Los juguetes rotos acaban siempre en una bolsa de basura (Capítulo 2), relatos, relatos cortos, poemas, poesias, relatos breves, microrrelatos, chistes, refranes, historias, anecdotas, frases, citas, piropos

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Los juguetes rotos acaban siempre en una bolsa de basura (Capítulo 2)

Diciembre, jueves 24
08.50 a.m.

La puerta se abrió lentamente...

Sandra Luna asomó tímidamente la cabeza para echar un vistazo rápido al interior del domicilio de su hijo.

Se mezclaban en ella una pizca de temor, con varios puñados de prudencia. Y tenía su lógica. Sabía que estaba quebrantando el acuerdo al que habían llegado hacía escasamente un mes.

El pacto podría resumirse en una frase. Corta, pero clara:

“No, a las visitas que ella le hacía casi a diario y por sorpresa.”

Acuerdo que Sandra aceptó con resignación, pero sin poder ocultar un gran disgusto.

Iván llevaba algún tiempo dándole vueltas a la cabeza. Buscaba la manera menos dolorosa y el momento adecuado para suplicar a su madre, (se pondría de rodillas si era necesario, aunque para él, esa postura fuera literalmente imposible de adoptar) que no viniera a verle un día sí y otro también.

Así... sin más. 

Sabía que la medida no la haría ninguna gracia. Que para ella sería muy difícil comprender sus razones, pero también estaba convencido de que había llegado la hora de empezar a experimentar personalmente la agradable sensación de libertad que debe sentirse cuando uno está verdaderamente emancipado. Y él, ya llevaba dos años viviendo solo, por decirlo de alguna manera, porque su madre pasaba tanto tiempo en su casa que tenía la impresión de seguir viviendo con ella.

Lo que no le abandonaba era esa continua y obsesiva sensación de que, a cualquier hora, en cualquier momento, abriría la puerta con la copia de la llave que tenía en su poder, y una vez que ya estaba dentro preguntaría en voz alta: "¿Se puede..? ¡Soy yo..!

¡¡Cuántas veces se había arrepentido de dejarla en sus manos!!

Era consciente de que la medida sería más dolorosa que encajar un fuerte puñetazo en el estómago. No era plato de buen gusto. Se la veía con tanta ilusión al poder seguir ocupándose de él, y ahora, iba a arrebatarle esa motivación. Tenía cierto remordimiento de conciencia, como si estuviera robando la limosna a un mendigo.

De todas formas, no se trataba de cortar sus visitas de manera indefinida, sino de dejar un espacio prudente entre una y otra. Recuperar el verdadero sentido de la frase: "Me alegro de verte mamá". Y por supuesto, que no entrara por sorpresa utilizando la copia de la llave. Poco a poco se iría acostumbrando a la nueva situación.

Tampoco era necesario dramatizar sobre un asunto que debería tratarse como algo natural.

Quizás, él tenga su parte de razón. --consideró Sandra en la soledad de su automóvil mientras conducía hacia casa. Estaba furiosa después de haber mantenido la conversación con su hijo. Nunca se hubiera planteado, ni tan siquiera se le habría pasado por la cabeza, la posibilidad de que pudiera sentirse saturado de ella y su ayuda desinteresada.

Quizás, estaba pecando de ser demasiado protectora y empalagosa. De estar muy pendiente de que su vida en solitario resultase lo más placentera posible, pero sabe Dios que lo hacía con la mejor de sus intenciones.

Quizás sí,  la costó reconocer. Probablemente, se estaba pasando de la raya en su afán protector, y más que su madre, comenzaba a parecer su guardaespaldas.

A partir de ese día, Sandra no tuvo más remedio que reprimir sus apetencias visitadoras y dominar esa patológica tentación suya de ir tan a menudo a su casa para comprobar, (¿o sería más acertado, según su hijo, utilizar otro verbo? Inspeccionar. Controlar. Husmear. Vigilar. Dirigir. Gobernar… etcétera, etcétera) que no necesitaba una ayudita femenina en las tareas domésticas. A lo que ella nunca se negaría, es más, aceptaría con sumo placer, porque necesitaba sentirse necesitada. Desde que su hijo se fue a vivir solo, echaba muchísimo de menos su rol de madre.

