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La tregua de Navidad

Formo parte de una brigada de fusileros con sede en una base cercana del norte de Francia. Hace ya casi medio año que el mundo está inmerso en una cruenta guerra: “La Gran Guerra”, donde se ha roto con todos los valores terrenales. Los hombres han abandonado toda compasión y han entrado en una interminable espiral de crueldad, muerte y destrucción.

Visto un colorido uniforme, pantalones rojos, casaca azul y una gorra. Ambos bandos enemigos estamos instalados en una estática línea sinuosa de trincheras fortificadas, que se extiende desde el Mar del Norte hasta la frontera de Suiza con Francia. El frente se ha estancado. El invierno con sus lluvias y sus nevadas, ha traído consigo una ingente cantidad de enfermedades a las zanjas inundadas y comidas por los insectos.

Hoy es Nochebuena, y se presenta fría en Ypres, Bélgica, uno de los tantos frentes abiertos por Europa en el que cada día mueren numerosos hombres. Cuando no son las armas, es la enfermedad, y cuando no, el tremendo frío el que acababa con la vida de los soldados. Los aliados llevamos cuatro meses pugnando contra los alemanes, desde los primeros envites de la guerra, y cuando la noche nos cubrió con su oscuro manto, empezó a florecer un sentimiento de nostalgia y añoranza entre los combatientes de ambos lados que nos encontrábamos atrincherados. Todos habíamos pensados, que aquella sinrazón terminaría pronto, y que la Navidad, la pasaríamos en casa.

Los soldados del ejército alemán, bajo el frío y la nieve que caía de forma incesante, intentando olvidar las penurias de la guerra, comenzaron a adornar sus trincheras con rústicos objetos navideños que fabricaban. Desde nuestras posiciones, el fuego de leña y de paja que nos calentaba en la helada noche, irradio una luz que iluminó un campo de batalla repletos de refulgentes abetos, perplejos ante tan emotiva visión, comienza a alzarse un sonido dulce, entremezclándose las voces de la oficialía y la tropa, un cantar, un popular villancico: «Noche de Paz», y desde la distancia, se van uniendo los cánticos de los alemanes. Y es que en aquella primera guerra se cumplía el dicho: “No hay un ateo en una trinchera”.

- Mañana, si vosotros no disparáis, nosotros tampoco -grito un soldado alemán en correcto ingles.

Cuando llegaron las primeras luces del día siguiente, ninguno de los dos bandos disparaba, pero la tensión se palpaba en el frío ambiente, desde posiciones defensivas todos los combatientes manteníamos preparados los fusiles de cerrojo, y con mucha cautela, incapaces de seguir pegando tiros, fuimos abandonando los parapetos ondeando banderas blancas en señal de paz, igual que los alemanes, en un gesto espontáneo de humanidad. Encendimos fuegos fuera de las trincheras, y empezamos recoger a los compatriotas muertos en los combates de los días anteriores, y darles digna sepultura.

El “campo de nadie”, los treinta y seis metros que separaban los fosos, se transmutó en un campo de confraternización. Y nos miramos a los ojos los enemigos, y descubrimos que combatíamos en el mismo bando, que las fronteras son ficticias y que éstas, solo delimitan al ser humano. En algunos lugares se celebraron ceremonias religiosas conjuntas, para más tarde, compartir juntos las raciones extra de pan, salchichas y licores, así como historias, anécdotas, recuerdos e incluso fotografías de las familias.

Hacía días que recibí un paquete con un codiciado regalo navideño de mi novia: una tableta de chocolate, con ella, me acerque a un joven soldado alemán y le brindé una onza. Él me ofreció un cigarrillo. Durante el tiempo que hablamos, me dijo, que era el mejor tirador del ejército alemán, que a sus dieciochos años, había matado a más hombres que todos sus compañeros juntos.

Al llegar la tarde, ingleses y teutones, decidimos disputar un partido de fútbol. Sin más dilación formamos dos equipos, por cada lado se alineamos por lo menos cincuenta jugadores. Un soldado alemán apareció con un balón bajo el brazo y, en pocos minutos, amontonando sus sombreros hicieron su portería, mientras que nosotros hicimos lo propio con nuestras gorras. No fue sencillo jugar en un suelo enfangado y quebrado por los obuses, pero eso no nos detuvo.

Sólo duró una hora y no hubo árbitro y, pese a ello, se mantuvieron las reglas del juego. Por un momento olvidamos, que en otras partes había gente que todavía combatía a muerte.

Terminado el partido, que acabó con un marcador de tres goles a dos a favor nuestro, aunque a decir verdad, nadie se encargó de contar los tantos, recogimos nuestros gorros. 

Sin más remedio que reanudar la contienda, estreche la mano de joven alemán, que como amigos nos despedíamos, sabiendo que en unas horas volveríamos hacer enemigos y me tendría bajo su punto de mira. Cada bando regresó a sus trincheras, la fraternización había terminado.

La noticia se extendió como la pólvora y, los Estado Mayores de ambos bandos dijeron: “Una cosa así no debe ocurrir en tiempos de guerra”, y como ejemplo, llevaron a cabo ejecuciones de muchos de los participantes en la tregua, de uno y otro lado.

Los aparatos de propaganda, que trataban de demonizar al enemigo, para evitar la familiaridad, rotaban a los hombres entre sectores; confiscaban las fotografías, las cartas y toda documentación que hiciese referencia a la Tregua de Navidad.

Mi nombre es Bernard Chater, fui herido de gravedad tres meses después. Sobreviví para casarse con mi novia.

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