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La Visita (Parte VI)

por
Manuel Paleteiro Ortiz


UNA EXCURSIÓN INTERESTELAR

El embajador Jarch no llamó a Semiónov hasta las cuatro de la tarde. Según le explicó Jarch, habían recibido un mensaje urgente desde la sede de la Agrupación Local en Orlock anunciándole que una sonda de control y vigilancia estelar había detectado un suceso imprevisto que se iba a producir a corto plazo en el sistema Ross 128. La estrella Ross 128, situada en nuestro mismo Cuadrante 37 del brazo de Orión, a una distancia de nuestro sistema solar de once años luz, es una enana roja con una masa equivalente a 0,18 de la masa del Sol, por lo que se trata de una estrella convectiva que no acumula helio en su núcleo y no provoca erupciones frecuentes, lo que la convierte en una estrella muy tranquila; al parecer, la sonda de vigilancia había descubierto en su núcleo una inusual bolsa de hidrógeno que había ascendido por convección y que se fusionaría en un plazo comprendido entre cinco y siete días, produciendo una emisión radiactiva que puede durar varios días y que alcanzará al planeta Ross 128b con una intensidad diez veces superior a la que recibe habitualmente y, siendo su atmósfera y su campo magnético incapaces de pararla o absorberla, se pondría en gravísimo riesgo a toda la vida del planeta y a la civilización que lo habita.

Dada la urgencia del problema, Jarch propuso que, si los representantes terrestres votaban mañana favorablemente el ingreso de la Tierra en la Confederación, se procediera a una firma urgente del acta de ingreso y se pospusiera la celebración oficial de la misma para unos días más tarde, al regreso de esta inesperada misión. Y, como quiera que una vez firmada el acta de adhesión pudiera considerarse a la Tierra como un miembro de pleno derecho, no había inconveniente alguno para designar sobre la marcha una comisión técnica y científica que acompañara a esta misión en calidad de observadora.

Aquella misma tarde, el mandatario ruso se puso al habla con el resto de sus colegas y les expuso las circunstancias que rodeaban al problema. Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta del embajador Jarch y se nombró un equipo de tres ingenieros y tres físicos, de los que uno de ellos era el propio Semiónov, que mostró un gran interés científico y una gran ilusión por hacer el viaje.

Al día siguiente, desde las primeras horas de la mañana, todos los medios de comunicación informaron ampliamente a los ciudadanos del acontecimiento con todo lujo de detalles y publicaron además que la nave orlockiana partiría hacia Ross 128b a las diez de la noche. A las once y treinta de la mañana los cinco presidentes nacionales firmaron los protocolos del convenio de adhesión en representación de la Tierra, actuando como testigos el presidente de la Asamblea y el presidente del Consejo del Poder Judicial y, como fedatario, el Notario Mayor europeo; en representación de la Federación Galáctica firmó el embajador Jarch y actuaron como testigos los capitanes de la nave y el resto de comisión orlockiana.

A toda prisa se improvisó un alumbrado especial en el Campo de Marte a fin de que los ciudadanos acudieran a despedir a la nave visitante; a las ocho de la tarde ya se había congregado una multitud de curiosos que habían acudido con mucho tiempo de adelanto para situarse en los mejores puestos, llenando todas las zonas habilitadas para el público. A las nueve y diez llegó un vehículo con el sello del astropuerto de Paris que portaba a la comisión terrestre de observadores. Estos bajaron del transportador, que se retiró inmediatamente, y caminaron hasta situarse bajo la nave, dentro de un círculo de intensa luz blanca que emanaba de la parte inferior de la misma y se proyectaba hacia el suelo. Estaban sonrientes saludando al público, agitando las manos en gestos de despedida, cuando la luz aumentó su intensidad hasta que todos tuvieron que apartar la vista para evitar el deslumbramiento, parpadeó tres veces y cuando volvió a la intensidad anterior el grupo de observadores ya no estaba en el círculo luminoso; habían sido teletransportados a la nave. Aparte del miedo que les había invadido en el momento de la operación, la sensación que tuvieron los teleportados en el salto fue la de un breve vahído seguido de una momentánea pérdida de consciencia; después, ya integrados en el interior de la nave, no sintieron la menor molestia.

