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La Visita (Parte I)

por
Manuel Paleteiro Ortiz


LOS ANTECEDENTES

A mediodía del domingo 10 de julio del año 2236, recibimos la visita que durante tanto tiempo habíamos estado esperando y a la que, durante más de trescientos años, se habían dedicado ríos de tinta, miles de kilómetros de celuloide y millones de megabits en prensa, películas y relatos de ciencia ficción: una nave extraterrestre había aterrizado en la Plaza Roja de Moscú y sus tripulantes habían entrado en contacto con las autoridades del país. El acontecimiento convulsionó al planeta, resultando de tal magnitud y trascendencia que todos los países acordaron por unanimidad seguir utilizando el calendario gregoriano pero estableciendo este año como el primero de la Era Galáctica.

Los visitantes nos habían estado observando durante milenios con la esperanza de que la Humanidad madurara y adquiriera consciencia de su propia dimensión universal. Habían esperado que llegara el momento en que entendiéramos colectivamente que el milagro de la vida es un grandioso acontecimiento extraordinariamente raro en el Universo y que, por esas mismas razones de grandiosidad y rareza, es absolutamente necesaria su defensa y preservación. Y habían esperado hasta que comprendiésemos que la inteligencia humana, con su potencial de abstracción, su complejidad y su rica variedad de matices, está destinada a ser la que destierre para siempre nuestros actos impíos contra el orden natural y contra cualquier ser, ya sea animado o inanimado. Habían esperado, por último, hasta ver llegado el día en el que nuestras conciencias vieran con diáfana claridad que no estamos presentes en el planeta para manipularlo a nuestro antojo y en nuestro propio beneficio, como si fuésemos ajenos a él, sino que, por el contrario, somos parte integrante del mismo y hemos de dedicar todos nuestros esfuerzos a su defensa y protección. Y al parecer, los visitantes entendieron que ese día y ese momento habían llegado.

Hacía casi dos siglos que algo sorprendente había ocurrido en nuestra naturaleza humana: en la segunda mitad del siglo XXI se inició una mutación del gen MAO-A (monoamina oxidasa-A), responsable de los sentimientos de violencia y de los impulsos agresivos y antisociales, que se fue expandiendo y generalizando de forma paulatina y constante en la especie humana a lo largo de un periodo de cincuenta años, dando como resultado la pérdida total de los comportamientos agresivos.

Fue en el año 2050, cuando un grupo de investigadores de unos laboratorios farmacéuticos detectaron el fenómeno. Se dio conocimiento del descubrimiento a las autoridades sanitarias y en todos los países se crearon comisiones de investigación que realizaron toda clase de comprobaciones, pruebas y ensayos, hasta que en el año 2098 se disolvió la última de ellas, habiendo llegado a unas conclusiones finales en las que solo se podía afirmar que el proceso de mutación se había iniciado simultáneamente en lugares muy dispares sin relación aparente entre ellos, que progresaba inexplicablemente de forma continua y exponencialmente creciente y también que era irreversible y hereditaria, pero sin haberse podido determinar su origen ni llegar a una conclusión definitiva sobre si se había producido de una forma natural y espontánea o si, como afirmaron algunos medios de comunicación de la época, se había tratado de un programa que habría sido desarrollado y ejecutado por alguna organización pacifista clandestina que, infiltrada en hospitales de todo el mundo, habría estado actuando a la vez sobre individuos de todas las razas, tomados al azar en todos los puntos del globo. El resultado final es que al día de hoy, después de ciento ochenta y seis años de proceso mutante, el 99,998 por ciento, de los doce mil seiscientos millones de seres humanos que pueblan el planeta, presentan el gen MAO-A mutado.

