hiciera todavía; que se quedara unos días más. Ella le respondió que si le pedía que se quedara para siempre lo haría sin dudarlo, pero sólo para unos días no estaba dispuesta. Otra posibilidad, propuso la mujer, era que él la acompañara a vender cerámica por la comarca. Terminó por alejarse sola. Pero, como una separación definitiva no satisfacía tampoco a ninguno de los dos, acordaron verse el sábado siguiente en la feria de un pueblo cercano.

Allí la encontró mi tío de nuevo, pero no fue un encuentro muy agradable por lo que me contó. La mujer parecía hacer uso de su carga de sortilegios en todas partes y ya había enamorado a otro hombre. Se dio cuenta en seguida de cómo estaban las cosas, pero no intervino de inmediato, esperando la ocasión de encontrarla a solas. Fue por la noche, en una esquina adornada con banderas de papel, donde la abordó, enojado por lo que consideraba una traición. Que era libre como las golondrinas, le respondió Carmen, y que le había dado la oportunidad de quedarse a su lado, oportunidad que él despreció. A pesar de todo, si tenía algún interés por ella y se decidía, la podría encontrar en cualquier pueblo, en cincuenta kilómetros a la redonda.    

Aquel fue el segundo error en la misma semana, aseguró mi tío; el de dar media vuelta y marcharse orgulloso y ofendido. Se dio cuenta en cuando llegó a casa y se encontró consigo. Podía aún enmendar el mal, pensó, pero un orgullo estúpido se lo impidió.

Meses después, el orgullo había remitido considerablemente, hasta convertirse en simple ridiculez, al tiempo que las posibilidades de encontrarla menguaron. Sin embargo, las crecientes apetencias de volver a sentir lo que sintió con ella, para siempre además, hicieron concebir en su mente la idea de que no sería tan difícil dar con Carmen. Al fin y al cabo, sólo tenía que salir a la calle y lanzarse por los caminos, sierras, ríos y pueblos, en un radio de cincuenta kilómetros, para dar con ella y llevarla a casa. Tendría que hacerlo a pie o a caballo, ya que ella viajaba en rocín, y no se la iba a encontrar en un tren.

Como no tenía caballo, ni sabía montarlo, desechaba tal medio en cuanto le venía a la cabeza. Caminar por la tierra, escuchando los silbidos del viento, los cuchicheos del agua y los cautelosos pasos del caminar de las estrellas, no estaría nada mal.

La idea iba tomando fuerza poco a poco, hasta convertirse en una decisión inquebrantable, y resolvió recuperar cuanto antes a aquella mujer porque ninguna otra podría sustituirla. Pero entonces, cuando la decisión estaba tomada con fecha y hora, su hermana se puso peor y tuvo que ocuparse de ella. Tanto empeoró mi madre que no vio el médico otra solución que ingresarla en un centro para personas que padecían su mal, y mi tío tuvo que hacerse cargo de mí, circunstancia por la cual se le iría al traste su proyecto. Pero no fue así, y allí estaba, acompañándole en aquella búsqueda como un escudero.

Aquella noche, a la puerta de la posada, y bajo un cielo estrellado como ninguno, terminó así su explicación: “Tú no puedes entender estas cosas todavía, Rafaelito, pero aun así te diré que Carmen dejó demasiadas luces encendidas en mi vida y nunca supe apagarlas. Por eso la busco”. Medité largo rato sobre las palabras de mi tío y, por extraño que pueda parecer en un niño de ocho años, alcancé el significado de ellas. Dejé la meditación para preguntarle sobre lo que pensaba que ocurriría si la encontraba alguna vez. “Bueno –me respondió, dando suaves golpes en el suelo con el bastón– si no tiene otra cosa, tal vez se venga con nosotros”. Ahí si que no estaba de acuerdo con él, aunque no se lo dije. Me parecía probable, sin entender en tales materias, que la mujer estuviera todavía dispuesta a seguir a mi tío. Pero una cosa tenía clara: no lo haría si estaba yo con él. Y en aquel momento empecé a prepararme para desaparecer en cuanto percibiera el menor signo de la presencia de Carmen. Pero no volvería al pueblo. Seguiría solo por el mundo sin buscar nada y evitando los caminos rectos para no volver al mismo sitio.

