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La Reina

Un serpenteante camino ascendía perdiéndose hacia las nubes. Detrás se quedaban bosques espesos y seres diminutos que cocinaban en sus hogueras carne humana. Por encima, un arco daba la bienvenida y daba paso a un camino custodiado por águilas de piedra y soldados provistos de alas negras. A lo lejos una mancha grisácea daba a entender el final del camino, una enorme ermita de piedra vigilaba la extensión.

Lucas comenzó el ascenso con paso firme. Decidido a llegar lo más rápido posible al camerino de su reina. En la biografía de su Instagram, un selfie anunciaba que iba por mitad del ascenso. En cada foto que disparaba, los guerreros que custodiaban el camino protegían sus rostros ante aquella magia tan extraña que creían atrapar sus almas. Un selfie más, seguido de: Por fin estoy ante el santuario. Unos pasos más y estaré viendo a mi reina. Las vistas merecen la pena.

En la foto aparecía su rostro demacrado, lúgubre, esquelético. Los ojos cerrados y cosidos con pequeños lunares de sangre en los parpados. Detrás, como fúnebre escenario, un campo repleto de trocos quemados, negros y cubiertos de hollín.  Cuervos empalados en largas lanzas de metal. Perforados en sus estómagos y haciendo presencia sus puntas por los picos rotos. Todo el paisaje vestía de negro.

En su interior, un largo pasillo se iluminó de repente por luces de antorchas inexistentes. Lucas decidió recorrerlo, al final de él estaba su querida reina esperándolo. De aquellas extrañas luces comenzaron a surgir sogas colgadas de la nada; un nudo a mitad de cada una dejaba hueco para una cabeza. Conforme avanzaba, los ojales se ocupaban por cuerpos de personas; algunos mutilados, otros sin rostro. Al aproximarse a uno, el ahorcado dejaba de moverse, dejaba de respirar. Comenzaba a sangrarle los labios, los oídos, los ojos; y finalmente se quedaba inmóvil. Mientras, el resto luchaba contra la soga en una insistente asfixia. Los miembros mutilados manchaban el suelo con gotas de sangre coagulada. Cuando Lucas progresaba en aquel corredor, y se aproximaba al siguiente colgado, este iba cesando sus movimientos hasta comenzar a sangrar por oídos, boca y por los ojos.

Consiguió dejar atrás aquella galería con olor a muerte. Parecía no haberse sorprendido por lo experimentado. Su rostro no denotaba ningún signo de miedo. ¿Quizás estaba acostumbrado en su día a día a verla?

Una puerta de doble hoja recubierta de huesos y cráneos humanos le impedía estar más cerca de su reina. ¿Cómo abrirla se preguntó? La llave esta en mi cabeza, se respondió. Balanceó su rostro hacia atrás, y tras una distancia adecuada, lanzó la mollera contra la puerta.  Su cabeza se movía con virulencia de atrás hacia delante. La acción la repetía una y otra vez. No tenía dolor. La sangre comenzó a cubrir los huesos más cercanos al impacto. Su frente se hundió por el centro. La piel se abrió y dejó ver hueso. Cuando una de las hojas de la puerta estuvo completamente teñida de sangre, la hoja contraria se abrió intercambiando el hedor a mierda por el de flores.

Tres peldaños seguían a la puerta. Tras subirlos, Lucas calló de rodillas. Ya estaba ante la reina. El viaje había sido duro. La subida hasta la ermita, tediosa. Y abrir esta puerta, doloroso. Pero ver a su reina, eso curaba cualquier sufrimiento.

Cuatro paredes de mármol se alzaban de un suelo también de mármol. En cada esquina había sentado un soldado de piedra, con sus alas negras y una lanza de más de dos metros. Las miradas de aquellos guerreros descansaban sobre un altar cuadrangular. Allí, en el sagrario, estaba su reina. Un trozo de madera triangular, con una diminuta cabeza como cúspide que soportaba el peso de una corona forjada por oro y diamantes. En su vientre portaba la cría de un carnero envuelto en telas. En sus pies yacía una media luna de plata.

Aquella imagen de madera se abrigaba de las frías paredes con un manto de piel.  Se apreciaba el telaje usado; tegumentos de las manos, de caras. Tenía partes donde medios rostros dejaban ver el suelo por el agujero inexpresivo de cuencas de ojos vacías. El perfil de la figura era bronceado. Una sonrisa tan amplia como el rostro y unas orejas punzantes daban toda la seguridad que Lucas buscaba.