Los actos violentos intencionados, tanto físicos como verbales o psíquicos, habían desaparecido para siempre y ya no estaban presentes en las relaciones humanas; ni tan siquiera se producían episodios violentos en enfermos que presentaran cuadros de trastornos mentales. Los insultos entre las personas, las peleas entre escolares adolescentes o los deportes violentos, como el boxeo, la lucha y las artes marciales, que habitualmente se daban hasta los años 70´s del siglo XXI con gran afluencia de público, hoy se habían convertido en simples datos históricos o en escenas fílmicas de películas ambientadas en épocas antiguas. Se acabaron las peleas callejeras, las grandes broncas en lugares públicos, los robos y las extorsiones. Habían desaparecido los delitos dolosos y solo se producían los culposos por imprudencias y los de omisión; el robo y la extorsión desaparecieron del orden del día de los juzgados y tan solo se juzgaban pequeños hurtos y los delitos de guante blanco que no exigían el uso de la violencia, como la falsificación de moneda, las apropiaciones indebidas, los desfalcos, las prevaricaciones o las malversaciones de fondos públicos por lo que seguía estando justificada la existencia de un cuerpo de policía y de unos tribunales de justicia.

Al desaparecer la violencia también desapareció el miedo a la misma y, por tanto, dejó de tener sentido el concepto de protección frente a la amenaza de una agresión; después de tanto tiempo ya nadie sabía que era una agresión ni en qué consistía. Los resultados más directos y de mayor relevancia de la mutación fueron que ya hacía ciento ochenta años que no se había originado ninguna guerra, que los ejércitos habían dejado de existir y que las armas habían dejado de fabricarse, pudiéndose todavía ver algunas en los museos arqueológicos; las muertes violentas se habían reducido exclusivamente a las producidas por accidentes, quedando como únicos recuerdos de la antigua y desaparecida violencia solo aquellos actos reflejos de defensa o de protección, que se manifestaban en forma de huida o en la adopción de posturas protectoras en evitación de recibir daños, frente a las situaciones de peligro que pudieran producirse por accidentes cotidianos, ya fueran domésticos o laborales.

Consecuencia de este trascendental cambio fue que las religiones se vieron directamente afectadas; solo sobrevivieron aquellas religiones orientales cuyos dogmas no estaban basados en actos violentos o las que solo se limitaban a dictar a sus fieles un modo de vida en el que no tenía cabida la violencia. Por el contrario, el cristianismo y el islam, que premiaban a los fieles con un cielo protector por sus buenas obras y los amenazaban con grandes y terribles castigos por sus pecados, vieron como el número de sus fieles mermaba hasta niveles tan bajos que, por más esfuerzos que hicieron los líderes religiosos en cambiar el sentido o el contenido de los dogmas, acabaron convirtiéndose en religiones testimoniales; un Cristo crucificado ya no inspiraba compasión ni despertaba sentimientos de piedad en nadie y solo transmitía confusión mental, asombro y estupor; la redención de los pecados del Hombre mediante la cruenta crucifixión, así como el castigo de los pecados en el fuego eterno del infierno cristiano o del yahannam islámico, dejaron de tener sentido y ni las músicas celestiales, ni la divina contemplación de Dios, ni las bellas huríes, ni los ríos de leche y miel fueron capaces de detener aquella deserción masiva; resultó evidente que, durante dos milenios, en el ánimo de los fieles de ambas religiones había pesado más el miedo a la amenaza de tan terrible castigo que los deseos de alcanzar la gloria.