Anduvimos por valles y crestas, vadeamos ríos mansos y torrentes impetuosos, con sol quemante o lluvias tormentosas. Dormimos al raso muchas noches; unas por placer y otras por necesidad al caernos encima la oscuridad. Muchos versos inventó mi tío, sentado sobre la tierra y apoyada su cabeza en el tronco de un árbol; versos que hablaban unas veces de una mujer morena, huidiza a lomos de un caballo de plata, y otras de una amazona que viajaba en la estela de un cometa ofreciendo loza blanca a las estrellas que formaban la constelación de Alfonso X el Sabio. En varias ocasiones, ya lejos del punto de partida, vi como soltaba el bastón de pronto y salía raudo para alcanzar a una mujer que caminaba delante, bien por un camino de tierra o por una calle empedrada. Yo me quedaba parado, observando la reacción de ella cuando era alcanzada y preparado para desaparecer si sonreía abrazando al recién llegado. Pero siempre volvía el hombre cabizbajo, después de quitarse el sombrero para pedir disculpas a la sorprendida caminante, y recogía el bastón de mis manos sin decir una palabra.

Y al fin llegó el día anhelado por mi tío. La noche anterior, en cuanto comenzó a oscurecerse la senda y la oscuridad aconsejaba el descanso, nos sentamos en una roca. Yo comí un poco de queso y él echó un trago de vino rojo. Cerró la botella, apretando el corcho con fuerza, y se dedicó a trazar signos indescifrables en el suelo con la punta de su bastón. Luego puso éste en posición vertical e, inclinando su cuerpo hacia delante, apoyó sus manos en él. Entonces respondió a unas preguntas que, supuestamente, le había formulado yo cuatro años antes. Esto fue lo que dijo: “El universo sirve para que no olvidemos nunca lo insignificantes que somos los humanos… Si quitásemos toda la arena del desierto, encontraríamos bosques verdes disfrazados de lodo negro; se ocultaron allí, hace tiempo, para no verse obligados a presenciar ciertas cosas que modificaban el mundo".

Reflexionando sobre tales palabras me quedé dormido. Por la mañana, con los primeros ajetreos de los pájaros, emprendimos la marcha. Llegamos pronto a la entrada de un pueblo y nos detuvimos antes de terminar de cruzar un puente que salvaba un río inquieto y presuroso procedente del oeste. En mitad de aquel puente de piedra, mi tío oteó el panorama hacia la derecha, hacia un valle que, muy a lo lejos, parecía cerrarse. “Vamos, Rafaelito”, me dijo mientras daba media vuelta y desandaba el medio puente recorrido. Junto al puente, siguiendo el curso del río, empezaba, o quizá terminaba, un camino de herradura que seguimos contra la corriente. El valle era hermoso y, como el otoño aún no había avanzado mucho, los cerezos mantenían sus hojas, y también los chopos. Invitaba el paisaje a caminar y a observar la naturaleza.

La decisión de continuar por allí en lugar de meternos en aquel pueblo me pareció acertada; no sólo por el goce de contemplar el bonito valle, sino porque pensaba que existían más posibilidades de encontrar a aquella mujer en un lugar habitado que en medio de un estrecho camino. Y sabía muy bien que el día en que ella apareciera yo tendría que abandonar a mi tío, idea que no me hacía nada feliz.

Vadeamos el río y tomamos un camino ascendente que zigzagueaba entre bosques de pinos y enebros. Cada cuarto de hora, poco más o menos, proponía yo que nos detuviésemos un momento para contemplar el valle desde lo alto. Ciertamente era hermoso aquello, aunque la verdadera razón que motivaba las paradas era un cansancio que no quería reconocer. Entre avances y pausas, llegamos al fin a un collado que permitía el paso a otro valle más abierto. Descendimos por un camino muy parecido al anterior, pero con algunas ventajas; la primera que el descenso resultaba mucho más cómodo que la subida, y la segunda, que siempre teníamos la preciosa vista del valle ante nosotros. Allá abajo, como si caminásemos sobre un mundo de juguete, se veía una población en miniatura, con chimeneas en las casas por las que se escapaba un hilo de humo gris azulado. Mi tío me dijo el nombre del pueblo, pero no me es posible recordarlo. Llegamos en las primeras horas de la tarde. Por una estrecha calle penetramos al pueblo y desembocamos en una plaza empedrada, amplia y muy animada. Había mercado, añadiendo atractivo al lugar los puestos multicolores de telas y frutas. Compró mi tío dos manzanas y me dio una. Mientas la frotaba sobre la manga para sacarle brillo antes de comerla, vi que soltaba el bastón y avanzaba veloz hacia un puesto de cacharros de cerámica.

