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Más allá del tiempo

Soñando despierto contemplaba deslumbrado la traslúcida superficie palpitante del agua -ocaso de verano-, percibía como el cielo suavemente se tornaba de un azul púrpura, adornándose con guirnaldas de estrellas, acompañadas con la grandeza de una Luna esplendorosa; silbaban entre los árboles caricias de hálitos del viento que hurgaban deshonestos entre los volantes de la esmeraldina del río y desde la altura, el escurridizo Sol, tejía doradas lágrimas de luz con las gotas del manantial refractando su fugaz viaje multicolor en el fondo de una cascada.  -invitaba a la serenidad-.

Sentí, esa maravillosa obsesión del primer amor, (a lo adivino) que endulza y a la vez acongoja el pálpito de los aleteos iniciales del alma, mientras tanto, a mi alrededor, en las incomparables acuarelas de Las Alpujarras, paraje donde las calles de sus pueblos serpentean sobre empinadas cuestas y pendientes, el Sol se desliza por rampas picasianas y disuadido por los muros de las casas encaladas, va a rematar en contubernio con candidez a las refrescantes fuentes, llamadas “De los Deseos” de cristalinas aguas; la reflexión, se hace inevitable.

Observo a Don Enrique -el Platilla para los amigos- cabellos escasos y ojos enjutos, brillantes todavía, entraba en la adolescencia cuando arribaba al lugar allá por 1931, se movía parsimoniosamente por entre las cuestas, calles y   escarpados bancales, calzaba refulgentes botas acharoladas y cubría su magro cuerpo con desprendido ropaje; una reluciente leontina plateada –sin reloj-   cruzaba el chaleco y complementaba su delgada presencia un sombrero que, ante nadie jamás alzaba, parco en el hablar, saludaba con leve inclinación y era tan puntual en su periplo que, los lugareños ajustaban los relojes a su paso; descendió por la rampa y elevando el bastón saludó al civil -llamaba él- que velaba por la seguridad de la "plaza".

El talud del muro en la atalaya -florecida- donaba suaves pinceladas de color y frescura a la ilusión de los visitantes, peregrinos de una estrella (ciudad), bajo un ingenuo manto (libertad), ungidos de risas algarabías y gritos.

P.: ¡Están locos! -Se dijo- mirando a unos y otros, que en busca de un punto de observación del paisaje más aventajado, habían trepado al nacimiento del manantial, adornado éste, de campanillas y frambuesas; atento, escuchaba el Platilla el murmullo de las frías aguas cuando brotaban del manantial, danzando cantarinas, camino de arroyos y acequias.

P.- ¡Ahí hay! –se dijo- “un presente remoto”. Se detuvo indeciso, miró su facetado reflejo en el agua, brillante espejo del tiempo, cómplice del instante, avanzó uno pasos, fijó su mirada, dejó caer un suspiro, continuó su camino y murmuró "el momento ha pasado, el tiempo y el olvido no perdona".

Le oyó Don Ambrosio, -párroco de esta pedanía (La Taha)-, persona agraciada por generosas proporciones, con sonrisa sempiterna, de paso corto y acelerado, casi marcial, amante de las invitaciones de los feligreses, de su buena mesa y mejor vino. Repartía con disciplina obsesiva por toda su parroquia –de casa en casa- consejos, escapularios de San Bernardino y un mejunje macerado con miel de jalea y hierbas aromáticas de la sierra, que decía, aplicados en friegas, mejoraba la circulación y abría las puertas del apetito; algo de cierto debía llevar su predicación, no en vano, se aplicaba el tarro de vez en vez y tan extenso estaba ya de barriga, que le faltaba sotana para abarcar tanta cornisa y cada día que pasaba, daba más corto el paso y más largo el resuello.

D.A.: ¡Buenos días Don Enrique! Con voz alta y risueña le llamó la atención el párroco al Platilla, que girándose, le saludó elevando el bastón de castaño, pulido y brillante en el arco por el uso.