A los pocos años del inicio de la mutación, cuando el número de mutantes ya era significativo, los partidos que defendían doctrinas ecologistas y animalistas empezaron a crecer y en una década se hicieron multitudinarios, ganaron elecciones y legislaron conforme a sus ideologías: se prohibió absolutamente, bajo penas severísimas, el sacrificio de animales superiores, no solo los destinados a la alimentación sino todos aquellos que antes se sacrificaban por diversión en fiestas, cacerías o en cualquier otro deporte, y sus carnes, que hasta ahora habían servido para el consumo humano, fueron sustituidas en los mercados por otras sintéticas, fabricadas industrialmente con tanto acierto e imitadas tan a la perfección en su composición, aspecto, textura y sabor, que resultaban indistinguibles de las auténticas; incluso se mejoró su composición alimenticia haciéndolas aún más ricas en proteínas, vitaminas y minerales. Tan solo se permitió el consumo de algunos animales inferiores que eran la base alimenticia de muchas culturas orientales, tales como insectos, gasterópodos, moluscos bivalvos y un pequeño y muy restringido etcétera. Igualmente, se dictó una total prohibición de la tala de árboles en todo el planeta, sin tan siquiera permitirse el uso de la madera de los árboles muertos, pues tal era el respeto y veneración que se había despertado por los árboles, que usarlos en la fabricación de muebles o, incluso para tallas de obras de arte, resultaba irreverente y únicamente se autorizaba su quema; solo se permitía el trasplante, jamás la tala, de aquellos árboles que, encontrándose en zona urbana, significaran una molestia para el normal desenvolvimiento de la vida cotidiana. Se podía seguir cultivando y consumiendo todo el mundo vegetal que hasta entonces había formado parte de la gastronomía vegetariana, es decir, las frutas, las hortalizas, las verduras y los cereales. De igual manera que se hizo con las carnes, ante la prohibición de utilizar madera para fabricar muebles o elementos decorativos, así como para realizar construcciones industriales o comerciales, y dado que el uso de las maderas durante milenios había creado en la psicología de las personas un gusto ancestral por las mismas, se diseñaron nuevos materiales con el mismo aspecto y textura que las maderas más nobles pero con muchísima más resistencia y durabilidad.

Como siempre, la gente seguía teniendo sus discusiones y sus enfrentamientos, incluso con pasión o vehemencia y por los mismos motivos que antes, pero ahora las disputas o las desavenencias se producían sin que los litigantes mostraran ánimos agresivos, empleando exclusivamente las armas dialécticas de la lógica y la razón. Solo había desaparecido la ira y, consecuentemente, también la violencia que esta genera, pero los humanos aún seguían mostrando el resto de caracteres, que por ser consustanciales con su naturaleza, siempre le habían acompañado, tales como la ambición, la mentira, la envidia, la avaricia o la soberbia, que no eran más que la manifestación de otros tantos genes, con los que la Naturaleza había dotado a aquel homínido que fuimos hace dos millones de años, para usarlos como armas de defensa en un mundo hostil, salvaje y competitivo y, como quiera que ese homínido evolucionó hasta convertirse en un sujeto dotado de inteligencia, que se protegió de ese mundo hostil parapetándose en la seguridad de sociedades que él mismo había creado, estos genes dejaron de ser armas de defensa para convertirse en genes regresivos cuyas manifestaciones han terminado convirtiéndose en imperfecciones humanas; así pues, seguíamos siendo imperfectos pero no agresivos. Otros resultados de la ausencia de impulsos agresivos en los humanos habían sido la desaparición de todas aquellas fobias que se sustentan en la violencia generada por el miedo a lo extraño o a lo desconocido, como la aporofobia, la xenofobia o la homofobia; la desaparición de estas aversiones dio lugar al acercamiento entre personas que hasta ahora se repelían y, reconociéndose ahora entre sí exclusivamente por su común naturaleza humana, ya no se distanciaban por sus condiciones sociales ni por sus características biológicas raciales o por sus preferencias sexuales. Por idénticas razones, en los últimos cien años también los países se fueron acercando, derribaron fronteras y se agruparon en base a las afinidades que presentaban en sus respectivas idiosincrasias, ya fueran culturales o de costumbres, o bien por razones históricas, lingüísticas o de situación geográfica.