Si la nave ya les había parecido a los humanos fea y falta de elegancia por fuera, por dentro era más de lo mismo; no había ningún entrante o saliente ni ningún hueco o curvatura en sus paredes que no tuviera una función práctica, todo era funcional, nada era gratuito. La simplicidad reinaba allá donde ponías los ojos y lo curioso fue que, al cabo de un rato terminaron acostumbrándose y ya no les resultaba tan chocante como al principio. Donde los terrestres esperaban ver un puesto de navegante frente a un complejo cuadro de mandos con cientos de botones y luces de colores parpadeantes, solo encontraron dos sillones cuyos altos respaldos estaban coronados con un amplio casco ovoide en el que entraba la cabeza sin llegar a tocar su interior -recordaba a los antiguos secadores de las peluquerías de señoras-, y en los brazos, de unos treinta centímetros de anchura, aparecían sendos bajorrelieves anatómicos, como huellas anatómicas, donde el navegante encajaba los antebrazos y las manos con los dedos abiertos; y nada más, no había ni un solo cable y ni un solo botón que se pudiera accionar con los dedos de las manos. Los dos sillones estaban separados entre sí unos tres metros y delante de cada uno de ellos, a una distancia de unos cuatro metros, se veía un gran panel blanco de un material indefinible y con unas dimensiones de unos tres metros de alto por dos de ancho, que resultaron ser pantallas tridimensionales que también podían proyectar imágenes holográficas. Entre ambas pantallas se encontraba el único panel de instrumentos y aparatos de medida existente en la sala, en el que se veían dos cortas hileras de pequeñas pantallas luminosas en las que, según supimos después, los navegantes se informaban de las condiciones físicas del exterior, en los de la hilera superior, y de las condiciones del interior de la nave, en los de la hilera inferior. Tras los dos sillones de los navegantes se encontraban, algo separados, doce butacas alineadas en tres filas con cuatro butacas por fila con la particularidad de que, al sentarse el ocupante, la butaca emitía un campo de fuerza invisible que lo envolvía, protegiéndolo en caso de accidente contra golpes físicos de gran potencia, ya que estaban dimensionados para absorber la energía del golpe. Posteriormente, supieron por el Primero Anka, que los navegantes controlaban la nave mentalmente.

Las diez de la noche era la hora prevista para dar el salto espacial que situaría la nave, de forma casi instantánea, en los aledaños del planeta Ross 128b. Los terrícolas, que esperaban una preparación previa al viaje, con chequeos y comprobaciones de buen funcionamiento de los elementos esenciales de la nave, se sorprendieron de que no hubiera nada de eso. A las nueve y cincuenta y cinco el primer navegante Anka y el segundo navegante Soj ocuparon sus asientos y un levísimo halo a su alrededor reveló que los respectivos campos de fuerza para protección personal de sus asientos se habían activado; los demás seguimos el ejemplo y ocupamos los asientos traseros que automáticamente también desplegaron sus respectivos campos de fuerza. La luz blanca de la sala de mando bajó su intensidad y cambió a un color azul cielo hasta dejar la sala sumida en un suave y tenue ambiente relajante. Las dos hileras de aparatos de medida se iluminaron, sus pantallas emitieron unos indescifrables signos y en las pantallas frente a los pilotos aparecieron en imágenes los trescientos sesenta grados del exterior de la nave; se veía a varios miles de personas rodeándola y otras muchas se encontraban dispersas llenando los jardines del Campo de Marte. La nave comenzó a ascender verticalmente en completo silencio y si la menor vibración que delatara su movimiento, al principio ascendió muy lentamente hasta alcanzar los doscientos metros de altura, luego fue acelerando, sin que se percibiera en absoluto la aceleración, hasta alcanzar una velocidad que, en tres o cuatro minutos, la situó a una altura de unos cincuenta kilómetros donde se paró, quedando suspendida e inmóvil en el espacio. El señor Jarch había ido aclarando  algunas de las cosas que veíamos en la nave y gracias a sus explicaciones los terrestres se enteraron de que, a veces, en el salto espacial podían notarse algunas molestas vibraciones, que hacía miles de años que no se había producido un accidente y que los campos de fuerza de los asientos obedecían al cumplimiento de normas protocolarias y que no se correspondían con ningún peligro real concreto, que la sensación que sentirían en el salto era como si cayeras en el vacío y te faltara un poco de aire en los pulmones, pero que solo duraba medio minuto, y que la preparación psíquica de los pilotos para hacer viajes interestelares, era dura y larga en el tiempo, exigiendo personas con unas dotes mentales y unas capacidades de concentración que no eran fáciles de encontrar.

