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Lenguaje del cuerpo

Él fue mi primer hombre. Desde el principio tuve la premonición de que la nuestra no era una relación para toda la vida. Así que los dos mil ciento noventa días que duró los viví como si cada uno de ellos fuera el último. Sorbía hasta el tuétano las horas en que nuestros cuerpos se fundían.  Nuestro lecho era el escenario de un goce inefable, precario, pero insuperable. Que el futuro fuera impredecible no le quitó ni un ápice de deleite a cada última noche, que se posponía como lograba hacer Sherezada en Las Mil y Una Noches.

Florecía de noche –y a veces a plena luz-- la única realidad que acatábamos como propia. Ese florecimiento nunca se extendió a los otros avatares de la vida en común. Éramos muy diferentes en todos los otros aspectos. Discrepábamos en cuanto a cosas básicas o las cotidianas de la vida: la crianza de los hijos; yo he defendido la igualdad entre los sexos, el era machista; el no expresaba sus sentimientos, su cuerpo los expresaba por él; yo era y sigo siendo incorregiblemente independiente, él anhelaba que me le sometiera; raramente sosteníamos una conversación sustanciosa, excepto cuando platicábamos de su trabajo. Creo que rehuía discutir conmigo porque lo apabullaba con mi lengua y yo no sabía interpretar sus silencios ni refrenar mi verbo. Siempre he sido mujer que ventila las cosas con palabras, él enmudecía ante un argumento, Yo admiraba su inteligencia pero me percataba de que había una barrera insalvable que nos incomunicaba;  esa barrera se reconstruía cada aurora y se disolvía en el aire cuando nuestras pieles entraban en contacto. Nos codiciábamos mutuamente. En el abrazo erótico, él no discutía mi condición de igual. Éramos adictos el uno al otro.

¡Oh!, ¡cómo lo amaba!  Es el único hombre que he amado tal como entiendo el amor en toda su magnitud y no podría amar a otro como lo amé a él. Me he dejado amar por otros, pero nunca me he entregado a ninguno como lo hice con él. Nunca mi corazón se enterneció como lo hizo con él. Claro, está el amor por los hijos, siempre tierno, pero es una clase muy diferente de amor. Una está dispuesta a dar la vida por sus hijos. Por él yo estaba presta a vender mi alma. Quien no ha amado a su pareja así, no sabe lo que es la ofrenda de cuerpo y alma. Y, estoy convencida, a ésta se llega con un sólo ser en la vida. Después de esa dádiva, sólo migajas quedan para prodigar a otro hombre.  No hay día en que no lo recuerde y que la remembranza de su contacto no haga estremecer mi corazón y humedecer mis ojos.

