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La Visita (Parte II)

por
Manuel Paleteiro Ortiz



EL ENCUENTRO

La nave orlockiana se materializó en el espacio a cuarenta y cinco mil kilómetros de la Tierra envuelta en una nube de polvo cósmico, señal inequívoca de que acababa de realizar un viaje interestelar mediante plegado espacial. El primer navegante Anka se levantó de su sillón de mando, pasó los controles a manos del segundo navegante Soj y se acercó al ventanal de proa a contemplar durante un largo minuto la esfera azul que, cruzada por largos frentes nubosos de un blanco brillante, destacaba sobre el negro espacio. Era una imagen tan hermosa que, a pesar de que la naturaleza de los orlockianos no les capacitaba para tener sensaciones artísticas o percibir estímulos provocados por obras de arte, el Primero Anka se vio perturbado por una emoción pocas veces experimentada y su ánimo se sintió conmovido.

- Embajador, nos encontramos sobre el objetivo. - dijo Anka, a través de su intercomunicador.

- Gracias Primero. Anote en el cuaderno de bitácora la fecha, la hora y las coordenadas terrestres de nuestra llegada, y dígame qué tiempo hace en Moscú - preguntó el embajador Jarch.

- Son las once y tres minutos de la mañana del domingo 10 de julio del año terrestre 2236. Hemos doblado sobre un punto a cuarenta y cuatro mil novecientos diez kilómetros sobre la superficie de la Tierra, sobre la vertical de las coordenadas terrestres 55°45′21″N - 37°37′04″E y el cielo de Moscú está completamente despejado de nubes - respondió el Primero, al tiempo que consultaba un instrumento que portaba en su manga izquierda.

- Muy bien Anka, prepare el descenso sobre la Plaza Roja, y hágalo lentamente, de forma que no sobresalte a los transeúntes.

- Sí señor, no se preocupe, lo haremos tan silenciosamente que no nos verán hasta que estemos sobre ellos en la misma plaza.

•••

Era un soleado mediodía de domingo del mes de julio. Aquel verano se había presentado adelantado y caluroso por lo que la temperatura era más alta de lo habitual. Los pocos moscovitas y los muchísimos turistas que deambulaban ligeros de ropa por la Plaza Roja de Moscú, armados con sus cámaras holográficas multifocales, vieron como una densa y silenciosa sombra fue avanzando lentamente, ocultando el gris pavimento de adoquines graníticos, hasta cubrir la totalidad de los más de veintitrés mil metros cuadrados de su superficie. Los transeúntes, mirando hacia arriba asombrados de ver una nave de grandes dimensiones descendiendo en absoluto silencio, empezaron a alejarse de la plaza a paso rápido pero sin mostrar ningún miedo, por estar acostumbrados a la visión y la proximidad de naves interplanetarias.

¡Habían llegado!

La nave, conforme a los cánones de estética y belleza humanos, podía decirse que era bastante fea o más bien que su diseño resultaba antiestético por inimaginable; era alargada, de unos doscientos cincuenta metros de longitud por unos cincuenta de anchura, con una superficie rugosa y desigual que presentaba una textura y un color gris metálico que recordaba al del hierro fundido. Con tales dimensiones cubría la totalidad de la plaza. Comenzó a descender silenciosamente, sin que se dejara oír el más mínimo ruido que pudiera asociarse con el de un motor, perdiendo altura con lentitud pero con velocidad uniforme, al tiempo que emitía de forma intermitente unos sonidos estridentes muy molestos para el oído humano, como si estuviera avisando al público de su aproximación, hasta detenerse a una altura de unos seis metros del suelo, quedando uno de sus bordes muy cercano al antiguo Mausoleo de Lenin que, pese a las vicisitudes históricas por la que había pasado en sus trescientos años de existencia, no había sido alterado y seguía conservando el cuerpo embalsamado del dirigente bolchevique.

La policía despejó la plaza, la acordonó impidiendo el acceso a la misma, y dio aviso a las autoridades que, por ser domingo, se encontraban fuera de sus despachos oficiales.

No fue hasta las siete de la mañana del día siguiente, lunes, cuando un ujier del Kremlin llamó a la puerta del despacho del Presidente Mijail Semiónov, que se encontraba desde las cuatro de la mañana, hora a la que amanecía en Moscú, de pie ante una de las ventanas que asoman a la Plaza Roja, con la mirada totalmente absorta y fija en la nave extraterrestre.