A las diez menos un minuto en las pantallas de los pilotos dejaron de verse las imágenes del exterior y aparecieron unos gráficos y unos símbolos incomprensibles para los humanos, que bien podían ser textos. Distraídos con las explicaciones de Jarch y mirando las pantallas para ver a la gente que había ido a despedirlos, los humanos no se percataron de las acciones de los pilotos durante la maniobra de ascenso; ahora, inmóviles en el espacio a cincuenta kilómetros del suelo, vieron como los pilotos pusieron sus antebrazos y sus manos abiertas en los alojamientos de los brazos del sillón, el casco ovoide bajó hasta cubrir sus cabezas y como cerraron sus ojos adoptando una actitud de intensa concentración que les hizo entrar en una especie de sopor; las pantallas fueron cambiando a gran velocidad de gráficos y símbolos y, treinta segundos más tarde, una pequeña vibración se transmitió a través de sus pies e invadió sus cuerpos. De pronto, ocurrió lo que Jarch les había anticipado, sintieron como si sus asientos hubieran desaparecido y se precipitaran al vacío en caída libre; solo fue un momento, quizá diez o doce segundos, pero no treinta como les había dicho Jarch, que seguramente habría exagerado para que sufrieran menos de lo esperado. La operación completa se había realizado en tan solo unos minutos.

La tenue luz celeste volvió a ser blanca, alcanzando toda su intensidad en unos cuantos segundos, y las pantallas proyectaron una imagen tridimensional en la que veía el planeta Ross 128b, semioculto por una nube de polvo cósmico que la nave arrastró consigo en el salto espacial, presentando uno de sus polos cubierto de nieve; más hacia el ecuador se apreciaba una gran masa de agua bordeada por tierra seca de color marrón claro con una orografía agreste y cruzada por una cadena montañosa. Al fondo de la imagen se veía la estrella Ross 128, de un rojo cereza brillante que, aunque su diámetro mide solo un veintidós por ciento del diámetro del Sol, se encuentra a una distancia veinte veces más pequeña que la que hay de la Tierra al Sol y el resultado es que se veía con diámetro aparente parecido al del Sol visto desde la Tierra. El segundo navegante Soj hizo un barrido de imagen y la detuvo en un punto en el que solo se veía el negro vacío del espacio, pero a continuación hizo una ampliación de esa zona y de pronto aparecieron otras siete naves de servicio científico, gemelas con la nuestra, que se encontraban en formación, flotando inmóviles en el espacio. Se giró a su derecha y se dirigió al primer navegante:

- Primero, la flotilla de socorro está estacionada esperándonos. La tengo fijada en la pantalla, ¿le paso comunicación con el jefe de la flotilla?

- Sí Segundo, por favor.

- Salud y larga vida. Aquí la nave NCF-9876-OR con base en Orlock, en misión diplomática a la Tierra. El primer navegante Anka desearía hablar con el jefe de la flotilla -dijo el Segundo Soj dirigiendo la voz a su pantalla.

- Salud y larga vida. Esta es la nave NCF-7002-OR con base en Keppler-1229b. Le paso con el Jefe Sikoj al mando de la flotilla -respondió un keppleriano de aspecto casi humano si no fuera porque sus cejas se veían abundantemente pobladas y sus orejas eran extremadamente grandes y puntiagudas.

- Primero, el Jefe de la flotilla, señor Sikoj, está en pantalla tridimensional ¿quiere que lo pase a holográfica?

- No es necesario Soj, muchas gracias -Soj transfirió la imagen tridimensional a la pantalla frente al sillón del Primero Anka.

- Salud y larga vida, Jefe Sikoj. -dijo el Primero Anka dirigiéndose a la imagen del Jefe, que aparecía medio sentado en el borde de una mesa de trabajo. -Hemos sido avisado por nuestra base de Orlock del problema de Ross 128b y nos han citado aquí con ustedes. Debe saber que hemos venido acompañados de una comisión científica de la Tierra en calidad de observador. Desde este momento quedo a sus órdenes. ¿Tiene ya pensado algún plan de actuación?

- Salud y larga vida, Primero Anka. Ya me ha explicado su base de Orlock el motivo de su visita a la Tierra y siento mucho haber tenido que interrumpir su embajada, pero en nuestro Cuadrante solo teníamos disponibles siete naves con equipamiento científico y necesitábamos una más para poder ejecutar la solución que hemos decidido aplicar al problema.

