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Mi hermano el arquero

A Marcos lo apodan Arquero desde que tenía siete años.  Lo llamaban así los  miembros del Pelotón, derivado de pelota.  Éste era el nombre oficial del equipo de fútbol que formábamos los muchachos del conjunto de  edificios que rodeaban el parque.  El campo de fútbol era parte del parque y nosotros éramos sus dueños por derecho de uso.  Para hacer equipos, permitíamos que vinieran al campo muchachos de otros conjuntos.  Jugábamos casi todos los días de las cuatro de la tarde en adelante.  A eso de las siete, se escuchaba la vocería de las madres desde los balcones de los apartamentos como clarinada para que subiéramos a cenar.  Mi madre decía que la reunión para cenar era sagrada, opinión que parecían compartir todas las madres del sector.

El apelativo de  Arquero se lo puso Héctor, la estrella del equipo.  En realidad no lo llamó sólo Arquero, le seguía una especie de apellido: Tapaculo.  Así que lo nombraba Arquero Tapaculo.  Todo vino porque Marcos en sus etapas de euforia se integraba al juego y parecía un  arquero con futuro.  El problema es que Marcos, ya desde ese tiempo,  podía pasar de la euforia a la depresión en cosa de minutos.  Entonces se apoderaba de la bola abrazándola con toda su fuerza.  Se ponía en cuclillas en un rincón de la portería, se balanceaba como una silla mecedora con motor y no había forma de que soltara el balón para seguir el juego.  En una ocasión,   Héctor le gritó: ªPasa  esa bola, no te la comas, que se te tapa el culo” y Marcos, nada, que no la soltaba.  Héctor, con las venas del cuello a punto de explotar, siguió gritando: “Suelta la bola, Arquero Tapaculo” y entonces ocurrió lo que menos yo hubiera deseado: todo el pelotón le hizo coro a Marcos: “Arquero Tapaculo…. “ y siguieron repitiéndolo hasta que yo saqué fuerzas de no sé donde y cargué a Marcos hasta el edificio y lo llevé a casa dejando atrás el vocerío.  Lo acosté en su cama donde conservó su posición de caracol hibernando.  Si soltó el balón fue para dejar de escuchar las rogativas de mi madre preocupada porque llevaba tres días de ayuno.  Atendió a mi madre y entró de nuevo a la vida como si nada.  Cuando Marcos sale de sus depresiones  no tiene memoria del tiempo que estuvo preso por ellas.

Lo de Héctor fue una revancha, porque Marcos, en uno de sus momentos brillantes, había dicho que Héctor no se había alimentado de leche materna sino de café con leche manado de una pelota de fútbol y le puso por apodo “Mamabola”.  Porque Héctor comía, dormía, soñaba, corría, saltaba, se arrastraba, en suma, vivía por el fútbol.  Nunca he conocido personalmente a otro ser con esa pasión por el fútbol.  Al final de su adolescencia, Héctor ya estaba en la selección nacional de fútbol y antes de su mayoría de edad, se fue a Europa contratado por un equipo italiano.  Desde entonces no lo he visto sino en TV y en las páginas deportivas de los diarios.

En los tiempos del Pelotón, nos hacíamos bromas pesadas de acción y de verbo y todos sabíamos que eran sólo eso, bromas, menos Marcos. A consecuencia de  una mentada de Arquero Tapaculo que le espetó Héctor,  Marcos entró en depresión y no salió hasta que Héctor subió a nuestro apartamento al día siguiente, pidió perdón a mi hermano, juró no llamarlo más por el condenado sobrenombre y le regaló su pelota de fútbol a la que atribuía propiedades mágicas.  Lo que Marcos nunca ha sabido, es que convencí a Héctor para que hiciera lo que hizo con un argumento irrefutable.  Lo arrinconé esa tarde y le dije que mi madre le lanzaría una maldición si no iba a disculparse con Marcos.  “¿Y qué tipo de maldición sería ésa?” me preguntó Héctor.  “Mi madre le pedirá a Dios que te mande un gen igual al que tiene Marcos y no podrás seguir tu carrera en el fútbol.  Estarás condenado a tener altos y bajos.  En los altos serás el mejor jugador, pero en los bajos no te provocará ni salir de la cama; y eso puede durarte  meses”, le respondí.  Héctor amaba el fútbol más que a su propia madre.  Como la mía, ésta tenía  ojos verdes y la mirada de las gitanas que aparecen en las telenovelas, él se creyó lo de la maldición y media hora más tarde se apareció en casa con su balón.  La vista de la pelota hizo salir a Marcos de la cama como por arte de magia, precisamente porque mi hermano creía que era un balón mágico, como estábamos dispuestos a jurarlo todos los del Pelotón.