- Perdone señor, estamos recibiendo imágenes procedentes de la nave visitante. El Gobierno está ya reunido en la Sala del Consejo. ¿Le pasamos la llamada aquí a su despacho o quiere verlas en la Sala?

- ¿Imágenes? ¿Por qué conducto? -preguntó Semiónov, como despertando de un sueño hipnótico y un tanto asombrado.

- Las estamos recibiendo vía holográfica, señor.

- ¡Qué extraño! Pásenla a la Sala, yo voy enseguida.

En la Sala del Consejo todos los ministros se encontraban alrededor de una ovalada mesa central, de seis metros de largo por dos de ancho, ocupando sus respectivos asientos. Se mostraban preocupados y claramente alterados, hablando todos a la vez, dando lugar a una barahúnda en la que era imposible entender nada. Todos callaron y se levantaron al entrar el Presidente. Este ocupó su asiento, tomó una libreta electrónica para notas e hizo un gesto a un ujier para que pasara la comunicación holográfica a la mesa del Consejo.

El holograma, emitido por un proyector holográfico situado en el techo de la sala, apareció enseguida sobre el centro de la mesa, ocupando todo el volumen entre ésta y el techo. La imagen mostraba un espacio diáfano, de techo alto, que podía definirse como un salón, sin elementos que pudieran ser calificados de muebles, y sobre una especie de estrado se encontraba de pie un personaje con perfil humanoide, de proporciones que bien podían pasar por humanas, que se diría no iba vestido. Aun sin muebles, cuyos volúmenes pudieran servir de referencia, se apreciaba que el individuo era de baja estatura, posiblemente midiera entre un metro cuarenta y un metro cincuenta, su cuerpo estaba totalmente desprovisto de pelos y el color de su piel era de un azul grisáceo brillante y uniforme en toda la extensión de su cuerpo o, más probablemente, se cubría el cuerpo con una segunda piel artificial. En el lugar de la nariz, su cara presentaba un leve abultamiento alargado con dos orificios, sus ojos eran grandes, oblicuos y algo saltones, sin pestañas en los párpados, alojados bajo arcos superciliares que carecían de cejas, sus orejas tenían la misma configuración que las nuestras pero eran más pequeñas, su boca también era pequeña y apenas si se le distinguían los labios. No se apreciaban órganos sexuales allí donde deberían estar, siguiendo la morfología humana, y a la altura del ombligo se veía una especie de botón que parecía insertado en su piel. En principio, la visión del individuo resultó algo extraña pero no se tardaba mucho tiempo en acostumbrase y en verlo con entera normalidad.

- Buenos días, presidente Mijail Semiónov, mi nombre es Jarch - dijo el extraterrestre en perfecto ruso, con una voz de timbre un tanto metálico pero que resultaba agradable al oído.

- Buenos días… ¿puede usted verme?... ¿me conoce usted? -preguntó Semiónov, visiblemente nervioso.

- Sí, señor Presidente, nuestras técnicas de comunicación y el conocimiento que tenemos de las suyas me permiten verles y oírles. Le conocemos a usted y a todas las personas de su gabinete que están ahí presentes. Tenemos lo que ustedes llamarían “una oficina de investigación” dedicada exclusivamente al estudio de su planeta, en la que varios cientos de nuestros científicos llevan unos mil ochocientos de nuestros años, es decir, unos tres mil quinientos de los suyos, estudiándoles desde el día que les descubrió una de nuestras naves de exploración planetaria. Tenemos registrada al detalle su historia de los últimos tres milenios y contamos con millones de imágenes grabadas en las que se recogen encuentros políticos de gran importancia histórica, enfrentamientos legendarios entre ejércitos y grandes acontecimientos que cambiaron la historia de muchos pueblos y tenemos más de cien historiadores que conocen, por observación directa, la historia de sus pueblos y de todos los personajes que han pasado por ella en los últimos trescientos años; también contamos con unos doscientos lingüistas, entre los cuales hay algunos que dominan a la perfección más de cincuenta de sus lenguas, a pesar de que no necesitamos hablarlas directamente ya que hemos desarrollado nanodispositivos que traducen la totalidad de los más de siete mil idiomas hablados en la Tierra. Yo mismo estoy hablando con usted, aún sin conocer su idioma, porque llevo implantado en el hemisferio izquierdo de mi cerebro un nanotraductor simultáneo puesto al día por alguno de estos especialistas. También conocemos el alcance de sus conocimientos técnicos y científicos, así como los proyectos en los que están trabajando en estos momentos y hemos sido testigos mudos de sus éxitos y fracasos hasta el día de hoy. Para entrar en contacto con ustedes, hemos estado esperando a que llegara el momento en el que se dieran las condiciones propicias que se están dando ahora. Esperamos ser bien recibidos pero hemos optado por iniciar nuestro contacto a través de este medio de comunicación por si no somos bienvenidos. Si fue así, no tiene más que decirlo, nos marcharíamos inmediatamente y no volveríamos a consultarles hasta dentro de otros mil de sus años, en el caso de que las condiciones siguieran siendo óptimas.