P.- ¿Qué tal Señor cura?  “Pues muy bien” –respondió-

D.A.: “Pues muy bien” –respondió- “Por cierto Platilla, permítame que te cuente una pequeña historia…” sin dejarlo terminar, el Platilla le dijo al párroco:

P.: “Por favor, Ambrosio no me cuentes otra vez lo de Boabdil, Las Capitulaciones o lo de Abén Humeya, que ya me lo has contado miles de veces…”. Sin concluir la frase el Platilla, Don Ambrosio apesadumbrado le dijo:

D.A.: “No Platilla por Díos, no te voy a aburrir con mis historias de los lunes, pero déjeme que le diga, es que te he oído lamentarte y…”

P.: “Calle usted, calle, que sólo era filosofía, pensamientos de un viejo cansado y no de otra cosa” –exclamó el Platilla-.

D.A.: “Bueno llámelo usted como quiera pero…” –Decía el párroco- mientras le cortaba la conversación de nuevo el Platilla, diciéndole

P.- : ¿Pero ahora me llama de usted, después de tantos años? “Mal asunto” -exclamó- el Platilla.

D.A.: “Vaya por Díos y San Bernardino, perdona Platilla, pero es sólo la maldita costumbre; perdón”. Seguían en conversación mientras caminaban por una vereda que baja al río Poqueira, pasaje y sendero flanqueados de moreras que conduce a un antiguo molino árabe del que sólo asoma algunos muros y una enorme piedra circular de granito.

P.:“Bueno venga –complaciendo-, cuénteme USTED, Ambrosio (un usted, con sarcasmo) su historia” –le apremió el Platilla-.

D.A.: “Leí hace tiempo no sé en qué biblioteca, una pequeña historia muy interesante. Verás:

Sobre el año 1506 estando el Cardenal Cisneros en la Corte y coincidiendo con la repoblación de estas tierras -Las Alpujarras "Ya estamos otra vez con.. " dijo el Platilla. "Sigo, sigo" replica el párroco, ..partieron para el Nuevo Mundo, junto con los colonos algunos frailes con nuestra más admirable de las posesiones, nuestra religión y con ello nuestra fe. Entre los peregrinos iba un fraile dominico llamado Juan de Mendoza y Villamayor, viajando en la carabela Espíndola e hicieron su primera escala en el Nuevo Mundo en tierras de Borinquen (actual isla de Puerto Rico).

Doce años más tarde desembarcaron en el continente (golfo de México) y anduvieron impartiendo la fe entre los indígenas, pero el fraile Juan de Mendoza y Villamayor contrajo unas fiebres y cayó enfermo de consideración, los compañeros dominicos acordaron para no retrasar su misión que se quedara restableciéndose, y ellos los frailes y porteadores continuaron tierra adentro, hacia el sur.

Una vez recuperado el Padre Juan de Mendoza, inició su evangelización por una extensa zona y llegó a fundar un convento en las tierras de México, que según cuentan las crónicas en las cartas de las indias “De rebus Hispanorum gestis de novum orbem Mexicumque (De hechos de los españoles en el nuevo mundo y Me´xico) fue uno de los más importantes”.

  Y citan también estas crónicas de indias, el siguiente pasaje: Un jefe indígena llamado “Sherokopaunquoe” acompañado por seis ancianos de su tribu, fueron a ver al padre español del que tanto habían oído hablar y del que tenían referencias de su paradero, y al que llamaban “El Padre Blanco, Juan de Mendoza”, que estaba bendecido con la santa misión de predicar y enseñar a los nativos su fe. El Padre Juan de Mendoza, pronto fue conocido entre los indígenas, por su bondad, su caridad, su extremada tolerancia y afabilidad.