 Siempre he protegido a mi hermano porque lo quiero con una mezcla de amor y compasión.  Su sola vista me ablanda el corazón.  Aparte de él, eso sólo me ocurre con mis hijos.  Tomé a Marcos bajo mi ala desde que tenía ocho  años, cuando mi madre decidió apagar todas las alarmas y desentenderse de los cambios de humor de mi hermano.  Lo había llevado al psiquiatra y le hicieron toda clase de pruebas.  El diagnóstico fue como el dictado de una sentencia: trastorno maniaco depresivo.  Años después lo llamaron desorden bipolar, porque tiene dos polos, como el globo terrestre.  Pero en el caso de ese síndrome los polos no son Norte y Sur, sino euforia y depresión.

Ya mi madre había tenido suficiente con ese desorden.  Mi tía abuela Serafina lo había sufrido y la infancia de mi madre estuvo marcada por la convivencia con su tía.  Ésta se aislaba en su habitación del piso de arriba de la casa de mi abuela que se había casado con un italiano, de nombre Donato.  Mi abuelo Donato vendía joyas de puerta en puerta en poblaciones rurales montado en un burro y cobraba a sus clientes los sábados por la mañana.  Así fue que Donato conoció a mi abuela pues mi bisabuela era una de sus clientes.    Los ojos verdes de mi madre venían en línea directa de mi abuelo Donato.  Mamá se los pasó a Marcos junto con el pelo rubio y ensortijado de su padre.

Mi abuelo Donato era el típico patriarca italiano y acogía en su casa a cualquier miembro de la familia que estuviera en problemas y ese era el caso de su cuñada la tía Serafina.  En su fase depresiva, ella se tejía y refugiaba en una especie de capullo, como el gusano de seda. Había que llevarle la comida a la cama y a veces pasaba hasta una semana tomando sólo agua.  Serafina tenía la belleza de una madonna como las que aparecen en las pinturas del Renacimiento.  Al término de esos ayunos involuntarios, dice mi madre, lucía  etérea, no obstante lo cual, habiendo entrado en su etapa eufórica derrochaba energía, como si quisiera resarcir a la familia del ensimismamiento por el que acaba de pasar.  En esa fase ganaba algo peso y su hermosura resplandecía.  Cuando salía a la calle, la gente se paraba a mirarla confundiéndola con una criatura celestial.

 Mi madre revivió con Marcos los traumas de su niñez en relación con la tía Serafina.  Marcos es de una hermosura fuera de lo común.  Si Miguel Ángel lo hubiera visto, lo habría escogido como modelo para su David.  Él es menor que yo pero me supera en más de un palmo en estatura.  Cuando el sufrimiento que le causaba ver reproducido en su benjamín el cuadro de su tía, y consciente de que  no tenía remedio, mi madre lo borró de su lista de hijos,   Y Marcos no tenía remedio porque se negó a volver al médico, cuando supo que la tía Serafina había muerto en un hospital psiquiátrico.

Cuando Marcos cae en depresión, igual que la tía Serafina, se encierra en ese espacio interno que todos llevamos, donde pensamos y hablamos con nosotros mismos de todo, pero  no todo lo compartimos con otros seres, sino que una porción la dejamos allí, encerrada con un candado externo cuya llave guardamos celosamente de por vida, para que otro no tenga acceso a la apertura del cerraje.  No hay esfuerzo ajeno que abra ese espacio íntimo.  Y si uno es suficientemente fuerte, sea hombre o mujer, no abre ese espacio ni bajo desalmada tortura, tal como impide la valva su apertura, determinada a no exponer su nácar.       Tampoco lo abrimos al habilidoso interrogatorio de confesores, psicoanalistas o cualquier otro indagador de los asuntos del alma.  Únicamente permitimos llegar cerca, pero sólo cerca, a ese ser que nunca sabemos por qué amamos casi más que a nosotros mismos.  En  realidad, le permitimos atisbar, columbrar, pero nunca, ni siquiera tocar, ese etéreo velo que revela sin permitir ver realmente y que disuelve el alma como la luz del crepúsculo hace difusas las formas.

Lo que más me entristece es que Marcos tiene una mente privilegiada para las matemáticas.  Cuando estudiábamos secundaria yo iba tres años más adelantado que él.  Y mi hermanito, cuando yo estaba en la mesa del comedor tratando de resolver una ecuación,  miraba por encima de mi hombro, entibiaba mi cuello con su aliento y enseguida veía la solución.  Igual ocurría cuando trataba de armar un rompecabezas de cinco mil piezas y él, con sólo un vistazo, conseguía la pieza que yo tenía dos días tratando de encontrar.  No sé cómo lo hacía, pero cuando yo estudiaba arquitectura, el resolvía problemas de cálculo con los cuales yo me estrellaba.