- Gracias Jefe, no se preocupe. Nuestra misión en la Tierra ya ha sido gestionada en lo fundamental; cuando volvamos será para cerrar la operación poniéndole un digno colofón con una celebración. Por lo que hemos oído creo que se trata de un problema de fácil solución que solo nos llevará un par de días, ¿es cierto?

- Sí Anka, es cierto. De todas formas, aunque la operación es de manual y está perfectamente regulada, quisiera reunirles a todos en mi nave insignia dentro de dos horas para analizarla y discutirla.

- Muy bien Jefe, ahí estaremos. Si no le importa, llevare conmigo a algunos de los terrícolas.

- Conforme, puede traer a cuantos quiera.

Dado que los terrícolas no tenían implantado ningún traductor cortical, a cada uno de los miembros de la comisión terrestre se le dio un traductor portátil, que se acoplaba en el oído como si fuera un audífono, para que pudieran entender una eventual conversación en orlockiano; la perfección del aparato traductor llegaba al extremo de, además de traducir lo que se pronunciaba en el idioma desconocido, lo hacía copiando el tono y el timbre de la voz del que hablaba e incluso lo reproducía con las mismas inflexiones personales que el hablante le imprimía a sus frases. Gracias a este traductor Semiónov entendió perfectamente la conversación que mantuvieron el Primero Anka y el Jefe Sikoj.

A la hora prevista para la reunión, el Segundo Soj se encontraba ya junto al teletransportador esperando al Primero Anka, que llegó enseguida y, situándose en la plataforma de transportación, dirigió a Soj un gesto de asentimiento con la cabeza como señal de que estaba preparado, y este accionó la máquina efectuando unos complicados pases con la palma de su mano sobre una pequeña pantalla luminosa iridiscente, al tiempo que unos pilotos rojos parpadeaban y sonaban unos pitidos rítmicos alertando de que se iba a efectuar una teleportación; en unos segundos Anka despareció bajo un intenso haz de luz blanca parpadeante.

Durante el tiempo que Anka estuvo reunido en la nave insignia, Semiónov aprovechó para dirigirse a su colega, el físico Abrong, y pedirle que le pusiese al día sobre este asunto. Abrong le explicó a grandes rasgos las características de la estrella Ross 128 diciéndole que era una enana roja, con una edad de unos quinientos millones de años, situada a una distancia de once años luz del Sol -distancia que se acorta cada día porque se nueve en dirección al Sol y en setenta y nueve mil años se convertirá en su vecina más próxima- y con una masa de 0,18 veces de la masa solar, que tiene una temperatura superficial de 2.966 K, y que es una estrella joven, fulgurante y con muy baja luminosidad. También le explicó que por ser una enana roja era una estrella convectiva, por lo que el helio producido por la fusión termonuclear del hidrógeno se vuelve a mezclar constantemente a lo largo de la estrella, evitando una acumulación en el núcleo, lo que la convierte en una estrella muy tranquila. Y respecto al planeta Ross 128b, explicó que se trataba de un planeta de un tamaño y una masa parecidos a los de la Tierra, con grandes masas de agua líquida en su superficie y polos helados, que orbita a Ross 128 a una distancia de siete millones quinientos mil kilómetros y que su traslación alrededor de la estrella era de 9,9 días debido a que su movimiento de rotación era muy lento, por lo que su día tenía una duración equivalente a ochocientas ochenta y cinco horas terrestres.

- El problema consiste en que, pese a que Ross 128, al igual que todas las enanas rojas es una estrella tranquila, ocasionalmente emite llamaradas que bañan de letal radiación ultravioleta y de rayos X a los planetas que la orbitan, y en estos momentos se está dando una de esas ocasiones; una combinación de condiciones adversas, tales como que Ross 128 se encuentra ahora en periodo de máxima actividad y, al mismo tiempo, una gran bolsa de hidrógeno ascendente va fusionar explosivamente y se va a combinar con una reconversión magnética que está a punto de producirse, provocará en las próximas sesenta horas  una gran llamarada y una eyección de masa coronal de gran magnitud. Pese a que el planeta Ross 128b tiene un núcleo metálico que le proporciona un campo magnético que actúa como escudo de protección, este no es lo suficientemente intenso para detener lo que se le viene encima y además estará orientado presentando a la radiación su polo sur, razón por la cual gran parte de la eyección penetrará en la magnetosfera planetaria y provocará gravísimos daños tanto al planeta como a su biosfera -le explicó Abrong, y continuó- Por otra parte, los cálculos efectuados por nuestros astrónomos y las observaciones realizadas con el coronógrafo nos dicen que a la intensa radiación ultravioleta y de rayos X que portará la fulguración habrá que sumar que el plasma eyectado, además de protones y electrones, arrastra consigo una gran proporción de núcleos de helio y átomos de hierro que, por tratarse de partículas pesadas, provocarán daños aún mayores.