Fue arrastrándose por el suelo hasta la altura de los guerreros. Se ayudó de uno de ellos para volver a incorporarse. Cuando estuvo de pie le dedico un gesto cortes y pasó su mano por el paquete del guerrero.

Su frente aún continuaba expulsando sangre. Se apreciaba astillas de hueso roto clavadas en su nariz. Pero él se sentía genial. Alineó su columna, tiró de la cabeza hacia atrás e inspiró todo el aire que sus pulmones les dejaron. Dio un primer paso, su cuerpo bailó e hizo por volver a caer. Otro segundo paso vino, pero esta vez su cuerpo resistió, tan solo un leve flaquear de rodillas. Un paso más y se encontró cara a cara con su reina. Solo alcanzaba a tocar aquel maravilloso manto que habían tejido los aldeanos de la ciudad más cercana. La túnica colgaba por los lados de aquel lujoso altar. Lucas aproximo los labios. Una lagrima descendió por su mejilla. Los labios se posaron en la piel que formaba el manto humedeciendo la zona.

- Reina y madre de misericordia, vida y dulzura. A ti me postro reina de la sierra. Escúchame. Necesito de tu ayuda.  Rezo por el bienestar de mi padre. El pobre está muy mal y sufre mucho. En casa no podemos verlo así, su dolor es nuestro dolor. Por favor reina mía; si ayudas a su sanación rezaré por tu alma y encenderé todos los viernes santos una vela en tu nombre. No me importara subir hasta tu casa, arrastrándome si hace falta hasta aquí, descalzo si es necesario. Por favor reina de mis ojos.

Lucas guardo silencio mientras invocaba unas plegarias por su reina.

De repente la sala se ennegreció. Las cuatro paredes se alejaron, y donde antes estaba el altar, ahora se abría un agujero por donde surgían unas largar lenguas de fuego. Detrás, cuatro focos de luz iluminaban cuatro timbales que sonaban a un ritmo hipnótico. Nadie los percutía. Detrás de cada timbal una bruma blanquecina aprecio dejando tras de sí 4 demonios. Sus cuerpos iban desnudos, sus testículos colgaban acompañados de un miembro rojo. En sí, el rojo bañaba sus cuerpos. Los pies eran pezuñas de carnero, sus patas delgadas se alzaban en un ángulo que cambiaba de dirección hasta enfilarse con el tronco. Sus cuerpos se encorvaban como buscando una moneda.

Lucas retrocedió al ver aquellos diablos moverse al ritmo de los timbales. Sus ojos se clavaron en sus miradas, en pequeños ojos amarillos que parecían burlarse de él. Con cada retumbar del cuero del tambor, ellos movían sus caderas de izquierda a derecha.

Estuvo unos minutos sin poder decir nada. Cuando intento gritar para que aquella música parara, se dio cuenta de que sus labios eran atravesados por clavos que impedía cualquier movimiento. Intentó sacarse uno, pero unas pequeñas púas de alambre recorrían la longitud del clavo a la inversa de entrada. Cuando intento sacar uno, el alambre se aferró a la herida produciéndole más dolor, y más sangre.

Algo le llamó la atención. Nuevamente algo ocurría. Del agujero un trueno trajo una llamarada de fuego que se perdió en la oscuridad del techo, el cual parecía haber desaparecido. Cuando el fuego desapareció ya no había agujero. Dos de los demonios sujetaban un cuadro con la imagen de Su Reina, mientras los otros dos continuaban con sus rítmicos movimientos. El cuadro estalló lanzando trozos de madera. Uno de los trozos se clavó en la herida de la frente, rasgando materia gris de Lucas. El impacto lo derribó de espaldas, permaneciendo los pies firmes, como pegados al suelo.  Cuando se recuperó del impacto se llevó las manos a la frente, comprobó que no tenía nada, ni una simple gota de sangre. A cambio sentía dolor en los pies. Al incorporarse vio como dos trozos de madera habían traspasado el material de su calzado y habían roto los huesos de los pies, quedándose clavado al suelo.