- Ah, no, de ninguna manera, señor Jarch. -contestó el presidente, ya calmado- Son ustedes muy bien venidos y les transmitimos nuestros mejores deseos. Hemos estado durante muchísimo tiempo buscando alguna señal de su existencia esperando este momento y ahora que ha llegado no vamos a renunciar a él. Y dígame, ¿cuáles son esas condiciones propicias a las que se refiere?

- Muchas gracias, en nombre de la Confederación Galáctica, por su amable bienvenida, señor Presidente. Sabemos a qué se refiere cuando dice que llevan mucho tiempo buscando alguna señal de nuestra existencia; conocíamos su proyecto SETI para la búsqueda de inteligencia extraterrestre, que iniciaron en la segunda mitad del siglo XX, pero nos mantuvimos ocultos y en silencio porque en aquellas fechas todavía no estaban ustedes preparados para recibirnos, si bien en agosto de mil novecientos setenta siete tuvimos un desliz involuntario cuando un tripulante de una de nuestras naves que, pese a la orden expresa de mantener absoluto silencio en nuestras visitas a la Tierra, se le escapó una señal de radio de 1.420 megahercios que fue detectada por el radio observatorio de la Universidad de Ohio; si miran en sus libros de Historia verán que a esta señal se la llamó señal Wow por ser esta la expresión de sorpresa que su operador anotó junto al registro de la señal.

Contestando a su pregunta, le diré que hemos observado que los cambios producidos en su planeta en los últimos trescientos de sus años han sido trascendentales. La verdad es que nosotros les hemos ayudado un poco, sobre todo en lo que se refiere a la mutación del gen que ustedes llaman MAO-A, para lo que hemos tenido que desobedecer la norma 343 del Código Universal de Investigación Planetaria que prohíbe la interferencia de una civilización en el desarrollo de otra o en el proceso evolutivo de su especie dominante. Nos sorprendía mucho que este gen, al igual que otros genes regresivos que siguen ustedes portando aun en su ADN, no se hubiera extinguido en su especie por sí mismo después de tantos años de civilización y, frente a esta persistencia y a la vista de los daños que este gen causaba en su especie, decidimos, de forma muy excepcional, transgredir esta norma amparándonos en la existencia de otra contenida en el mismo Código, la 355, que permite intervenir y acelerar el desarrollo de una civilización si el Comité Evaluador de Investigación Planetaria considera que las razones de dicha intervención están plenamente justificadas y a la vez garantiza de forma absoluta que el resultado será positivo, así como, por el contrario, también existe otra norma, la 357, que dice que si el desarrollo natural de una civilización toma una dirección que, a juicio del Comité Evaluador, pueda resultar una seria amenaza para su propia existencia o que ofrezca algún peligro para la Confederación Galáctica, se deberán tomar las medidas necesarias para preservarla de su autoextinción y a la vez protegernos de tal peligro, revirtiéndola a una época anterior, con el fin de que vuelva a repetir su historia y su proceso social evolutivo; así que, una vez consultado el Comité Evaluador, se nos permitió, como medida paliativa, actuar sobre el gen de la agresividad a fin de obtener los resultados previstos y garantizados por el Comité. Lo hicimos con cierta lentitud, eligiendo los lugares menos poblados, para no alarmarles con abducciones masivas que resultaran demasiado evidentes o excesivamente frecuentes, y también para darles tiempo de ir adaptando sus normas sociales al cambio que estábamos provocando. Esperamos que nos perdonen por la injerencia pero queremos creer que ustedes están satisfechos con el cambio que se ha operado; si no fuese así, podemos deshacer lo hecho, si ese fuese su deseo.