Toda la vida me he preguntado: ¿Por qué un maldito gen tiene que venir a joderle la vida a una persona como mi hermano?

 Cuando Marcos está en su etapa maniaca, esto es, eufórica, nadie se le resiste.  A su ímpetu se agrega su parecido a Brad Pitt sólo que él es más alto que Brad.  Pero, hasta en esa etapa vehemente, tiene una mirada que clama a gritos por amor.  Es la mirada de su niño interior que se siente desamparado.  Esa mirada provoca que los hombres lo identifiquen con  un hermano menor a quien deben proteger, tal como a mí me ocurre,  y las mujeres, con el niño que quisieran llevarse a casa y rodearlo de amor maternal.

Fue en una de las etapas de entusiasmo que Micaela se enamoró de mi hermano.  Él tenía veinticinco años y ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él.  Al principio de su relación, le confesó a Luisa, mi primera mujer, que Marcos follaba como los ángeles.  No sé de donde sacó ese símil porque, hasta donde yo sé, todavía en pleno siglo XXI no se ha determinado el sexo de los ángeles, aunque la discusión entre los padres de la Iglesia comenzó antes de la Edad Media.

Después de diez años de matrimonio, Micaela lo ha abandonado.  Marcos está actualmente como en el limbo, esto es, en un estado de transición entre la euforia y la depresión.  Se mudó con  nuestros padres porque Micaela lo echó de la casa después de confesarle que se había acostado con Aldo, un mequetrefe que trabaja en el cafetín del centro de estudiantes de la Facultad de Economía.  Los amigos y la familia despotrican contra ella.

Yo no estoy de acuerdo con ellos, porque Micaela es una heroína.  Haber convivido por diez años con los altos y bajos de Marcos la hace merecedora de ese título.  Cuando él se ponía en posición fetal y la ignoraba a ella y al resto del mundo por meses, ella le preparaba sus platillos preferidos y le alimentaba como si de un bebé se tratara.  A diario humedecía una toallita, la untaba de un jabón perfumado con lavanda y lo pasaba por toda su piel en una muestra de su infinito e inamovible amor.

Critican a Micaela porque lo ha echado de la casa y se les olvida que en una década de matrimonio, ha sido ella la que ha puesto el pecho para mantener el hogar.  Marcos no está en capacidad de conservar un empleo.  Lo han despedido en innumerables ocasiones tanto por sus depresiones como por sus maniacos entusiasmos.  Cuando entra en la etapa de euforia, se pone tan ufano que sólo quiere disfrutar.  No quiere estropear su estado de ánimo y cumplir con rutinas de trabajo.  Mientras, ella ha mantenido en pie su casa, así que está en todo su derecho de considerarla suya y nada más que suya.

En sus períodos de exultación, Marcos saca a relucir sus habilidades artísticas.  Tiene el don de dibujar como lo hacen los grandes pintores y una destreza súper en el manejo del color.  A esto se agrega que su niño interior se manifiesta con relatos para niños que ilumina con floridos y chispeantes ilustraciones cautivantes a los ojos infantiles.   Micaela ha sido su agente y sus libros para pequeños se venden bien.  Pero los editores esperan que él produzca disciplinada y regularmente.  Pierden interés cuando Micaela no puede darles fechas de entregas del próximo libro.  Micaela se abstiene de darles explicaciones sobre la falta de continuidad de la producción artística de Marcos y los editores esperan resultados como si se tratase de una factoría.  En resumen, se da un conflicto de intereses.  Mientras, en los cajones del escritorio de Marcos se acumulan libros que harían viajar la imaginación de los niños a espacios sidéreos.

Micaela ha sido el pilar de ese hogar y mientras ella se echaba al hombro los problemas, sus criticones,  por el contrario, simulaban ignorar la existencia de Marcos en los períodos en que hacía mutis de la vida, porque en el fondo las enfermedades mentales nos aterrorizan tanto o más que el sida.  Como si esos trastornos fueran transmisibles.

El amor y la paciencia pueden tener un límite si la persona que los dispensa se tiene en estima. En un momento de buen juicio, Micaela decidió renunciar a la esperanza de que Marcos se recupere ante la persistencia suya en negarse a buscar ayuda médica.  Micaela dio un primer paso para rehacer su vida, no me toca a mí juzgar su conducta.

Esta noche Marcos vendrá a cenar.  Le he invitado a conocer a Amelia, una amiga de mi mujer desde sus estudios de pregrado, con la ilusión de que ella y Marcos se encandilen mutuamente.  Sería un gran alivio para toda la familia.

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