Desde la que se celebró la G.U.A. (Great Universal Assembly - Gran Asamblea Universal) en el año 2105, la geografía política del planeta se había contraído hasta quedar reducida, oficialmente y por consenso universal, a cinco países. Así pues, todos los países europeos, incluyendo al Reino Unido, Irlanda, Islandia, los escandinavos y los balcánicos, se unificaron en un solo país, que siguió llamándose Europa, fijaron su capital administrativa en París y en la actualidad está presidido por el francés François Boyer; el segundo quedó compuesto por Rusia, Turquía y todos los países caucásicos, con capital en Moscú, que se denominó Nueva Rusia y lo preside el ucraniano Mijail Semiónov; el tercero, constituido por Australasia, Indonesia, China, India y el resto de los países asiáticos, se llamó Indoaustrasia, estableció su capital en Hong Kong y lo preside en la actualidad el hindú Shankar Nehru; también se constituyó un cuarto formado por la totalidad del continente americano, la Antártida y Groenlandia, con capital en New York, que siguió llamándose América y está presidido por la venezolana Elena Zaldívar y, por último, el quinto fue constituido por todos los países africanos, Madagascar y los árabes de Oriente Medio, que mantuvo el nombre de África, fijó su capital en Lagos y está presidido por la congoleña Annette Kavira. Cada uno de los cinco nuevos países contaba con un poder ejecutivo constituido por un Gobierno encabezado por un Presidente electo, una Cámara Legislativa constituida por trescientos cincuenta diputados, en la que cada uno de los antiguos países estaban representados por un número de diputados proporcional a su población, y con un poder judicial basado en un Código de justicia universal y otros códigos específicos de índole y alcance nacional. También se había recreado un organismo supranacional que se llamó Naciones Unidas, similar a la antigua organización de los siglos XX y XXI, con igual nombre y con sede en París, destinado a debatir todos aquellos asuntos que afectaban a la totalidad del planeta y resolver aquellos conflictos que pudieran darse entre los países y que ahora siempre encontraban una solución pacífica.

En el año 2068, la antigua Rusia había establecido la primera colonia terrestre en la Luna, la Lunik 1, situándola en el borde sur del Mare Humorum, que actualmente cuenta con doscientos sesenta trabajadores y sus correspondientes familias, sumando en total mil doscientas veinte personas. Quince años antes, Rusia había reiniciado su antiguo programa espacial, pero esta vez con un fin puramente prospectivo, y envió una nave no tripulada con una veintena de vehículos todoterreno de exploración minera, que fueron depositados en lugares cuyas superficies habían sido previamente estudiadas desde la Tierra con espectroscopios astronómicos y con telescopios de muy alta definición, que durante dos años estuvieron analizando los subsuelos mediante prospecciones sísmicas por ondas y enviando a la Tierra información geológica; de resultas de estas prospecciones se descubrió un riquísimo placer residual de oro, de una altísima ley, que se extendía a lo largo de varias decenas de kilómetros y que se encontraba emplazado en su totalidad a ras de la superficie del terreno y del que llevan ciento sesenta y ocho años extrayendo metal sin que se aprecien signos de agotamiento. Cincuenta años más tarde, en 2118, la actual Nueva Rusia volvió a adelantarse y estableció la primera colonia marciana, a la que se dio el nombre de Colonia Gale. Está situada muy cerca del cráter del mismo nombre, en el borde de las tierras bajas de Elysium Planitia. Cuenta con doce mil quinientas hectáreas de invernaderos de las que diez mil hectáreas están dedicadas al cultivo de toda clase de verduras, hortalizas y cereales, y dos mil quinientas hectáreas al cultivo de árboles frutales. Dispone de una población de ciento cincuenta y dos mil habitantes, repartidos bajo tres casquetes esféricos geodésicos de mil seiscientos metros de diámetro y doscientos metros de altura cada uno. Para su mantenimiento, la colonia marciana cuenta con una planta industrial MPK-1 (Marsianskiy Promyshlennyy Komplks -1) dedicada a la fabricación de mobiliario urbano y doméstico, herramientas, utensilios domésticos, tejidos y todos los consumibles cotidianos de una ciudad de tamaño medio; una planta de producción de energía MEU-500 (Marsianskaya Energeticheskaya Ustanovka -500), constituida por un generador eléctrico con base de batería nuclear de fusión de quinientos megavatios/hora y una planta productora de oxígeno por descomposición del rico CO2 de la atmósfera marciana, mediante su compresión y calentamiento a altas presiones y temperaturas, a la que abastece de energía una planta generadora de electricidad EG-650 (Electricheskiy Generator – 650) con base nuclear de fusión y con una potencia de seiscientos cincuenta megavatios/hora. En 2140 se creó la Comisión Internacional de Explotaciones Interplanetarias, que asumió la explotación de ambas colonias, si bien se firmó un acuerdo por el que Nueva Rusia seguiría explotando las líneas de transporte interplanetario durante doscientos años más.