 El jefe indio y acompañantes deseosos de conocer al padre blanco, recorrieron ciento cuarenta kilómetros para visitar al monje de quien tanto habían oído hablar. El padre Juan de Mendoza a su llegada, les recibió con la amabilidad y cordialidad que caracterizaba.
Sherokopaunquoe, saludó al monje diciéndole:

SP.: "Padre blanco, hemos venido a visitarte porque queremos que nos hables de tus dioses (nuevos para nosotros) que has traído de más allá del horizonte, donde ApukPunchao (el Sol) se funde con las grandes aguas y se sumerge en la oscuridad. Escucharemos con atención tus palabras para saber que pueden ofrecer tus dioses. Queremos saber de su bondad y si esta bondad o poder nos puede socorrer en nuestras necesidades, si es así, entonces todas las tribus del consejo, estarán dispuestas a aceptar tus dioses y seguirán tus enseñanzas, y si nos convences, tu religión será nacida en nuestros corazones y la honraremos y respetaremos como hemos hecho con las creencias de nuestros ancestros. “Háblanos de tus dioses, estamos ahora, dispuestos a escucharte."

 P.J.M: Dedicó el padre Juan de Mendoza, todo un día para explicar a los visitantes su fe. No interrumpieron, ni se inmutaron, tampoco le hicieron preguntas durante la predicación, ni le pidieron que repitiese algo de lo dicho. Permanecieron atentos y expectantes, no en vano, a través de sus miradas el monje –muy contento y satisfecho- podía comprender que no perdían ni una sola de las palabras que les decía en su lengua aunque toscamente hablada, la entendían los invitados con facilidad. Cuando la noche comenzó a caer, -como colofón- terminó el padre Juan de Mendoza relatándoles la historia del Salvador resucitando ascendiendo a los cielos y desapareciendo el hijo de Dios de este mundo mortal.

A la mañana siguiente, el jefe Sherokopaunquoe dijo:

SP.: "Hemos guardado en nuestras almas y corazones todas las veloces palabras que nos has dicho. Creemos que no hemos olvidado ni uno solo de los sonidos que salieron de tu sabia boca".

 Durante unos minutos el jefe –absorto-, dudó y permaneció en silencio, y de súbito preguntó:

SP.: "¿Tu Dios permitió que los hombres lo azotaran, es cierto?"

 P.J.M "Si, es cierto hijo mío y lo hizo a fin de cargar con dolor sobre sus hombros los pecados de la humanidad."

 SP.: "Tu Dios permitió que los hombres y las mujeres le golpearan el rostro y permitió a la multitud que le escupiesen ¿es cierto?”

 P.J.M.: ¡Todo eso, también es muy cierto, hijo mío! replicó el padre.

 SP.:”Y permitió a la gente que se burlasen de Él, haciéndolo caminar por las calles como un vulgar ladrón, con pesados trozos de árbol y dejó que le pusieran en la cabeza unas ramas con espinas en forma de corona de gran jefe blanco, para ridiculizarlo ¿es verdad?"

 P.J.M.: ¡También en todo eso es cierto!. Contestó el padre y añadió; “Mira mi amigo impío, lo hizo porque quería librar a todo los hombres de la Tierra de sus pecados, para que pudieran llegar al cielo y ver la gloria de Dios, ya te lo expliqué ayer".

 Y continuó el indio inmutable con sus preguntas.

SP.: "¿Dejó que la gente lo clavara en uno maderos y ÉL se quedó ahí clavado, donde murió miserablemente, es verdad?"

 P.J.M.: Y alzando la voz, continuó "Sí, es verdad, amigo mío y lo hizo para salvar a la humanidad de padecer sus pecados en el eterno infierno."

 SP.:¿Y que jamás ninguno de vosotros ha visto a vuestro Dios?

 P.J.M.: "Bueno, miraa…estooo, verás hijo, en nuestra fe no hace falta ver para creer, sólo nos basta lo que está en las Santas Escrituras y es suficiente" -En este paso, el padre ya mostraba síntomas de nerviosismo-.