- Ah, sí, sí, entendido. -intervino Semiónov- Ahora recuerdo haber leído u oído hablar en alguna ocasión de que una de las primeras observaciones astronómicas que se hicieron con el primer telescopio E-ELT, equipado con un espejo segmentado de treinta y nueve metros de diámetro, a mediados del siglo XXI, fue la del planeta Ross 128b, que se suponía habitado después de comprobar que su temperatura superficial oscilaba entre los -60ºC y los +20ºC y que la radiación estelar incidente era de solo 1,28 veces la nuestra, condiciones estas muy propicias para albergar vida, y, además, reforzando la idea de la posibilidad de existencia de vida en el planeta estaba el hecho de que en el mes de mayo del año 2017 unos investigadores, utilizando el Observatorio de Arecibo, registraran unas señales misteriosas, aunque posteriormente ya no volvió a detectarse ninguna señal de vida inteligente, y dígame ¿los habitantes del planeta no tienen ninguna capacidad de defensa? -inquirió Semiónov.

- Absolutamente ninguna -contestó Abrong- Se trata de una civilización de despertar reciente, compuesta por individuos muy inteligentes que avanzan a gran velocidad, pero que aún se encuentran en una fase primitiva, más o menos al nivel que tenían ustedes en el siglo VIII de su Alta Edad Media y, además, todavía no tienen conocimiento de nuestra existencia. Y respecto a las señales que captaron ustedes en 2017, pueden dar por seguro que lo que detectaron en Arecibo fueron los indicios de otra de nuestras intervenciones, ya que a mediados de vuestro año 2006 fue la última vez que en Ross 128 se dieron las circunstancias que se están dando en estos momentos, obligándonos a intervenir tal como lo estamos haciendo ahora; once años más tarde las señales de esta intervención llegaron a la Tierra.

 Soj recibió una llamada desde la nave insignia avisando de la llegada del Primero Anka con el fin de que preparara el transportador para recibirlo; como medida de seguridad, la teleportación no se podía efectuar si no se autorizaba en el punto de destino, es decir, que el aparato de destino tenía que estar preparado ex profeso para la recepción; volvieron a repetirse las mismas señales de aviso que la vez anterior, solo que las luminosas esta vez eran verdes, indicando que se estaba recibiendo una teleportación, y tras los consabidos parpadeos del intenso haz luminoso, se formó una difusa figura humanoide que en tres o cuatro segundos se materializó integrando el cuerpo de Anka.

El Primero convocó a toda la tripulación, constituida por él mismo, el Segundo Soj y diez orlockianos, todos ellos ingenieros o científicos, en una amplia sala situada a mediados de un pasillo que partía del puesto de mando y recorría la nave a lo largo en casi toda su longitud. Se sumaron a la reunión el embajador Jarch, el resto de la comisión orlockiana y los observadores terrícolas, situándose todos alrededor de una larga mesa sobre la que colgaba un proyector holográfico. El Primero empezó por hacerles un resumen de la situación.

- Señores, la situación es apremiante ya que calculamos que en las próximas noventa y seis horas Ross 128 emitirá una llamarada que eyectará al espacio una gran cantidad de masa coronal produciendo una tormenta estelar cargada de protones, partículas alfa de helio e iones pesados de alta energía, con cargas cercanas a los 50 MeV, que sumadas a las radiaciones ionizantes, normalmente emitidas por la estrella en forma de rayos X, rayos Gamma y luz ultravioleta, barrerá el planeta Ross 128b, fulminando su atmósfera y acabando con la vida orgánica en su superficie; la tormenta persistirá durante tres días. Muchos de ustedes ya han vivido esta situación y tienen la experiencia necesaria. Ya lo hemos hecho más de una vez en otros mundos y, como en otras ocasiones, la solución a aplicar es la misma: a una altura de cuarenta y cinco mil kilómetros ocultaremos el hemisferio del planeta que está de cara a la estrella mediante una lámina de keldar que hará de barrera al flujo de protones e irá revestida por una capa de micropartículas de metal pesado que actuará como barrera a las radiaciones ionizantes. Estas barreras las mantendremos hasta que los flujos de energía emitidos por la estrella bajen a sus valores habituales. Calculamos que, en el peor de los casos, la estrella recuperará sus valores normales en dos semanas. La situamos a esa altura porque, según hemos calculado, la presión del viento estelar la irá empujando, desplazándola cada día unos quinientos kilómetros en dirección al planeta.

