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La última cena

Aquella era una noche especial. Si todo salía como estaba previsto, uno de los comensales en aquella cena le traicionaría a las autoridades religiosas. No tenía dudas sobre lo que pasaría después, se imaginaba que intentarían eliminarle, ejecutarle.

Pero la autoridad religiosa estaba sometida al poder civil de Roma, y no podía tomarse la justicia por su cuenta, por lo que necesitaban que fuera el gobernador de aquella lejana provincia judía quien le condenara a muerte. Lo que no sabían era que al cumplir la sentencia, probablemente mediante la crucifixión, sus revolución se afianzaría.

Cuando inició su postulado el pueblo se encontraba sometido a las leyes civiles por un lado, y a las religiosas por otro.Basó su teoría política en un único punto: Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti. Era un postulado simple, pero que a la vez encerraba una doctrina profunda, un nuevo modo de vida.

Porque quien se atreviera a seguirle, a aceptar su doctrina, se encontraba con que él mismo creaba su propia moral, fundamentada en sus deseos. A partir de entonces no serían necesarias las leyes, ni civiles ni religiosas. Nadie podría imponer sus mandamientos sobre las personas, ya que su propia moral estaría por encima de las leyes, tanto civiles como religiosas.

Nadie deseaba el mal sobre sí mismo, por tanto, nadie haría nada malo sobre los demás. Además, su pensamiento activo iba más allá. El obligar a sus seguidores a hacer lo que consideraban el bien sobre sus semejantes, hacía que el grupo se consolidara y creciera basado en la solidaridad.

Y ese grupo de seguidores ya no necesitaba a Dios como guía, por lo que le sobraba toda la jerarquía religiosa que organizaba la vida de la gente. Por otro lado, dejaban de ser necesarias las leyes civiles. Su doctrina por tanto desafiaba tanto al poder civil como al religioso. Sus seguidores comenzaban a vivir al margen de ambos poderes, creando una sociedad paralela.

Para el poder civil suponía una amenaza, ya que afectaba a la economía del imperio. Si aquella doctrina se extendía, al margen de la sociedad, se debilitaría el poder del césar, ya que se proponía un nuevo modelo de sociedad, completamente diferente a la existente, un poder paralelo desafiante e imposible de controlar.

El poder religioso tampoco veía con buenos ojos que la población perdiera el miedo a Dios, ya que las leyes religiosas dejarían de tener sentido y su autoridad se debilitaría, tanto ante los seguidores de la nueva doctrina, como ante el invasor romano.

Había analizado su futuro inmediato y sabía que le querían muerto. Su ejecución era inevitable. Si ahora se retiraba, todo su trabajo desaparecería, y con él, su nuevo modelo de sociedad. Había aceptado su muerte, y ya que su destino era ineludible, quería aprovecharlo.

Lo que más había molestado a la jerarquía religiosa era que se hubiera proclamado el hijo de Dios, poniéndose no a la altura del principal líder espiritual, sino por encima de él. Y su muerte implicaría también la muerte de Dios. Su ejecución simbolizaría la muerte de Dios y daría inicio a su revolución social, en la que la moral ya no emanaba de Dios, sino de las personas.

Dios se hizo hombre, y al hacerse hombre, se hizo mortal. Esa misma noche le detendrían, le entregarían a la justicia romana y le condenarían a muerte. Pero no le matarían sólo a él, sino que acabarían con el mismo Dios. Era consciente de que su destino, y el de la humanidad, estaba sellado. En aquella su última cena, mataría a Dios y se afianzaría un nuevo modo de vida, una sociedad paralela al margen de Roma y de Dios que acabaría triunfando e imponiéndose.

Lo que no sabía es que pocos siglos después, cuando su sociedad se hizo fuerte, la alianza entre los poderes civil y religioso reescribirían la historia y acabarían con su revolución social, prostituyendo su legado y convirtiéndolo en un icono religioso, en todo lo contrario por lo que había luchado.


Del blog RelatoCuentos

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