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Mars One

– ¡No voy a tolerar que me hables así! Mi presencia aquí es…

Pero no pudo terminar la frase, la sangre que manó de la garganta se lo impidió. El cuchillo se había clavado hasta la empuñadura, Natasha lo sacó con cuidado, como una madre cuidando de su bebe, sin inmutarse por la mujer que se sacudía enfrente suya, intentando agarrarse la herida, aferrándose a una vida que se le escapaba a chorros.

El asesinato había sido visto en directo por millones de personas en todo el mundo. Pero eso a Natasha no le importaba, ¿quién iría a detenerla a Marte? Además, se trataba de la primera estación humana en el planeta rojo, de carácter internacional. Los vacíos legales no eran lagunas sino océanos. Existía un protocolo para aquellos casos pero requería de la participación del resto del grupo y estaba segura de que sus compañeros se alegrarían de la muerte de Young Mi, la coreana les traía de cabeza a todos, los efectos de la vida fuera de la Tierra le habían trastornado y la convivencia se había hecho, simplemente, insoportable. No creía que ni Hans ni Pedro tuvieran ningún problema con la nueva situación.

Pedro estaba en su cabina. La luz que entraba por el ojo de buey era rojiza, dándole a la sala un aspecto siniestro. Podías sentir el peso del espacio mientras trabajabas. Ni todos los esfuerzos del mundo hubieran hecho del cubículo aquel un hogar. Las fotos por las paredes, su máquina de café, la mantita de su hija, todo eran recuerdos de lo lejos que estaba Marte de su vida anterior.

Hacía meses que la misión MarsOne había llegado al planeta rojo. Era astrofísico y esta oportunidad de vivir en el planeta rojo era irrepetible, así es que cuando salieron las inscripciones no lo dudó ni un instante, se apuntó. Y durante años fue pasando pruebas, derrotando a otros candidatos, hasta que consiguió formar parte de los cuatro afortunados que habitarían el desierto planeta. En el momento en que pisaron Marte se dio cuenta de que era lo más emocionante que le había pasado jamás. Cada vez que miraba el punto que sabía era el planeta Tierra, experimentaba la contradictoria emoción de júbilo y angustia. Y nunca lograba decidir cuál de las dos vencía. Lo que peor llevaba era que hubieran convertido su sueño en un reality show, pero los organizadores se aferraron a aquella masiva entrada de dinero.

Estaba trabajando cuando saltó el aviso, mensaje urgente desde la base en Tierra. Era escueto: Natasha había asesinado a Young. Conocía el protocolo: debían encerrarla en la celda de aislamiento para ser evaluada. El cuerpo iría a una de las urnas funerarias con las que salieron de la Tierra, preparadas para preservar el cuerpo y no contaminar el ambiente. El problema radicaba en cómo aislar a Natasha.

Al llegar a Marte ya sabían que estarían expuestos a los rayos cósmicos. Los fármacos que utilizaban ralentizaban la inflamación cerebral pero no solucionaban del todo el problema, antes de la llegada sabían que podían producirse problemas cognitivos y brotes psicóticos, por lo que era crucial testar las medicinas con las que partieron y mejorarlas para permitir una vida en Marte que llevara al desarrollo de colonias en el planeta. Estaba claro que los intentos habían fallado y ahora se encontraban con una muerte violenta.

Envió un rápido mensaje a Hans para que se reuniera con él en su cuarto. Este apareció casi al instante con el rostro desencajado.

– ¿Qué vamos a hacer? – preguntó nada más abrir la puerta.

– Debemos aislarla, ha puesto el proyecto en peligro y no sabemos cómo pude reaccionar, además, esas han sido las instrucciones, conoces el protocolo.

– ¿Y cómo piensas hacerlo? Ha matado a Young. Esta loca. Ha estado los últimos días teniendo lapsus de memoria y respondiendo de forma violenta.

– Lo único que se me ocurre es agarrarla entre los dos a la fuerza y meterla en la celda. Es muy lista para engañarla o engatusarla.

– Pero… – En ese momento se abrió la puerta, y una cabeza rubia asomó por ella. Natasha sonreía como una niña que hubiera hecho una fechoría.

