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La Visita (Parte III)

por
Manuel Paleteiro Ortiz


PRIMER DÍA DE LA ASAMBLEA GENERAL

Eran las nueve de la mañana en punto cuando el presidente de la Asamblea, el español Francisco Buendía abrió la sesión. Tras los saludos protocolarios de la comisión orlockiana y de todos y cada uno de los presidentes de las naciones de la Tierra, el presidente de la Asamblea dio la palabra al embajador Jarch para que expusiera el pliego de condiciones exigidas por la Federación Galáctica para el ingreso del planeta Tierra en la Agrupación Local del Brazo de Orión, así como cuáles eran los derechos adquiridos y las obligaciones a cumplir tras la afiliación. El embajador orlockiano, tras una respetuosa inclinación de cabeza, colocó un pequeño aparato sobre el atril, sobre el que hizo un complicado movimiento circular con la palma de su mano derecha, y casi simultáneamente, se formó una imagen holográfica bajo la bóveda de la cúpula que cubría el patio de butacas, llenando todo el espacio sobre las cabezas de los ocupantes de la platea, presentado una imagen tridimensional de la Vía Láctea, en la que dominaban los colores azules, al tiempo que los asistentes comenzaron a oír en el idioma de cada cual, a través de sus cascos inalámbricos, una traducción simultánea de lo que decía el embajador Jarch; en las gradas superiores, el público también disponía de cascos inalámbricos que traducían en el idioma que cada cual eligiera. En la imagen se fueron presentando de forma sinóptica el núcleo y los brazos de la galaxia, apareciendo sus nombres tal como los nombramos en la Tierra, y en cada una de estas partes fueron apareciendo los sistemas solares más antiguos, los más importantes y los más poblados; Jarch se encargaba de irlos enumerando. Algunos de los sistemas solares habitados más viejos se encontraban en el halo galáctico y eran tan escasos que se podían contar con los dedos de las manos; las estrellas del halo eran tan viejas que casi todas eran enanas marrones o rojas. La mayor parte de las estrellas con sistemas habitados, entre las que se encontraba nuestro Sol, se situaban en el bulbo o en el plano galáctico, teniendo las más antiguas edades comprendidas entre seis mil y nueve mil millones de años, en contraposición con nuestro Sol que, con cuatro mil seiscientos millones de años, era una de las más jóvenes. Fueron pasando imágenes individualizadas de cada uno de los brazos galácticos, en las que Jarch, manipulando el aparato generador de imágenes, los ampliaba o reducía a voluntad e iba señalando cada una de las estrellas que poseían sistemas planetarios con vida inteligente en cada uno de los brazos, haciéndolas refulgir intermitentemente para que se distinguieran bien, e incluso, proyectando algunos planetas importantes habitados en los que podían verse ciudades, canales o vías de comunicación; en el brazo de Orión vimos la estrella Saag, en cuyo sistema se encontraba orbitando el planeta Orlock y también, en el mismo brazo, vimos a nuestro Sol y a nuestra Tierra. El brazo exterior y el de Carina son los que presentaban mayor número de sistemas con planetas habitados y los de la Cruz y del Escudo los que menos. Fue nombrando a los planetas con las civilizaciones más destacadas y explicando algunas de sus características físicas, señalando sus cualidades y sus aportaciones a la Confederación Galáctica. Para terminar, Jarch se detuvo algo más de tiempo en el brazo de Perseo, que es el principal y más grande de la galaxia, donde se encuentra el sistema de la estrella Saahr en el que orbita el planeta Sitns, que es donde se encuentra la sede administrativa de la Confederación Galáctica y, ampliando la imagen del planeta hasta llenar la sala, fue explicando detalladamente las características más destacadas y los edificios más importantes.

Tras más de dos horas de observación y de cuantas explicaciones les fueron requeridas, Jarch apagó el aparato y el holograma desapareció dejando al público absorto y suspendido en un profundo silencio.

A continuación, el embajador Jarch encendió su lector electrónico y procedió a leer el pliego de condiciones exigidas por la Federación que, aunque ya eran conocidas de todos por haber sido difundidas por los medios de comunicación tras las declaraciones del presidente Semiónov, fueron nuevamente oídas por los presentes con la misma atención que si estuvieran escuchándolas por primera vez; leyó con lentitud, haciendo pausas después de cada cláusula para explicar el sentido y el espíritu de cada una de ellas y preguntando a la concurrencia si tenían alguna duda. Terminada la lectura, Jarch apagó su lector, lo guardó y dirigió su mirada hacia el presidente de la Asamblea, al tiempo que sonaba una cerrada ovación.

El presidente de la Asamblea, con gesto amable y una ligera inclinación de cabeza, se dirigió al orador.

- Estimado embajador Jarch, agradecemos la magnífica presentación que ha hecho de nuestra galaxia que, si bien teníamos un conocimiento general de la misma gracias a las observaciones de nuestros astrónomos, nunca la habíamos observado con tal precisión y lujo de detalles y no le ocultaremos nuestro asombro y fascinación por tan espectacular técnica en la proyección de las imágenes y por la precisión de las mismas. Hemos oído de su propia voz la carta oficial de invitación que nos hace la Federación Galáctica y las condiciones exigidas para nuestro ingreso en la misma, así como la enumeración de nuestros derechos y obligaciones tras el ingreso. Una vez terminadas las tres sesiones que han sido programadas para esta Asamblea, esta cámara se pronunciará mediante una votación de sus diputados y le haremos saber cuál ha sido nuestra decisión. Por otra parte, tal como le hemos rogado en varias ocasiones, nos gustaría oír de ustedes cuales son las características más destacables de su especie y de su planeta, sus creencias, sus costumbres y todos aquellos detalles que ustedes crean dignos de ser expuestos.