En más de una ocasión, Iván la había sorprendido abriendo disimuladamente el frigorífico para asegurarse de que no le faltaba comida. Mirando dentro del cesto que había en el baño, junto a la lavadora, por si contenía ropa sucia que ella pudiese lavar. Pasando el dedo por encima de los muebles para medir el nivel de polvo acumulado, y luego estaban los manidos refranes, las socorridas frases típicas y repetitivas que forman el amplio repertorio de consejos de madres a hijos:

“¿Estás comiendo bien cariño? Te veo un poco más delgado”. Era su favorita. 

Sandra actuaba como si no quisiera darse cuenta de que su niño ya tenía veinticuatro años y habían quedado lejos los juegos en el parque con sus amigos. Los besos al despedirse antes de entrar al colegio. La seguridad y el cobijo de sus abrazos en las noches de pesadillas. Y tampoco estaba ni mucho menos en disposición de admitir que sus continuas atenciones también habían dejado de ser necesarias hacía ya tiempo.

A menudo, pensaba apenada en lo difícil que es para una madre tener que hacerse a la idea de que tarde o temprano, llega el temido día en el que los hijos rompen definitivamente el cordón umbilical virtual que aún les une a la figura materna, para descubrir por sí mismos el complejo mecanismo del mundo exterior. Es ley de vida, se decía… Pero sin duda, la vida tiene un ramillete de leyes que son claramente injustas las mires por donde las mires. 

Muy a su pesar, antes de aventurarse a pasar por su casa con la excusa de que tenía algunas cosillas que hacer por la zona, tendría que llamar por teléfono para recibir su visto bueno. Pero si de esta forma contribuía a que se demostrara a sí mismo que podía ser autosuficiente, ella no tendría el menor problema en aportar su granito de arena.

A cambio, e igualmente muy a su pesar, sin mostrar demasiado entusiasmo y bajo juramento obligado por su madre, Iván se comprometió a conversar con ella telefónicamente todos los días. Aunque sólo fuese un ratito. Con unos escasos segundos cada día, mamá se daría por satisfecha y paliaría, en cierta medida, la pena de no poder pasar a verlo siempre que a ella le hubiese apetecido.

Pero hoy no había ido a su casa precisamente de visita. Si estaba incumpliendo su parte del trato no era por iniciativa propia. Estaba allí, porque Iván había sido el primero en romper su juramento pasando olímpicamente de lo acordado.

Esa mañana no la había llamado. Siempre lo hacía a la misma hora, como si fuera un ritual. Justo antes de irse a trabajar. A las ocho a.m. en punto. Con la precisión y exactitud de la lengua de los camaleones.

A las ocho y cuarto, Sandra ya estaba acabando de comerse sus propias uñas como parte del desayuno. Ese cuarto de hora esperando la llamada de su hijo se le hizo eterno. La resultaba imposible hacer cualquier tarea de la casa con esa desazón ocupando su cerebro.

No podía aguantar más. Descolgó el teléfono, y tecleó su número con la misma ansiedad que mostraría un fumador empedernido afanado en quitar el precinto de plástico al paquete de tabaco con mano temblorosa, arrepentido de haber tomado la errónea decisión de dejar de fumar apenas dos días antes.

Después de más de diez minutos intentando ponerse en contacto con él, de escuchar una y otra vez el mensaje machacón de su buzón de voz sin ningún éxito, acabó desesperada y con unas ganas irrefrenables de estrellar el maldito teléfono contra el suelo. Si no lo hizo, fue porque con buen criterio decidió llamar a su oficina, no sin antes pensárselo dos veces. Teniendo en cuenta la actitud tardía de adolescente rebelde que había aflorado ùltimamente en Iván, la daba un poco de apuro por si su llamada pudiera resultar inoportuna o molesta en ese momento.

Esperaba verificar que no haberse puesto en contacto con ella, como la había prometido, sólo se trataba de un descuido al que no debería dar demasiada importancia. Bueno... pensó, para ser exactos, no se trataba sólo de un despiste aislado, habían sido dos: “No acordarse de llamarme, y haber dejado presumiblemente el móvil olvidado en su casa”. Algo que la extrañó. Eran inseparables. El uno sin el otro no tendrían ninguna utilidad e irremisiblemente acabarían por apagarse. Incluso por la noche, la almohada era lo único que se interponía entre ambos. Su hijo, como millones de personas, mantenía una íntima y casi pornográfica relación a través de las yemas de los dedos, con la pantalla táctil del teléfono móvil.

Sandra estaba enfadada, y se hubiera quedado muy agusto echándole una pequeña regañina por el mal trago que la estaba haciendo pasar al no saber nada de él.

Sin ninguna duda, necesitaba recibir esa llamada diaria de su hijo... ¡La tranquilizaba tanto..!