– ¿Puedo pasar? Me imagino que ya sabréis que ha pasado. La maldita Young me estaba volviendo loca, no, nos estaba volviendo locos. Era necesario que desapareciese para que pudiéramos continuar con el proyecto tranquilos.

– Pero Natasha has matado a una persona y sabes que hay un protocolo y…

– Cállate Hans, y deja de balbucear como un idiota. Si, la he matado y si, está muerta, y ¿sabes qué? me alegro. Era una furcia.

– Natasha, debemos seguir el protocolo y lo sabes – dijo Pedro, intentando mantener la calma y el control en una situación que ya se les había ido de las manos. En ese momento Hans se lanzó a por Nathasa, intentando reducirla, y ésta sacó el cuchillo con el que ya había matado y se lo clavó una y otra vez, intentando quitárselo de encima. Pedro aprovechó para golpearla con todas sus fuerzas en la cabeza con lo primero que agarró. Su máquina de café. La máquina de café que utilizaba con su mujer en la Tierra. Nathasa cayó al suelo inerte pero aún con vida. Aprovechando su inconsciencia la arrastró hasta la celda de aislamiento, sin pensar siquiera en Hans, que sangraba en el suelo por los múltiples cortes que tenía en el estomago. Una vez hubo encerrado a la mujer volvió al lado de su compañero. No podía decir que hubieran sido los mejores amigos del mundo, pero cuando tu única compañía son tres personas terminas queriéndolos, no un amor libre y fraternal sino un amor interesado pero incondicional.

– Hans, mírame. Voy a curarte las heridas y vas a estar bien. No cierres los ojos, sigue escuchándome. No Hans, no cierres lo ojos, todo va a ir bien ya lo veras. Hans, no, no, no cierres los ojos, no me dejes solo, no Hans, no. – Era el segundo asesinato de Natasha en su día pero al ver morir a Hans lo único que Pedro pensó fue en que necesitaba que Natasha saliera bien de la celda. No podía, no quería quedarse solo en Marte. Así es que fue corriendo al comunicador con la base en Tierra, tenía que rogar clemencia por Natasha. No podían dejarla encerrada por mucho tiempo.

– Contacto con Tierra, Colono3 al habla. Deben dejar salir a Colono2 de la celda. El proyecto no puede ser interrumpido, no la castiguen, no me dejen aquí solo por favor.

– Colono3 me temo que su requerimiento es imposible. Colono2 ha sido juzgada y condenada. Podrá recoger su cuerpo y meterlo en una urna en 24 horas. Ahora está usted sólo. Todo el proyecto está en sus manos. Intentaremos enviarle reemplazos. No desespere Colono3.

La habían matado. Habían gaseado al único ser vivo a su alrededor en millones de años luz. Sabía que no enviarían reemplazos. No enviaban ni comida, qué se pensaban, ¿qué era idiota? Solo le habían dicho eso para tranquilizarle. El proyecto había costado miles de millones, años de entrenamiento, preparación, pruebas y ¿para qué? Al final habían terminado matándose entre ellos. Miró el cuchillo en el suelo. Ese pequeño objeto había acabado con la vida de dos personas y una tercera de forma indirecta ¿no sería el destino riéndose de ellos? Diciéndoles que son los objetos cotidianos los que más poder tienen por el hecho de estar siempre ahí. ¿O le estaría diciendo que agarrara el cuchillo y terminara con aquella pantomima de una vez? Se agachó y recogió el cuchillo. Nunca había pensado en el suicidio pero ¿qué le quedaba? A él nada. Pero recordó que esto no era por él. Era por el futuro. Era por los hijos de todas las personas del mundo. Y entre ellos su hija. Por los hijos de su hija y los hijos de estos. No estaban en Marte solo por un estudio. Habían llegado allí porque un día la humanidad tendría que salir del planeta que estaban torturando. Y eso nada tenía que ver con él, o con Natasha, Hans o Young. Dejó el cuchillo con la sangre de Hans en la mesa.

Recogió la máquina de café. Le gustaba aquella máquina de café. Puso una taza y apretó el botón. El café empezó a caer, el olor era irresistible, una mecedora que le transportaba. Le hipnotizó ver cómo iba cayendo el oscuro líquido, hasta que la máquina pitó anunciando que su café ya estaba listo. La vida debía seguir para él, aunque fuera a estar solo hasta el día de su muerte.

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