A continuación, dio la palabra al presidente de Europa, el francés François Boyer, que comenzó con estas palabras:

- Admirado embajador Jarch, a fin de no atosigarles con preguntas que, por su disparidad, darían lugar a ir saltando de un tema a otro, obligándoles a cambiar continuamente de orador y confundiendo a la audiencia, los presidentes de gobierno hemos acordado que cada uno centre sus preguntas en una materia concreta; así pues, los europeos nos centraremos exclusivamente en los temas sociales que conciernen a sus ciudadanos y sus gobernantes. En primer lugar nos gustaría saber si en Orlock existen ciudades concebidas como las nuestras o con una estructura física y social parecida a las nuestras y si tienen ustedes constituidos Estados y, en el caso de que así fuera, cuáles son las relaciones de los ciudadanos entre sí y, en términos generales, como están reguladas las de estos con el Estado.

Aquella pregunta, aunque formulada al embajador Jarch, iba claramente dirigida al sociólogo, que inmediatamente se levantó y se dirigió al atril para dar su respuesta.

- Mi nombre es Biog y soy sociólogo especializado en el estudio de sociedades planetarias inteligentes. Será para mí un placer contestar a su pregunta, Monsieur Boyer, pero antes de contestarla he de decirles que la Agrupación Local del Brazo de Orión, con un volumen espacial de cuatrocientos sesenta millones de parsecs cúbicos, administra 142 Cuadrantes ─su sistema solar se encuentra en el Cuadrante 37─ y acoge a más de seis mil planetas con civilizaciones avanzadas, presentando cada uno de ellos unas características físicas y sociales específicas que lo distinguen de los demás, sin que estas singularidades sean en absoluto determinantes para poder participar como planeta asociado, es decir, que las características de nuestro planeta Orlock y de nuestra sociedad, que a continuación les voy a exponer, se reducen a simples datos meramente anecdóticos y estadísticos que no lo definen como modelo de planeta de la Federación Galáctica. Precisamente, la característica fundamental y más destacada de la comunidad de planetas que constituyen la Confederación Galáctica es la variedad.

Dicho esto, empezaré diciéndoles que nuestra civilización tiene un recorrido histórico de trescientos cincuenta mil de nuestros años, es decir, más de seiscientos setenta mil de los suyos, que nosotros contamos a partir del momento en que descubrimos y dominamos el fuego que, como ustedes bien saben es la base en la que se fundamenta la industria, y que, en nuestro caso, coincide con el momento en que comenzamos a dejar constancia escrita de nuestra memoria histórica. Este amplio espacio de tiempo nos ha permitido llegar a un nivel técnico y científico superior al suyo a pesar de que nosotros hemos avanzado a un paso mucho más lento que ustedes, quizás debido al freno que ha supuesto nuestra naturaleza extremadamente analítica, autocrítica y reflexiva. También deben saber que nuestra población es tan solo un seis por ciento de la suya, o sea, de unos setecientos cincuenta millones de habitantes y dado que la esperanza de vida de un orlockiano es de doscientos sesenta años ─unos cuatrocientos ochenta de los suyos─, hemos establecido un estricto control de natalidad a fin de no superpoblar el planeta. No tenemos tantas ciudades como ustedes; solo contamos con nueve ciudades de más de cincuenta millones de habitantes y treinta y ocho con menos de diez millones. Tampoco tenemos población campesina; toda nuestra población es urbana dado que hace más de ochenta mil de sus años que nuestros alimentos son sintéticos y no consumimos productos naturales.

Diferimos con ustedes, y mucho, en las relaciones de los ciudadanos con el Estado. Estamos constituidos en un solo Estado planetario que se ocupa de analizar y tomar decisiones sobre todos aquellos asuntos que puedan afectar a la totalidad del planeta, mediante un Parlamento Deliberativo formado por cuarenta de nuestros ancianos más sabios, de entre los que se elige a uno como presidente cada ocho de nuestros años; los problemas urbanos son discutidos, analizados y resueltos mediante votación por un Comité urbano de representantes constituido en cada ciudad. Nuestro Estado planetario, así como los Comités urbanos, no son más que los distribuidores y los administradores de todos aquellos bienes que se producen en el planeta. En Orlock no disponemos, como tienen ustedes, de un gobierno ejecutivo ni de un parlamento legislativo, ni tampoco de un cuerpo policial ni judicial. Ustedes, por ley natural, saben que no deben engañar o robar a un semejante y, a pesar de ello y aunque la mayoría se reprime, algunos de ustedes lo hacen porque, por una parte, sus genes regresivos les impulsan a ello y, por otra, su libre albedrío les da la opción de elegir entre cometer el acto o no cometerlo; es por eso que ustedes necesitan un Poder ejecutivo con policías que les detienen y un Poder judicial con jueces que les condenan por los actos ilícitos cometidos y les apartan de la sociedad encarcelándolos. En cambio, al igual que ustedes, todo orlockiano distingue de forma natural lo que debe y lo que no debe hacer, pero siempre hace lo correcto, no porque se esfuerce en hacerlo, sino porque su propia naturaleza le impide cometer un acto contrario a lo que ella misma le dicta; en cuestiones de orden moral, los orlockianos no tenemos libre albedrío. Así pues, en Orlock son innecesarias las leyes, las cárceles y la policía, dada la imposibilidad de que los actos de los ciudadanos puedan ser malintencionados. Pero sí que les diré una cosa a su favor: el parlamentarismo democrático era desconocido para nosotros hasta que lo descubrimos por primera vez en la Tierra, concretamente en Islandia hace mil trescientos de sus años, y tras observarlo y estudiarlo detenidamente creímos conveniente adoptarlo en nuestra sociedad y exportarlo a otros planetas con sociedades parecidas a las suyas que hasta ese momento se gobernaban autocráticamente y en las que, afortunadamente, ha funcionado muy bien en la mayoría de ellas.