- Ah, no, no, Jarch. Estamos muy satisfechos del cambio operado y, ahora que conocemos el verdadero origen de la mutación, debo expresarle mi agradecimiento personal y le aseguro que no me equivoco al hacerlo también en nombre del resto de la Humanidad. Solo pensar que volviésemos de nuevo a la época oscura, como solemos llamarla nosotros, nos aterra. Sin embargo, en este momento me pregunto si antes de su intervención contemplaron en algún momento la posibilidad de hacernos una consulta para obtener nuestra conformidad -contestó Semiónov con cierto tono irónico y reticente.

- No, no lo hicimos, Mijail, y su pregunta me obliga a darle una justificación que antes he omitido deliberadamente. Empezamos a debatir este asunto y la posibilidad a la que usted se refiere en su año de 1918, después de ver los terribles resultados de la que ustedes llamaron la Gran Guerra, que luego rebautizaron como la Primera Guerra Mundial, que se saldó con más de treinta millones de personas muertas. Esto fue considerado por nuestra Federación Galáctica como un gravísimo atentado contra el espíritu universal; la vida es sagrada y ustedes la despreciaban y la malgastaban. Dada la peligrosidad de su especie, creíamos que había llegado el momento de diseñar un plan de actuación regresivo para este planeta pero, como para nosotros el tiempo no corre a la misma velocidad que para ustedes, los debates que sostuvimos para fijar la fecha y las condiciones de regresión se alargaron hasta que llegó el año 1939 y ustedes nos volvieron a sorprender con un nuevo atentado aún más terrible y devastador que el anterior, la Segunda Guerra Mundial, con un resultado de más de cincuenta millones de muertos y, lo que es peor, habían descubierto la peligrosa fisión nuclear y eso constituía una gran amenaza para el planeta y para ustedes como especie; llegados a este punto, nuestra comunidad científica se dividió en dos grupos: uno de estos grupos opinaba que ustedes eran una especie extremadamente peligrosa, que habían desarrollado una civilización deformada que ponía en riesgo de extinción a su propia especie, que no presentaban las condiciones necesarias para formar sociedades cohesivas sino que, al contrario de lo que normalmente ocurría en otros mundos, eran condiciones que favorecían el distanciamiento entre sus individuos, haciéndoles cada vez más agresivos con sus propios semejantes y, también, que solo utilizaban sus avances científicos para su provecho personal, ocultándolos al resto de sus congéneres con el ánimo de dominarlos y que no aprenderían nunca a usarlos en provecho de la colectividad y, sobre todo, en provecho de la propia Naturaleza; así que, por seguridad, este grupo proponía aplicar la norma 357, haciendo una intervención sobre su especie que la devolviera a la época que ustedes llaman Neolítico, con el fin de que iniciaran de nuevo su proceso civilizatorio -dijo Jarch adoptando un tono y también un gesto de superioridad, si bien continuó: - En cambio, el segundo grupo de científicos, más numeroso que el primero, admitía como evidentes, justos y certeros aquellos argumentos pero los complementaba con otros que no se habían tenido en cuenta y se opuso a la adopción de estas medidas; este segundo grupo, del que yo mismo formé parte, puso de manifiesto que sus potencialidades intelectuales eran muy aprovechables y que la trayectoria de su civilización se podía reconducir limpiando a su especie de aquellos genes regresivos que hacían de impedimento, por lo que se propuso, en aplicación de la norma 355, una intervención en el desarrollo humano con la aplicación de un plan corrector que consistía en la mutación de varios genes regresivos que dificultaban dicho desarrollo. Finalmente, el Comité Evaluador falló a favor de esta segunda propuesta pero limitando dicha limpieza exclusivamente al gen MAO-A de agresividad, con la expresa condición de no tocar al resto de sus genes regresivos, a los que había que dar más tiempo hasta que se fueran extinguiendo de forma natural. Esta intervención se inició, como ya habrán podido adivinar, en el año 2045 de vuestra era y cinco años más tarde fue detectada por sus científicos, cuando ya habíamos tratado a un diez por ciento de su población.

- Y entonces, a partir de ahora ¿cuáles son sus intenciones y las razones por las que están hoy aquí? -inquirió Semiónov.

- Desde que iniciamos el proceso de mutación del gen MAO-A, y durante todo el tiempo hasta hoy, hemos estado observando muy atentamente las secuelas de la misma, habiendo quedado asombrados y admirados por los magníficos resultados obtenidos; es por esta razón que hemos hecho nuestra aparición eligiendo el lugar y el momento que hemos creído más apropiados.