 El jefe Sherokopaunquoe argumentó:

SP.: "Gran padre blanco, mensajero de tu Dios, nuestro pueblo piensa que, un Dios que a través de su poder de dioses no es capaz de hacer que el hombre lo respete, que la gente no se atreva a escupirle al rostro, que no sea azotado y que no le arrojen todo tipo de cosas o que no sea insultado en las peores formas, no puede ser un Dios para nuestro pueblo. El Dios que no se protege a sí mismo cuando es atacado he insultado, no puede ser un Dios para los indios de estas tierras. Alguien que es clavado en troncos de árbol, y   no es lo suficientemente poderoso para liberarse a sí mismo con sus atributos divinos, nunca podrá salvar a un pobre indio de ningún mal, sea de este mundo o de otro. Un Dios que no se sabe dónde está, que nadie ha visto o ve todos los días, no puede orientar y señalar el camino correcto al indio en la nieve, el río, la pradera o la montaña"

 El jefe quiso continuar, pero el padre Juan de Mendoza no tuvo fuerzas para permanecer escuchando -a su juicio- tantas barbaridades en silencio, no pudo corresponder sin interrumpir como habían hecho los siete indios durante todo el día en que había estado relatándole el padre su credo. Cortó al jefe y con voz excitada dijo:

 P.J.M.: "Sí, sí, todo lo que digas hijo mío, pecador impío, será muy lógico y coherente, pero tienes que ver y entender que nuestro Dios hizo estas cosas para salvar al hombre de las consecuencias del pecado. Él deseaba padecer todo eso para que el hombre no tuviera que sufrir a través de la eternidad en los fuegos del Infierno y no tiene que estar presente en carne y hueso para otorgarte su bendición."

 El jefe Sherokopaunquoe, aunque contrariado por la ofuscación del padre continuaba sus alegaciones:

 SP.: "Tú dices que tu Dios es todopoderoso. También dices que es un dios de infinito amor y magnánima piedad."

 P.J.M.: "Cierto, cierto, mi pecador amigo, eso dijo Él porque es la verdad de Nuestro Señor." Subiendo el tono de la voz, aún más.

SP.: "Padre blanco, perdona nuestra ignorancia pero ¿Entonces, si tu dios es realmente tan todopoderoso, por qué no quitó los pecados a los pobres humanos?

¿Si Él, como tú nos dices, es un dios tan grande y tan lleno de amor y piedad eterna, por qué dejó que las personas cometieran pecados y errores?

¿Si es tan poderoso, por qué no hizo a los hombres perfectos para que no tuvieran pecados?

"No comprendemos, por qué tu dios permitió que los hombres cometieran pecados, por la única razón de tener la oportunidad de salvarles después, y"¿ cuándo creyó que era el momento de hacer que no cometieran más, sacrificándose por ellos?"

El padre con voz en grito le contestó:

P.J.M.: "No entiendes mi querido, salvaje y descarriado hijo, que nuestro Dios hizo todo eso para que el hombre ganara la vida eterna en el cielo por cuenta de sus propios meritos y de su impureza desde el nacimiento y de su fe, de haber creído en Él en la madurez, y para que tuviera oportunidad de ganar lo que ÉL le ha prometido a todos los seres de la Tierra"

 SP.:¿Pero, tus labios dijeron que tu Díos acoge en su cielo a todos los niños porque dice son puros limpio de corazón y no tienen pecados, no?

     ¿Por qué ahora son pecadores, también?

 El padre blanco, ya fuera de sí…”esto es demasiado, ya no puedo más”.  Pero el Gran Jefe continuaba su alocución:

SP.: "Padre blanco, hay algo que no entiendo. Disculpa si mi ignorancia de tus creencia provoca tus enojos cual relinchos de potro en la pradera, pero ¿por qué en tus creencias es todo tan complicado? ¿Por qué el hombre tiene que ganarse con toda esa mezcolanza, lo que un Dios de amor eterno les podría dar por nada más que su gran amor? Por su gran amor y bondad de dios, Él no debería nunca pedirles a sus hijos que lo adore antes. Mi propia madre me ha dado todo y me lo da por amor a mí, crea o no en ella, aunque rece o no por ella. Ella, mi adorada madre, daría todo lo que pudiera aunque yo fuera tan cruel de insultarla,- insultos que mi Dios no permitiría-, y aun así, ella me daría todo lo que estuviera en sus manos. Si mi madre está muy lejos, muy lejos de ser como un Dios y es solo un ser humano ¿Cómo es que tu Dios exige antes tanto por tan poco?"

