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Los juguetes rotos acaban siempre en una bolsa de basura (Capítulo 5)

Grupo de Homicidios y Desaparecidos

Diciembre, jueves 24
09.25 a.m.

No pasaba inadvertido entre las numerosas personas aglutinadas en el ascensor. El joven sacaba una cabeza al más alto de todos. Vestía un elegante traje azul marino recto de dos botones y corbata del mismo color con pequeños lunares blancos que creyó sería lo más oportuno para la ocasión. La gabardina beige oscuro estaba empapada y la llevaba doblada sobre el antebrazo izquierdo. 

Miró el reloj, llegaba a la cita casi una hora más tarde de lo acordado. El maldito tráfico navideño se había complicado por un inesperado chaparrón. Y encima, no había ningún espejo en el ascensor donde mirarse para poner en orden su pelo mojado. Aparte del nerviosismo lógico por el retraso, se encontraba expectante y ansioso ante lo que le podía deparar el día. Sin duda, un día muy especial para él.

Estrenaba ascenso, y un nuevo destino. Llevaba en la policía ocho años. Tenía veintiséis. Había trabajado mucho y dormido poco, al tener que estudiar por las noches para conseguir avanzar en el escalafón policial hasta llegar a ser subinspector. Y la guinda que acabo de adornar el pastel, fue darse de bruces con la suerte al poner en su camino esta plaza libre en Homicidios por una reciente jubilación.

Las puertas del ascensor se abrieron en la segunda planta de la comisaría. Salió a un amplio corredor, miró a izquierda y derecha, enderezó el pase que llevaba prendido en el bolsillo superior de la chaqueta, y se echó el flequillo hacia atrás, en un intento vano de colocarlo en su sitio.

Una mujer uniformada, con el pelo teñido de color caoba, caminaba rápido hacia él absorta en la pantalla de su teléfono móvil. No pudo evitar ser atropellado por esa especie de conductora suicida con traje de policía. En el choque, el móvil se escapó de su mano y terminó rodando por el suelo.

- ¡Perdone, no la he visto venir! --se disculpó el muchacho.

Ella, de unos cuarenta años, senos generosos que a duras penas lograban ser domados por una ceñida camisa oficial del cuerpo de policía con los botones desabrochados hasta dejar a la vista buena parte de la insinuante mercancía, dejó de mirar el teléfono que yacía sobre la loseta color gris azulado, y elevó la vista para clavar sus ojos portadores de una mezcla de odio y venganza, en los ojos del joven. Al parecer, mirar sus ojos verdes surtió un efecto sedante casi inmediato en la mujer que, poco a poco, cambió esa mirada que decía: “¡Estúpido! ¿Eres consciente de lo que acabas de hacer?” Por otra que apenas si dejaba ver “un ligero malestar.”

Examinó de arriba a abajo la figura del que hasta hacía unos segundos era su peor enemigo y, cuando volvió a mirarle a la cara, su mirada ya sólo reflejaba la creciente atracción que provocaba en ella ese hombre, que rezumaba feromonas por cada poro de su piel.

El joven recogió el móvil del suelo y se lo entregó a la serpiente de uniforme que seguía manteniendo sobre él esa mirada de ofidio a punto de devorar a su víctima.

- Espero que siga funcionando. Si hay algún problema yo corro con los gastos. La culpa ha sido mía, estaba distraído. De verdad que lo siento.

- ¡Oh, no! No se preocupe. --repuso ella con tono meloso y colocándose el cabello--. El teléfono es una castaña. Estoy deseando que se estropee para cambiarlo por otro pero..., creo que el maldito móvil es irrompible y a este paso podría durarme toda la vida. Además, no debería ir tan deprisa por los pasillos sin mirar hacia delante, --está claro, que es un pecado imperdonable perderse según qué cosas, le hubiera gustado añadir.

- ¿Viene de visita? --dijo en su lugar.

- Bueno, sí y no… Hoy vengo como visitante, pero con la intención de quedarme por mucho tiempo.

- ¡Oh! Le advierto que una comisaría no es el mejor sitio para pasar demasiado tiempo. --se rió de su propio sarcasmo--. ¿Necesita que le ayude en algo... Que le oriente... Necesita información top secret? --añadió entornando los ojos, con una visible segunda intención en su benévolo ofrecimiento--. Aunque si le diera a usted información que pudiese poner en peligro la Seguridad Nacional, sabe que después me vería obligada a… --hizo una pausa para humedecerse con la punta de la lengua la comisura derecha--. ¡Eliminarle! --sus ojos adoptaron un brillo especial al imaginarse de qué distintas maneras podría llevar a cabo semejante “trabajito”--. ¡Eso sí..! Le aseguro..., que no sentiría ningún dolor… 

El joven visualizó en su mente a una Mantis Religiosa hembra después de un placentero encuentro sexual, asegurando al desdichado amante que no sentiría ningún dolor, justo, un segundo antes de eliminarlo arrancándole la cabeza de un mordisco.

Abrumado por lo embarazosa que comenzaba a resultar la situación, pensó que ya llegaba demasiado tarde como para perder más tiempo asistiendo educadamente a ese absurdo ritual de apareamiento.

--Es usted muy amable. --dijo esbozando una sonrisa falsa--. La información que necesito no es tan importante como para que sea preciso llegar tan lejos. Únicamente saber cómo puedo llegar a  Homicidios.

Ella le indicó el camino. Cuando hubo terminado sus explicaciones el joven le dió las gracias disponiéndose a recorrer el ancho pasillo hacia la dirección que acababa de facilitarle.

- ¡Perdone..!

No dio ni dos pasos cuando de nuevo esa voz se clavó en su espalda como un cuchillo afilado.

- Ha dicho que esperaba quedarse por mucho tiempo. ¿Eso significa que va a trabajar con nosotros? --preguntó con interés.

- Sí. Si logro llegar antes de que alguien se arrepienta de haber proporcionado este destino a un irresponsable que se atreve a llegar una hora tarde el primer día de trabajo. --se volvió para seguir su camino.

- ¡Disculpe! No quisiera entretenerlo. Sólo una cosa más. --se acercó hasta él--. Me llamo Viviana. --le tendió la mano.

- Encantado. Yo me llamo Osvaldo.

- Mucho gusto. ¿Qué le parece si prescindimos de los protocolos y nos  tuteamos? Ya que vamos a ser compañeros…

- Bien, me parece bien, pero…, discúlpame Viviana, no quisiera ser grosero, sólo, que necesito llegar cuanto antes a mi destino.

- Lo entiendo. No hay problema. Para lo que necesites estoy a tu disposición Osvaldo. Recuérdalo, extensión 211. Para lo que necesites ¿Ok?.. 211. --mostró el puño con el pulgar  hacia arriba.

- Ok. No lo olvidaré. Has sido muy amable Viviana. Ya nos veremos. --Osvaldo se alejó exhalando un suspiro de alivio.

Viviana reprimió unas enormes ganas de darle un cachete en el culo. Adonde no dejó de mirar mientras su dueño se alejaba por el pasillo.


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