Tras este último párrafo se produjo una espontánea y fuerte ovación, y el señor Boyer, poniéndose de pie sonriente mientras aplaudía, se dirigió al orador:

- Muchas gracias, señor Biog; es usted muy amable. Lo que acaba de comunicarnos nos asombra, al tiempo que nos enorgullece, ya que nunca hubiéramos pensado ser modelo a seguir por nadie y menos aún por civilizaciones mucho más avanzadas técnica y científicamente que la nuestra. Y díganos ¿cómo son en su planeta las relaciones cotidianas entre los ciudadanos? ¿Cómo discurre un día de un orlockiano corriente?

- No se equivoque, Monsieur Boyer. Ustedes miden el avance de una civilización por el nivel de los conocimientos técnicos y científicos que esta posee; nosotros, en cambio, la medimos por el grado de conciencia que cada sociedad adquiere frente a su compromiso con la Naturaleza que le rodea de forma más inmediata y, en definitiva, con el Universo en el que se encuentra inmerso. Formando parte de la Confederación Galáctica hay miles de planetas con civilizaciones que todavía no hacen viajes interplanetarios porque técnica y científicamente están por debajo de ustedes pero que, a pesar de esto, han alcanzado mucho antes que ustedes ese nivel de conciencia al que nos referimos; para nosotros, las civilizaciones avanzadas son las que han llegado a estas cotas de concienciación y a ellas dirigimos nuestras propuestas de ayuda e integración. Si ahora nos estamos dirigiendo a ustedes no es por sus avances técnicos ni por el nivel de conocimiento de sus científicos, sino porque desde hace algún tiempo, aunque haya sido con la ayuda que excepcionalmente les hemos prestado, se han sensibilizado en el respeto a la Naturaleza y en la conservación de las formas de vida que ella ofrece. Las ayudas técnicas y científicas que prestamos a las sociedades que se van incorporando a la Federación las vamos dosificando al mismo tiempo que vamos observamos atentamente la capacidad que sus ciudadanos van presentando para ir entendiendo racionalmente el alcance del uso de cada una de estas técnicas y sus repercusiones intelectuales,  sociales y morales o anímicas; una sociedad cuyos avances científicos superan a la capacidad de sus ciudadanos para la asimilación y el entendimiento racional y responsable de los mismos, se verá desbordada en sí misma por estos avances, y sus individuos estúpidamente alienados por el absurdo uso que hacen de aquello que no entienden.

Pero, volviendo a su pregunta sobre las cuestiones cotidianas que afectan a un orlockiano, empezaré por decirles que en Orlock el trabajo no es obligatorio, es voluntario. Para el orlockiano el trabajo no es una carga sino un placer y un divertimento ya que cada uno hace aquello que más le gusta, lo que más le reafirma y para lo que está mejor dotado; así pues, cada ciudadano trabaja en lo que quiere y tanto tiempo como quiere sin que nadie lo obligue o lo fiscalice. La única condición es que su trabajo sea útil para la comunidad. No trabajamos para sobrevivir o para enriquecernos, como hacen ustedes, y no entendemos sus conceptos de propiedad privada ni de acumulación de riquezas; incluso a mí, que llevo más de doscientos de sus años estudiando las sociedades terrestres, todavía me cuesta mucho asimilar estos conceptos. Ni entendíamos sus trueques, cuando aún no habían inventado el dinero, ni sus transacciones después de inventarlo; la valoración que hacen ustedes de sus esfuerzos personales en la fabricación de las cosas son incomprensibles para nosotros y nunca podremos entender por qué un anillo de oro, que no tiene ninguna utilidad práctica, vale igual que mil cucharas o cien martillos, que son utensilios muy útiles. En Orlock, todo aquello que se fabrica para uso y consumo de los ciudadanos es depositado en almacenes públicos y queda a disposición de estos para que tomen lo que necesiten en cada momento; en ellos, cada orlockiano encuentra lo que necesita y si, por razones evolutivas, ya sean biológicas, técnicas o sociales, surge cualquier nueva necesidad colectiva, esta será satisfecha mediante la inmediata fabricación de lo que sea preciso. El resto de los fabricados, que generalmente son productos para el equipamiento urbano o bien para la exportación a otros planetas de la Confederación o para la construcción de naves de transporte planetario o interestelar, se depositan en los almacenes del Estado. El Comité urbano solo interviene cuando es necesario regular algún sector productivo que queda desatendido por falta o por exceso de mano de obra, o bien para corregir algún error involuntario en alguna línea de producción.

El Estado tampoco nos pide cuentas de nuestros actos porque estos siempre son bienintencionados en favor de la colectividad y si en algún momento se produce un error, aunque de resultas del mismo se ocasione alguna lesión física para algún ciudadano, se entiende que es un fallo ajeno a la voluntad del individuo y se nombra una comisión que lo estudia y resuelve en consecuencia; si averigua que la causa que lo ha provocado es atribuible al sistema, dicta una norma de corrección que se transmite a todo el planeta inmediatamente, y si la causa hubiera sido atribuida a la falta de atención o a la incompetencia de un operario, este será apartado de su puesto de trabajo y reasignado a otro puesto donde esté garantizada su seguridad y eficacia, dado que siempre se entiende que estos fallos son involuntarios.

Llegado a este punto, el orador se detuvo y miró a los asistentes barriendo con la mirada la gran sala, como esperando que se le pidiera alguna aclaración a lo narrado. Monsieur Boyer, aprovechando la pausa volvió a dirigirse a Biog:

- ¿Y qué nos puede decir de la vida cotidiana de los orlockianos, de sus gestiones diarias, de sus relaciones familiares y amorosas o de sus ratos de ocio?