Sandra habló con un compañero de oficina de Iván.

- Su hijo aún no ha llegado a trabajar señora. --la informó, mostrándose asimismo extrañado por la tardanza.

Ella agradeció su amabilidad, le deseó feliz Navidad y esperó pensativa, con el auricular pegado a la oreja durante unos segundos antes de colgar el teléfono; segundos, en los que notó un ligero aumento en el ritmo de sus palpitaciones. 

Si no contestaba a sus llamadas, si no estaba en la oficina, sólo quedaba una última opción. Se enfundó el abrigo, cogió la copia de la llave del apartamento de su hijo, y condujo hacia allí apresuradamente para comprobar en persona qué diablos estaba sucediendo. 

Llena de inquietud, Sandra accedió al interior del domicilio donde reinaba un envolvente y pesado silencio.

- ¿Iván..? ¿Hola..? ¡Iván! ¿Estás en casa cariño..? --preguntó desde la entrada sin elevar demasiado la voz. Cerró la puerta con sumo cuidado.

Caminó casi de puntillas hacia el dormitorio. La embargaba una agria sensación de culpabilidad al pensar en que ya estaba incumpliendo la prohibición de aparecer por su casa sin previo aviso, como para además, darle un susto de muerte en el caso de que, por cualquier motivo, todavía siguiera durmiendo.

Iván no estaba en su habitación.

El revoltijo que las sábanas y el edredón formaban a los pies de la cama atrajo su atención; se extrañó de que no estuviese hecha a esas horas, simplemente, porque él era demasiado meticuloso y ordenado, tanto, que por escasos milímetros no llegaba a rozar la obsesión; luego ese detalle pasó a un segundo plano. Lo que vió acrecentó de manera notable su estado de alarma.

La mesilla de noche estaba alejada un buen trecho del cabecero de la cama, y la lámpara de lectura estaba tirada en el suelo, junto a un charco de agua que probablemente provenía del vaso de cristal volcado sobre la superficie del pequeño mueble. y que también había empapado la cartera de bolsillo de piel marrón de Iván y el despertador analógico con radio incorporada.

Sandra se llevó las manos a la cara. Tanto desorden no la hacía presagiar nada bueno. Era obvio que en esa habitación había pasado algo, y no precisamente un huracán de categoría cinco en la escala Saffir-Simpson.

Desconcertada, colocó el vaso volcado sobre la mesilla en su posición natural, sin nisiquiera darse cuenta de que lo estaba haciendo. Un gesto tan mecánico, como innecesario en ese preciso momento.

De soslayo descubrió en el suelo, detrás de la mesilla, el teléfono móvil de su hijo.

No quería ponerse trágica, ni pensar de antemano que le había sucedido algo malo pero..., inevitablemente, comenzó a sentir de nuevo esa maldita opresión en la boca del estómago. Una sensación de angustia y alerta ante la supuesta cercanía de un peligro desconocido, un mal presentimiento que no le gustaba nada y había quedado olvidado con el paso del tiempo. Sandra volvía a sentir miedo. Miedo al caprichoso e incontrolable destino, capaz de truncar tu vida en décimas de segundo.

Y sobre vidas truncadas en concreto, se podría decir, que Sandra y su hijo ya gozaban de cierta experiencia.    

Iván quedó parapléjico tras sufrir un grave accidente de tráfico seis años atrás, en el que falleció su padre.

Los recuerdos adormecidos de aquellos terribles días volvieron a su mente como una rápida sucesión de diapositivas. El ataque de ansiedad que sufrió al recibir la trágica noticia. Cuando su hijo despertó del coma y supo de la gravedad de las lesiones medulares que sufría, y su único y persistente deseo era haber muerto también él en el accidente.

Sólo tenía dieciocho años. Le causaba terror la idea de pasar el resto de su vida con el culo pegado a una silla de ruedas.

El futuro para él no existía. El presente le parecía tan crudo, tan imposible de asimilar, que el simple hecho de abrir los ojos cada mañana se convirtió en una verdadera tortura.

Por fortuna, en un fugaz instante de lucidez descubrió que la vida no estaba sentada a los pies de su cama esperando a que abriera los ojos a la realidad, al contrario, a su alrededor todo seguía inexorablemente su curso.