Pero eso no tubo importancia. Ahora otro ser hacia presencia. Una diabla. Su cuerpo era sensual, curvas de mujer se dibujaban entre la poca luz que daban los focos. Todo en ella era normal. Iba totalmente desnuda y su cuerpo era rojo como los bailarines que coreografiaban la escena. Los pechos firmes parecían amenazarlo. Lucas se asustó cuando se percató de que no tenía partes íntimas, lisa como la mente de un político. Recorrió con la mirada aquel cuerpo, se detuvo unos instantes más en sus senos. Su cuerpo se tensó, se estaba poniendo cachondo. Aquel ser, no le importara lo que fuera, era demasiado sensual como para perder la ocasión. Su pene comenzó a excitarse, sentía mucho dolor. Cada vez era más dolor, y más, y más.  Se desabrochó el botón del vaquero, se lo bajó hasta la rodilla, llevándose con ese movimiento los calzoncillos. Sus partes más íntimas y personales se quedaron al descubierto. Los demonios, que no dejaban de bailar, comenzaron a reírse a carcajadas. A Lucas se le estaba excitando aquello, pero hacia adentro. Un hoyo protegido por dos pelotas. El dolor era insoportable. Se lanzó al suelo con las manos en sus partes. Las risas de los malignos rodearon su cabeza, eran gritos fríos que lo aturdían. Cuando súbitamente se hizo el silencio, tan solo el ritmo de los tambores y el bailar de los endemoniados.

Lucas estaba de pie, con los pantalones bajados y su miembro flácido. Tan rápido como volvió en sí recuperó la compostura, guardando sus partes eróticas.

Aquella sensual endemoniada se le aproximo sin apenas apreciarse movimiento alguno en los pies. Su cuerpo levitaba sobre la condesada oscuridad del suelo. Al encorvarse, el aliento irritó sus ojos y retrocedió. Fue cuando pudo apreciar el rostro de la endemoniada. Tenía tantas caras que apreciar alguna en concreto sería volverse loco.

- Soy todos los feligreses que pierden el tiempo entre bastidores. – La voz era metálica y oscura. Su rostro tenia atemorizado a Lucas, que intentaba mantener la compostura. - Soy el viejo que reza por el alma perdida de su mujer. - Le hablaba el semblante de una vieja mellada, con un pañuelo negro tapando los pocos pelos que podría tener. Gusanos jugaban a esconderse haciendo agujeros en sus mejillas. – Quizás sería más re-confortable decirle que su alma se encuentra condenada. O, sería mejor jugar con los sentimientos de una joven pareja recién casada. – Un nuevo cambio se produjo en su rostro. Un chico joven de mediana edad. Ojos azules, pelo rizado y una hermosa sonrisa. – Si. Mandar un cáncer a su pareja. No se aún, algo duradero o que sufra una grata agonía.

La endemoniada rasgó su barbilla con sus afiladas uñas, gestualizó duda y se replegó junto a los demás demonios.

- ¡Silencio! – De su garganta se abalanzó un gélido viento que bajó la temperatura de su cuerpo. Fue un grito desgarrador. Los timbales dejaron de tocar y los demonios cesaron la coreografía. – Mi querido muchacho quiere pedirme algo. – Sus dedos se apretaron contra la palma de la mano. – Dime, ¿En qué puedo ayudarte? – Un flash invadió la estancia y la endemoniada recuperaba la posición cara a cara con Lucas. – ¿O no quieres nada de mí?

Lucas tragó saliva, o al menos lo intento, pena que no tuviera apenas liquido en su cuerpo. Todo se encontraba concentrado en el sudor de la frente, en las palmas de las manos, la entrepierna.

- Mi Reina. Tu que eres tan buena, tu que nos proteges desde los cielos…

Al fondo uno de los demonios comenzó a reírse.  La endemoniada giró bruscamente y levitando corrió hacia él. Era mucho más alta que ellos, un metro por encima. Con la punta del dedo golpeó débilmente el absurdo cráneo del demonio.

- Dime: ¿Qué es lo que tanta gracia te ha hecho? ¿A caso no soy… buena? – El ser se quedó inmovilizado temiendo equivocarse en la respuesta. – Si, debe ser eso. Para ti soy demasiado poco buena, ¿no es cierto?

El diablo no respondió. Hubo unos instantes de omisión de sonido. La endemoniada retomó la conversación con Lucas, que deseaba no estar allí.