- Sí, es una buena pregunta. Pues, como les he dicho antes, no conocemos el dinero y, por tanto, no tenemos ninguna de sus instituciones relacionadas con el mismo, como el comercio, la banca, la bolsa, ni ninguna otra de carácter financiero y, por tanto, en nuestras actividades cotidianas no se incluye ninguna de esas gestiones que son tan normales y frecuentes entre ustedes, como acudir a la ventanilla de un banco o entrar en una tienda a comprar comida o cualquier otro objeto. En Orlock no hay ni bancos ni tiendas; solo tenemos unos grandes almacenes donde cualquier ciudadano puede ir y tomar aquello que necesita para su uso, ya sea comida, herramientas o utensilios domésticos. En nuestras casas, al contrario que en las suyas, no existen objetos de adorno; este es un concepto que está fuera del entendimiento de un orlockiano ya que solo apreciamos aquello que es útil y valoramos a los objetos por su grado de utilidad. Por la misma razón, en Orlock son desconocidos muchos de los conceptos que en la Tierra son cotidianos. No comprendemos su concepto de “artes plásticas” ya que solo vemos y apreciamos el valor de la utilidad práctica de las formas y los colores, despreciando cualquier forma que consideremos inútil para dedicarla a la consecución de algún fin determinado; sus conceptos artísticos, como la pintura, la escultura, la cerámica o la orfebrería son desconocidos para nosotros. En Orlock no hay museos. Solamente disfrutamos de la música, pero solo en un sentido figurado, ya que no lo hacemos para obtener placer a través del sentido del oído sino que la utilizamos como terapia. Tenemos composiciones musicales terapéuticas para todo tipo de afecciones, lo que ustedes llamarían musicoterapia, si bien, lo más parecido que tenemos al disfrute musical de ustedes es la costumbre de cada orlockiano de, aun estando sano, beneficiarse de una sesión diaria de música mnemótica, que además de reportarle una buena regulación de ciertas hormonas, le hace feliz recreándole sus mejores recuerdos y reforzándole su memoria afectiva; incluso tenemos algunos casos de excesiva adicción a esta música, que podemos curarla, siempre a la libre voluntad de los afectados, haciéndoles oír repetidamente la música terapéutica adecuada.

En cuanto a las relaciones familiares o amorosas debo decirles que el concepto de familia, tal como lo conciben ustedes, no existe en Orlock. Nosotros somos hermafroditas y tenemos despierta la libido durante tres o cuatro días al año, que correspondería a una semana de las suyas; durante ese tiempo nos apareamos, libremente y con consentimiento mutuo, con la persona que nos guste. Si alguien desea un embarazo, debe pedir previamente permiso al Comité de la ciudad y aquellos que lo han obtenido se visten de color verde para que todos lo sepan. Si están interesados en los detalles científicos, podrá explicarlos mejor que yo nuestro médico señor Mant. Una vez que se produce el parto, el progenitor masculino conoce a su hijo, acompaña a su pareja durante dos semanas compartiendo el cuidado del recién nacido y a continuación se inhibe de la relación, se aleja y retorna a su vida cotidiana; el progenitor femenino convive con el neonato durante dos años, cuidándolo y alimentándolo, hasta que, cumplido el plazo, lo entrega al Estado para su educación y desarrollo. El Estado dirige la educación y la formación del niño después de determinar, mediante ciertos análisis psicotécnicos, cuáles son sus capacidades y que áreas del conocimiento son las que dominará mejor y le harán más feliz. Así pues, como pueden ver, nosotros no constituimos familias ni establecemos sagas familiares como ustedes y, en consecuencia, tampoco tenemos apellidos; solo tenemos un nombre, que verbalizamos vocalmente de forma articulada y que usamos comúnmente a diario, y cuando queremos identificarnos formalmente lo acompañamos de lo que para ustedes sería un intraducible sonido gutural personalizado, que nos identifica como si de un apellido se tratara.

Y ahora, con mucho gusto les hablaré del amor orlockiano. Empezaré por decirles que los orlockianos, al igual que ustedes, idealizamos el amor y la amistad, sentimientos para los que estamos extraordinariamente dotados, y que en nosotros ambas emociones se funden y amalgaman en una sola, dando como resultado un sentimiento ambivalente que puede llegar a adquirir intensidades elevadísimas. Como les he dicho antes somos hermafroditas por lo que es imposible que entre nosotros puedan darse problemas discriminatorios por diferencias de sexo, ya sean sociales, biológicos o psicológicos. Además, nuestra estructura corporal, como pueden observar, prácticamente no difiere entre nosotros, de manera que todos tenemos la misma complexión física, con una estatura casi idéntica y un aspecto fisonómico muy similar; el aspecto con el que ustedes nos ven a los orlockianos que estamos aquí presentes es idéntico al de los setecientos cincuenta millones restantes. En el amor que nace entre dos orlockianos no interviene ni el aspecto físico ni la libido; cuando nos enamoramos de alguien lo hacemos con plenitud de conciencia, sabiendo de qué y por qué nos hemos enamorado el uno del otro, reconociendo cada uno de nosotros en el otro cualidades que admira y respeta, tales como la inteligencia, la oratoria, el ingenio o la sensibilidad emocional. Cuando esto ocurre, es decir, cuando el amor surge, se produce una total entrega mutua de la pareja que, a fin de poder verse el máximo tiempo posible, solicitan puestos de trabajo que se encuentren cercanos, se buscan en la plaza los ratos de ocio para tener largas conversaciones, oyen juntos música mnemótica para rememorar recuerdos comunes, leen juntos y suelen ir juntos a las mismas clases de formación para compartir o intercambiar ideas, pero, al contrario que ustedes, en ningún caso tienen relaciones sexuales ni viven juntos bajo el mismo techo; el orlockiano enamorado rechaza de forma natural la idea de una convivencia continua con la persona amada, sabiendo que esta convivencia convertirá en rutinarias aquellas cualidades que cada uno admira en el otro y deteriorará la relación amorosa indefectiblemente. Tampoco se da entre nosotros el sentimiento humano de fidelidad, ni referido a las relaciones sexuales y ni tan siquiera referido al de amor-amistad que les he descrito antes: si el amor desaparece en uno de los dos amantes, el otro lo acepta con toda normalidad, la pareja se deshace y la relación se olvida en poco tiempo. El apareamiento sexual de dos orlockianos no tiene por qué darse necesariamente entre una pareja de enamorados; para un orlockiano el amor-amistad no tiene nada que ver con el sexo. La pareja que convive durante los tres días de apareamiento o las dos semanas posparto, se separa y cada uno de ellos vuelve a su vida cotidiana con sus respectivos amantes, si los tienen.