Semiónov estaba entusiasmado y, a la vez, asombrado de la naturalidad con que Anka estaba proponiendo un plan que, por su enorme envergadura, a él se le antojaba imposible de ejecutar.

- Dígame señor Anka, ¿cómo es posible realizar en tres o cuatro días un plan de estas dimensiones? Intervino Semiónov.

- Es posible y lo hemos hecho otras muchas veces; la última vez, como recordará el Segundo Soj, fue en el planeta KOI-463.01 cuya estrella sufrió una erupción estelar de casi el doble de potencia que la que estamos tratando hoy aquí y lo resolvimos en tres días, con diez naves de transporte.

- Es asombroso, pero, ¿disponen ustedes en las bodegas de sus naves de la ingente cantidad de material necesario almacenado? -respondió Semiónov.

- No, señor Semiónov, no los tenemos, pero ocho grandes naves de transporte, debidamente acondicionadas para la ejecución de estas operaciones, se están cargando en este momento con todo lo necesario y, en cuanto estén cargadas, saltarán hasta nosotros; las veremos aparecer en nuestras pantallas antes de diez horas. Cuando lleguen, cada una de ellas será ocupada por una de nuestras tripulaciones y nos repartiremos la labor a realizar efectuando cada una la octava parte del trabajo. De todas formas, las naves de transporte que van a ver dentro de unas horas, pese a ser muy grandes, no lo son tanto como para que alberguen todo el volumen del material resultante una vez concluido el trabajo; previamente al transporte, el granulado de keldar será sometido a un tratamiento de reducción volumétrica interatómica, es decir, reduciendo los espacios entre sus átomos, ocupando en la nave un volumen doscientas cincuenta veces menor.

El proyector situado sobre la mesa de reunión emitía una imagen holográfica esquemática que llenaba todo el espacio superior de la sala; se veían las seis naves orlockianas dispuestas en sus respectivas posiciones espaciales y otros seis puntos rojos parpadeantes que señalaban la futura posición de cada una de las naves de transporte que esperaban. Las naves de transporte fueron llegando de una en una, apareciendo como gigantescos fantasmas que surgían de la nada, ofreciendo una imagen nebulosa que se volvía nítida a los tres o cuatros segundos, y ocupando los puntos previstos para su ubicación. Eran gigantescos cilindros de color gris parduzco, con seis mil metros de longitud por mil quinientos de diámetro, y con su superficie cubierta de huecos, ranuras y salientes que le conferían el aspecto de una gran roca o de un asteroide. Aquel tamaño era algo asombroso para los humanos; jamás hubieran soñado con construir una nave de esas dimensiones.

El keldar era un granulado que al polimerizarse producía un material transparente parecido a nuestro polietileno de baja densidad y con la misma facultad de hacer de barrera frente a un flujo de protones, solo que multiplicada por trescientos cincuenta, que las naves de transporte irían eyectado a través de unas gigantescas toberas alargadas que discurrían a lo largo de todo el lateral de la nave; el recubrimiento de micropartículas de metal pesado, en forma de fino polvo, venía envasado en grandes recipientes a muy alta presión dotados de boquillas pulverizadoras para su proyección. Así pues, la lámina de dos centímetros de espesor que se iba a desplegar era más que suficiente para detener más de un noventa por ciento del flujo de protones y el fino recubrimiento de micropartículas detendría casi el mismo porcentaje de los núcleos pesados y permitiría el paso de suficiente luz de la estrella como para que la vida vegetal en el planeta no se viera afectada en el caso de que hubiera que mantener la barrera más tiempo del previsto.