Recogí el bastón del suelo y esperé alejado y atento, deseando que se produjera la misma escena de otras veces. Alcanzó el hombre el puesto y se quedó plantado ante él un momento. Al otro lado había una mujer, de espaldas, ocupada en ordenar los cacharros de cerámica en los estantes. No sé si mi tío dijo algo; si pronunció algún nombre, o cualquier otra palabra, no podía oírlo desde mi posición. Pero sí pude ver que bordeó el tenderete, pasando al otro lado para situarse justo detrás de la mujer que seguía atenta a su tarea. Instantes después, cuando el tío Raúl cogió a la mujer por los brazos, creí que había llegado el momento de marchame. Al fin había encontrado a Carmen y yo estaba de sobra.

Me temblaron las piernas y una especie de corriente eléctrica floja recorrió mis miembros, pero tuve el valor de hacer lo que debía y comencé a alejarme lentamente. Quise mirar por última vez a mi tío y me volví para hacerlo. Pero lo que vi me pareció extraño. La mujer gesticulaba airada, gritando algo que no llegué a entender, mientras el tío Raúl se quitaba el sombrero en actitud humilde, como pidiendo disculpas. Se había vuelto a confundir, y en el fondo me alegré de que así fuera. Pero entonces presencié algo que sucedió con mucha rapidez. Un hombre se acercaba corriendo hacia mi tío y le asestaba un fuerte golpe en un costado, un puñetazo, pensé; tal vez se trataba de un celoso marido y me mantuve expectante. Se encogió por el golpe mi tío. El otro, con la misma rapidez de antes, cogió a la mujer que no era Carmen de un brazo y la obligó a alejarse con él. En unos segundos habían desaparecido ante el asombro de los presentes.

 Salí de mi sorpresa y corrí. “¿Te ha hecho daño?”, le pregunté. “No es nada, Rafaelito… Dame mi bastón y vámonos”. Yo sabía que aquel puñetazo le había hecho daño, porque caminaba penosamente, apoyado en el bastón y en mi hombro. Así conseguimos llegar hasta los primeros árboles del bosque, donde mi tío Raúl, agotado, se sentó a descansar sobre la tierra, apoyando su espalda en el tronco de un algarrobo. Luego levantó la cabeza y la reclinó también sobre el tronco del árbol. Pensé que iba a componer una poesía, ya que aquella era la actitud que adoptaba cuando se disponía a hacer versos. Pero pude comprobar que aquel hombre no le dio un puñetazo: le clavó un cuchillo que llevaba la muerte en su filo.  

Tuve que hacer un gran esfuerzo para incorporar su cuerpo y apoyarlo de nuevo en el árbol, pero al fin lo conseguí. Le puse el sombrero, abroché los botones de la zamarra y limpié la sangre de su mano. Di unos pasos hacia atrás y contemplé su aspecto; parecía talmente dispuesto a inventar una poesía. Luego me senté a su lado y lloré durante un tiempo imposible de precisar ahora. Cuando comencé a caminar ya había oscurecido y en el cielo del este brillaba imponente la constelación de la Amapola Gigante.

Seguí caminando por valles y collados, evitando siempre los caminos rectos porque, si el mundo es redondo, los caminos rectos me llevarían otra vez al mismo sitio.

He intentado, muchos años después y en más de una ocasión, identificar aquel lugar en un mapa, trazando un círculo que abarcaba cincuenta kilómetros de radio con mi pueblo de origen en el centro. No logré mi propósito, y en algunas noches de dificultoso sueño llegué a pensar si no inventaría mi tío, de la misma manera que se inventaba constelaciones, aquella mujer, aquel pueblo y aquella muerte.

 

Ferran Máñez

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