El padre, desconcertado, no encontró una respuesta inmediata –estaba confundido, su fe se tambaleaba- por lo que trató de desviar la discusión sobre algunas comparaciones, -desafortunadas- y cambió el discurso a un cierto dogma que sabía -por experiencia- que nunca fallaba, para lograr una profunda impresión en los indios.

 P.J.M.: "Bueno, vamos a ver indocto, tu madre -Gran Jefe- morirá algún día ¿no? y tú o  yo tenemos que morir algún día también ¿no? pero mi Dios –Jesús- no ha muerto, has oído como los demás, claramente la historia y os  dije “ ..que Él vive por siempre y para siempre jamás” Él sólo murió en apariencia, pero tres días después de morir resucitó y en forma deslumbrante subió a los cielos."

SP.: ¿Cuántas veces resucitó? Preguntó el jefe en tono seco y rotundo.

Desorientado por esta inesperada pregunta, el padre respondió, perdiendo la compostura:

 P.J.M.: "Bueno. ..estee, estoo, verás, una sola vez, claro, naturalmente." – Con voz en grito-.

 SP.: "¿Y Nada mas que una? ¿Y ha vuelto tu Dios otra vez a este mundo?"

 P.J.M.: "Que no, no, no y no,   sólo ha venido una vez” contestó el padre Juan de Mendoza, su voz estaba llena de irritación.- “Aunque nos ha prometido a la humanidad que volverá oportunamente para juzgar a..."

 SP.: "…y a condenar a lo pobres mortales." -finalizó la frase el jefe indio-.

P.J.M.: "Si, a condenar a los fariseos y los ingratos como ustedes" dijo el padre Juan de Mendoza apuntado con la base del crucifijo que apretaba en su mano hacia el Gran Jefe, en un tono fuerte y amenazador. Al tener que enfrentarse a tanta terquedad, perdió el control de sí mismo y alzando el brazo por encima de la cabeza y orientando el mismo crucifijo hacia el firmamento, y continuó con voz en grito fuerte y ronca:

 P.J.M.: "Sí, sí, tú lo has dicho antes, también a juzgar y a condenar a todos aquellos que le niegan y rehúsan creer en Él; a todo aquel que haya criticado sus palabras o lo ignore y maliciosamente se niegue a aceptar la verdad del único Dios verdadero, aunque éste les sea mostrado sin cuerpo, sólo con amor fraternal y el corazón anegado en compasión por los que viven en las tinieblas de la ignorancia y que podrían ganarse la salvación fácilmente si tuvieran, verdadera, fe". Enfatizando éstas últimas palabras

 El jefe no se mostró afectado en lo más mínimo por la repentina explosión de cólera del Juan de Mendoza, que estaba sacado de quicio por los argumentos de sus palabras. El jefe permaneció calmado, sereno y con voz suave, pausadamente, agregó:

SP.: Hierático, dijo:"Bondadoso Padre Blanco, éstas serán las últimas palabras que te diga antes de regresar a nuestras amadas tierras y perdona si soy breve y no necesite todo un día para hablarte de nuestros dioses, pues el nuestro es sencillo y simple”.

      “Creemos que nuestro Dios será bueno y generoso para vosotros, nuestro padre ApukPunchao morirá cada día al atardecer por nosotros, que somos sus hijos. Perecerá todas las tardes para traernos vientos nuevos y la refrescante y cristalina agua de la lluvia, morirá para darnos paz y sosiego en las noches para que descansemos bien todos, tanto hombres como criaturas.