A mediados del siglo XXI las ciudades habían alcanzado cotas prohibitivas de consumo energético y se vieron en la necesidad perentoria de incorporar en sus estructuras viarias y en su mobiliario urbano todos aquellos avances técnicos que supusieran un ahorro de energía. Así, se dictaron bandos municipales obligando a los ciudadanos a pintar las fachadas de sus casas con pinturas fluorescentes de muy alto rendimiento, que absorbían luz natural durante el día y la devolvían de noche alcanzando unos niveles medios de iluminación que permitían una óptima visión a larga distancia.

En el año 2087, el cambio climático llegó a unos niveles alarmantes. Los registros proxy del calentamiento global indicaban que las temperaturas encontradas a partir de la anchura de los anillos de los árboles, de las intercapas de las muestras de hielo y de las variaciones observadas en el isótopo Berilio 10, no dejaron lugar a dudas: las temperaturas medias anuales superaban en 3,2º C a las temperaturas preindustriales y seguían creciendo; por fin, los políticos se avinieron a aceptarlo celebrándose una gran Cumbre Climática en París en 2089. Todos los Estados estuvieron de acuerdo por unanimidad en que había que culminar la transición energética, por lo que se tomaron medidas históricas: se prohibieron las subvenciones a los combustibles fósiles, comprometiéndose a desterrarlos y sustituirlos totalmente, en un plazo máximo de 20 años, por un modelo limpio, eficiente y justo, basado al cien por cien en energías renovables, debiendo cada Estado proveer los incentivos necesarios para su implantación y desarrollo. Así pues, en concordancia con estas medidas, se prohibió la fabricación de automóviles con motores de explosión ─que deberían ser sustituidos por motores eléctricos─ y la utilización de elementos contaminantes físicos, químicos y energéticos que pudieran ser origen de un impacto ambiental.  El monóxido y el dióxido de carbono, los clorofluorocarbonos y los óxidos de nitrógeno producidos por la industria, debían ser filtrados y eliminados totalmente, apercibiendo a las empresas que el incumplimiento de esta norma se sancionaría con multas elevadísimas o con el cierre definitivo de la fábrica. Se prohibió totalmente la fabricación de motores de explosión y a los existentes se les dio un plazo de diez años para darlos de baja. Se estableció un cuerpo de Vigilantes de la Naturaleza que se encargaría de impedir los vertidos directos o los depósitos de materia orgánica que, en cualquiera de los dos casos, pudieran liberar sustancias contaminantes y alcanzar los ríos y aguas subterráneas que luego se verterían en el mar y provocarían eutrofización en los litorales, denunciando a los infractores a los que se les aplicaría una legislación penal severísima. Se ordenó la construcción de biodigestores en todas las ciudades a los que llegarían todos los residuos orgánicos y de los que se obtendría gas metano, para su uso como combustible limpio, y biol, rico en nitrógeno, fósforo y potasio, para su uso como fertilizante. Se prohibió la fabricación de plásticos, así como de pesticidas y plaguicidas, se aprobaron recursos e incentivos para la fabricación de productos desechables con materias primas biodegradables a corto plazo y se estableció un control exhaustivo en las empresas que manejan metales pesados que, a fin de impedir la contaminación de los suelos colindantes, tendrían la obligación de aislarlos y conducirlos a plantas de fitorremediación donde serían removidos por microorganismos y por plantas hiperacumuladoras.

En 2105, tras la celebración de la G.U.A., a fin de reducir la contaminación atmosférica y el enorme consumo de energía provocados por el inmenso parque de automóviles que circulaban por las grandes ciudades, los nuevos países surgidos liberaron grandes presupuestos para instalar en las calzadas carriles Meissner y dotaron a los fabricantes de automóviles de los recursos necesarios para que modificaran sus líneas de producción a fin de equipar a todos sus vehículos con superconductores; cincuenta años más tarde todos los automóviles que circulaban por cualquier ciudad, incluso en las más pequeñas, ya eran coches voladores.

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