A mis ojos tenía un cuerpo perfecto. Me gustaban sus brazos, donde cada músculo se definía como escultura divina que me deleitaba en recorrer. Su espalda vigorosa, de la que me aferraba cuando nuestros pechos se juntaban, describía una suave curva hasta las caderas estrechas. Mis manos rodaban hasta llegar a sus nalgas musculosas, y en las cuales clavaba mis uñas para retenerlo adentro. Sus muslos y piernas eran poderosos, yo los entreveía cuando se balanceaban a un ritmo creciente sobre mi pelvis mientras susurraba “Estás divina”. Conocíamos nuestros cuerpos con los ojos cerrados. Cerrábamos los ojos para aislarnos del mundo y formar un sólo ser. Nuestros sentidos se clausuraban para todo menos para las sensaciones exacerbadas por la pasión. En las madrugadas me despertaba el calor de sus manos sobre mis senos, su tibio aliento sobre mi cuello y el clamoroso llamado de su badajo exquisito a la altura de mis nalgas. Nuestro afrodisíaco era el aliento del otro. Me embriagaba su olor de hombre. Mis oídos no escuchaban otro sonido que no fuera su respiración in crescendo y el loco galopar de su corazón a dúo con el del mío después del suspiro de culminación. Mi lengua se engolosinaba con lo que viniera de su cuerpo. ¡Oh!, cómo lo amaba en esos momentos y sé que en esos momentos él me adoraba. Me acariciaba con infinita ternura. La primera vez que lo hicimos comprendí que alguna mujer de experiencia lo había iniciado. Pero la ternura se la enseñé yo. En adelante acariciaba mi piel con un roce apenas insinuado que me hacía desear más. Él lamía mis pezones que se erguían como botones de rosa miniatura, y yo le animaba, “Muérdeme”. El sabía lo que yo pedía y los mordisqueaba delicadamente hasta despertar la conexión que tengo de los pezones al capullo que mora al pie del monte de Venus. Él se acostaba de lado, apoyándose en el codo y rodeaba mi aureola con su boca, chupaba mi pezón como un infante hambriento que busca ser amamantado. Su otra mano se deslizaba voluptuosamente hacía el vértice de mis muslos y sus dedos exploraban con arrobo mis oquedades. Me llevaba a las puertas del clímax y yo murmuraba un demandante “cógeme”. Él siempre sabía controlarse y podíamos pasar horas solazándonos el uno en el otro. El me hacía vibrar como el virtuoso que saca sonidos de la guitarra como si ésta fuera una orquesta barroca. Él conocía el camino que lleva al Olimpo y me llevaba a éste de la mano. Desde esos tiempos me convencí de que el estado de gracia dimana del orgasmo simultáneo con el del hombre amado.

El creía, como creen todos los hombres que he conocido, que me poseía. No saben de lo que hablan. Es la mujer quien posee al hombre. Es ella quien lo rodea, como el anillo al dedo, como los sépalos a los pétalos para formar el cáliz de una flor. Algunos dicen que el hombre en realidad tiene miedo de que la mujer les despoje, que los castre. Hay mitos en varias culturas que sostiene la peregrina idea de que vagina tiene dientes, cuanto ésta lo que hace es apresar el miembro en su turgencia.

Cuanto más me poseía, más libre me hacía, porque él sabía leer todas las células de mi ser y yo sabía leer las suyas.

Ensayábamos todas las posiciones aunque nunca leímos el libro del Kama Sutra. No sabría decir si las fuimos descubriendo o las inventamos. Podría escribir una nueva versión del libro erótico.

Él era capaz de erotizar hasta mis uñas y mantenerme así toda una noche. En el reposo del amor yo besaba sus ojos, lamía sus orejas, el sudor perfumado de sus mejillas, su pecho y me embriagaba aspirando el aroma de sus axilas; deslizaba mis dedos sobre sus labios, metía mi lengua en su boca y él me dejaba hacer. Bajaba la mano muy lentamente por su vientre hasta tocar su virilidad. Mis caricias lo reavivaban y volvíamos a empezar. Sólo nos entendíamos en el calor y el lenguaje de nuestros cuerpos. Fuera de la burbuja erótica, éramos dos extraños que hablábamos idiomas distintos, que nos zaheríamos cada vez con mayor frecuencia, por motivos vitales y, con el tiempo, hasta por los triviales.

El tiempo llegó en que debía decidir el camino a tomar para seguir siendo yo y escogí ser mi yo esencial. La separación dolió como duele que te desgarres con ensañamiento las entrañas. Al cabo de dos años, la amargura cedió paso a la experiencia de hacer una nueva vida independiente. Ahora sólo suelo recordar de mi vida con él las horas vividas en esa hedonista comunión de cuerpos. Cuando él murió en un accidente, lo incluí en mi santoral. Eso no parece obrar en mi favor porque todo hombre al que permito entrar en mi cama lo comparo con él y pierde. Después de haber conocido la clase de amor apasionado que consume mientras hace revivir, las que siguen son relaciones de puro mascarada de sexo. Lástima que en lo nuestro se agotó la capacidad de revivir, de trascender en los otros planos porque éstos estaban lisiados. No basta una cama que te lleve al Paraíso, no puedes habitar siempre en ella.

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