- Ah, bien…entendido... ¿y en qué se han basado para determinar la idoneidad del lugar y el momento? -inquirió Mijail.

- Hemos esperado hasta hoy porque en estos momentos estamos seguros de ser acogidos por los humanos sin ningún ánimo agresivo en cualquier lugar de su planeta y, además, hemos elegido la antigua Rusia porque entendemos que ustedes han sido en los tres últimos siglos los más avanzados de su especie, los trabajos de sus científicos han sido de más alta calidad que los del resto y han alcanzado las mayores cotas de conocimiento en medicina, industria y, sobre todo, en la investigación extraterrestre y en el transporte espacial; su país controla las líneas regulares de transporte a las bases lunares y marcianas que han establecido ustedes en los últimos ciento cincuenta años y, por ello, hemos creído que estarían en mejores condiciones de absorber los nuevos conocimientos que ahora les ofrecemos y que, una vez asimilados y traducidos conceptualmente a términos humanos, tendrán la obligación de compartirlos con el resto de la Humanidad. -Jarch enfatizó sus últimas palabras, mientras se producía una sonora ovación de los políticos allí reunidos al tiempo que Mijail Semiónov, que se arrellanaba en su sillón neumático lleno de orgullo y vanidad, se irguió y aproximándose hacia el holograma, como si aquel gesto sirviera para ser oído mejor, dijo en tono ceremonioso:

- Gracias, señor Jarch, tiene todo nuestro agradecimiento por elegirnos. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para no defraudarles.

- Señor Presidente, como alto representante de la Agrupación Local del Brazo de Orión, con sede en Orlock, quinto planeta del sistema Saag, debidamente acreditado como embajador plenipotenciario por la Federación Galáctica de la Vía Láctea, credenciales que espero entregarle en propia mano en la primera ocasión que tengamos, tengo el placer de transmitirle nuestro más afectuoso saludo e invitarles formalmente al ingreso de su planeta Tierra en dicha Federación Galáctica, si ese fuese su deseo. -sentenció Jarch con toda la solemnidad y la dignidad de que fue capaz. Mijail, quedándose en suspenso durante algunos segundos, carraspeó, irguió su espalda despegándola del respaldo del sillón, tiró de las solapas de su chaqueta encajándola bien en su cuello, y con igual tono ceremonioso respondió:

- Señor Embajador, no puedo responder formalmente en nombre de todo el planeta, si bien, en nombre de Nueva Rusia, la nación que represento, le doy las gracias por tan amable y trascendental invitación. Me dispondré inmediatamente a realizar todas las gestiones necesarias para que nuestro organismo de Naciones Unidas convoque urgentemente una Asamblea General extraordinaria, en la que tendrán la amabilidad de exponernos todos los detalles de la organización galáctica a la que alude y representa, así como aquellos requisitos necesarios para nuestra incorporación. Por nuestra parte, nos reiteramos en darle de nuevo nuestra más cordial bienvenida al planeta Tierra y nos sentiríamos muy honrados si accediera, junto al resto de su personal, a abandonar su nave y ser nuestro invitado de honor durante su estancia entre nosotros. Además, estamos ansiosos por conocer los pormenores de su planeta de origen, así como sus costumbres y sus normas de vida.

- Muchas gracias, señor Presidente -dijo Jarch visiblemente satisfecho. -Será un honor para mí y mi tripulación aceptar su amable invitación. Es nuestro deseo causarles las mínimas molestias posibles, por lo que le ruego le den a nuestro capitán las instrucciones oportunas en lo que se refiere al emplazamiento a ocupar por nuestra nave o cualesquiera otras que estimen necesarias.