Los orlockianos vivimos solos en un apartamento que dispone de una única y espaciosa pieza; en ella realizamos todas nuestras actividades privadas, es decir, descansamos, leemos, estudiamos, oímos música, comemos y dormimos en absoluta soledad, salvo cuando estamos enamorados, que realizamos algunas de estas actividades en compañía de la persona de amamos; algunos tienen en casa un robot inteligente, al que llamamos Robing, con el que podemos tener conversaciones en profundidad de infinidad de asuntos variados y que, además, están diseñados para decir frases ingeniosas y ocurrentes que a nosotros nos encantan y nos divierten. Nos levantamos a la salida del sol y acudimos andando al trabajo, que siempre queda muy cercano a nuestro domicilio dado que en cada sector de la ciudad existe una multifactoría subterránea donde se produce todo aquello que se necesita; a través de una red de túneles, que interconecta todas las factorías de la ciudad, se establece un tráfico de mercancías fabricadas que se distribuyen a los almacenes comunales. Cuando alguien se cansa de repetir siempre la misma tarea, por resultarle monótona o pesada, puede cambiar de actividad, comunicándoselo previamente al Comité para que resuelva la falta en ese puesto de trabajo; el objetivo es realizar siempre un trabajo que resulte gratificante y que no suponga una carga para el ejecutante.

Aquellos sentimientos que son tan naturales entre los humanos, como la lujuria, la ira, la envidia, la avaricia o la soberbia son desconocidos entre nosotros, pero hemos de confesar que sí tenemos los de pereza y gula, aunque no en tan alto grado como los puede tener un humano; naturalmente, tampoco tenemos sus virtudes, como la humildad o la generosidad, siendo el sentido de igualdad y equidad el que llena toda nuestra existencia.

En Orlock no existen restaurantes. Nuestra comida, que es muy nutritiva y frugal, la hacemos cuatro veces al día, normalmente dos de ellas las hacemos en el trabajo retirándonos durante un breve espacio de tiempo a una cabina personal de la que disponemos y las otras dos las hacemos siempre en la soledad de nuestra casa. Al igual que ustedes, sentimos la necesidad de realizar nuestras necesidades biológicas en la intimidad y, como quiera que las comidas son para nosotros una necesidad biológica más, es por eso que las realizamos en privado; así pues, dándose en nosotros la gula en muy baja intensidad, hacer las comidas en público nos avergüenza en cierto grado. A ustedes, en cambio, su acusada gula les permite presumir, haciendo exhibicionismo de ella durante el consumo de una comida, o haciendo de su preparación un arte.

Diariamente, durante un par de horas antes de la puesta del sol, nuestro gregarismo nos obliga a reunimos en una de las muchas plazas públicas que existen en cada ciudad y, al igual que ustedes, hablamos del trabajo, compartimos ideas y nos contamos las vicisitudes del día. A la puesta de sol nos retiramos a casa.

Aquí, el presidente Boyer interrumpió al orador llamando su atención con un gesto de la mano.

- Sí, Monsieur Boyer ¿Hay algo de lo dicho que necesite que le aclare?

- No, señor Biog, está todo muy claro, muchas gracias y perdone la interrupción. Es que de pronto me ha asaltado cierta duda y no quería dejar pasar la ocasión para formularla.

- Si puedo aclararla lo haré con mucho gusto.

- Nos damos cuenta que ustedes conocen a la perfección nuestros gustos y nuestras fobias, así como nuestras costumbres, defectos y virtudes, y sabemos que ese conocimiento es fruto de la observación a la que durante siglos nos han sometido. Y dígame, ¿nos observan ustedes también en nuestros momentos más íntimos, por ejemplo, cuando hacemos el amor con nuestras parejas o cuando realizamos alguna otra actividad que para nosotros requiere total intimidad?

Todos los asistentes se miraron entre sí, sorprendidos, porque aquella era una pregunta embarazosa que podía poner en un aprieto al orlockiano; era una pregunta propia de un político.

 Biorg inició su respuesta acompañándola con un gesto facial que en orlockiano podría significar sonriente o divertido.       ─ En absoluto monsieur Boyer. Tengan todos ustedes la certeza y la tranquilidad de que en ningún momento hemos hecho nada que a sus ojos pudiera resultar deshonesto o que nos hayamos aprovechado de una posición relevante. Nuestras técnicas de observación son lo suficientemente avanzadas como para poder hacer lo que dice; podemos invadir cualquier punto del espacio en un radio de un minuto-luz, es decir, de dieciocho millones de kilómetros, y registrar audiovisualmente y de forma directa e instantánea la escena que se esté produciendo en ese momento. De haber querido, hubiéramos podido hacerlo, pero jamás lo hicimos y les diré por qué.