Quien sí permaneció día y noche sentada en el sofá de cuero para los acompañantes de los enfermos desde que tuvo el accidente fue ella. Iván se fijó en su rostro apesadumbrado. En sus ojeras. En su aspecto prematuramente avejentado. No se merecía continuar con ese calvario. Haber perdido a su marido, y asistir sin poder remediarlo al hundimiento de su hijo en su propio océano, ignorando cualquier ayuda externa que le permitiese salir a flote, era demasiado fuerte como para no empezar desde ese momento a tomar medidas drásticas.

Asumió que no volvería a andar, y en lo sucesivo, tendría que adecuar su día a día a las nuevas circunstancias. Lamentándose a todas horas de sus propias desgracias, sin aceptarse a sí mismo, sólo conseguiría acabar tocado psicológicamente sentado con su silla de ruedas en la soledad de cualquier rincón oscuro de la casa. Encontró la dignidad y el valor que junto a su padre y la movilidad de los miembros inferiores había perdido entre aquel amasijo de hierros en el que quedó convertido el coche.

Lo más complicado del proceso sin duda, fue derrotar a su minusvalía mental. Luego trabajó incansablemente hasta lograr la máxima autosuficiencia física posible.

Hacía dos años, con veinticuatro inviernos a sus espaldas, un trabajo que personalmente le satisfacía, retribuido con un sueldo aceptable y el dinero obtenido de un seguro de accidente que tenía contratado su padre en caso de fallecimiento o invalidez, insistió en adquirir una vivienda e independizarse. Tratar de normalizar su vida, soltarse de las piernas de mamá; aunque ella, como haría cualquier otra madre en su lugar, nunca dejaría de estar atenta y preocupada por su cachorro. Lógicamente, se sentía responsable de su bienestar, a pesar de que a él le molestara tanto lo que había calificado como un caso de “bullying materno” en toda regla.

Solía bromear con la posibilidad de pedir una orden de alejamiento, pero Sandra lo tenía muy claro, la situación actual en la que se encontraba su hijo merecía por su parte una preocupación especial. Una preocupación doble. Por desgracia, él se había convertido en su único estímulo diario, el carburante que ponía en marcha el motor de su vitalidad. Todo lo que pudiese hacer para verle mínimamente feliz y facilitarle la existencia, siempre le parecería poco.

Ahora, con el panorama que tenía ante sí, su preocupación, más que doble, había evolucionado a la categoría de extrema.

Salió del dormitorio y cruzó con paso rápido el salón en dirección al estudio.

- ¡Iván! ¡Hola..! ¿Hay alguien? –esta vez no tuvo ningún reparo en alzar la voz mientras se acercaba a la puerta del estudio, ya sólo le importaba escuchar a su hijo dar una respuesta afirmativa.

Pero no hubo réplica alguna. Sólo una tensa calma prevalecía en el ambiente de la casa, una calma, que para ella comenzaba a resultar exasperante.

Definitivamente, no la iba quedando más remedio que hacerse a la idea de que la casa estaba vacía. No recordaba haber visto la silla de ruedas en su habitación. ¿Adónde podría haber ido..? Sin una llamada de aviso. Ni a ella, ni a su oficina. Sin llevarse la cartera con su documentación. Y lo que más le preocupaba. ¿Por qué su cuarto ofrecía ese aspecto tan lamentable e inquietante? ¿Y su móvil..? ¿Qué hacía tirado en el suelo..?

Las respuestas a tantas preguntas como le venían a la cabeza, andaban más perdidas que sus nervios. No entendía nada. No podía razonar. Sus pensamientos no alcanzaban a seguir un orden lógico.      

Se dispuso a cruzar el umbral del estudio y quedó inmóvil…

Como si de repente se hubiera convertido en una pétrea estatua. Como si el tiempo, en ese preciso instante, hubiese decidido detenerse.

Un escalofrío estremecedor contrajo su nuca y recorrió de forma fugaz su espalda como un latigazo eléctrico; como una guadaña letalmente afilada que cercenó su corazón helado en dos mitades.

Sus piernas comenzaron a debilitarse. Levantó con pausa el brazo derecho y se apoyó en el marco de la puerta.

Sin parpadear...

Unos segundos eternos, en los que la única expresión dibujada en su rostro, era una total inexpresividad.

Apretó con fuerza los labios temblorosos.

Sus ojos se humedecieron ahogados por el horror, y un grito desgarrador escapó por su reseca garganta arrastrando el pánico que, en ese momento, amenazaba con reventar en su pecho como una olla exprés con la válvula de escape del vapor estropeada.

Al instante, su estructura muscular se vio invadida por una sensación gelatinosa, desplomándose inconsciente sobre el piso entarimado de la sala.


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