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La tumba del titán

Posó la mano en la roca.

—Es aquí, la tumba del titán.

El bote en el que llegaron a la bella isla fondeaba cerca, atado a las raíces que atravesaban la tierra de un roble. Ella se sujetaba los lados del vestido, alzando la falda para no mancharse de barro. Él, junto a la roca, apoyaba una mano en la piedra y la otra en la empuñadura de su espada.

—Aquí yace, aquí cayo uno de los más grandes.

—No veo la tumba —dijo ella.

Él se acercó y le tomó la mano.

—Mirad.

Con un movimiento de su brazo abarcó toda la montaña. Las rocas, cruzadas unas con otras, apiladas por los caprichos de la naturaleza, formaban columnas, dólmenes y monumentos en honor de aquel que yacía bajo su peso. El mayor honor, la más dorada de las medallas, el más valioso de los honores no significaría nada al lado de la grandeza que yacer bajo una montaña, de que la diosa naturaleza misma rindiera pleitesía al más grande de sus colosos.

—¿Cómo cayó?

—La montaña le sepultó. Sus piernas flaquearon y la fuerza de sus brazos, tenida por igual a la de un gigante, no fue capaz de sostener el peso de tanta piedra. Él, que con sus manos abatió un regimiento entero, que siempre fue fiel, bondadoso, humano y alegre.

Ella se acercó a la piedra y apoyó la mano. Un guante de la más fina seda la envolvía.

—Siento sus latidos —dijo.

—Sí, se sienten incluso ahora. El eco que dejó su corazón.

—¿Cómo sucedió? Contadme más.

—Fue la infamia la que se lo llevó, la cobardía de un enemigo que urdió toda clase de intrigas para llevarse a aquellos que sólo defendían el verdadero honor y la caballerosidad. Huían de la fortaleza con destino el mar —señaló a un lado y a otro—, y perros de caza les descubrieron. Un regimiento entero, ochenta hombres en total, dieron con ellos tras el hallazgo de que algo habitaba las cuevas. El más grande, el más fuerte, luchó al lado del más santo de cuantos han pisado estas tierras y se defendieron con la misma grandeza que en el pasado. Al final, la pólvora y el estallido derrumbaron la montaña sobre quienes luchaban bajo su cúspide. El santo salió, pero su amigo, su hermano, quedó atrás y la montaña se convirtió en su tumba. La peor herida, el mayor dolor: la culpa, doblegó a aquel santo, y el estruendo de la caída de un gigante hizo temblar a aquellos otros tres pilares que en un tiempo sostuvieron juntos el valor y el honor de las espadas que portaban.

—Hombres valientes.

—No hay mayor halago para ellos. Hombres valientes.

—¿Cómo sabéis tanto sobre ellos? ¿Acaso llegasteis a conocerles?

—Me hubiera gustado hacerlo en persona, sí, pero puedo decir que les conocí por sus hazañas. Les vi desenvainar contra el rojo enemigo y la dama cruel, les acompañé cuando el rey perdió su cabeza con la complacencia del infame amarillo que sucedió al rojo, sufrí con sus desventuras cuando unos y otros se vieron enfrentados y, al fin, escuché el silencio que dejaron al marcharse, todos menos uno, el que no murió nunca.

Ella, cerca de la roca que servía de tumba a aquel gran héroe que nunca sería olvidado, se santiguó y olvidando por un momento su vestido rezó una oración en recuerdo. Él se mantuvo a la espera, observándola y dedicando algunas miradas a las aves que sobrevolaban el lugar, que se posaban en la roca de la montaña que señalaba la tumba.

—Aquí yace el titán —dijo ella cuando terminó y se puso a su lado.

Él cogió su mano.

—Me gusta que me hayáis traído hasta aquí, es todo un honor.

—Lo mismo siento.

—Una cosa más: decidme, ¿quién os refirió sus hazañas?

—Fue mi abuelo, al que ellos ayudaron, por quien lucharon y a quien defendieron. Sin ellos jamás hubiera ocupado el lugar que le correspondía.

—¿Vuestro abuelo? ¿El rey?

—Así es, el rey. De cuyo sucesor fue mi padre y después yo.

—El rey tuvo entonces un poderoso enemigo para requerir la ayuda de titanes y tan grandes hombres, sin quienes, como decís, no hubiera ocupado el lugar que le correspondía.

—Lo tuvo, poderoso e incluso temible. Pero ellos supieron ver al verdadero rey y luchar por él. Sin ellos yo no estaría aquí. Les debo mi vida, la patria y el reino.

—Os agradezco de nuevo que me hayáis traído majestad.

—Volvamos pues, es tarde y la marea amenaza nuestro bote.


El rey la ayudó a llegar hasta el bote. No lejos de allí un barco les aguardaba. Los guardias se asomaban a la cubierta, temerosos por su rey, preocupados por su intención de acercarse a la isla remando él mismo sobre ese bote que suponía tal riesgo. Cuando les subieron a bordo recibieron orden de regresar a puerto. La velas se hincharon con el viento y al nave viró a estribor. La mirada del rey no se apartaba de la montaña. Casi podía escuchar la risa del gigante que hubiera hecho estremecerse la roca y allí mismo la firma de los cuatro más grandes, en el lugar donde reposaba uno de ellos, con las espadas en alto, tocándose unas a otras y la firme determinación de dar la sangre por el honor.

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