Hace cien mil años ustedes vivían inmersos en un mundo agresivo, rodeados de una naturaleza que no entendían, ya que unas veces se presentaba como una benefactora que les proveía de los bienes necesarios para disfrutar de una vida plácida y sin riesgos, y otras veces se la veía como un poderoso y feroz enemigo del que había que protegerse a toda costa porque no había forma de combatirlo. La naturaleza les había dotado de algunos genes y facultades que les eran necesarios para poder convivir y prosperar con éxito en tan agresivo ambiente; así, la lujuria, que en ustedes se mostró tan potente como para eclipsar sus épocas naturales de celo y mantener despierta su libido para que responda con toda su potencia y en cualquier momento durante todo el año a un estímulo erótico, les hizo lo suficientemente promiscuos para asegurar la expansión y propagación de su especie; el gen de la ira les hacía más fuertes en su defensa personal contra los ataques de las fieras o las agresiones de otros de sus congéneres; la avaricia les obligaba a acumular bienes para usarlos en las épocas de carestía y la gula les invitaba a comer más de lo necesario cuando se presentaba la ocasión para así crear reservas energéticas que usarían cuando llegaran las hambrunas. Después vino la transformación de aquellas agrupaciones humanas primitivas, que se habían formado gracias al alto índice de gregarismo de su especie, en sociedades organizadas y cada vez más y mejor protegidas contra los peligros que les amenazaban: primero se defendieron rodeando sus ciudades con cercos de tierras compactadas o las empalizaron con troncos de árboles, luego las circundaron con murallas de piedra con altas torres de vigilancia y finalmente, cuando comprendieron los fenómenos naturales y superaron las antiguas amenazas, construyeron ciudades sin muros, abiertas y superpobladas, con abastecimientos de todo lo necesario para la vida cotidiana durante todo el año y protegidas de los violentos por las leyes y el derecho. Cuando se llegó a este último estadio, aquellas facultades y genes que tanto ayudaron en el pasado, ahora habían dejado de tener justificación y ya no eran necesarios, es más, habían adquirido el carácter de regresivos impidiendo o, cuando menos, dificultando el avance y el desarrollo de la especie en el nuevo orden de convivencia que se había establecido; ya sobraba la lujuria porque el mundo estaba superpoblado y había que controlar los nacimientos, la ira había perdido su función de ganar fuerza física en un enfrentamiento  porque estos se resolvían en los tribunales de justicia y la avaricia ya no obligaba al humano a acumular víveres para épocas de carestía porque el derecho y el comercio lo habían hecho innecesario. Y estas facultades y genes regresivos, que persistían a pesar de su inutilidad, buscaron la justificación de su existencia y, como si se tratara de un movimiento de autodefensa frente a la amenaza de su extinción, convirtieron sus manifestaciones en objetos de vanidad, jactancia o admiración. Siendo el sexo una función fisiológica que la Naturaleza ha implantado en los seres vivos con la exclusiva intención conservar de la especie, los humanos lo han convertido en una actividad lúdica, se jactan de tener mucho sexo y, pese a seguir siendo una necesidad fisiológica que realizan en privado, también lo convierten en un espectáculo, exhibiéndolo en las pantallas públicas. De igual manera, el humano eleva la necesidad fisiológica de comer a nivel de arte y termina haciendo ostentación de su gula, exhibiéndola públicamente en los restaurantes. Y en lo que respecta a la violencia, que ustedes ya han superado con nuestra ayuda, la ejercían aplicándola reglamentariamente en muchas disciplinas deportivas en las que subyacía un claro animus laedendi, tales como las artes marciales, el hockey sobre hielo, el boxeo o la lucha e, incluso, la ejercían, justificándola con la seriedad de un acto de justicia, cuando la aplicaban en la pena de muerte. Si alguna vez estas necesidades, que ustedes han convertido en satisfacciones, su naturaleza volviera a considerarlas psicológicamente como simples funciones fisiológicas, bien porque los genes responsables hayan evolucionado de forma natural o porque hayan sido mutados de forma artificial, es seguro que las realizarían en la mayor intimidad y se avergonzarían de practicarlas en público. Solo aquellas necesidades fisiológicas que ustedes realizan en estricto privado, como orinar o defecar, son las que se han mantenido íntegras y sin alteración; las demás han roto el equilibrio entre la necesidad y la satisfacción, creando una homeostasis psicológica con conductas extrañas y ajenas a su naturaleza. Dicho esto, ustedes comprenderán que a nosotros, los orlockianos, que también realizamos nuestras necesidades fisiológicas en privado y nos avergüenza hacerlas en público, no solo no nos dice nada el verles a ustedes realizando las suyas sino que también nos avergüenza, por lo que no despierta en nosotros ni el más mínimo interés. El morbo no existe en Orlock.

Llegado a este punto, como quiera que Biog hiciera una larga pausa, el presidente Boyer aprovechó para añadir una nueva pregunta:

- Señor Biog, es muy interesante todo lo que nos ha contado hasta ahora y le agradecemos el gran lujo de detalles que ha empleado en la narración. Ahora, si no le importa, ¿podría explicarnos cuales son las creencias religiosas o las metas espirituales de su pueblo?