      Nuestro Dios muere todos los atardeceres en una profunda y gran belleza dorada, cubierto de un sudario multicolor. Sin ser insultado, sin ser escupido y sin ser salpicado con lodo ni espinas, ni clavado en ninguna parte. Mueren hermosos y gloriosamente como cualquier Dios verdadero moriría y nos deja en la oscuridad de la noche bajo la protección de su esposa Mahimkilia (la Luna) para velar por nuestros sueños con su suave y creciente luz y amor, siempre distinta, siempre nueva y acompañada de sus hijas Ikiaigaouj (las estrellas). Sin embargo, nuestro Dios ApukPunchao, Padre Blanco, no muere para siempre, al alba regresa fresco y amanece siempre más bello y hermoso que nunca. Cuando vuelve, se le ve vistiendo todavía los suaves velos de la muerte, pero pronto sus dardos esculpidos de oro cruzan el azul del firmamento derrotando a las tinieblas y  antes de que alguno de sus  seres se percate de lo que ocurre, Él esta ahí, ante nuestros maravillados ojos, y ahí se queda, trazando la curva del tiempo y la vida de sus criaturas, grande, poderoso, resplandeciente, dominando al mundo con una belleza creciente, inmensa."

 "Él, nuestro Dios ApukPunchao, es eternamente grandioso, un derrochador de luminosidad y de candor; enriquece al mundo con árboles, flores, colores, perfumes, animales, incita a los pájaros a cantar, da vigor y salud al grano y juega con las nubes que luchan en el horizonte con el azul océano. Y al igual que mi amada madre, Él da sin cesar, sin medir conducta, sin pedir plegarias ni adoración, sin demandar obediencia o fe y nunca, nunca, condena a persona o cosa alguna sobre este mundo. Y así, cuando vuelve el ocaso, fallece nuevamente en su gran gloria y belleza entre las esquirlas de los últimos momentos del día, sin lamentarse, con una sonrisa entre el atardecer y la noche, bendiciendo con sus gotas de fulgores a sus hijos. Y en la mañana, vuelve a ser el eterno donador, eternamente joven, eternamente bello, eternamente recién nacido, que siempre regresa, grande y dorado Dios de todos”.

Y apuntando hacia el Sol de la mañana con su cetro de plumas el Gran Jefe terminó diciendo:" Ahí está, Padre Blanco es el tuyo y el mío, el mismo Dios para todos, sin Él ,tú, gran Padre Blanco y yo, no estaríamos aquí hablando de tu dios en la suavidad del rocío de la mañana.”

 El gran jefe emprendió junto a sus acompañantes el camino de regreso a su tierra; no volvieron a ver al padre blanco.

 D.A.: “Pues ya ves, Platilla, el padre Juan de Mendoza y Villamayor, que había ido a predicar un ideal de fe y de moralidad, se dio cuenta y comprendió entonces que no se podía minusvalorar creencias, que la verdadera fe y credo estaba en el respeto a todas las personas, culturas y religiones, sin imposiciones, sin dogmatismos radicales. Que su religión o fe era tan legítima como puede ser otras creencias, que en suma todas aspiran a lo mismo, a creer en un creador, en el ser supremo, que es en resumen el mismo Dios para todos, aunque con distintos nombres”.

 P.:  “Todo eso está muy bien Ambrosio, pero ¿me quiere decir qué tiene esto que ver con lo que yo estaba murmurando en el manantial?

 D.A.: “Pues está claro, amigo Platilla, el tiempo forjando la vida queda, tú no estás olvidado ni solo, las historias como ésta y otras son sólo excusas para pasar un buen rato en buena compañía. Y sobre el tiempo, no importa, sólo nosotros y el momento, y eso sí que no hay que perdonar".

 P.: "Vaya con Dios, Don Ambrosio". Despidiéndose, levantó el sombrero.

 D.A.: "Os dejo con él, Don Enrique".

 

Caminaba don Ambrosio sobre la nieve en un duro invierno por la senda que conduce a la cascada del río -helada-, cuando sorprendido tropezó con un…            ..pero eso es otra historia.

Fin

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