Del once al diecisiete de julio fue la semana de trabajo más intensa del Presidente Mijail Semiónov; durante estos días le fue imposible trabajar en sus asuntos cotidianos de gobierno, estuvo en permanente conexión con el resto de los presidentes de gobierno mundiales y la prensa y las televisiones de todo el mundo invadieron los despachos del Kremlin, teniendo que celebrar dos ruedas de prensa diarias y múltiples entrevistas con los periodistas más acreditados de todo el mundo. Después de haber tenido en el Kremlin varios encuentros con el embajador Jarch, en los que pudo informarse a fondo de las condiciones que habríamos de cumplir para nuestro ingreso en la Federación Galáctica y comprobar que estábamos en condiciones de dar un amplio cumplimiento a todas y cada una de ellas, informó con todo detalle al resto de los presidentes de las naciones de la Tierra y se constituyó una Oficina de Protocolo que se encargó de dar instrucciones a los organizadores de la Asamblea General sobre todos los aspectos que tendrían que tener en cuenta para acomodar correctamente a la comisión orlockiana, que estaría constituida, además del propio embajador Jarch, por otros tres individuos: el físico Abrong, el médico Mant y el sociólogo Biog, con la idea de que cada uno de ellos fuera respondiendo a las preguntas que se formularan concernientes a su campo de conocimientos. Aunque el hecho de poder entender la vida y costumbres del planeta Orlock no tenía por qué influir en la opinión de los representantes terrestres a la hora de votar las condiciones exigidas por la Federación Galáctica para el ingreso de la Tierra en la misma, sin duda se había despertado en todo el mundo un enorme interés en conocerlas, ya que se trataba de la primera civilización extraterrestre con la que contactábamos.

La Asamblea General extraordinaria se celebró en París, en el antiguo Palais Bourbon, al que Napoleón ordenó añadir una columnata clásica en su fachada de acceso a fin de dignificarlo aún más y convertirlo, tras la Revolución Francesa, en sede de la Asamblea Nacional Francesa y que, después de más de quinientos años, aún seguía en pie y en perfecto estado de conservación. Como quiera que durante todo este tiempo no se habían realizado reformas en el edificio, la sala donde se celebraba hoy la Asamblea General seguía conservando la original morfología de teatro del antiguo edificio, con una platea en la que se emplazaban doce hileras de butacas, dibujando semicírculos, que se iban elevando progresivamente hacia el fondo de la sala hasta rematar en un alto zócalo perimetral sobre el que se alzaban las dos plantas superiores, voladizas y abalconadas, albergando los palcos que darían cabida al público invitado; en la cabecera de la platea, donde se hubiera situado el proscenio, había un estrado de tres pisos y en el centro del estrado superior se encontraba un atril que miraba al patio de butacas, donde se acomodaban los diputados en sus escaños, que estaban dotados de los medios técnicos necesarios para votar y para poder hablar a toda la Asamblea si fuese necesario; tras el atril, se habían instalado a los representantes orlockianos en una hilera de cuatro butacas. En los voladizos de las dos galerías superiores se situarían los medios de comunicación y una gran cantidad de público representando a la industria, el comercio, el arte y un sinfín de actividades humanas que podrían verse afectadas por las cuestiones a tratar.

El edificio se había engalanado y desde su fachada principal, profusamente iluminada, se veía el puente de la Concordia adornado con banderas de todas las nacionalidades y la plaza de la Concordia, que seguía abanderada por ese gigantesco gnomon que asemeja el incólume obelisco de Luxor y que este año cumplía el cuarto centenario de su instalación, también se encontraba ornamentada y el obelisco fuertemente iluminado por haces de luz polícromos que lo hacían destacar sobre el fondo urbano parisino, y algo más lejos se divisaba la antigua Iglesia de la Madeleine con su inconfundible estilo neoclásico que la hacía parecer un templo romano; al volver la vista a la izquierda ya no se veía la que fue durante casi trescientos años la torre más famosa del mundo: la Torre Eiffel había desaparecido hacía sesenta años por la imposibilidad de seguir manteniéndola en pie. En su lugar aparecía un gran edificio de construcción moderna, mucho más bajo que la antigua torre pero tan largo que ocupaba un tercio de la longitud del Campo de Marte. Sobre la zona de jardines que quedaba libre se veía flotando a seis metros de altura la nave orlockiana, dado que los visitantes, a fin de cumplir con las normas protocolarias que les imponían sus reglamentos y que les obligaban a no separarse nunca de su vehículo, habían pedido permiso para trasladar su nave desde Moscú y las autoridades parisinas les habían asignado aquel emplazamiento para estacionarla; durante los días que estuvo ocupando aquel lugar se vio rodeada a cualquier hora del día o de la noche por una multitud de curiosos.

A última hora, la Oficina de Protocolo ordenó que fueran los presidentes nacionales los encargados de dirigir las preguntas a los visitantes y que se pusieran previamente de acuerdo para que, por turno, cada presidente formulara preguntas circunscritas a una sola materia, con el fin de que cada uno de los especialistas orlockianos interviniera una sola vez y así evitar la repetición de oradores en el estrado, que podían dar lugar a reiteraciones en los asuntos tratados.

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