- Con mucho gusto señor presidente. En nuestro pueblo no existe el sentimiento religioso tal como ustedes lo entienden, o quizás deba decir como lo sentían antes de la mutación del MAO-A. Me refiero a la creencia de que existe un Creador de todo lo visible, que premia las buenas acciones con las bendiciones de un beatífico cielo y castiga las malas con los tormentos de un terrorífico infierno; tanto el concepto de un creador de todo lo visible como los de un cielo y un infierno son imposibles de acuerdo con nuestros conocimientos científicos y con nuestro sentido de la lógica. De igual manera, la lógica de nuestro entendimiento se niega a aceptar los milagros, dado que las leyes físicas naturales son inmutables y nadie puede arrogarse el poder de subvertirlas; cualquier acontecimiento, por extraño y espectacular que sea, tiene una explicación científica y si en algún caso concreto no la encontramos es porque todavía no está al alcance de nuestra comprensión. No creemos en la magia. Hace un millón de años, cuando todavía no habíamos alcanzado un grado mínimo de entendimiento y aún quedaba lejos nuestra entrada a la civilización, creíamos que el mundo visible que teníamos a nuestro alrededor tenía que haber sido construido por alguien que no debía parecerse a nosotros, que éramos seres pequeños y de fuerzas muy débiles para realizar tan descomunal trabajo. Creíamos que la construcción del Universo tenía que haberla realizado un titán de tales dimensiones que a su lado nuestro planeta pareciese diminuto. Cuando fuimos conscientes de la extraordinaria magnitud del Universo, pensamos que un solo titán era insuficiente para realizar un trabajo tan ingente y que debieron de haberlo hecho toda una familia de titanes. Esto hubiera dado lugar por nuestra parte a la creación de un panteón de dioses, como hicieron ustedes cuatro o cinco mil años atrás, si bien nosotros nunca llegamos a adorar como a dioses a estos supuestos creadores ya que, como nunca los vimos, pensamos que habían hecho su trabajo hacía mucho tiempo y que habían desparecido, por lo que no quedaba nadie a quién adorar. Con el tiempo y la observación llegamos a penetrar, al igual que ustedes, en el mundo de lo inmensamente grande, descubriendo la infinitud del Universo, y en el mundo de lo infinitamente pequeño, descubriendo el átomo. Cuando pudimos entender las maravillosas propiedades de las partículas subatómicas, comprendimos que no era necesaria la idea de ningún titán creador para justificar la existencia del Universo porque este se había creado a sí mismo y se autoregeneraba continuamente; además, la idea de autogeneración del Universo rompía con la cadena de Creadores que se establece cada vez que se afirma que todo lo existente tiene que tener un creador, ya que siempre quedará sin respuesta la última de las preguntas ¿y quién ha creado al creador?. Hemos observado que en la Tierra, al día de hoy, las religiones creacionistas han perdido la práctica totalidad de sus adeptos y han quedado reducidas a meros recuerdos testimoniales. Podíamos entender que durante siglos las sociedades terrestres, ante la precariedad de sus conocimientos científicos que no daba respuestas a sus dudas, practicaran religiones politeístas y creyeran en la existencia de dioses creadores del mundo físico que les rodeaba, y también entendimos que con el paso del tiempo los hombres, economizando sus ideas, terminaran adjudicando el fenómeno de la Creación al acto de un solo dios y que, en lógica consecuencia, aparecieran las religiones monoteístas; lo que ya no entendíamos era que, tras sus notables avances científicos y astronómicos del siglo XX, pudieran seguir creyendo en la existencia de un ente creador y no entendieran que ya habían conocido al auténtico creador del Universo cuando descubrieron la existencia y las propiedades del mundo de las partículas subatómicas, entre las que destaca el bosón de Higgs como la partícula creadora de materia, a la que ustedes llamaron eufemísticamente “la partícula de Dios”, cuando tenían que haberla llamado la partícula “Dios” a secas; y todavía nos resulta más asombroso el hecho de que, aun siendo conocedores de las impresionantes cifras y dimensiones del Universo, como han podido deducir al descubrir que su planeta orbita alrededor de una estrella que, junto a otras trescientos mil millones, forma parte de una galaxia que, a su vez, es una más de los varios miles de millones de galaxias que forman el Universo, cifras que son de tal magnitud que nos reducen a la insignificancia de bacterias, hayan estado convencidos durante siglos, en un incomprensible acto de soberbia y vanidad, de que eran el centro del Universo y que disponían de toda la atención de su hipotético Creador. Llegados a este punto, deducimos que los fieles que practicaban cualquiera de las religiones monoteístas ya no lo hacían basados en la creencia de la existencia de un Dios creador al que adorar, dado que la ciencia había desterrado esa idea de la mente humana por incongruente y nadie en su sano juicio creía en semejante afirmación, sino en el miedo a la aterradora amenaza de un hipotético infierno con que estas religiones dominaron a los hombres durante miles de años, esclavizándolos y aterrorizándolos como a niños, grabándoles a fuego en sus mentes y en sus corazones tan terroríficas e infantiles ideas.

Hemos podido saber de forma empírica que al devolver la vida a un individuo, tras comprobar que su proceso homeostático había cesado y que se encontraba en estado de muerte irreversible, que, pese a estar sumido en ese estado de mortal inconsciencia, su cerebro había seguido durante algunos minutos captando impresiones y que tenía algunos recuerdos visuales y auditivos post mortem, idénticos a los que hubiera tenido si hubiera estado consciente, si bien pudimos comprobar que tras esos efímeros recuerdos se abría un total y absoluto vacío. Así pues, contestando a su pregunta, les diré que nuestra firme creencia es que tras la muerte no hay más que la nada y el vacío, que cuando muere un ser vivo pasa de ser a no ser y que todo intento de encontrar razones y argumentos sobrenaturales a la formación del Universo, así como la idea de la existencia de un mundo espiritual al que se accede tras la muerte, no pasa de ser la manifestación de un deseo de inmortalidad que denota una actitud de soberbia y superioridad sobre las demás especies, a las que se les niega un alma y no se les reconoce tan digno destino. Para más información, les diré que estas falsas y persistentes ideas son exclusivas de la especie humana y son totalmente incomprensibles, por falta de lógica científica, no solo para la naturaleza orlockiana, sino también para el resto de las sociedades inteligentes conocidas en el Universo.

El sociólogo Biog, tras concluir su intervención, se alejó del atril al tiempo que se producía una ovación cerrada que duró varios minutos y que lo obligó a volver junto al atril una cuantas veces a agradecer la ovación con repetidas inclinaciones de cabeza. Se había agotado la mañana y el presidente de la Asamblea, dando por terminada la sesión, la cerró agradeciendo a los participantes sus intervenciones y a los presentes su asistencia.