Cada una de las ocho tripulaciones se trasladó a la nave de transporte que previamente le había sido asignada, utilizando pequeños transbordadores que, en dos o tres viajes, acopiaron todo el material auxiliar necesario para las operaciones a realizar y las herramientas personales de trabajo. En cada nave científica solo quedaron el segundo navegante y tres orlockianos para atender a los requerimientos que les fueran haciendo los operadores de las grandes naves; todos los demás, incluidos los observadores terrícolas, fueron trasladados a las gigantescas naves de carga. El interior de las grandes naves era de una vastedad inconmensurable. Las fantásticas dimensiones que ofrecían a la vista desde el exterior se veían extraordinariamente ampliadas desde el interior; la amplitud y extensión de aquellas salas impedían que la vista las abarcara en su totalidad e infundían en los humanos una anonadante impresión de pequeñez e insignificancia.

El trabajo se inició de forma coordinada y simultánea en las ocho naves de trasporte. La lámina, una vez tendida en el espacio, tendría que constituir un cuadrado de doce mil kilómetros de lado por lo que cada una de las ocho naves se encargaría de tender una tira de mil quinientos kilómetros de ancha por doce mil kilómetros de larga; para ello, en cada nave funcionaban veinte equipos eyectores, de trescientos metros de longitud cada uno, que cubrían los seis mil metros del lateral de la nave y eyectaban el keldar a través de una ranura longitudinal que recorría todo el largo de dicho lateral. A una orden del Jefe Sikoj las ocho naves se movieron, maniobrando en el espacio hasta situarse formando una hilera de doce mil kilómetros de longitud, con una separación entre sí de mil quinientos kilómetros; a una segunda orden de Sikoj, todas ellas comenzaron a eyectar keldar simultáneamente a lo largo de la ranura longitudinal de eyección, al tiempo que se iban moviendo sincronizadas a idénticas velocidades y dejando láminas transparentes que flotaban unas junto a otras separadas por unos cuantos metros. En una segunda pasada, las naves fueron proyectando sobre la lámina, también de forma sincronizada, una fina capa de micropartículas de metales pesados que quedaban adheridas a la superficie de la lámina y que serviría de barrera protectora contra los núcleos de helio y otras partículas pesadas.

Sesenta horas había llevado la implantación de la barrera de protección del planeta Ross 128b, y durante las últimas horas ya había empezado a notarse la reconexión magnética en una amplísima área activa de Ross 128, cuya desproporcionada extensión anunciaba que la erupción iba a ser de gran magnitud; tres horas más tarde se produjo la fulguración estelar, que llegó como una explosión conjunta de miles de bombas atómicas de hidrógeno que inflamó toda la cromosfera de la estrella con una luz cientos de veces más brillante que la de nuestro Sol. Los aparatos de medida activaron automáticamente los escudos de protección de la nave al detectar temperaturas de hasta cincuenta millones de grados kelvin en el plasma de la estrella y el inicio de un intenso bombardeo de electrones, protones e iones pesados moviéndose a velocidades cercanas a la de la luz, al mismo tiempo que registraban altísimos niveles de radiación electromagnética en todas las longitudes de onda del espectro, desde ondas de radio a rayos gamma. Tal como se esperaba, tras la fulguración llegó la eyección que empezó por ser una prominencia que fue creciendo, como si de una inmensa burbuja se tratara, hasta terminar en una colosal explosión que levantó una enorme nube de masa coronal y la lanzó al espacio; la radiación y el viento estelar hicieron saltar las alarmas en algunos aparatos de medida que comenzaron a emitir pitidos o zumbidos intermitentes.

Todas las naves, tanto las científicas como las de transporte, se habían situado tras la lámina de protección con objeto de, además de protegerse del infierno que se había desatado en la estrella, ir registrando en sus aparatos de medida los valores del recuento de partículas y de las radiaciones que lograban superar la barrera. La lámina funcionaba a la perfección con un alto nivel de eficacia; las lecturas eran algo superior a las normales, pero sin alcanzar valores que pudieran ser preocupantes.

La misión encomendada había sido cumplida eficazmente. El planeta Ross 128b se encontraba seguro. Era hora de volver.

Las gigantescas naves de transporte y las naves científicas volvieron a sus respectivas bases desapareciendo del espacio y dejando la barrera como un recuerdo efímero de su presencia, ya que había sido fabricada dotándola de un componente que en tres semanas se degradaría, desintegrándola y convirtiéndola en polvo estelar.

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