- Aquí uno ya está muerto. Matarlos es una tontería. – Su voz se suavizó. – En este lugar perdura el dolor. Todo lo que ves está creado con dolor. – Se mordió las uñas como una estudiante que espera las notas y comenzó a reír. – JA JA JA ¡Con dolor! Qué curioso ¿No crees? Ellos sufren igual que tú en la vida real.  – Señaló al demonio que había osado reírse. – Dime Lucas – Posó la mano sobre el hombro de este. – que deseas que le hagamos. Un cruel castigo le vendrá genial. A ofendido a tu reina, y eso no hay que permitirlo.

- ¿Yo? – Aunque intentaba mantener el tono de voz, no podía evitar quebrarse. – No sé qué decir…

- Me parece genial la idea.

La endemoniada extendió sus brazos al infinito y comenzó a reír. Levitó hasta el demonio que la había ofendido y se frenó ante él. Abrió la mano con un gesto y los parpados del ser se despegaron del hueso.

- Lucas, ¿serias tan amable de prestarme lo que llevas en el bolsillo?

Rebuscó en sus bolsillos, hasta que dio con una foto que portaba de su padre.

- Pero es mi padre. – Adhirió sus pensamientos al retrato. – Por el estoy aquí.

- Acaso tu padre es una foto. – Su voz se asemejó a la de una madre preocupada. – Eso no es tu padre, es un simple papel. Lucas, hijo mío, claro que sé que estas aquí por él. Tu eres el que deberías recordarlo. – Alargó el brazo desde su posición hasta alcanzar la foto. – Ahora, déjame la foto.

El demonio permanecía inmóvil, con lágrimas de sangre que descendían por su rostro. La energía de la endemoniada le impedía cerrar los ojos. Hizo un intento de mirarla fijamente a los ojos para pedirle misericordia; entonces fue cuando el delgado filo de la foto cruzó el iris de su ojo. El chillido encogió a Lucas. Una sutil corte profundizaba en el ojo; no había sangre, solo liquido ocular surgiendo lentamente.

Chasqueó los dedos y aquel demonio desapareció.

- Vamos a dejarlo de baja una temporada. Acércate hasta aquí.

Lucas dudó, pero el temor de las consecuencias si no le hacía caso le apremiaron a cumplir. Dio un par de pasos y se paró. Volvió a caminar y volvió a detenerse. Todo seguía oscuro, no se apreciaba distancias; pero pudo comprobar que no avanzaba. Corrió. Pero no conseguía moverse del lugar.

- No te esfuerces. Aquí no hay prisa. El tiempo no transcurre. El castigo ya ha pasado, aquí solo te espera eternidad.

- Mi reina, - El corazón le iba revolucionado. – solo he venido hasta tu casa para pedir por mi padre. Solo un favor que devolveré con fe.

- ¿¡Con fe!? – Los labios se separaron el uno del otro entre risas. – Dime que es la fe si no la soga que sujeta vuestra seguridad. Todo en la vida es tan real; como de real es la muerte. La fe es la tapadera que oculta el final de vuestros días. Tenéis tanto miedo al momento después de la muerte que necesitáis crear un falso colchón donde amortiguar vuestra caída. Ese colchón es la fe. Uno solo se deja caer. – La endemoniada se acercó lentamente hasta sentarse en el suelo frente a él, con las rodillas cruzadas.

Una luz surgió de la nada e ilumino los ojos de Lucas. Como si fuese una pantalla de cine, comenzaron a transcurrir imágenes. Imágenes muy familiares para él. Su padre aparecía en ellas. Triste. En otras aparecía llorando. Su rostro reflejaba la agonía de aquel que espera el buen tiempo para partir a la mar. En una última imagen, Lucas se veía postrado en una cama, repleto de chicas desnudas y jeringas clavadas en la almohada. Botellas de cerveza rotas contra la pared. Y él tumbado bocarriba, con un enorme espumarajo amarillo en la boca. Quizás muerto, quizás con algunos rayos de vida por apagarse.

- Las suplicas fueron oídas. Y todo a su tiempo llega. – La endemoniada, como si en aquel lugar no existiera la pena, demostró que podía sonreír con más fuerza. Y mostró un juego de dientes negros, donde unos colmillos vigilaban como torretas. – Tu padre no va a sufrir más, de eso puedes estar seguro. Si me permites, y eres tan amable de seguirme; te voy a enseñar esto.

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