La delegación orlockiana se reunió con el presidente Mijail Semiónov y su secretario Andrei Koslov, con los que habían quedado para después de la asamblea, y todos juntos se desplazaron dando un tranquilo paseo ─los presidentes de gobierno se movían sin escolta de seguridad desde hacía casi ciento cincuenta años─ y, charlando amistosamente, bajaron por la Rue de Courty y tomaron a la izquierda la Rue de l’Université hasta la esquina con la Rue de Bellechasse, que es donde se encontraba el Restaurant Saveurs Martiennes ─Sabores marcianos─, en el que habían reservado mesa para seis. Todas las personas con las que se cruzaban se volvían para mirarlos; aquel heterogéneo e interplanetario grupo de amigos ofrecía a los transeúntes una escena nunca vista, que sin duda era el preludio de otras muchas semejantes que habrían de tener lugar a partir de ahora en cualquier lugar del mundo. Cuando llevaban recorridos unos doscientos metros, al pasar por la puerta de un bar que hacía esquina en la rue de l’Université con el Boulevard Saint-Germain, ésta se abrió de golpe y, dándose de cara con el grupo, salieron a la calle dos individuos cuyos semblantes alegres y risueños denunciaban claramente que se encontraban bastante achispados. El grupo se paró en seco para evitar la colisión y ambos borrachines enmudecieron y se quedaron clavados mirando a los orlockianos; fue entonces cuando uno de ellos, el más fornido, con cara cuadrada, poblado bigote y perilla a la francesa, mirando sonriente al embajador Jarch, levantó una mano y señalándolo con el dedo repetidamente, le dijo con cierta dificultad y arrastrando las palabras por efecto del alcohol:

- Yooo a ti te conozco de la tele... Sííí, zeñorrr orkolano, tu eres un gran tipo... Ya m’enteraaado que tú eres el que nos has quiiitado la mala leccche de encima y te lo agracecemos muuucho, pero te voy a pediiir un favor… Diiile a tu jefe que a ver si hace otra batiiidita, pero esta vez con los políííticos, los banqueros y los empresarios multinacionaleees y les quiiita de encima ese puuuto gen de la codicia, a verrr si asííí dejan de engañarrrnos y de robarrrnosss, que ya está bieeen de hacerse riiicos a costa del sudorrr de los demás─. Jarch, que debido a los años que llevaba estudiándonos sabía muy bien a qué se refería el borracho, se quedó inmóvil y absorto sin saber qué contestar, hasta que el secretario Koslov se interpuso y apartando a la pareja con toda la amabilidad que pudo, pudieron proseguir su camino.

Los orlockianos habían manifestado sus reparos en consumir comida terrestre y en hacerlo públicamente, pero Semiónov utilizando sus mejores dotes de persuasión, les convenció diciéndoles que no debían sentir vergüenza de comer en público porque no se encontraban en su planeta y porque nos habían estudiado durante tantos años que deberían tener superado ese sentimiento y, después de preguntarles si nuestra comida era incompatible con su biología y obtener una respuesta negativa, los había convencido con los argumentos de que nuestra comida era tan nutritiva como pudiera ser la suya y de que no se puede decir que una comida no te gusta sin haberla probado antes.

El propietario de aquel restaurante era un afamado chef que había vivido durante más de veinte años en la colonia marciana Gale, en la que había explotado durante esos años un restaurante y se había especializado en la típica, y ya clásica, cocina marciana que a lo largo de los ciento treinta años transcurridos desde la fundación de la colonia se había desarrollado en el planeta vecino. Como quiera que en Marte todos los alimentos de origen animal eran sintéticos e importados desde la Tierra y los únicos productos frescos y naturales que se consumían eran los de origen vegetal, que se cultivaban en extensos invernaderos, los colonos, tal vez por un inconsciente recuerdo atávico, preferían los alimentos frescos a los sintéticos y, en consecuencia, los cocineros marcianos alcanzaron una gran destreza y especialización en el cocinado de verduras y legumbres, así como en el uso de las hierbas aromáticas, llegando a elaborar platos que eran auténticas joyas gastronómicas y a conseguir sabores tan delicados y de tan ricos matices que en la Tierra eran especialmente apreciados. Esto no significaba que, en Marte o en la Tierra, los productos sintéticos que imitaban a los alimentos de origen animal, como las carnes o los pescados, fueran despreciados, ni mucho menos, ya que eran tan iguales ─o incluso mejores en sus características organolépticas─ a los originales, que también se prestaban a la elaboración de grandes platos.

El almuerzo se inició con unos aperitivos típicamente franceses: quiches de brécol con mascarpone, salchichas y nueces, vichyssoise con bolitas de gorgonzola y unos canapés variados con pasta choux. Los quiches era el plato favorito de Mijail y tanto insistió a Jarch en que los probara que este accedió, ante la atenta y expectante mirada del resto de los orlockianos, a llevarse uno a la boca acompañado de una mueca que para un humano era indescifrable pero que seguramente en el lenguaje de gestos orlockiano se interpretaría como de miedo y asco. Antes de meterlo en la boca probó a tocarlo con la punta de la lengua, volvió a lamerlo más a fondo una segunda vez y terminó introduciéndolo en su boca; su primera expresión fue de sorpresa, pero cambió inmediatamente a un gesto que se calificaría universalmente de placer, entornando los ojos y dibujando una amplia sonrisa de satisfacción que, en términos orlockianos, equivaldría a una carcajada. El resto de los platos que se sirvieron fueron escogidos entre los más deliciosos y afamados de la gastronomía marciana y algunos otros que habían sido creados por el chef en la Tierra; ya no hubo más gestos de asco por parte de nadie.

La velada terminó al pie de la nave orlockiana con la despedida del grupo por el presidente Mijail Semiónov y los buenos deseos mutuos de pasar una plácida noche. Los orlockianos se situaron en un determinado punto bajo la nave, que flotaba a seis metros sobre el suelo, y mientras hacían gestos de despedida con las manos, un intenso rayo de luz blanca los iluminó, parpadeó tres veces y desaparecieron en el acto desmaterializados por su teletransportador.

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